Como una muestra de
respeto a una tradición, cuando la Biblioteca Nacional decidió editar una revista, en
buen momento sus directivas decidieron llamarla con el mismo nombre anacrónico y
prestigioso que, hace años, don Daniel Samper Ortega le dio a la publicación periódica
de la misma biblioteca: Senderos.
La sobriedad y el buen
gusto del diseño de Senderos se llevarían todos los elogios si el contenido y la
orientación editorial no los coparan. En el número que nos ocupa el tema central,
pertinentísimo en la Colombia de hoy, se refiere a la crítica. ¿Pertinente? Se supone
que en la cultura cívica colombiana no está incorporada la posibilidad de disentir, de
ser distinto. Se supone, qué tristeza, que en últimas los conflictos se dirimen a bala.
A la cúpula
intelectual la incumbe, entonces, introducir el diálogo y disentimentimiento como la
única manera de crecer espiritualmente y de ejercitar a diario el respeto con los otros
para poder considerar que nosotros mismos somos dignos de respeto.
No es cierto que en
Colombia no haya existido crítica en la literatura y las artes. Tanto, que hay una
historia de ella debida al profesor David Jiménez. Tenemos quienes ejerzan el análisis
que va más allá de la reacción emocional y esta número trae algunas muestras de primer
nivel, como "el deseo y el decoro en la novela colombiana", debida a uno de
nuestros más brillantes jóvenes talentos, Jaime Eduardo Jaramillo. O como el lúcido
análisis de "De
Sobremesa", escrito por otro muy joven y ya premiado ensayista, Oscar Torres
Duque.