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Mucho antes de que Daniel Penac en su muy recomendable Como
una novela consagrara los sagrados derechos del lector a saltar páginas y a picotear,
mucho antes, hace 80 años, un argentino singular quería inventar un texto a saltos que
le permitiera leer de corrido al lector a saltos. El contrasentido de Macedonio Fernández
-que enunciaba así la imposible escritura donde no sobra nada- es que el lector salta
más rápido que el más saltarín de los textos.
żUna novela? żUna
antinovela? żUna posnovela? żUn diario encubierto? żEl diario de un heterónimo? Todas
son preguntas para entomólogos, críticos y clasificadores. En un recetario
bibliográfico semanal apenas cabe aclarar al lector desprevenido que si entiende por
novela la exposición de una historia con nudo trama y desenlace, Los cuadernos de N
definitivamente no es una novela ni se trata de un libro cuyos derechos puedan ser
comprados para televisión. Pero es uno de esos libros donde uno puede saltar, ir de
atrás para adelante, picotear a gusto.
Desde los años setenta
aparecieron en la memorable revista Eco fragmentos de esos fantasmales cuadernos del mucho
más fantasmal N. Y así como para el lector este libro esta diseñado para leer aquí y
allá -a veces repitiendo, a lo mejor sin completarlo nunca-, también tiene todas las
virtudes y riesgos de una obra abierta que Nicolás Suescún ha venido escribiendo,
intermitente, por años.
N es un personaje
cioranesco y sombrío. Si algo lo caracteriza es el pesimismo, el cual suele ser más
lúcido que la visión color de rosa. N está sometido a la fatalidad -"Su filosofía
de la vida era la de un leño que lleva el río, o la de una concha de la playa"- de
una manera que puede afirmar que "la historia es una mentira".
Pequeños fragmentos
pocos anecdóticos, autorizan la hipótesis de que se trata de una colección de
aforismos, típica expresión del pesimista o del disidente. Pienso en Lichtenberg, en
Pessoa, en Ambroce Bierce (de quién Suescún ha traducido narraciones), en otro Nicolás
políglota y colombiano y disidente, don Nicolás Gómez Dávila. Entre pequeñas
observaciones y aforismos de un filósofo anodino, rebotando de Becket a Cioran -son
asociaciones de lector-, Nicolás Suescún, Bogotano nacido en 1944, el cuentista de El
retorno a casa, el poeta de Tres A.M., inventa un género para un solitario
personaje urbano experto en develar el lado sombrío del mundo.
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