Julio Flórez
JULIO FLOREZ
De familia bogotana, este poeta del romanticismo colombiano,
integrante del grupo literario la Gruta Simbólica, había nacido en
Chiquinquirá, Boyacá, el 16 de mayo de 1868. Luis María Mora, quien
lo conoció, dice que "amaba a Bogotá, y ella labró su popularidad
con predilección y amor de artista. Las muchachas le señalaban con
el dedo, porque él era el más fino intérprete de sus amores, y los
mozos a su palsquoso preguntaban: &Es éste el poeta que embriaga
nuestra juventud con sus dulces melodías". Las gentes del pueblo lo
saludaban como si fuera un hermano en el dolor, y las muchachas
alegres sonreían con ternura, a la vista de aquel pálido bohemio
que cantaba en versos melancólicos, el vino y las orgías".
Se dice que sólo hizo escuela primaria y que al contrario de
muchos de sus amigos de tertulia, no hablaba la lengua francesa,
tan de moda entre las personas que por la época se consideraban
cultas. Era común que en ciertos círculos sociales se hablara de
Bécquer y de Víctor Hugo, por lo que mucho aguzó su interés por
conocer, no sólo de estas figuras que en el último tercio del siglo
XIX eran las más reverenciadas, sino todas las figuras de la lengua
castellana, a excepción de las que representaron el Siglo el Oro en
España. A los 16 años, el poeta que más iba a ser reconocido en
vida, sufrió algunos silbidos del público cuando en el Teatro Colón
recitó un escrito que el llamaba Oda a Víctor Hugo. Aprendía de
política asistiendo al Capitolio a escuchar los debates que ahí se
realizaban. De Rafael Pombo, tan reconocido por entonces, y que le
llevaba en edad 34 años, aprendió a escuchar poesía, la propia y la
de otros, que el poeta leía en voz alta.
La regular y bien proporcionada estatura de Julio Flórez era
inconfundible para todos los que a diario lo veían por las calles
de Bogotá, o al momento de asistir a los encuentros de la Gruta,
antes de que lo prohibiera el toque de queda impartido con motivo
de la guerra civil de entonces. Aparecía, al igual que sus
compañeros de convite, a la infaltable cita para permanecer toda la
noche entre vinos, aguardientes, lecturas, concursos y
recitaciones. "Tenía la frente ancha y espaciosa -dice Mora- uno de
sus tantos compañeros de tertulia-, recta la nariz, sedeños los
cabellos de ébano, la boca sensual y unos ojos que soñaban
despiertos, grandes y adormilados y como interrogando extrañas
lejanías". Esta figura parecía acondicionada deliberadamente
para hacer más evidente su convicción en la poesía romántica.
Colocaba sobre su cabeza un sombrero flojo de alas anchas y sobre
su cuerpo un largo y negro gabán que se movía lateralmente a cada
lento paso que daba. Flórez, quien veía en la poesía un ejercicio
sagrado, parecía ejercer un sacerdocio poético. Por ello sus
contemporáneos decían que "tenía algo de los profetas de Judea que
templaban su lira a la sombra de los sauces de Babilonia, o de los
rapsodas helenos, o de los juglares de la antigua España, o de los
bardos de Irlanda que andaban llorando las tristezas de la patria
vencida". La popularidad de Julio Flórez, extendida por todo
el continente, hizo que muchos de sus poemas fueran cantados,
inclusive por Carlos Gardel.
A temprana edad y debido a la muerte de su padre, abandona el
hogar para ir a vivir con la familia de un coterráneo suyo, Melesio
A. Sánchez. La casa de Sánchez se convierte en un nuevo lugar de
aprendizaje. Su propietario es un hombre instruido que le lleva
periódicos y libros a Julio Flórez para que conozca la actualidad
en el mundo y en las letras.
Obsesionado por la muerte, el poeta de Chiquinquirá dejó muchas
anécdotas que han fijado sobre él un dejo de necrofílico y de
macabro, que comienzan con el cráneo, estilo príncipe Hamlet, que
tenía en su habitación y que tanto él, como sus amigos en las
noches tomaban junto con una lámpara, para subirlo y bajarlo
simultáneamente, y dejar así que, por los efectos de la luz y la
sombra, la calavera abriera y cerrara los ojos y la boca. En otras
ocasiones, con músicos y poetas, se iba al cementerio a ofrecer
serenatas a los muertos. Penetraban los intérpretes en los osarios,
para dejar que las notas musicales salieran de las criptas,
mientras Flórez recitaba sus versos a José Asunción Silva, el poeta
suicida.
El poema que mayor aceptación obtuvo en la época fue "La boda
negra". El tema se torna tremebundo cuando el amante "En una
horrenda noche hizo pedazos/ el mármol de la tumba abandonada,/
cayó la tierra... y se llevó en los brazos/ el rígido esqueleto de
la amada". El final no es menos truculento: "Llevó a la novia
al tálamo mullido,/ se acostó junto a ella enamorado,/ y para
siempre se quedó dormido/ al esqueleto rígido abrazado". Según
la crítica Monserrat Ordóñez ,"el poema está presentado como un
relato oral, que el poeta transmite después de haberlo escuchado de
la boca del enterrador".
Julio Flórez viaja a Centroamérica y más al norte, en México, es
recibido y homenajeado por el presidente Porfirio Díaz. Se traslada
después a Madrid como secretario de la delegación de Colombia donde
actuó discretamente. Visita París y regresa al país donde es
proclamado por sus recitales y obtiene reconocimientos y regalías
por la venta de sus libros. Cambia la vida de bohemio para casarse
y fijar su hogar en la población de Usiacurí, en el departamento
del Atlántico. Se dedica a las labores agrícolas, a la caza y a la
cría de gallinas. El 14 de enero de 1923, se le hace un gran
homenaje en su casa, donde ya estaba enfermo y próximo a morir. Se
le corona con laureles y el periódico El Tiempo le otorga como
regalo una araña de oro.