RUPERTO S. GÓMEZ
El 29 de noviembre de 1881 el mundo intelectual de Bogotá estaba
algo alborotado. En los círculos literarios todos corrían para
asistir a los recintos de la Academia Colombiana donde, en acto
solemne, se iba a conceder una medalla de oro al poeta ganador del
concurso convocado con motivo del centenario de don Andrés Bello.
La sesión pública estaba preparada con todas las galas. Se
otorgarían los premios del concurso poético y del trabajo en prosa.
Entre los asistentes, presidía el acto el jefe de Estado, el señor
Rafael Nuñez, en compañía de algunos de sus ministro. Alrededor de
la mesa principal estaban los miembros de la Academia: Miguel
Antonio Caro, José Rufino Cuervo, José Joaquín Ortiz, Rafael Pombo,
José Manuel Marroquín, y José Caicedo Rojas. Del listado anterior,
el único que no escribía poesía era el filólogo Cuervo.
En medio de la ceremonia lleva la palabra el actor español, el
señor Annexy, quien se levanta de su silla para dar lectura a la
poesía premiada y cuyo autor, era ignorado todavía. De inmediato el
suspenso continúa cuando es don Rafael Pombo, quien como autor del
informe de la comisión, se levanta para decir lo siguiente del
poema premiado: "Poesía que en primer lugar es poesía, y americana
lleva en sí su música y su canto, por el movimiento de las ideas y
el acorde ritmo de la palabra; de género ya heroico, ya
descriptivo, mas no elegiaca ni política; de periodo singularmente
natural en su plenitud y robustez, sin afectación ninguna; rica,
mas no de ruido y color ocioso, sino de imágenes y pensamientos;
libre en su forma como las silvas de Bello, y exenta, como ellas,
de maquinaria pagana, fuera de ciertas personificaciones que no son
fábula, sino del lenguaje común".
Los elogios continúan hasta que el señor Pombo en su informe hace
un reparo: "Mas en nuestra decisión por esta poesía, tratamos de no
ser ciegos. Observamos que su autor peca, felizmente por exceso de
numen más bien que por defecto; que en su plan hay desproporciones;
que en algunas partes sobran figuras; y varias de ellas sin
influencia ulterior; que suele dilatarse inoportunamente en
incidentes y con monotonía en sus engarces; que incurre en
descuidos menores; ... su obra no parece fruto de mucha vigilia y
pulimento, sino, por el contrario, escrita de prisa y como escasa
para el designio original y fuerza del cantor..."
De inmediato se da el nombre del ganador, el señor Ruperto S.
Gómez. Se da lectura al extenso poema ganador que la concurrencia
aplaude:
¡Oh genios, despertad! y el estro ardiente
Bullirá en vuestra mente,
Si no ante el humo de feral pelea,
Donde revuelve indómito guerrero
Amenazante acero
En el momento de recibir el premio, Ruperto S. Gómez cuenta con 44
años de edad y cuatro de estar escribiendo poesía. Era algo extraño
para la época cuando todos los poetas se iniciaban a muy temprana
edad. Su vocación fue primero hacia la docencia. Con la
salvaguardia del fabulista y comediógrafo chocoano Ricardo
Carrasquilla, estuvo como suplente en la dirección del Liceo de la
Infancia, prestigioso plantel, donde se formó discípulos que
después se distinguieron en las letras y la política. El colegio
funcionaba en su casa de habitación. Los estudiantes llegados de
provincia, se internaban en el hogar claustro y se educaban al lado
de la esposa y de los hijos del rector. Los primeros poemas de
Ruperto S. Gómez, son puestos al servicio de la enseñanza, por los
que escribe versos fáciles para la memoria como sus Tablas de
las cuatro operaciones de enteros y sus Ejercicios para
corregir palabras y frases mal usadas en Colombia. Se conocen
también los versos didácticos, Problemas de geografía, que
escribió en compañía de Carrasquilla. Durante muchos años sus
textos estuvieron en muchos de los planteles educativos de la época
y era, entre todos los métodos empleados, el más conocido.
El colegio de propiedad del poeta Gómez se llamó Establecimiento de
enseñanza objetiva. Quiso con este nombre hacer ejercicios
prácticos, por lo que lo dotó de un laboratorio de química, un
museo de historia natural que estaba beneficiado con un herbario
con plantas del altiplano cundiboyacense que había organizado
Francisco Bayón. En todas las paredes había mapas de todas las
regiones del mundo y en aulas especialmente acondicionadas,
instrumentos adecuados para la práctica de la agrimensura y la
geometría. Pero lo que más llamaba la atención a estudiantes y
visitantes era una moderna instalación de telégrafo que despues le
incautaron en la guerra de 1876, cuando el partido conservador al
que pertenecía Ruperto S. Gómez, fue vencido. Muere en Bogotá el 16
de noviembre de 1910.