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Lo habitual en la poesía colombiana es la sobriedad. Sin
estridencias, sin audacias formales, esta sobria y cada vez más profesional poesía
adolece de cierto exceso de pudor. Y, en poesía, todo pudor es pecado.
Raúl Gómez Jattin
(Cartagena, 1945-) se sale de este rasero general, de este respeto al cánon de la poesía
correcta. Gómez Jattin es excesivo y se permite sus incorrecciones: sin embargo, la magia
de su poesía hace evidente que este tono, este desbordamiento, tenga una fuerza que
convierte en virtud cualquier tosquedad.
El teatro presta
ciertas categorías retóricas, como el gusto por los finales de "ancha cola",
el ritmo de parlamentos teatrales, el tino para captar el tono de la conversación y
convertirlo en música. Poesía para decir en voz alta, no faltan las simetrías y
repeticiones, a manera de letanías.
Los recursos formales
son apenas un accidente, un accidente cuyo dominio corresponde a la sabiduría poética,
frente a ese desgarramiento que va mucho más allá de cualquier recurso de utilería y
que nos deja, él lo ha dicho, unos "poemas anudados por la desolación".
Este volumen reúne
casi toda la poesía de Gómez Jattin. Así, junta, se nota más la calidad de obra-río.
No sólo en el sentido de un texto no mediatizado, vibrante, fluyente, de ritmo áspero,
con personajes y escenarios que se entrecruzan como brazos de una misma corriente.
Obra-río porque la unidad general del paisaje, una geografía local, por fortuna, se
identifica con el río que la cruza: "Arrojo mis soledades al Sinú".
Poesía con una
sexualidad desbordada autoerotismo, zoofilia, bisexualidad, nadie más inocente, más
transparente, menos poseído por la malicia que este poeta, el más explícito, el más
desparpajado de la poesía colombiana. El resultado es un desenfado que limita con el
humor y con el lirismo, pero nunca con la vulgaridad: "no era bella, pero tenía un
picor que la cimbraba del clítoris a los ojos".
Carnal y explícito,
tierno y necesitado de afecto, el amor y el desamor son temas reiterados en toda su obra.
Y, siempre, una lealtad suprema, la fuente de su lucidez: "La poesía es la única
compañera. Acostúmbrate a sus cuchillos, que es la única".
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