CAPITULO IX
NOSTALGIA DE LA MUERTE
Hemos debido retirarnos antes, dijo Alejandro a sus
amigos, mientras atravesaban la plaza de Bolívar; nos hubiéramos
evitado la explosión de fraternidad y las galanterías de
Socarraz...
De la plaza, de las calles vecinas surgía en la oscuridad un
alegre rumor de fiesta. La multitud se encaminaba al teatro,
ansiosa por ver el estreno de la compañía italiana.
La luna, en el ocaso, escoltada por nubarrones franjados de
plata, bogaba en un piélago de tinta. Al oriente, sobre un telón de
terciopelo negro, se destacaban las torres de la catedral. Las
luces de los coches, como luciérnagas, rayaban la oscuridad.
Tengo mucho deseo de conocer a
|Werther, de
Massenet; es la primera vez que se da esa ópera en Bogotá.
En la puerta del teatro, bajo los globos de luz eléctrica, un
remolino: coches que suben, que bajan, entre un estrépito de
herraduras; de otros que se detienen, salen caballeros y damas que
dejan regueros de perfume. Sobretodos oscuros, abrigos de seda,
pieles, cabecitas descubiertas, salen de la sombra, se detienen en
la puerta, brillan en la claridad intensa del vestíbulo, se pierden
ascendiendo las escaleras, en la penumbra.
Los tres amigos en su palco de
|avant-scéne admiran el
espectáculo: la sala colmada; aromas, murmullos, resplandores que
destacan las pecheras en el fondo oscuro de los palcos, los
diamantes en la blancura de las gargantas. Aleteos de abanicos,
reflejos de seda, chisporroteo de pedrería...
No entiendo, dijo Roberto, cómo han podido hacer drama de
un argumento tan sencillo, de tan poco movimiento como el
|Werther, de Goethe. El tema de la novela poca cosa: Werther
se enamora de Carlota cuando era ya la prometida de Alberto. Ella,
fiel a su compromiso, se casa con su novio. Werther, despechado, se
suicida. Podría caber todo el enredo en una cuarteta como el de
Corina:
- Oswaldo a Corina amó,
- Pero tuvo la simpleza
- De dar su mano a una inglesa
- Y Corina se murió.
Pues justamente en escoger un argumento sencillo, casi sin
movimiento, en que sólo hay una pasión inmensa, estuvo el acierto y
el éxito Massenet; ese argumento convenía mejor que ningún otro a
su inspiración, a sus disposiciones, a sus tendencias. La música,
el drama musical, vive de acción; pero de acción interior, moral,
de pasiones profundas...
Y como era éste un tema que arrastraba Bellegarde, continuó:
Es así como la música puede espiritualizar ennoblecerse,
llamando al espíritu, arrebatando el alma, prescindiendo de los
nervios, de halagar únicamente los sentidos...
Pero
|La Navarra del mismo Massenet, que oí en
París, es todo lo contrario, una acción agitadísima, violenta... El
argumento hubiera sido del gusto de cierto público de aquí: la
guerra civil España; gritos, algazara, desorden con acompañamiento
de tambores, trompetas, tiros y cañonazos... Era una música que
olía a pólvora.
Y por eso fue un fiasco. Eso tiene su explicación.
Mascagni acababa de obtener un éxito con su
|Cavallería.
Massenet quiso también hacer su
|Cavallería; y no omitió
medio ni recurso de los que emplea Mascagni: desencadenó la
orquesta, exasperó la melodía, redujo, doblegó su talento delicado
a la vulgaridad de ciertos procedimientos italianos; a los
estruendos, a las frases convulsivas que recorren la escala entera,
a las oposiciones fáciles.
Y en ese juego brutal, en ese juego de degollinas y
tiroteos fue vencido Massenet, hecho para pintar las pasiones
enfermas, la debilidad deliciosa de Werther...
Se alzó el telón.
Bellegarde limpió el monóculo y se volvió hacia el escenario,
donde se veía en la pintoresca decoración la aldea de Walheim.
