Laura Montoya Upegui
LAURA MONTOYA UPEGUI
Esta prolífera escritora, fue siempre directa en su palabra, hasta
el punto que no encubrió, sino, por el contrario señaló de modo
polémico aquello que la afectaba, y de modo tajante dejaba con
nombre propio, al descubierto, a aquel o aquellos que, por una
mentalidad atrasada propias del medio y de la época, se encontraron
con ella en diferentes momentos de su vida. Sin embargo, su fuerte
temperamento fue generoso y místico. Desde su posición de religiosa
la espitirualidad marca la vida de quien emprende, desde su
nacimiento, muchas dificultades.
Nace en Jericó, Antioquia, el 26 de mayo de 1874. Dos años después
su padre, que se desempeñaba como comerciante y médico, es
asesinado. Ella reconstruye ese momento del siguiente modo: "Cuando
ya grandecita le pregunte [a mi madre] donde vivía N.N., ese señor
que amábamos y que yo creía un miembro de la familia por quien
rezábamos cada día, me contesto:";ese fue el que mato a su padre;
debemos amarlo porque es preciso amar a los enemigos porque ellos
nos acercan a Dios, haciéndonos sufrir". ¡Con tales
lecciones, era imposible que corriendo el tiempo no amara yo a los
que me han hecho tanto mal".
Su autobiografía muestra una sorprendente agilidad que la remonta
a episodios muy atrás en su existencia: "Otra cosa, rara como quien
dice, otro indicio de la fuerza que más tarde habrías [Dios] de
desarrollar en mí contra todas las leyes de naturales, fue el que
catorce días después de nacida, sin motivo ninguno, estando sola,
tirada sobre una cama, volví con un solo movimiento todo el cuerpo;
me puse boca abajo y levanté la cabeza, como para buscarlo
algo".
Esta mística, conocida en la vida religiosa como Madre Laura y que
se halla en la actualidad en proceso de beatificación, tuvo en su
infancia algunas rarezas, como ella misma llama el hecho de que no
lloró al nacer, ni lo hizo hasta los seis meses: Ante esta
situación sus padres se preocuparon: "Consultaron un médico, quien
después de examinarme halló que la chica tenía una salud
completa".
Tuvo una madre muy rígida que la llevó a un estado de inhibición
de sus sentimientos: "Mi madre, quizás inconscientemente, presentía
el secreto de Dios, pues cuando más tarde lloraba yo las pequeñas
contrariedades comunes a todos los niños, me decía: no llores por
esto ¡guarda tus lágrimas para que más tarde las derrames por
algo digno de ellas! Tanta intuición tenía de mi destino, que jamás
mimó mis lágrimas: ¡quería hacerme fuerte en todo".
Se desempeñó como misionera, aunque se quejaba por la pesadez de
sus movimientos que le impedían agilidad física. Esto, sin embargo,
no fue óbice para que hiciera estudios profesionales de gimnasia,
el profesor se exasperaba y le ponía bajas calificaciones.
Desde sus primeros meses de vida detentaba una especialidad, como
ella llamaba a esa extraña condición de comunicar, con un gemido,
cuando tenía que efectuar sus necesidades físicas. Su madre
entendía el mensaje y le quitaba las envolturas para que libre de
pañales y ropas, realizara lo que tenía que hacer y quedara
tranquila.
Su curiosidad por la naturaleza la llevó una mañana a sentir a
Dios. Ese momento lo consideró el más bello de su vida. Al observar
de niña un hormiguero que quedaba a una cuadra de su casa, quedó
fascinada con la carga y traslado que hacían de sus provisiones de
hojas. Les quitaba la carga y se complacía llevándoles hojitas
hasta la entrada de su hormiguero en la tierra. Así se entretenía
hasta que sintió que era herida por el conocimiento de Dios "y de
sus grandezas , tan hondo, tan, magnífico, tan amoroso, que hoy,
después de tanto estudiar y aprender, no sé más de Dios que lo que
supe entonces".
Viene después en su vida una etapa difícil. Su madre resuelve
regresar a Amalfi, a la casa de sus padres y dejarla bajo la
responsabilidad de una tía para que asistiera al Colegio del
Espíritu Santo, como externa. La tía que la acoge era tan amarga y
de carácter tan fuerte, que la niña le tenía "tal miedo que a
cualquier sacrificio me hubiera sometido por no estar con ella. Y a
su lado debía vivir".
Encargada la tía de un orfelinato, confía a la niña al cuidado de
las huérfanas mayores lo que equivalió a dejarla sola. La tía se
guardaba los dineros que le enviaba otro pariente para los gastos
de colegio y de vestidos, y la trajeaba con las telas que de
limosna mandaban los almacenes. Las demás compañeras la llamaban la
Canaria porque desde un principio la veían llegar con vestidos del
color de los canarios, de un color que se usaba en la época sólo
para colgaduras.
Ya adulta se desempeñó por nombramiento oficial en las escuelas de
Amalfi, Fredonia y Santodomingo y por ello siguió como maestra la
carrera de pedagogía donde como dice ella, se dedicó a formar más
"el corazón que la cabeza". Escribió Autobiografía de la Madre
Laura de Santa Catalina o historia de las misericordias de Dios en
un alma. Sus libros de versos fueron : Destellos del
alma, y Versos que llamo desversos. Murió en Medellín
el 21 de octubre de 1949.