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CANTOS DE PTEROS
Jorge Eliécer
Triviño Rincón
ENSOÑACIÓN
Voy a sellar mi
boca
Para callar tu nombre
con lacre de rosas,
claveles y anturios.
Si alguien me pregunta
tú qué te hiciste,
diré que fuiste un sueño,
una hermosa quimera,
un castillo dorado
de almireces de ópalos
con un levadizo puente
sobre un riachuelo
poblado de peces
-róbalos de nácar,
mojarras de talco,
atunes de migas de pan,
salmones de azúcar,
corales de ágata
y algas de cristal-
Voy a sellar mi boca,
pero mi corazón
dirá con mil voces
a las lejanas Pléyades
que un día, una doncella
como la luz del día,
transparente como el agua,
dejó en mi existencia
un delicado perfume
-fragancia misteriosa-
que borrar jamás puede,
ni el tiempo con su arcano.
Desde que te conozco,
ya no tengo reposo.
Tu perfecta silueta
de esbelta gacela
ha entrado en mis bosques
e ideales y sueños.
Con la gracia y donaire,
con el talle y la suave
contorsión de tu cuerpo,
tu hidalgo caminar
gallardo y precioso,
te miras al espejo
limpio de mi alma.
Desde que te conozco,
soy otro, lo sé;
un hombre renovado
por la magia de tu nombre,
de tu sobra, de tu risa,
de tu voz, de tus gestos,
de tus ojos cafés,
de tus labios que el viento
roza cada día
al ir a tu encuentro.
Desde que te conozco,
soy otro, lo sé
en la intimidad
de mi infinito silencio.
Mujer de ojos
de griego vino,
labios de almíbar,
dientecillos de cáliz
de anturio,
aliento de mirra,
de rosa, de uva
y de durazno;
cuerpo de trigo,
de cereza, de pomo
-bellota reverdecida-
hecha para el ensueño
y la caricia,
cuerpo de espiga,
miel, tomillo,
hierbabuena, cidrón,
anís y aroma.
Mujer, cuerpo de diosa
egipcia, alma de rosa,
corazón de estrella.
Ah tus manos,
gacelas traviesas
y tu espíritu de ángel,
de princesa, de hada.
Has venido de Andrómeda,
del espacio insondable
para iluminar mi corazón
con tu divina presencia,
con tu corazón
de diamante,
y tu alma
fragante,
ligera,
diáfana,
delicada,
tenue,
frágil,
como cristal de sal,
como rayo de luz,
como gota de agua
y como copo de nieve.
He intentado definirte,
delinear tu silueta,
fijar lo volátil
que en tu forma de andar,
manifiestas, doncella,
encontrar en tus ojos,
en tus gestos de niña
y en tu voz cual arrullo
de mansa paloma,
la mágica palabra
para entrar al palacio
de tu corazón,
para hallar las razones;
descifrar el enigma
de tu transida calma
y romper el hechizo
que en tu interior
guardas con celo;
conocer en el fondo,
lo que buscas y clamas,
y sólo logro concretar
que como una princesa,
deshojas margaritas
en cada plenilunio,
en el lago de tu alma.
Yo voy tras de ti
como elevada alfarda,
como van las gaviotas
tras el cálido verano
a extranjeras tierras,
como el alma busca
la dulce melodía,
el mágico encanto
de la hermosa vihuela,
del corno y la lira,
el saxo y la flauta,
vibrando misteriosos
en el cardo y la rosa
de la vida infinita
-Rotonda misteriosa,
ave magnífica-
que recorre distancias
en el éter y el tiempo.
Yo voy tras de ti,
recogiendo tus huellas,
buscador solitario
para aspirar tu aroma
y llevarlo en el alma
como sacro estandarte
y como fina esmeralda.
Te amo a ti mujer,
sencillamente
como ama el ave
el nido y el árbol,
las nubes y el aire.
No sé de dónde vienes,
si has conocido
la caricia y el beso
y el abrazo del un hombre,
si sabes del amor
o suspiras por alguien,
sólo sé que te amo
como nunca a nadie,
como ama la tierra
el canto de la lluvia,
un día de verano,
como el parral
ama las manos,
benditas del labriego
y como Dios desde
siempre, amó
lo hecho
en el fértil espacio.
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