|
|
|
El niño trabajador
Soy el mismo Saúl Niño,
al que llaman mentiroso.
yo jamás fui perezoso,
me gustaba madrugar.
Apenas al despuntar
el sol en el horizonte,
yo regresaba del monte,
a donde había ido a cazar.
Cuando no traía un
marrano,
con los colmillos grandotes,
traía un venado padrote,
o un cazar de pato real.
A veces traía una lapa
o una danta bien cebada,
o traía una varada
de bagres para almorzar.
El desayurno chiquito:
una costillita asada
con yuquita cocínada,
topocho y un cachicamo;
más un pernil de marrano,
plátanos arroz y ají;
luego, un camazo con leche
tomaba de sobremesa;
como no tenía pereza
me iba a talar un potrero,
de monte haciendo un reguero
de más de catorce hectáreas.
Eso sin contar las áreas,
por donde iba haciendo el
camino.
Sembrando pasto con tino,
sin exagerar nadita,
se sostenían las vaquitas
que tenía para el ordeñe,
haciendo un queso pequeñco,
de más de cincuenta kilos
y, luego, en un espabilo,
yo seguía con mi destino,
sin importarme un comino
para completar el día:
por la tarde a vaquerías.
Capaba toros, caballos,
me ponía a carear los gallos
luego de herrar orejanos,
o me adentraba en el llano
a buscar pato pelón
y era tan grande el montón,
que había que llevar un güey.
Luego lavaba el jagúey
y me iba para el conuco.
De almuerzo era un taparuco
con una pierna de venado,
una costilla de ganao,
un camasao de guarapo;
y quedaba como un sapo
cuando lo tienen toríao.
Arroz del que había sembrao
en una punta de playa,
del que Llaman Manolaya
que es de buena producción;
y fue tan grande el montón,
más de veínte toneladas.
Por la tarde descansaba
callejoneando un potrero
y sin importarme un bledo
iba a lavar mis calzones,
remendaba pantalones
mientras que taba la cena,
esa sí no era muy güena:
una gallina en sancocho,
plátano y harto topocho,
veinte huevos y cafe.
Y, como era hombre de fe,
luego rezaba el rosario,
besaba mi escapulario,
y me entregaba a Morfeo
así me tiraba tal cual
pero mientras quedaba dormido;
y me flechaba Cupido
en mis seis horas de sueño
Y, luégo, con mucho empeño
con una malla a pescar
salía rayando la aurora,
esa era la mejor hora,
para lograr pelechar,
a veces solía flechar
dos cachamos, tres payaras,
diez bagres de trer en vara,
y doscientos bocachicos;
hasta derribaba un mico
de un tiro en medio'e los ojos,
y, regendiendo rastrojos,
llegaba con apetito.
De todo comía un poquito
pues no me quería engordar.
En eso de enamorar,
no me gustaba una sola,
el hombre tenía más bolas
que perro en un vecindario,
guardaba mi escapulario
y de noche: a fornicar.
|