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CANTOS DE PTEROS
Jorge Eliécer
Triviño Rincón
DESCONCIERTO
Buscar en la cesura del
viento,
la voz que compone la armonía,
acompasar un pensamiento
con los latidos del corazón,
fulgurar en el horizonte del mundo
y componer un verso,
cantar una canción
y comprender las formas de Doménico,
vibrar con la belleza
formal delas figuras
de Rafael, Dalí, Tizziano,
y el manejo de la luz
en las obras e Rembrandt,
entender los subterfugios
de la religión y la retórica,
sentir la calidez del niño,
el amor admirable de las madres,
sentir la geometría
de la flor del ciruelo,
ahondar en los misterios
de la física cuántica;
entender de la luz el movimiento,
conocer por el admirable tono
la esencia imbuida en las palabras,
saber el por qué, el agua
baja siempre cantando,
serenarse ante la onda
mirífica del gris ocaso,
dominar el miedo
ante la presencia de lo ignoto,
evaluar la angustia y la tristeza,
el dolor, el vaivén de las horas
en la inmensa infinitud del tiempo;
son cosas sencillas,
comparadas con el silencio
con que tu cubres tus pensamientos
y la alegría con que tu voz,
vela tus sentimientos.
Cerca de ti,
se olvida el ejercicio
total de las palabras
y se esfuman las sombras
por efluvio de tu cuerpo
fresco de manzana,
de almendro, y durazno
y de tu alma
de violeta encarnada.
Cerca de ti
el azur es profundo
y el verde es esperanza
hecha savia
genitora de lumbre,
consuelo y risa,
sortilegio, encanto,
alquimia y magia
y fértil silencio
en el árbol frondoso
de la vida encarnada.
He aprendido a mirarte
con los ojos del alma.
Como se mira una estrella
desde un lejano planeta;
como se miran las rosas
con sus corolas abiertas
y sus capullos de seda,
como se mira a las tardes
cuando la luz evanece,
como difunde el eco
del vino del sonido
en el mar azulino del aire.
H e aprendido a mirarte
como se mira a los niños
con la ternura de la madre,
como mira el pájaro
su nido en el árbol,
el cielo y las nubes
y el mudo paisaje.
He aprendido a mirarte
con la pureza del agua
y la vitalidad del tiempo.
H e aprendido a mirarte
de tan elemental forma,
que me basta tu risa,
tu diáfana mirada,
tu andar de gacela
y tu gesto sereno,
infantil y tierno
para sentirte cerca
de mi trémula alma.
Ninfa,
náyade,
traes a mi corazón
el aroma,
el color
y la forma
preciosa
del nenúfar.
Tu cuerpo
-vaso de jade-
ebrio de néctar,
de miel
y leche
y astromelia,
va asperjando
a su paso
el perfume
de nórdica doncella
y el aire al pasar,
se trisca,
se ennoblece,
se ternura,
se amalgama
y se enamora
y las flores
al observar
tu silueta de gacela,
se entibiezan,
se aterciopelan,
se endulzan,
se tersuran,
se atemperan
y edulcoran
y la brisa
-sonata de mimbre,
de bronce y acero,
de cobre y de plata-
susurra,
tremola,
murmura,
musita
y rumorea.
Dríada,
apsara,
de ojos de gaviota,
piel de canela,
cabello de virgíneo
carbógeno,
cuerpecillo
de griega doncella;
eres la dulzura
hecha mujer.
En noches estrelladas
llegan efluvios claros,
sonidos misteriosos,
néctares florales,
armónicas cadencias,
efables sentimientos,
la clara voz del agua,
una palabra undívaga,
el roce de las hojas
al caer desde las copas
de árboles erectos,
el vuelo solitario
de una mariposa,
extraviada o perdida,
el susurro de un
alma a mi oído muy queda
y un recuerdo que creía
perdido en la memoria,
anunciando que tu estás
por breves momentos
-mujercita traviesa-
buscándome en secreto.
Ilusiones o sueños
son a mi alma expectante,
tangibles como el aire,
como Orión,
Perseo y Leo,
como el limo y el hierro,
como el vino y el pan
y como la vida que hiende
su tridente en las cosas,
como el suave calor
de unas manos cariñosas
y como el guiño agradable
de una distante estrella.
Como las olas del mar
en su retorno
traen a mi alma
aromas de algas,
fulgores de luz,
saudades del viento,
aliento de seres minúsculos,
esencias salobres
-pétalos de la rosa
cárdena de la noche-
e imágenes de lejanas estrellas;
en el sendero por donde caminas
han quedado tus huellas
grabadas en el aire y el éter,
bastando tan solo
mirarlo para ver tu figura
grácil y tierna
recorrerlo con garbo
de adolescente gacela.
El perfume que usas
grato, fresco e intenso,
fluye en el ambiente
cálido de Enero,
imantando a su paso
las cosas que han rozado
tus sensitivas manos
y el esbelto tallo
de tu espigado cuerpo.
Pasa volando
solitaria y ufana
una garza tintórea
y el recuerdo de ti,
se recuesta en el nido
de mi corazón,
como ingrávido sueño.
Emerge tu risa mañanera
como tenue perfume
de azahares, violetas,
pino silvestre, rosas,
encinas y batatillas.
Sondea el espacio
en rítmicas corvetas
y se embebe del néctar
ambarino que guarda
la copa de cristal de mi alma.
Posee
-tu voz de gorrión-
diáfano encanto
en el océano,
del abierto universo.
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