Hugo Salazar Valdés
HUGO SALAZAR VALDÉS
Cuando Hugo Salazar Valdés nace un día de marzo de 1926, en
Condoto, departamento del Chocó, llovía. Alrededor de su madre,
recién salida del parto, había sólo selva. Su infancia transcurre
sin trascendencia como hijo de comerciante de pueblo. De un lado a
otro del olvidado municipio corría con el aro o lanzaba trompo. Su
padre tiene gusto por la lectura, mientras que su madre de
temperamento despreocupado, no está atenta a lo que haga el
muchacho. Él mismo dirá cuando habla sobre su vida, que "la
Universidad me enseñó las luces del bachillerato que complementé
con lecturas de poesía y otras de necesidades
indispensables".
A medida que los años pasan, Salazar Valdés, para poder cubrir
necesidades, sigue los pasos del padre y se dedica al comercio.
Existe en él una mala disposición para las cuentas, para realizar
arqueos y balances. Las sumas le salen mal cada vez que quiere
contabilizar; los resultados de las ventas aparecen exiguos, y
quiebra. El camino que le queda es la enseñanza. Cuando entra a
dictar clases tiene que vérsales con él mismo, pues no tiene en su
temperamento el orden y la disciplina, por lo que tiene que
renunciar a este nuevo oficio.
Escribe y a medida que lo hace, siente que se halla entre la
muerte y la blasfemia.
Viene una etapa de vagabundo en que los golpes de la vida son
duros. La lluvia y el sol caen inclementes sobre su cuerpo. Los
amaneceres lo sorprenden en los parques que no tienen camino. Son
cinco años de deambular sin sentido en los que decide ir de pueblo
en pueblo para dar a conocer, por voz propia, sus poemas. Declama
en cualquier lugar "Baile negro" y el Romance de la negra
María Teresa" y recibe aplausos de los improvisados
asistentes. Su marcha no se detiene: "Un vez -cuenta el poeta
trashumante -, al sur del Ecuador, tierra que amo entrañablemente y
a la que estoy ligado por emoción e inteligencia, recité sin comer.
Aún resuenan en mis oídos las palmas inolvidables por el éxito
alcanzado".
En 1948, a los 22 años de edad, trabaja en Popayán en el periódico
que orienta Jaime Paredes Pardo. Llega por entonces a la ciudad el
poeta Rafael Maya. Los jóvenes deciden visitar al maestro. "Con él
-dice Salazar- daba la sensación de estar hablando con un fraile
franciscano." Se hace alumno de Rafael Maya. De este contacto
lírico establece una sentencia de peso. Comenta como Maya tuvo que
abandonar Popayán, "porque no resistía el influjo de
Valencia". Era como si la sombra del poeta de mayor publicidad
y nombre tapara al que hasta ahora surgía.
Para su subsistencia insiste en continuar con el programa que
desde años atrás se ha trazado: Permanecer ante el asedio de la
penuria con la declamación de sus poemas. A medida que hacía la
convocatoria de sus recitales, encontraba que no había público
dispuesto a asistir. Eran tiempos difíciles para el arte y más como
para que una docena de personas se reunieran a escuchar poesía.
Ante la ausencia de oyentes, viaja al Valle del Cauca, departamento
vecino en busca de público. La llegada a Tuluá, después de un
sinnúmero de aventuras y sin dinero, fue azarosa. Por primera vez
tiene miedo. La situación de inasistencia es igual. Nadie se asoma
al recinto escogido a escuchar poesía. Le preocupa la inactividad,
ese estado de inercia que le impedía lograr algo para su sustento
material y espiritual. Decide ofrecerle de modo gratuito el recital
a los socios del más importante club social de la ciudad. La gente
asiste después de superar un pesado letargo, de dejar atrás una
henchida pereza. La sala se llena. Comienza su voz a ofrecer las
imágenes poéticas y el público, antes renuentes, queda
entusiasmado. El éxito estaba de nuevo delante suyo. Ofrece al
público una bandeja para que deposite en ella una contribución, más
no una limosna. Advierte que se negará a recibir menos de tres
pesos. Todos se meten la mano al bolsillo y ofrecen agradecidos su
canon al poeta. Recuerda como de la multitud se levanta el Tesorero
Municipal, con un billete de diez pesos, lo que pone en alto el
éxito de la colecta.
En 1953 llega a Bogotá. El maestro Rafael Maya se encuentra en la
capital. Gracias a él consigue que lo encarguen de la revista del
Teatro Colón. Durante un año su trabajo consiste en registrar el
acontecer artístico que se presentaba en su escenario.