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En estos tiempos ferozmente individualistas en que la
originalidad es un valor estético -pobres tiempos- y en que la novedad de la moda es el
oxígeno que alimenta el consumo, no es fácil explicar que no siempre el mundo fue así.
Hasta los tiempos que corresponden a nuestra Colonia la originalidad era una ocurrencia
que no pasaba por la cabeza de escritores o pintores o escultores. Existían modelos,
modos y medios preestablecidos y en ellos se instalaban, por ejemplo, los poetas.
Las autobiografías de
monjas eran comunes por ese entonces, pues tenían la utilidad de convertirse en lecturas
edificantes para las novicias del convento. El modelo a imitar era Santa Teresa y lo
extraño era que, salvo el caso de Sor Josefa Del Castillo, no se hubieran hallado otras
en nuestro medio.
La profesora Angela
Inés Robledo encontró dos manuscritos con la autobiografía de Sor Jerónima Nava y
Saavedra (Anolaima 1669- Bogotá 1727), los comparó, los transcribió, al igual que un
"elogio de la autora" escrito por Juan de Olmos, confesor de la monja, a cuyas
instancias escribió su vida. Además, fiel a las tendencias actuales de interpretación
de la escritura femenina, propone una lectura inesperada: "en la relación
sadomasoquista y mística el conflicto entre el deseo de autonomía, el afán de
reconocimiento y la necesidad de ser dominado, puede conducir a situaciones de cruda
lascivia y/o violencia".
No encontré tanto. En
verdad es un típico relato de ascética española, en el que se plantea un idilio entre
Cristo y el alma. A partir de ahí, la monjita ve incendiarse la hostia, oye voces, tiene
la fantasía de Jesús intercambia su corazón con ella, fiel a la imaginería mística de
la época.
Novedad absoluta pues
llena un vacío en nuestra literatura colonial y le da compañía a la antes solitaria
figura femenina que era Sor Josefa Del Castillo, su compañera de hábitos
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