Una hermosa mañana de estío; surge en la paz de la naturaleza el
canto de los niños; luégo el movimiento de valse, el motivo vivaz
que anuncia la llegada de Carlota.
A la lozanía de esta aldeana, decía el conde, corresponde
la frase musical, ingenua, llena de franqueza, con un acento
rítmico, impregnado de originalidad y de alegría.
No conozco, dijo Alejandro, esta ópera. Dudo mucho que
Massenet haya podido representar, o mejor dicho, reflejar en la
música, el alma de Werther; según recuerdo, era ante todo un
apasionado por la naturaleza. Esa pasión, no tanto Por Carlota,
como por la naturaleza, es un sentimiento extraño, profundo,
difícil de expresar...
Y dudo...
Pues bien, dijo el conde con entusiasmo, con exaltación
inusitada, cogiendo el brazo de Alejandro, mientras se inclinaba
sobre el barandal de terciopelo rojo, para escuchar mejor las voces
y la orquesta; eso, eso es lo que ha hecho Massenet con poesía, con
pasión, con la pasión de un alma dominada por el sentimiento...
¿Oye usted? ¿Oye usted, Alejandro? (Agregaba, acentuando la presión
nerviosa de la mano)... Lo que canta ahora Werther, a la entrada de
la casa, en esa hermosa mañana, y lo que canta con él la orquesta,
es un homenaje, un himno a la naturaleza, más que a la mujer... ¿No
es verdad?... Escuche usted, amigo Roberto... ¡Ah! ese violoncello
solo... y ahora este violón, esos preludios de las arpas, esas
notas claras y tenues de aquellas flautas, todo ese canto de
éxtasis sobre un acompañamiento que ondula y que palpita, trae el
recuerdo de los campos, y todo eso tiene el olor del estío, el
aroma del trigo maduro, del heno recién cortado, el rumor del
viento en las hojas de la viña, la frescura del agua que pasa
murmurando por la pradera cubierta de flores.
En el teatro colmado quedaban dos palcos vacíos.
Un ruido de puertas, tric, trac, y en esos dos palcos, entre
alboroto de sillas, de bastones que chocaban, haciendo volver las
cabezas, y cortando la armonía, aparecieron, se fueron instalando,
Landáburo, González Mogollón, Mata, Agüeros, todos los convidados
del banquete político.
Landáburo se colocó en el centro de uno de los palcos, entre
Karlonoff y Mata; puso los guantes en el barandal, sacó el pecho,
se arregló el clavel, tosió, lanzó su mirada circular, satisfecho
de ver que, aunque fuera interrumpiendo la fiesta, hacía volver
hacia él todos los ojos. En el fondo del palco brillaban los
anteojos del doctor Agüeros. En el último término, el binóculo de
Roberto descubrió la calva pálida de Alcón.
Ese es el grupo que no entendiendo el arte, dijo Roberto a
Bellegarde, gozaría con el sport de la guerra.
Alejandro, de mal humor, frunció el ceño y agregó.
Y así como han venido a interrumpir la fiesta, por hacer
viso, quieren turbar la paz, el bienestar de que goza ahora el
país.
Volvió la calma, la atención del público se concentró de nuevo
en el proscenio: Werther y Carlota entonan a la luz de la luna el
dúo del amor, de los recuerdos y de los supremos adioses. Ella
exclama con acento lleno de castidad y de dulzura:
"Debemos separarnos..." Y tras una melodía que se
eleva y declina, y evoca el aleteo de la brisa, el fulgor de una
estrella, el misterio de la noche, preludia la orquesta los acentos
lúgubres de la despedida, vibra la armonía del acompañamiento, pasa
el soplo glacial, solloza el bajo obstinado y sombrío.
