|
Nocturno No. Dos
Estabas triste y sola
sobre la arena ardiente.
Un lucero, de lejos,
te besaba en la frente.
Tus cabellos dorados
en cascada caían
y las ninfas del río
su cantar te ofrecían.
Tus ojos de esmerada
en la playa sin luna
alumbraban del agua
el correr de la espuma.
Sentí que estabas plena
de profunda tristeza;
con un beso traté
de ofrecerte terneza.
Tomé tus blancas manos
y las llevé a mis labios
sintiendo estremecerse
de tu pecho el santuario.
Luego viajó mi boca
sobre tu piel desnuda,
y se fue tu tristeza,
se perdió entre la bruma.
Rompí con fuego ardiente
de su cárcel crespones
hasta ver cual volcanes
dos turgentes pezones.
Y seguí destrozando
una a una las rosas
hasta ver que escapaban,
raudas, dos mariposas.
De tu pecho marmóreo
se expandía suave aroma
y se oyó el aletear
de asustadas palomas.
Luego, fueron mis labios
bajando lentamente
hasta que me dijiste;
-Mi Amor, es suficiente.
Y la noche siguió
en tus ojos, callada;
sólo se oía mi boca
que otra vez te besaba.
Quise tomarte toda,
sentirte toda mía,
-Por favor- me dijiste,
es pronto todavía.
Así pasó la noche
y llegó un nuevo día.
Este será mi adiós
para siempre querida.
|