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Secreto a veces, secreto a voces

Medellín secreto. Cinco reportajes
Patricia Nieto, Pedro Nel Valencia, Ana María Cano, Javier Mejía, Héctor Rincón.
La Hoja, Medellín, 1995.

Reseña de Dario Jaramillo Agudelo

 

Clausura, suicidio, masonería, locura y sexo: cinco temas, tratados por cinco periodistas, quieren mostrar "una ciudad oculta" donde "se lleva hasta el límite la escogencia personal en medio de una sociedad restringida".

Así presentan los editores este "Medellín secreto". ¿Qué tan secreto? Por lo que respecta a lo más íntimo, el sexo, Medellín no es tan secreto: "a esta hora o más tardecito se ejercita el sexo que cada vez esconde menos, porque cada día es más díficil esconder su auge". Y, enseguida, enumera escenarios y servicios ("hay cuartos con jardínes, techos con espejos, salas con humos, camastros para masajes, baños comunales, bañeras con espumas, piscinas privadas. Moteles para automovilistas, residencias para peatones, hostales para motociclistas") para concluir: "es el menú sexual de Medellín en este final de siglo. No hay barrios marcados ni áreas restringidas... Se ve una Medellín desenfadada..., que tiene ahora más familiaridad con el placer y está más dada a la experimentación sin vergüenzas".

Mas secreta es la masonería que casi ni existe en Medellín, son entre 70 y 100, de manera que con dificultad reúnen quórum para sus tenidas. Una hija y esposa de masón declara que, los masones "no eran ateos, no comían curas, no quemaban niños como oía por ahí". En suma, una fraternidad unida por símbolos y ritos, humanitaria y defensora de la libertad. El tema que sigue excusa el chiste, pero en esta crónica, los masones parecen monjitas.

Porque las monjitas no parecen monjitas. La crónica sobre los conventos de clausura de Medellín comienza por cambiar el clima de la ciudad: "tanto hiere el frío polar de los conventos que enferma y mata. Los médicos creen tanto en ello que cuando los llaman a consulta ya saben de qué se trata: asma, reumatismo, artritis o debilidad en la piel por falta de sol, en primer término. Y la cosa se agrava porque al frío le aumentan sedentarismo, años y tormentosas posiciones, como permanecer doce horas de rodillas y con los brazos fromando una cruz... El cuerpo de las mujeres de los conventos sufre y mucho".

Se me agotó el espacio sin hablar de locura el capítulo específico y de suicidio, salvo anotar un dato que es puro humor negro: entre 1980 y 1989 hubo un promedio de 103 suicidios anuales. Entre el 90 y el 94 bajó a 60. ¿La explicación? Ya la dió Durkheim: "el número de suicidios baja en los países o en determinada sociedad cuando hay guerras...".