Eduardo Castillo
EDUARDO CASTILLO
Para cuando sólo faltaban dos semanas para que el mes de mayo de
1918 se acabara, dos poetas bogotanos se abrazan para
reconciliarse. Se trataba Eduardo Castillo de 32 años de edad y
Ángel María Céspedes con 26. El asunto había tenido tan preocupado
a la sociedad política y cultural, que después del abrazo de los
contendores se ofrece un almuerzo campestre, debajo de los
eucaliptos en la cercanía de la capital. Entre más de 25
asistentes, se hallan el embajador de Bolivia, el señor Diez de
Medina y los escritores colombianos Max Grillo y Luis Eduardo Nieto
Caballero. Mientras se habla del asunto y de otros temas que se
relacionan con la literatura, se da una interesante partida de tejo
en que toman parte el gobernador de Cundinamarca, el director de
El Tiempo, el historiador Raimundo Rivas, el poeta José
Eustasio Rivera y el doctor Güell de la redacción de la
revista El Gráfico.
Eduardo Castillo tiene una figura muy singular. Es flaco, con una
nariz curva que le da características de ave que realza con un
sombrero y capa a la española al estilo de los poetas malditos. De
su cuerpo, magro y nervioso, sobresalen, como dice el periodista
Roberto Liévano que lo ha entrevistado por el acontecimiento, sus
ojos de un verde lacustre. Otros escritores, como Rafael Maya y
media ciudad, saben que Castillo franquea desde su más temprana
juventud, "las puertas del paraíso artificial". Lo que más se
comenta, a veces con risas y en otras con la señal de la cruz, es
que tiene domesticados , para ese paraíso artificial, una paloma y
un ratón morfinómanos.
Eduardo Castillo nació en Bogotá el 5 de febrero de 1889. Muere a
los 49 años de edad, en la misma ciudad, el 21 de junio de 1938. El
poeta de Popayán Guillermo Valencia publica tempranamente del
bogotano la primera producción que, ha sido una versión del soneto
"A una ville morte", de J. M. de Heredia. Al joven le ha
gustado traducir del francés, del inglés, del italiano y del
portugués, a autores como Baudelaire, Verlaine Wilde, Samain,
D"Annunzio, y Eugenio de Castro, entre otros. Quienes lo comienzan
a leer lo consideran un poeta parnasiano, simbolista y modernista.
Él mismo recuerda como la segunda versión en conocerse bajo letras
tipográficas, es "otro soneto del maestro de los Trofeos -
el segundo tríptico Marco Antonio y Cleopatra -, se la
envié tímidamente entre una cubierta a Carlos Arturo Torres para
que éste la hiciese publicar en el suplemento de El Nuevo
Tiempo". Esta eventual mediación periodística lo
proyecta. El diario pasaba a manos de Ismael Enrique Arciniegas,
quien leyó el soneto y le hizo una corrección. Había traducido
Emperador por Imperator. Castillo reconoce la equivocación y se
traslada a la dirección del diario a agradecerle la indicación.
Arciniegas, acepta complacido la sencillez del traductor. Unos
meses después le entrega la redacción de El Nuevo Tiempo
Literario, que era la mejor hoja cultural, adjunta a un medio
escrito que se publicaba por entonces. Castillo tiene abierta así
la posibilidad de dar a conocer sus primeros poemas juveniles y
establecer relaciones personales con todos los escritores y
periodistas de la capital.
Uno de los amigos con los que se relaciona por aquellos días, es
el poeta barranquillero Miguel Cervera. Estaba de paseo por Bogotá
y otro poeta, llamado Ricardo Sarmiento que empleaba el seudónimo
de Delio Seravile, lo lleva al hotel donde se hallaba alojado el
pasajero. ¿Cómo lo percibió el bogotano?: "La impresión que
me produjo Cervera no se me olvidará nunca. Tocado con un gorro
escarlata, y feo, con la fealdad repelente de un boga del
Magdalena, su acogida bruscamente familiar me desconcertó y me
asustó bruscamente. Pero cuando a petición de Seravile se puso a
recitarnos sus últimos versos, el hombre se transfiguró
súbitamente, y su cabezota se iluminó con luz prodigiosa".
De inmediato llegaba a la memoria de Eduardo Castillo, muchos
reconocidos recitadores como Julio Flórez y Federico Martínez Rivas
que tenían la virtud de elevar a la grandilocuencia los versos más
ripios, pero ninguno le resultó más subyugador y armonioso que
Cervera.
Eduardo Castillo llevó una vida de bohemio. Se le veía en todos
los cafés de la ciudad con otros intelectuales. Las noches se
convertían en amaneceres detrás de la holganza. Alrededor de la
mesa, la música, el humo y los licores, estaba el periodista
Esteban Rodríguez Triana, quien tenía fama junto a Castillo, de ser
uno de los lectores más voraces. Castillo bebía al lado de otros
despreocupados como Alfonso Cano, Enrique Álvarez Henao. No conocía
del rigor académico, pero tenía una gran lucidez que desconcertaba
a sus contemporáneos.
Fue muy amigo de Guillermo Valencia, con quien tenía vínculos de
consanguinidad. Su abuelo paterno, don Fructuoso del Castillo y el
abuelo materno de Valencia, don Bartolomé del Castillo, ambos
oriundos de Cuba, eran hermanos, y partieron de la isla para
enrolarse bajo las órdenes de Simón Bolívar. A una invitación de
viaje de Valencia, le debe Castillo lo que para la época era
difícil de realizar: una excursión a Popayán. La relación de los
dos en tierras del sur de Colombia resulta muy diciente. En la
ciudad, capital del Cauca, en casa del autor de "Anarkos"
permanece un año el poeta bogotano, quien mira y señala a su
pariente como un gran señor provinciano, por lo que dice: "Al verlo
allí, recuerda uno a esos varones feudales de la Edad Media,
dadivosos y espléndidos, que jamás contaron las mercedes otorgadas.
Un barón feudal, sí, en cuyos labios oí muchas veces aquel dístico
atribuido a Lutero, y que traducido al romance dice: Quien no ama
el canto, la mujer y el vino/ es durante su vida un gran
pollino".
Valencia se paseaba por sus campos y hacía elogios de todas sus
extensiones y sembradíos. Al ver la indiferencia que Castillo
asumía de sus palabras, le preguntó: "Es que acaso no encuentra
esto bello?" A lo cual el poeta bogotano le respondió: Sí, muy
bello para ser contemplado con ojos de propietario".