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En Colombia son escasas las correspondencias. La expurgación,
cuando no la desaparición de los archivos, combinados con la extinción del hábito de
escribir cartas, indica que llegamos tarde al género. Existen algunos epistolarios
(Bolívar y Santander)
políticos publicados, algunos más filolóficos que literarios (Cuervo), otros lo mejor
del Nadaísmo como Correspondencia violada, de manera que la aparición de la Correspondencia
entre Fernando González y Carlos E. Restrepo es un aporte al género.
En Medellín y algunos
municipios circunvecinos se sostiene la curiosa teoría de que Fernando González era
filófoso. Existen tesis universitarias y espesos volúmenes que parten de ese supuesto,
adornado con una lista de otras habilidades para la historia y la sociología. Don
Fernando también se lo creía.
La primera ventaja de
este volumen es que González no ejerce de filósofo, ni de historiador, ni de teórico
social en las cartas que le escribe a su suegro, el entonces expresidente de la república
Carlos E. Restrepo. Aquí se limita a ejercer de yerno, rol al que le quedan bien sus
mejores cualidades la sinceridad, su sentido religioso, y aún sus defectos más
ostensible, como el exceso de emocionalidad, su amor al dinero y sus afanes burocráticos.
El suegro poderoso hace
nombrar cónsul en Marsella al autodenominado filósofo, que le escribe: "Estoy feliz
de empleado, sobretodo desde ayer. Nada hay tan reconfortante como esos cheques rayados
que vienen de Londres. Son mejores que la Imitación de Cristo. El ideal socrático: que
el Estado mantenga a los filósofos sucios en el Partenón. Pero la gente es generalmente
muy ingrata con los filósofos". Entretanto el suegro, zorro viejo, le da el consejo
que dan los políticos: "No se comprometa".
Esta correspondencia
tiene valor documental. Su tono es íntimo, familiar, se habla de dinero, de enfermedades,
de amigos y enemigos, en la intimidad de la familia. Y González es un hombre provinciano
que no renuncia a serlo de ahí su autenticidad y repleto de ideas hechas entre una cabeza
terca: estos elementos revelan una curiosa visión de Europa y una fluctuante vida
emocional: en una carta reniega con pataleta a la nacionalidad colombiana y le comunica a
su suegro ilustre que le pedirá a su amigo y biografiado Juan Vicente Gómez que le
otorgue la nacionalidad venezolana. A la siguiente, se colombianiza de nuevo. De seguro en
el intervalo el suegro lo regañó, cosa que ignoramos, porque son pocas las cartas de
Carlos E. y muchas las del autodenominado filósofo de Envigado.
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