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Cuando algunos de los redactores de El Espectador, clausurado por
Rojas Pinilla en 1956, se vieron sin trabajo, se agruparon alrededor de un Semanario, Sucesos,
que sobrevivió durante 280 números dirigido por Rogelio Echavarría y Felipe González
Toledo.
El poeta Echavarría
realizó para la colección de periodismo de la Universidad de Antioquia, una selección
de crónicas publicadas en Sucesos y el resultado es un libro entretenido y
variado, con páginas que el lector de hoy, distante 30 años de los hechos que las
originaron, se las lee con auténtico placer. Un libro entretenido, de buen periodismo,
que es como decir buena literatura. Palabra bien escrita, palabra como arte, que en estas
crónicas no se refiere a hechos imaginados sino a noticias de la vida real.
Con respecto a la
crónica actual -si hoy existe algo comparable a lo que se entendía por tal hace 30
años-, las crónicas de Sucesos tenían otro sentido de la extensión. Entonces se
escribía más y, acaso, había más individualidad, hoy homogenizada por paradigmas,
manuales de estilo e imperativos de la brevedad (por ejemplo: ¿quién, entonces, se
atrevía a reseñar un libro en cuatro párrafos?). Por lo demás, esta antología es una
buena muestra de que la primera persona, el cronista como cuasi-protagonista, no es
propiamente un invento del nuevo periodismo.
El libro se abre con la
recopilación de crónicas de Felipe González Toledo sobre la muerte y proceso de
Gaitán. Rogelio Echavarría no lo rebaja de "el más grande reportero judicial y uno
de los mejores cronistas de Bogotá en el presente siglo." La lectura de estos textos
y el pequeño volumen publicado por Colcultura hace veinte años confirman las
afirmaciones del poeta. Las casi cien páginas de González se leen como un folletín
policíaco.
La segunda parte del
libro se abre con dos crónicas -también de corte policíaco- de García Márquez, quien
en ese entonces ejercía el periodismo en Venezuela. Donde también estaba Plinio Apuleyo
Mendoza, autor de otra crónica, también policíaca y -en algo- relacionada con Gaitán.
Después de ellos desfila una pléyade de periodistas: Carlos Villar Borda, Guillermo
Cano, -un reportaje sobre Dominguín y Lucía Bose-, José Guerra -que escribe sobre el
hijo colombiano de Josefina Baker-, Dario Bautista, quien traza lo que hoy llamarían un
"perfil humano" de Luis Angel Arango. Hay crónicas deportivas y de hípica. Y
no podían faltar los poetas: Arturo Escobar Uribe escribe sobre un poeta maldito
colombiano bastante desconocido, Claudio de Alas, una especie de Barba Jacob que vivió en
Chile y Argentina; y de Juan Lozano y Lozano hay una deliciosa crónica sobre León de
Greiff. El espacio se agota, quién fuera cronista, sin agotar el contenido de este
legibilísimo volumen.
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