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CAPITULO VIII
BALADA DE LA DESESPERANZA

El inmenso comedor del |Hotel Bicontinental resuena con el taconeo de los criados sobre el entablado que hacen los últimos preparativos para el banquete organizado por González Mogollón en honor de Landáburo, y para iniciar la unión de los |íntegros y de los |revaluadores. Los sirvientes giran en torno de la mesa; ponen en ella a la carrera los |menus, los ramos de ojal, los fruteros, las tarjetas con los nombres de los convidados; cuelgan festones en las paredes; ponen en los dos frontis del salón trofeos, banderas, coronas en que campean letreros dorados alusivos al acto. Los dos periódicos, representantes y voceros de los dos bandos que van a juntarse en el comedor aquella noche, han enviado dos coronas disformes: |La Integridad, La Revaluación...

Montellano y Dolores, al dirigirse al comedor, fueron detenidos por un criado que les manifestó haberse prevenido para los huéspedes un comedor especial esa noche.

—¿Por qué? preguntó Montellano, mientras atravesaba el comedor principal, resplandeciente, y se dirigía en busca de la mesa preparada para él y para Dolores en un comedor contiguo.

—Porque esta noche es el banquete para el cabo Landáburo, respondió el criado; ese sí es amigo del pueblo.

Montellano y su hija se sentaron y paseaban la vista con asombro y curiosidad por el salón, por aquella larga mesa reverberante que esperaba a los convidados, en que se destacaban la franja de platos y cubiertos, los ramos de flores, los platicos de colores con pasas y almendras, y el pan entre las servilletas anudadas como azucenas. Racimos de bombillos eléctricos esparcen torrentes de luz que arrancan chispazos del níquel de los saleros, de la tapa de los botellones, y marcan sobre el mantel sombras netas y profundas. El alboroto de las pisadas, el chirriar de los botines de los criados arrecian en cierto punto en que el entablado está flojo y ha bajado. De fuera llega el rumor de pasos sobre ladrillos, voces de mando afrancesadas, choque de vajilla, de cubiertos.

En el corredor sombrío que antecede a la puerta de servicio, pasa y repasa el dueño del hotel con aire de general que se prepara a la batalla. Su cuerpo de jayán, su cara de dogo, le dan gran parecido con Sánchez Méndez, jefe de los íntegros, el personaje más conspicuo del banquete político.

Montellano siguió hablando con el criado para preguntarle pormenores de la fiesta, y su vozarrón desbordando la pieza en que estaban, llenaba los aposentos vecinos.

Entraron Alejandro, Roberto y Bellegarde; Montellano se levantó para saludar como viejos amigos a Alejandro y a Roberto, pero ellos hicieron una venia y ocuparon una mesa distante. Roberto al presentarse dejaba ver huellas de pesadumbre, parecía más delgado, más pálido. Dolores le dirigió una mirada cariñosa; entonces pasaron las brumas de tristeza en la fisonomía de Roberto, se acercó a Dolores, le dirigió algunas galanterías y luégo, durante la comida, los ojos negros de Dolores y los ojos pardos de Roberto se mantuvieron en diálogo constante.

Bellegarde se complacía en observar con atención a Alejandro: aquella fisonomía de un diseño más agradable que correcto, parecía un bosquejo, pero un bosquejo trazado por el pincel de un maestro: los cabellos de un rubio dorado; los labios llenos y sensuales; la frente ancha, vigorosa, donde parecía flotar un resplandor de entusiasmo; los ojos de un azul frío que tomaba a veces una tonalidad suave y a veces se encendían con una chispa de locura, al hablar del arte, del pasado, de la gloria, entonces su palabra era ardiente, su voz vibraba; había recibido de la naturaleza el dón de admirar, de sentir, de comunicar su fe, su entusiasmo.

Una carcajada que se desgranaba en notas argentinas y una voz estentórea, anunciaron a la Rondinelli y al tenor de la compañía italiana.

La luz profusa iluminaba el perfil correcto de la prima dona y doraba con tonos blancos la madeja de seda de sus cabellos.

En el salón del banquete empezaron a entrar los músicos sudorosos, mal trajeados. Colocaban con cuidado en el suelo las cajas negras de los violines, sacaban de los estuches las flautas, y de fundas de paño los clarinetes.