Cayó el telón. Roberto, en el entreacto, pasó al palco de Inés
que, al sonar el botón de la cerradura, volvió la cabeza, saludó
con una blanda ondulación del cuello y de los hombros. Había estado
fría, seria hasta aquel momento; pero de pronto se animó, un leve
tinte sonrosado le subió del corazón a las mejillas. "Es
una estatua de mármol", había dicho doña Aura en el palco
del frente; pero al verla animarse, la poetisa se inclinó,
cuchicheó algo por detrás del abanico al oído de Mata. Roberto e
Inés por aquel movimiento comprendieron que se trataba de ellos. En
el palco de doña Aura de Cardoso había un vaivén continuo, y ella,
exuberante, con los ojos que sonreían al través de los lentes de
oro, con cierta agilidad forzada en que pretendía disimular sus
cuarenta años, se volvía, distribuía apretones de manos, a Mata, a
Agüeros, a Landáburo, a tantos que iban a saludarla, a hacerle la
corte como un homenaje al "conspirador
internacional", al adalid ausente de la
"revaluación", al "inmortal
Cardoso".
En el fondo del palco de doña Teresa estaba el general Ronderos,
taciturno, mordiéndose el bigote, fruncidas las cejas. Había ido
sólo por complacer y acompañar a doña Teresa; tiempo hacía que no
asistía al teatro; con el espectáculo surgieron en su mente los
antiguos recuerdos de otras fiestas, las imágenes del pasado se
interpusieron entre el espectáculo y su mirada; vivió en espíritu
largos años de su vida; la juventud borrascosa; la compañía de
Mirándola y Rosina; los bailes y fiesta que daba su padre; aquel
primer amor, aquel duelo fatal; la muerte de su adversario, su
salida país, su permanencia en Europa tántos años; el regreso a la
patria; su matrimonio feliz, sus trabajos de campo a la orilla del
Magdalena; la fortuna rehecha; la muerte de su esposa; después la
de su hijo en el accidente de una cacería; su soledad; la política
para olvidar su dolor en las agitaciones de la vida pública; su
amor concentrado y sólo en la patria... ¡Ah, la patria, por la cual
tánto había sufrido! Sus campañas, la lucha tena constante, con el
partido de la revaluación; la incesante contienda; su anhelo por
ver al fin tranquilo y dichoso este país. ¡En vano!... Al cabo de
los años, ya en la vejez, con una responsabilidad abrumadora, veía
renovarse la lucha, y allá en el horizonte, los nubarrones de una
nueva borrasca...
General, lo noto preocupado... ¿No le gusta la ópera?
preguntó Roberto.
¿La ópera?... dijo saliendo de su abstracción, volviendo
de muy lejos. Hombre, Roberto, sí, es verdad, estoy preocupado.
Este Landáburo, aunque hace discursos de paz, sin duda trama algo.
Ese partido de la revaluación, como dicen ellos, o de la
revolución, como digo yo, no se duerme... Véalos usted ahí, en el
palco de aquel marimacho, de la mujer de Cardoso; tienen cierto
aire de misterio, de inteligencia, de alegría... ¡Ah! ¡Tubalcaín
Cardoso! Hace muchos meses salió de México. Le he perdido la
pista... Nos invadirá... He puesto telegramas a los cónsules.
Sí, yo se lo decía a usted la otra noche, en casa de tía
Teresa; hay que estar alerta... Pero el Gobierno cuenta con muchos
amigos.
¿Amigos?... Ya lo ve usted: en nuestro propio partido hay
un grupo de disidentes; anoche (agregó bajando la voz e
inclinándose), anoche hubo una junta en casa de este necio de
González Mogollón, con el objeto de decidir sobre la actitud que
tomaran respecto de esos agitadores. Han hecho una alianza de paz,
que yo llamo de guerra. Y asistieron, entre muchos, el muy
santurrón de Alcón, el charlatán de Karlonoff, y otros que pasan
por amigos nuestros, y obedecen a Sánchez Méndez. Y en este
banquete político de esta noche... Sí, estoy preocupado.
Salió Roberto.
Bellegarde se presentó en el palco; se sentó junto Inés.
