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Los libros que publican los departamentos suelen ser superfluos,
ostentosos, atiborrados e ilegibles; en todo caso siempre son costosos, torpes y mal
distribuidos. Por este motivo, un autor que haya recibido la intimidante y- honrosa
invitación a publicar un libro en las ediciones de su departamento de origen dispone
ahora del recurso de asilarse en Barranquilla: las Ediciones de la Gobernación del
Atlántico son ejemplo de libros bien escogidos, profesionalmente diseñados, económicos
y sobrios.
El alsaciano Luis
Striffler (1816-1891) llegó a Colombia en 1841, donde permaneció cincuenta años, hasta
1891. "Provisto de una sólida formación científica en diferentes áreas del saber
y con la curiosidad propia de un europeo hijo de la Ilustración, dio cuenta en sus libros
titulados El Alto Sinú, El río Cesar y El río San Jorge de la geografía, geología,
flora, fauna e hidrología de una porción bastante considerable de nuestra región
caribe", escribe el historiador Gustavo Bell.
Striffler remonta el
San Jorge a fines del siglo pasado. El curso es difícil de seguir, está lleno de caños
y ramificaciones que hoy existen y mañana no, de ciénagas donde ocurren naufragios en
las épocas de lluvia y que sirven de pastizal en verano. "En su parte baja es un
río de fango que corre sobre fango." Striffler recorre el río cuando "no ha
sido aún subyugado por la raza humana" y son pocos los poblados, Uré, Ayapel, San
Marcos, Caimito, Jegua, Tacasuán, todos interesados deliberadamente en permanecer
aislados: "entre esta gente existe un pánico perpetuo: el reclutamiento; y los
hombres viven sobresaltados, como verdaderos animales salvajes."
Striffler critica la
herencia española y dice que la gente de la región es indolente "este es el país
de la indolencia", carece de una memoria de su pasado, tiene "la manía de
comprar al crédito todo lo que pueden conseguir", pero "un germen de poesía
anima siempre el cerebro del hombre."
Debo reservar el
último párrafo para transcribir esta historia: "la figura del Cristo de Tacasuán,
a despecho de todas sus imperfecciones artísticas, no deja de pasar por muy milagrosa; a
ningún buen católico le es permitido dudar que cada año, cuando llega el momento de
sacar al santo milagroso de la iglesia para pasearlo por las calles, el señor Alcalde en
persona tiene que presentarse a intimarle la orden de dejarse sacar, porque de otro modo
el santo crecería tanto que no cabría por la puerta."
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