Se sintieron a lo lejos murmullos que fueron acrecentándose, y después de un rato hizo irrupción el grupo de los convidados al banquete. Llevaban aire solemne, se decían al oído frases misteriosas, soltaban carcajadas sordas, comedidas, cambiaban palabras almibaradas; y en medio de ese murmullo discreto fueron rodeando la mesa, se agachaban para buscar sus puestos, separaron los asientos, que hicieron un estrépito corto sobre el tablado; se sentaron. Rompió la orquesta con la marcha |Cadenas rotas, letra del maestro Mata, dedicada expresamente a Landáburo. Dolores, que desde su mesa seguía con curiosidad todos los incidentes del banquete, observaba la hilera de pecheras blancas inclinadas sobre los platos de sopa; el enorme clavel rojo en el ojal de Landáburo; el frac demasiado estrecho y el cuello demasiado alto que torturaban al doctor Alcón; la inmensa calva roja, los ademanes multiplicados de González Mogollón; el tinte amarillento y la mirada muerta de Mata; los anteojos del doctor Agüeros, que reverberaban con los movimientos afectados de la cabeza. Después del silencio que acompañó a la sopa y al pescado, empezaron a animarse las conversaciones y llegaban a Dolores, entre el taconeo de los criados y el tintín de los cubiertos, jirones de frases de los convidados:

—"La hora blanca de un futuro próximo..." "Revaluación o abismo..." "Media nación esclava..."

—... "Comían en el triclinium y salían al vomitorium, como dice Juvenal..."

—"Conciliación de los extremos... abrazo universal... salvación forzosa... idea práctica... de tejas para arriba..."

—"Sopa de ostras... perla, enfermedad de la ostra... la perla, una enfermedad como el genio..."

—"El doctor Charcot, mi profesor en la Salpétriére... ¿La idea? Un producto como este amontillado."

—"Ignorancia crasa... errores imperdonables. Mis refutaciones históricas..."

En el testero de la mesa se destacaba la figura corpulenta del doctor Sánchez Méndez, que en silencio e inclinado sobre el plato, saboreaba con delicia la sopa de ostras. A la distancia, Dolores sólo distinguía de él, destacándose sobre su pechera blanca, la enorme cabeza erizada como un cepillo. La noticia del banquete, la música y el exceso de luz que desbordaba sobre la calle, habían atraído muchedumbre de curiosos; y algunos amigos políticos del héroe de la fiesta, encabezados por Socarraz, se apiñaban en las proximidades de la puerta, enarcando las cejas, estirando el cuello, listos a recoger, a aplaudir, a regar por los cuatro vientos las palabras del "cabo Landáburo".

Al apagamiento del principio sucedió la alegría: fueron alzando las voces, se cruzaban los brindis, chocaban las copas; y con el apetito saciado, las frecuentes libaciones, la luz de los focos reflejada en los espejos, el calor, fueron corriendo entre los convidados efluvios de expansión, de locuacidad y de "fraternidad universal", según lo deseaba González Mogollón. El, que en todo gustaba de andar aprisa, y que creyó oportuno aprovechar aquel momento favorable, se levantó a dedicar el banquete. Hizo callar la orquesta y empezó a hablar. En la declamación derramaba goterones de vino tinto sobre la mesa. "El confesaba sus pobres dotes oratorias y hacía el distingo entre lo de tejas para abajo y lo de tejas para arriba; no le gustaba hablar de sí mismo; y sólo servía para salvar la humanidad y hacer el bien en todas las clases sociales. Sabía que la costumbre era no hacer brindis sino después del postre y en el momento del champaña; pero él se permitía tomar la palabra a la hora de trinchar las pichonas porque era un hombre así, a la pata la llana, como había oído decir al doctor Alcón, gloria de las letras; y que —añadió— como soldado raso de la patria, lo hacía más por la cuestión de tejas para arriba que por gloria de tejas para abajo, y concluyó regocijándose por haber promovido ese banquete que habría de producir la unión entre el círculo de la |Integridad, de que era jefe el doctor Sánchez Méndez, y el círculo de la |Revaluación, que encabezaba de manera tan brillante y estupenda el general Landáburo."

Roberto, Alejandro y Bellegarde, interesados vivamente en la política, por cuanto ella se rozaba con la paz general, seguían con curiosidad el banquete y comentaban sus incidentes.

—Hombre muy bien intencionado, me parece este doctor Mogollón que acaba de hablar; sus votos por la aproximación dos no pueden ser más patrióticos; duda, por la paz.
—Por la guerra, interrumpió Roberto. Lo que hace es rehabilitar a Landáburo, desacreditado después de sus últimas derrotas, aborrecido y desprestigiado hasta entre sus mejores amigos... Landáburo ha sido, es y será un agitador, un revolucionario.

—Pero ¿cómo pueden estar aquí entonces, preguntó Bellegarde sorprendido, el doctor Alcón, el doctor Sandoval y Sabogal, empleados importantes del Gobierno.

—Le explicaré a usted, dijo. Alejandro, aunque no es fácil explicarlo: al principiar su carrera política Alcón consiguió puestos públicos apoyando al Gobierno; pero él, que es muy avisado, comprendió luégo que en el camino de la oposición andaría más aprisa, y empezó a escribir en |La Integridad, tachando los actos del Gobierno, especialmente en lo referente a finanzas; y el general Ronderos, cuando se hizo cargo de ese Ministerio, pidió al presidente que el doctor Alcón ocupara el puesto de subsecretario para que fiscalizara todos sus actos.