Tenía usted razón, dijo ella mientras apoyaba el binóculo
en el barandal del paleo, tenía usted razón: música exquisita,
original, nueva, sin embargo, yo no la entiendo bien todavía...
comprendo sí que la orquesta tiene una importancia inmensa: su
papel en las óperas italianas que más conocemos aquí es un papel
modesto de sirviente... se me figura que en esta música moderna la
orquesta ha subido en la escala social, es de más categoría que
antes... es igual a la voz humana.
Sí, señorita; ¡eso!... Y Massenet ha sacado partido de un
tema que para otros hubiera sido tal vez estéril... descubrió una
inmensa pasión y supo inspirarse en ella... Una de esas pasiones
continuó en un tono de voz más profundo que cambian una
existencia, que llenan una vida, que inspiran todas las acciones de
un hombre.
Sí; una de esas pasiones, dijo Inés con una sonrisa fina,
que ya no se usan. El que hoy la abrigara se presentaría como un
hombre ridículo, fuera de la moda, como si usara, a estas horas,
casacón y peluca empolvada.
Y es particular, continuó Bellegarde, volviendo a su tono
de voz fría, que Goethe describiera esa pasión, esa pasión tan
intensa, tan sincera, sin haberla sentido el nunca la crisis
romantica le pasó pronto, fue como una enfermedad de niño; corta y
ligera.
Pues Goethe hubiera sido más notable si hubiera sentido
esa pasión, aunque no la hubiera descrito.
Doña Teresa y el general Ronderos tomaron luégo parte en la
conversación; doña Teresa declaró francamente que le gustaban mucho
más
|Carmen y
|Cavalleria; una música más comprensible
y sobre todo mucho más alegre; el aria del torero era de los trozos
de música que más le gustaban... La música triste, melancólica, no
podía soportarla... Bastantes penas y aflicciones había en el mundo
real para ir a aumentarlas y a agravarlas en el teatro con penas de
mentira.
¿No es verdad, Ronderos? Pero él se manifestó de una
incompetencia absoluta en lo de música; recordaba haber leído el
|Werther, hacía tiempo, con gusto, sin desconocer que había
en ese libro una enfermedad de la imaginación, un veneno poderoso,
de gran vitalidad, como se había dicho, una apoteosis del
suicidio.
En fin concluyó no me sorprendería que una
edición castellana de
|Werther tuviera en el país un éxito
colosal; porque ese libro estaría en consonancia con la pasión
dominante de esta tierra: la pasión, la manía de destruir, un
veneno de gran vitalidad, el ímpeto de acabar con lo que queda; la
manía del suicidio, la nostalgia de la muerte.
Sonó el timbre anunciando que iba a alzarse el telón; Bellegarde
se levantó e inclinándose hacia Inés:
Recuerdo en este instante, dijo, las palabras con que
Werther describe a su amigo la pasión que lo domina. "¡Ah!
Suceda lo que suceda, no podré decir que no he conocido la
felicidad, y encorvándose más, gozo de toda la felicidad que ha
sido concedida al hombre."
Se alejó de espaldas, hizo una venia ceremoniosa en la puerta
del palco y se retiró.
Roberto se había dirigido en busca de Alejandro; no lo encontró
en el palco, se encaminó al proscenio; abrió la puertecita de
comunicación; cruzó por detrás de las decoraciones; en el camarín
de la Rondinelli se movían, gesticulaban de pie Landáburo, Mata,
Karlonoff.
Este último continuaba un monólogo:
En las innovaciones que hice al teatro tomé por modelo el
de Bayreuth, cuya primera piedra se puso en 1872; pero que no se
inauguró sino en 1876. Algunos ignorantes arquitectos dicen que la
buena acústica de una sala de teatro, es efecto de la casualidad:
error grosero. El teatro de la Escala tiene cupo para más de 3.000
espectadores; mientras que en el teatro modelo de Bayreuth sólo
caben 1.758...
