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Cuando tenía once años, un policía le enseñó a Amanda
Londoño a leer la suerte con las cenizas del cigarrillo. Ahí empezó un largo
aprendizaje de ceremonias, invocaciones, ensalmos, fórmulas, ritos, hasta el punto de que
cuando se graduó de maestra su profesión durante muchos años era ya una brujísima muy
consultada en su Fredonia natal.
En cierto momento, el
gobernador de Antioquia comenzó a consultarla como un oráculo. Por el gobernador,
conoció a un expresidente y a un exdesignado, quienes le regalaron un millón de pesos
porque les salvó un negocio con sus artes brujiles. Y, también, por el gobernador
conoció al presidente de la república en persona, pidiéndole que le ayudara a deshacer
su matrimonio. Amanda, colaboró además para el matrimonio del hijo del gobernador con la
hija del presidente.
Nativo de Fredonia,
como Amanda, un expeón regresa a su pueblo y compra todo: las cuatro esquinas de la
plaza, todas las fincas, la gente, la familia de la niña de trece años que decide que
será su esposa. Hace fiestas con cuarenta y seis músicos traídos de México entre
ellos, Miguel Aceves Mejía para treinta invitados. Jaime Builes fue el rey de Fredonia,
pero su reinado fue efímero. Builes murió cuando estaba en poder de la policía mexicana
y nada queda de aquel estrambótico reinado en que desfilaba en un caballo que bailaba
pasodobles. Builes usaba brujas de Zaragoza y no a Amanda, quién colaboró de algún modo
en consolidar la amistad de Builes con el gobernador, amistad que condujo a la renuncia de
éste.
Al final, Amanda es
víctima de otras brujas y le empieza a ir mal en todo: el marido está aburrido con ella,
le va mal en sus estudios universitarios, los políticos que la consultaban e
intercambiaban favores con ella ya ni la determinan, está angustiada, baja de peso
escandalosa e inexplicablemente y siente toda clase de achaques. Ningún médico halla el
orígen de sus males y encima de todo está en la más absoluta ruina económica. Entonces
el cura párroco de Angelópolis después de intentos de un obispo y de una monja logra
con su exorcismo expulsar demonios y gusanos, deshacer embrujos y liberar totalmente su
alma y su cuerpo.
Como en todos sus
libros anteriores, La Bruja de Germán Castro Caycedo se lee de un tirón. Y, como
en todos sus libros, aquí también la realidad supera cualquier delirio de la
imaginación y todo retorcimiento de la fantasía. Esto no es realismo mágico sino la
realidad de los mágicos y las reales consecuencias de lo que llaman magia.
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