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"En algún lugar de su obra El Origen de la locura,
Frazer cuenta cómo una tribu que invadía a los malayos entró en contacto con una
desconocida flor roja. Se reunieron, dice Frazer, en círculos alrededor de ella y
extendieron sus brazos para calentarse. Tal vez el misterio de la poesía consista en
convertir flores en fuego, fundar el mito, atrapar lo imposible."
Me gusta repetir esta
hermosa historia de Juan Manuel Roca (Medellín, 1946). Y aquí se justifica por que
expresa con un cuento maravilloso el credo poético del mismo Roca y su vocación más
íntima. Desde Memoria del Agua (1973) y a lo largo de sus ocho libros de poesía,
dos de los cuales merecieron los premios nacionales Eduardo Cote Lamus y Universidad de
Antioquia el lenguaje surrealista de Roca, dotado como nadie para la imagen, ha rondado
leit motivs que le dan unidad a sus libros: los ciegos, los caballos, la noche, el diablo,
el país. En este volumen el hilo conductor es el desdoblamiento: "en el monólogo me
parece encontrar una empalizada para el desdoblamiento, para ser uno y otros a la vez...
Fingiéndome emisario de Babel, he intentado estos monólogos, que nacen de un
dialogar con los silencios."
Monólogos es un
verdadero deleite de libro. Ante todo, el lector percibe esa alegría perversa y gozosa
del creador, esa sonrisa nunca inocente del poeta que juega a disfrazarse y lo logra con
su brillante relampagueo de imágenes, en el que alcanza momentos luminosos, como en la
"canción del afilador" donde dice: "he visto brotar estrellas al contacto
del cuchillo" y anuncia que "los cuchillos se desbandan en noches de luna...
Pero ningún puñal de sombra tan hiriente, como la larga ausencia de tu cuerpo."
Monólogos es un
deslumbrante jardín de imágenes. En el "monólogo de la bailarina" dice:
"Ahora soy flor. Luego cascada. Un secreto pájaro dicta el vuelo a mis frágiles
pies en el tablado." Y luego, en el monólogo del volatinero: "volatinero soy,
pastor de abismos." Después habla del trapecista: "cuando salgo a la pista,
crecen alas de luz a mis espaldas." El viejo bardo: "soy más inútil que la
flor de las herrumbes. Estoy hecho de adioses." Y, casi el final, en el
"monólogo del inútil": "Abuela siguió diciendo: no intente hacerle nudos
al agua, no escriba con nieve la palabra eternidad. Pero seguí haciéndolo, oficiando
ritos inútiles, lunas de jamases, patios de nuncas. Para algo encontré lo que algunos
llaman el poema."
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