Alejandro, sentado en el canapé de felpa roja, examinaba la
pintura de un abanico. La Rondinelli, junto al tocador cubierto de
frascos, se arreglaba el peinado, mientras masticaba un pastilla de
goma; se quejaba del esfuerzo que tenía que hacer al cantar, por la
acústica defectuosa del arco escénico. Malatesta, que de pie,
reclinado en la puerta, apuraba un vaso de cerveza, observó que ese
defecto no existía en la temporada anterior, en que, él había
cantado. El mal dependía de una reforma que habían hecho
últimamente.
Si, dijo la Rondinelli volviendo la cabeza, dicen que el
teatro lo ha dañado ahora un sabio ruso o polaco... un... ¿cómo se
llama?
Ya recuerdo, dijo Malatesta, ¿ruso? No... debe ser
alemán... Kar... Karlonoff... ¡eso!., exclamó con su voz sonora...
Un bárbaro, el Karlonoff.
Todos contuvieron la risa. Uno de los visitantes se
escabulló.
¿Por qué ríen? preguntó la Rondinelli. Porque se fue este
|signore?
¡Ja! ¡ja! contestaron. ¿No sabía usted? Ese es
Karlonoff.
¡Imposible! exclamó Malatesta... ¿ruso?... ése...
¡Imposible! prorrumpió la Rondinelli, ese.. ¿el sabio
polaco? ¡Ja, ja!
Y todos prorrumpieron en risas.
González pidió un beneficio para el
|Hospital Docente.
Cuánta gracia, dijo Alejandro, cuánto arte ha puesto
usted, señorita, en las tres notas del tema, que van entrelazándose
en la orquesta: ese último tema, tan puro con las flautas, tan
chispeante con las notas del arpa, tan lleno de ternura con los
violoncellos.
Esas tres notas dominantes, si no me engaño, observó
Roberto, las he oído yo, dispuestas de la misma manera, en Patria y
en la Cavallería rusticana.
¿Es verdad?
Cierto, exclamó Malatesta, tiene usted buen oído, buena
memoria... ¡cierto!
Landáburo, que no podía permanecer callado:
Yo no entiendo, dijo mientras sacudía el brazo, como
esgrimiendo la espada, no entiendo sino un tema: ¡la diana de
victoria! No comprendo sino un instrumento: el tambor, que dice
francamente lo que quiere.
Señorita Rondinelli, dijo el doctor Agüeros, con sus
maneras afectadas, pasándose las manos por los cabellos, voy a
permitirme una receta, unas pastillas, para la garganta, que
fortifican la voz y suplirán el defecto del arco escénico... Mi
profesor de clínica en París, el doctor Laplace...
¿Listos? preguntó el traspunte en la puerta, ¿damos la
primera llamada?
Sí.
¡Ah! la corneta, otro noble instrumento, continuó
Landáburo, en la última revolución, en mi famosa carga en el alto
Gachaneque, gracias a la corneta...
¿La corneta? exclamó Karlonoff, que había vuelto a
deslizarse entre ellos, la corneta fue uno de los grandes errores
de Napoleón en Austerlitz, y de Bolívar en Boyacá. La táctica
moderna la ha suprimido. Las señales, para que no se imponga el
enemigo, deben hacerse con el
|kepis.
Dieron la segunda llamada. Salieron todos, menos Mata, que
deseaba quedarse al lado de la Rondinelli para declararle su
pasión. Ella, entregada a la tarea de darse los últimos toques de
carboncillo en torno de los ojos, no atendía a las frases del
simbolista.
Una pasion sugestiva la de Werther, señorita... Una pasión
sin esperanza... Será así la mía... Werther hizo bien suicidándose.
El suicidio es el mejor final de un cerebral superiór a su
tiempo...
