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Uno de los innumerables
méritos del Instituto Caro y Cuervo es que ha publicado unas muy exhaustivas
bibliografías de la literatura colombiana: de fuentes para su estudio, del teatro, de
antologías -todas debidas al insuperable Héctor Orjuela-, de la novela, de la
educación, para no hablar de la nada redundante Bibliografía de bibliografías
colombianas, de Gabriel Giraldo Jaramillo. Cualquier investigador sabe que con estos
instrumentos tiene buena parte del trabajo adelantado.
Francisco J. Romero,
Hugo L. Pabón, Clara I. Wills y Marisol Villa actualizaron la bibliografía de la poesía
-también realizada por Héctor Orjuela- y la completaron con el período 1970-1992: 23
años. Un minucioso profesor puede encontrar errores o carencias, pero a pesar de que
estas listas son el género inacabado por excelencia, este trabajo es lo más parecido a
un recuento exhaustivo.
Descripción de una
pesadilla imaginaria basando las cuentas en un muestreo, entre 1970 y 1992 apareció un
libro de poesía cada 4.8 días, sin descansar sábados ni domingos, para un total de 6.3
libros por mes y 76 por año; (el dato de la Casa Silva era de 90 en 1992), un total de
1753 libros en 23 años. Obviamente, éstas cifras son irrelevantes para la literatura y
se convierten en un fenómeno social. La mejor manera de ver esto es observando la alta
proporción de ediciones sin respaldo institucional, debidas al bolsillo del poeta, en las
que figura una tipografía como editor: Lealón de Medellín es el umbral a la gloria de
las autoediciones. Ahora bien: si el asunto -3 libros por quincena durante casi un cuarto
de siglo- debe mirarse como un fenómeno social, de ahí resulta que el material édito es
apenas la punta de iceberg de una reverberante, efervescente -a veces reprimida-
población indeterminada de poetas inéditos, poetas secretos, poetas vergonzantes.
Terapia, refugio, catarsis, intimidad: la poesía lo-cura dice Jaime Jaramillo Escobar; de
ahí tendríamos que esta población de poetas -éditos e inéditos- edifica su vida o
parte de ella alrededor de este singular culto.
Esta sobreabundancia,
estos mil setecientos y pico de libros producen a la vez, por paradoja, por saturación,
un alejamiento instintivo del lector común: imposible discernir qué tiene valor
literario, aunque aquí se puede aclarar: casi nada. Esto no quiere decir que no se vendan
los libros de poesía: los editores privados cada vez editan -y reeditan- más libros de
poesía; en el catálogo figuran -entre otros- El Ancora, Norma, Círculo de lectores,
Oveja Negra, Monte Avila. Y entre las instituciones públicas -Colcultura, institutos
departamentales y municipales de cultura, imprentas departamentales, principalmente- se
destacan las universidades, todas -la de Antioquia, la Nacional, Los Andes, Valle,
Javeriana, Inca, etcétera- como editoras de poesía.
No sé por qué ahora
recuerdo que, cuando Silva y Pombo murieron, aún no habían aparecido libros con sus poemas. No
sé.
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