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En muchos órdenes de la vida colombiana ha predominado la
generación nacida en los alrededores de 1920. Pintores como Botero, Obregón y Roda,
políticos como Betancur, Pastrana y Turbay, narradores como García Márquez, sin contar
a Mejía Vallejo, a Pedro Gómez, arquitectos como Fernando Martínez y Guillermo
Bermúdez, filósofos como Danilo Cruz, historiadores como Jaime Jaramillo e Indalecio
Liévano.
A esta misma
generación pertenece un grupo de poetas insólitamente amplio y de alta calidad. Alvaro
Mutis, Gaitán Durán, Cote Lamus, Rogelio Echavarría, Charry Lara, Fernando Arbeláez y
Héctor Rojas Herazo, también reconocido novelista, autor de En noviembre llega el
arzobispo y Celia se pudre. De todos ellos circulaban en el comercio ediciones
que permitían la lectura de sus versos, excepto de este último, nacido en Tolú en 1923,
hasta ahora que la Universidad del Valle, en desarrollo de una muy profesional labor
editorial, ha reeditado en un volumen titulado "Poemas antológicos."
Desde hace 20 años las
universidades colombianas son el ámbito natural de la poesía. Allí están los lectores,
enseñan muchos poetas. Las universidades otorgan premios y editan versos. La Universidad
del Valle, cuyo centro editorial lleva más de sesenta libros en dos años, acogió la
magnífica colección "La cierva blanca", con poetas nacidos en el decenio de
los cincuenta y tuvo el acierto de antologar a Rojas Herazo, en escogencia que Umberto
Valverde hizo de sus tres volúmenes de poemas publicaso entre 1952 y 1961: Rostro de
la soledad, Desde la luz preguntan por nosotros y Agresión de las formas
contra el angel.
La poesía de Rojas
Herazo, de raíces abonadas con tonos de Neruda y de Vallejo, halla su propio territorio
en una lúcida conciencia del cuerpo y de sus ansias y sus glándulas: semen, sudor,
saliva, lágrimas, materia que secretamos y que nos evidencia nuestra condición:
"con cal y mugre y lágrima y suspiro/ no podremos nunca construír el cielo./ Nos
evaporamos/ y el cielo se evapora con nosotros/."
Aún así, consciente
de lo efímero, la poesía de Rojas Herazo no renuncia al mundo y la vida, con sus versos
enumerativos, rítmicos y sensuales, dejando en claro una inevitable fatalidad:
"porque esto soy, no más, esto que miran/ sufrir aprisionado en el vacío:/ una
mezcla de sangre, hueso y nada,/ de agua sedienta y clamoroso frío."
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