Tercera llamada: un timbre. Se volvieron a llenar palcos y
butacas. Se alzo el telon. Carlota esta en su cuarto, sola, de
noche, lee y relee las cartas de Werther, y la música va siguiendo
la lectura de aquellas cartas; haciendo eco a las frases de amor y
de tristeza. Carlota lee: "Escribo desde mi cuarto
solitario," y el movimiento de la frase musical, los
silencios de la orquesta, el trémolo lúgubre de los bajos, todo
acompaña el pensamiento, todo expresa el abandono, la ausencia, la
agonía. Carlota toma otra carta: "Alegres cantos de niños
llegan hasta mi ventana"; y entonces la orquesta cambia de
tono, se anima, ríe, juguetea, como expresando la infantil
algazara.
La adorada lee la última frase: "¿Volver a vernos?...
¡Nunca, nunca!" Y Carlota enmudece, pero entonces la
orquesta, interpretando el dolor, lanza un acorde vigoroso de
terrible esperanza.
Al palco de doña Aura de Cardoso entraron Landáburo y el doctor
Agüeros; hablaron en voz baja, con gravedad, y el rostro de la
poetisa fue perdiendo su gesto jovial, palideció, tomó una
expresión cada vez más seria.
En el proscenio siguió el gran dúo entre Carlota y Werther,
escena de una declamación sorda entre la candorosa aldeana y el
complicado pensador, y en aquella estancia en que los objetos
mismos parecen evocar los recuerdos de amor, se desarrolla el
diálogo lúgubre, insinuado por la voz humana, acentuado por las
quejas de la orquesta. Werther se aleja, se despide para
siempre.
Un grito en el palco de doña Aura. Un abanico cae al patio;
todas las cabezas se vuelven, ven a la poetisa, pálida, dando el
brazo a Landáburo, salir del palco. Circula por el teatro la gran
noticia: el general Tubalcaín Cardoso, el "gran
ausente", ha muerto en el desierto de Tarapacá.
Tras un instante de agitación en la platea, se volvieron los
binóculos hacia el proscenio: continúa el tercer acto: un mensajero
de Werther presenta una carta al esposo de Carlota:
"Envíame las pistolas, voy a emprender un largo
viaje." Y Carlota misma, inconsciente, sin comprender la
intención del amante desesperado, entrega las armas, en una escena
muda; calla la voz humana, y el trágico episodio sólo está
comentado por un grito, por un estremecimiento de la orquesta.
¿Oye usted, Roberto? dijo Bellegarde: ha llegado el
instante más trágico de la ópera, en que los personajes deben
callar, y la sinfonía tiene el derecho, mejor dicho, el deber de
hablar en nombre de ellos.
Se suicida Werther: "Adiós, naturaleza; cúbrete de
duelo. Tu hijo, tu amigo, tu predilecto se acerca a su
fin." Cae el telón, una salva de aplausos; los artistas,
llamados a la escena varias veces; un grupo de aficionados va a
felicitarlos entre bastidores. Roberto y Alejandro tropiezan con
Mata, en un rincón oscuro, tras una decoración, pálido, la mirada
siniestra: quiere imitar a Werther, lo ha seducido el suicidio
contagioso; brilla un revólver en sus manos; se lo arrebata
Alejandro; González Mogollón, que había ido a insistir en la
solicitud de un beneficio, interviene:
No, devuélvanle su arma. Mata no piensa hacer eso. Apuesto
mi cabeza. Voy a inscribirlo entre los socios de la
|Salvación
Forzosa.
Es singular, decía Bellegarde a Alejandro en el vestíbulo
de la salida y mientras se subía el cuello del gabán, ante el soplo
helado de la calle. Aquí, en un país privilegiado, no se piensa en
la vida, en la felicidad, en el arte, en la
|joie de vivre,
sino en la destrucción, en la guerra, en el suicidio. Este joven,
este señor Mata, que tiene talento, un porvenir, no piensa sino en
destruírse. ¿El país rico, privilegiado por Dios, tambien piensa
suicidarse?... Es extraña esa aficion, ese misterio...
Roberto explicó:
¿Un misterio?... ¿Una. afición?... Es la nostalgia de la
muerte.