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INTRODUCCION

 

A LA MEMORIA SOBRE EL CULTIVO DEL MAIZ


"Poema bellísimo, que con gusto prohijaría Virgilio". (Opinión de Cuervo).

Gregorio Gutiérrez González y yo nos conocimos en los bancos de la escuela.
Gutiérrez González era un joven contemplativo y propenso a la reflexión: yo era un mozo frívolo e insustancial.
Yo adiviné en Gutiérrez el germen del genio; él adivinó en mí la personificación de un amigo fiel.
En el mundo moral hay leyes semejantes o iguales a las que arreglan el mundo físico: electricidades de naturaleza, contraria se atraen; caracteres diversos tienden a la unión. Fue por eso, sin duda, por lo que Gutiérrez González y yo, al entrar en el camino difícil de la vida, nos estrechamos la mano y quedamos ligados por el vínculo santo de una amistad imperecedera.
Salidos del colegio, el destino nos separó por algunos años. El quedó viendo el humo que salía por la chimenea del hogar paterno, continuó oyendo el suave susurro de las cascadas del Aures, y siguió contemplando por algún tiempo la casita blanca en que pasó su niñez. Yo ascendí al Cotopaxi y al Chimborazo, escuché el trueno de agua de la cascada americana y navegué sobre las ondas revueltas del golfo de San Lorenzo. Mi amigo fue más feliz que yo.
Pasado algún tiempo, nos encontramos de nuevo en el país natal, y nos estrechamos la mano con la efusión de antes y la ternura de siempre.
Las pasiones estaban enardecidas, nuestras opiniones sociales eran idénticas: pero nuestras creencias políticas diferían un tanto.
En el debate encarnizado de los bandos y en medio del combate nos encontrábamos de vez en cuando, nos mirábamos, nos estrechábamos de nuevo la mano y nos confundíamos en estrecho abrazo: el odio era imposible en nuestras organizaciones.
Gutiérrez quería resolver el problema de la existencia humana.
Recuerdo que un día me dijo: "Manuel, tú que estudias al hombre, dime, ¿qué es la vida y qué es la muerte?"
-No lo sé, le respondí; pero entiendo que el día en que la losa del sepulcro cubra tus restos y al instante en que tu espíritu comience a transitar por el interminable camino de lo eterno, oirás la primera palabra de verdad en ese asunto.
Un poco más tarde mi amigo cayó mortalmente enfermo, y yo le presté los estériles cuidados de mi ciencia.
Era el crepúsculo; una débil luz alumbraba su rostro moribundo; su sensible esposa tenía el corazón hecho pedazos, y sus hijos, agrupados en torno del lecho de muerte, estaban inundados en lágrimas.
La siniestra mano de mi amigo reposaba helada sobre la mía; en la diestra tenía la efigie de Cristo, y sus ojos estaban fijos sobre la Cruz
La vida de aquel amigo se apagó de un soplo, y su alma inocente y honrada voló hasta el seno de Dios en alas de la fe.

Ni un solo día, ni una sola hora, ni un solo instante, en recuerdo ha dejado de vivir en el mío.
Hoy, me toca escribir el prólogo a la Memoria sobre el cultivo del maíz, que, acaso por mis indicaciones, cantó en buena hora el vate inspirado de las montañas antioqueñas.

Cuando los españoles llegaron al nuevo mundo, el maíz representaba para los americanos el mismo papel que el trigo representó siempre para los pueblos primitivos del viejo continente. El trigo era la base del pan entre los habitantes del Asia, y lo fue para las gentes europeas; y el trigo sirvió al Redentor de los hombres para simbolizar con él su encarnación en la noche de la Cena.
El maíz como alimento fue el primer bocado que cayó de la mano misericordiosa de Dios sobre la boca necesitada del indio. Como elemento de nutrición, pasó de la rústica choza de los aborígenes a la sencilla mesa de los conquistadores. Como elemento de fuerza y de vigor, sostuvo más tarde la escasa provisión de los colonos y mantuvo la energía necesaria para sus difíciles y fatigosas tareas de organización social.
Esparcido este grano redentor por todos los lugares de nuestro continente, ha sido provechoso, sobre todo para las poblaciones establecidas en las comarcas montañosas.
En Antioquia el maíz se encuentra como recurso clásico de alimentación, y aun el nombre mismo de antioqueño despierta en todo el país la imagen socorrida de este riquísimo cereal.
Por una coincidencia que nos ha llamado la atención de algún tiempo a esta parte, el maíz se ha encargado de perpetuar en la memoria de los antioqueños el nombre ilustre de dos esclarecidos compatriotas: el nombre de Zea (Zea maíz), trasmitido por la ciencia a las generaciones venideras, y el nombre de Gutiérrez González, que vuela en alas de la gloria literaria, por haber sido su cantor inmortal.
Las estrofas de Gutiérrez González tienen hoy su divina resonancia en los valles y en las crestas de nuestras cordilleras; su Memoria sobre el cultivo del maíz, se repite con delicia en la cabaña del pobre y se declama con orgullo en el aposento del rico y en el gabinete del literato. Las baladas de Osslán no caen mejor sobre el oído del montañés de Escocia que el eco tierno de los versos de nuestro poeta sobre el oído de nuestros sencillos y honrados trabajadores.
En tanto que los bosques antioqueños puedan caer con fragoroso estrépito al impulso del brazo robusto y de la cortante hacha de nuestros agricultores; en tanto que la serpiente se deslice por entre la maleza, y el turpial se meza lanzando canoras voces, en la mazorca sazonada; en tanto que hacendosas cocineras se inclinen sobre la piedra para preparar infatigables el sustancioso y delicado pan de nuestros festines; en tanto que las devotas gentes asistan regocijadas a la fiesta de la Candelaria; en tanto que haya cosechas que repleten nuestros graneros y sostengan el aliento de nuestro virtuoso pueblo; en tanto que las viejas tradiciones del hogar sean una religión para nuestros campesinas; en tanto que queden inteligencia, memoria y sensibilidad en el alma y en el corazón de nuestros compatriotas, y en tanto que exista nuestra raza con su lengua y sus costumbres; en nuestros campos, en nuestras villas y ciudades vivirá fresco el nombre de Gutiérrez González, bardo inspirado de nuestras montañas.

MANUEL URIBE ANGEL

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