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Después de la generación de narradores nacidos en el decenio de
los cuarenta, el grupo de escritores posteriores, nacidos después de 1950 aún no ha
producido ninguna novela memorable y ha estado mucho más concentrado en el cuento que en
la novela. Aún más, el concurso Enka de literatura infantil y el éxito comercial de
este género, avalado por los editores, ha especializado a los más jóvenes escritores de
ficción en este tipo de literatura.
En este conjunto el
más original y más atípico de autores de libros de ficción, en mi concepto, es un
escritor mas bien desconocido, aún no mencionado por la crítica, Carlos José Restrepo
López.
Restrepo nació en
Medellín en 1953 y, de ese modo un poco misterioso y precario que es posible en Colombia,
ha combinado actividades particulares con la profesión de la literatura. Su obra puede
dividirse en tres grandes apartados, a saber, las traducciones, los ensayos y los cuentos.
En cuanto a las
primeras, Restrepo vertió al español el último libro de cuentos de Graham Green,
actualmente traduce narraciones de Saki y realizó en español excelentes versiones de Persuación
de Jane Austen y de una colección antológica de cuentos de Nathanael Hawthorne publicada
con el título de El holocausto del mundo.
Su tarea de ensayista
está directamente conectada con estas dos últimas traducciones, ambas precedidas de
sendos ensayos introductorios sobre la vida y la obra de Jane Austen y de Nathanael
Hawthorne, ensayos que añaden a la claridad y a la erudición una precisión en el
lenguaje y una originalidad en el enfoque que los convierte en piezas antológicas del
género.
Con frecuencia se
repite el aforismo de que cada generación debería traducir a los clásicos. Sin embargo,
esta labor no es tan sencilla si se contempla el grado de dedicación que demanda, la cual
supone un patrocinio, el interés económico de un editor. En Colombia, las traducciones
literarias son una tradición discontinua, en particular en cuanto a la narrativa, por
razón de que la industria editorial que se ha encargado de la publicación de autores de
otras lenguas nunca estuvo localizada en nuestro país. A este respecto, España,
Argentina y México jugaron el papel de metrópolis y las versiones que leímos de
narradores ingleses, norteamericanos y franceses, inevitablemente siempre han estado
cargadas de localismos de estas tres regiones, un idioma que de algún modo no era el
nuestro, el que hablamos en Bogotá, en Medellín o en Barranquilla
El interés por
publicar literatura de otros idiomas que tomó Editorial Norma desde hace más de tres o
cuatro años y el empeño de su directora editorial, Carmen Barvo, en no apelar a viejas
traducciones sino procurar que esta generación realice las versiones e invente a sus
clásicos, ha propiciado el auge relativo del oficio de la traducción, en el cual se han
destacado un viejo maestro del género, Hernando Valencia Goelkel y nuestro Carlos José
Restrepo.
Aparte de sus labores
de traductor y ensayista, Carlos José Restrepo ha publicado un pequeño libro con siete
narraciones, Para subir al cielo, editado como volumen 28 de la colección
literaria Simón y Lola Guberek en 1989, una ópera prima consistente en sí misma, de la
que se puede predicar, con igual acierto, que permite esperar una obra ulterior de
especial significado, pero que no es sólo un presagio sino que contiene elementos
estilísticos y narrativos muy personales. En suma, una obra, por forma y contenido,
original en la literatura colombiana.
Uno de los esquemas mas
usuales Äy exactosÄ que se aplican para mirar la evolución de la narrativa
latinoamericana, sitúa la corriente principal, en un principio, dentro de la literatura
rural Äel costumbrismo y los idilios campestresÄ, luego una literatura de la selva y
más tarde lo que llamaríamos literatura urbana. Lo que se observa en algunas narraciones
de Para subir al cielo es el regreso al campo del individuo caracterizadamente
urbano: a la casa de recreo en Ecos de la montaña, a la playa en Surfing, a
la finca de la familia citadina que, por su oficio, tiene que vivir en el campo en Mil
torres de marfil y a la selva en He aquí al hombre. Aquí se invierten las
nostalgias: la ciudad es el centro de gravedad, el territorio propio de los personajes y
el campo o la selva el hábitat forzado o voluntario pero en todo caso no el propio. Y la
ciudad, como escenario, es un territorio en todo caso hostil como en El susto de su
vida.
Acaso el leit motiv
temático más constante de este libro insólito, es la visión que trasmite de la niñez.
"Cada niño es un simio (pero) por lo que imita" (p.170), "...se expresan
en el exagerado espíritu del vicio" (179), son descarados (20) y "para esto del
odio los niños no necesitan instrucción" (180). La infancia, pues, no es l
territorio de la inocencia. Al contrario, la perversidad le es connatural, lo cual no
excluye que un personaje de Cristina Sanín declare que "me sentía orgulloso
de mi propia niñez" (83): "En verdad me aferraba a la infancia. Que se escapaba
a mi cautela lo prueba el hecho de que era consciente de ser niño. Si no estoy mal, eso
es haber perdido la inocencia. Insistía en mi amor por los espacios abiertos y los
juegos; pero ya presentía que los primeros acabarían siendo adornos domingueros, y los
segundos, contaminados por la insidiosa disciplina del colegio y entorpecidos por los
farragosos pensamientos que empezaban a colmar mi cabeza, estaban destinados a entrar en
un largo receso y reaparecer en una forma poco satisfactoria, la de los ejercicios
recomendados por el médico para que no nos mate la fortuna" (83-84).
Pero, aún así,
"ya me llegaría el turno de florecer horriblemente" (85), debido a que
"crecer consiste en ir perdiendo la horrible seriedad de la niñez" (12), de tal
manera que el estado adulto no es más que ir encarando "la esencial monotonía de la
vida" (118). Entonces, negarse a crecer parece una actitud sensata: "intentaba
saturarme de olores de elementos, hierba, sudor y tierra. Incomodaban a los grandes y eran
mi garantía de pureza" (84). Pero esta es una fatalidad que obliga al niño a
ensayar "ante el espejo, tratanto de encontrar una manera desabrochada y franca de
volverme un adulto, en la eventualidad de que ese mal fuera irreparable" (100).
Con Para subir al
cielo, Carlos José Restrepo ha tocado nuevos territorios en la narrativa colombiana y
ha inaugurado un tono certero para expresar realidades y emociones.
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