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Fárragos, Mamotretos, Delicias.

Obra dispersa, volumen 1 y 2.
León de Greiff
Editorial Universidad de Antioquia
Medellín, 1995

Reseña de Dario Jaramillo Agudelo

 

En este mes de julio se conmemora el cumpleaños número cien de León de Greiff. Es bien sabido que a los poetas sólo se les celebra la edad cuando ésta tiene tres cifras. Con este motivo los opinantes y suplementos, los locutores y animadores, descubrirán de nuevo que el amor es una deliciosa mentira, Abur, abur, y los avisos clasificados pasarán a las páginas editoriales: cambio mi vida, vendo mi vida... la cambio o la vendo por el más infantil espejismo. Se aprobará una proposición en el congreso y otra en la asamblea departamental de Antioquia.

Sé de un joven poetica de catorce años que alucinó con la lectura y relectura de las Obras completas de don León que Alberto Aguirre editó y le regaló. Para aquél adolescente la idea misma de la poesía venía del refunfuñón de la taheña barba y Don León fue el primer poeta que imité sin pudor y con entusiasmo gaznápiro. Después descubrí que aquéllas obras, mi biblia de entonces, no eran exactamente completas. Varias reediciones y libros posteriores así lo demostraron.

Gracias a la curia de Hjalmar de Greiff, la Universidad de Antioquia acaba de editar los dos primeros volumenes de Obra dispersa de Gaspar, Leo, León, Beremundo, Aldecoa y los otros incluyendo al de Marras, que es él mismo, que contienen poemas cada tomo se inicia con un "mamotreto", donde predomina la correspondencia en verso, los poemas de amor, y donde reinan constantes, su ironía y su escepticismo: "Mi Señora la Duda, muéstrateme desnuda..."

En los dos tomos predomina la prosa, si bien es insensato trazar una frontera entre el verso y la prosa greiffiana. Todas son poesía, todas son la gozosa gratuidad de la palabra "prosa no excipiente de nada sino vehículo de sí misma, función de sí propia", la autoburla, el son y el sonsonete, nada soso, del sonido. Admito que el tipo es pegajoso y que su parodia es más que una tentación: un tic que se contagia entre sonrisas, después de renovar el placer de leerlo y releerlo, y también renovar la devoción, sincera y delirante, que tuvo aquel poeta joven. Un viejo amor ni se olvida ni se deja.

Como Juanito Caminador, a él le hubiera gustado la comparación, después de cien años, don León sigue tan campante.