—En cuanto a Karlonoff, concluyó Roberto, su ingreso en el grupo de |La lntegridad es de más reciente data: hasta hace pocos días empuñó el incensario y cantó ditirambos al general Ronderos. Hoy he sabido que después de que el ministro firmó el contrato con usted, contrariando las opiniones del consultor técnico, se encaminó en el acto a la oficina del doctor Sánchez Méndez, jefe de los íntegros, se dio con él un estrecho abrazo, se puso a sus órdenes y juró la guerra a Ronderos, porque lo cree perdido.

—De modo, observó Bellegarde, que si la unión de estos dos círculos llega a efectuarse, puede peligrar la paz.

—¡No! respondió Alejandro, con acento firme, con ademán resuelto. No; porque el general Ronderos está en el Ministerio de Guerra, y vencerá ahora estos obstáculos como los viene venciendo, con mano inexorable.

—Excúseme usted, si no entiendo bien la política... Roberto me ha contado que el general Ronderos y el señor Sánchez Méndez fueron en un tiempo grandes amigos, que entre ambos ayudaren a fundar el orden de cosas que hoy existe... ¿Por qué los amigos de ambos no procuran esa reconciliación, una inteligencia entre ambos personajes?

—¿Inteligencia? ¿Arreglo? Sánchez tiene nostalgia de mando y no admite más arreglo sino que se lo entreguen... íntegro.

Montellano dirigía miradas perspicaces hacia aquel grupo de políticos importantes que tarde o temprano habrían de servirle en sus evoluciones.

En el salón del banquete resonaban los alegres acordes de la orquesta.

Luégo se inició una conversación sobre el sistema nichista y las poesías de Mata. Landáburo empezó a sentir el malestar que lo invadía siempre que ocupaba él un lugar secundario en la atención de las barras.

—Señor González, prorrumpió, ¿tendría usted la bondad de disponer que me trajeran mi carne cruda? Esperó el efecto y aguardó la pregunta: |¿Cruda por qué? Pero nadie hizo caso, y él entonces explicó: porque me acostumbré a eso desde mi última campaña, y para prepararme a la próxima.

A pesar de todo, la conversación siguió rodando sobre el nichismo.

El doctor Agüeros disertó luégo con sus maneras afectadas sobre la homoplástica de la materia gris, sobre la ubicación de la sensación, sobre la telepatía y sobre la teoría de la sugestión mental de su inolvidable Charcot.

—Querido Mata, dijo González Mogollón, ¿por qué tan triste? ¿Por qué tan callado? ¿Por qué nos priva usted de los diamantes de su genio? Usted con su próximo tomo |Mi Pentateuco tiene ya adquirida gran posición política.

Mata, con los ojos hundidos, silencioso, mostraba su fisonomía cadavérica.

—Un verso, poeta, le gritó Landáburo, la poesía es hermana de la libertad... Danos una lágrima de tu corazón de polaco oprimido.

El poeta pareció despertarse; continuaron las conversaciones y las instancias. Mata se inclinó, sacó la jeringuilla de morfina, alzó la manga del frac y sin que lo notaran se aplicó una inyección.

En seguida lo vieron incorporarse, encendido, lleno de brío...

—¡Un tema!...

—Este clavel, dijo Landáburo.

—Denme cuatro pies forzados, los que quieran. Acepto el tema: el clavel rojo es sugestionista... Lo verán ustedes en mi próximo tomo Líneas rojas.

—Ahí van los cuatro consonantes, dijo Landáburo pasándole el |menu escrito en el dorso: |Ultrajadas... lirio... desolladas... martirio...

Puso el poeta cara inspirada, se pasó la mano por la frente cubierta de sudor, por la melena romántica como en una gestación dolorosa, clavó sucesivamente la mirada en la mesa, en la pared, el infinito... prorrumpió con el clavel en la mano:

|Mancha de sangre, para mi próximo tomo |Lineas rojas:

 

No tiene las blancuras de auroras ultrajadas,
Ni tiene los pudores anémicos del lirio,
Ni el viejo Azul... Es rojo cual carnes desolladas
Que sienten la sublime neurosis del martirio.

 

—¡Bravo! gritó Landáburo. ¡Mi clavel! Tiene la unción del arte... Estupenda estrofa. Que se olvide en la |Revista del banquete.

Roberto, allá en su mesa, decía a sus amigos:

—Francamente, en cuatro pies no puede hacer nada mejor.

Sonaban los taponazos reglamentarios del champaña.

Todos se dirigieron al doctor Sánchez Méndez para que hablara, pero él se excusó inexorablemente suplicando al doctor Alcón que lo reemplazara; pero éste después de haberse ruborizado con púrpura de la modestia sabia, se excusó también alegando su reconocida incompetencia, su ignorancia, su falta de costumbre de hablar en público.

—No quieren comprometerse, dijo Roberto, ellos banquetean, pero no peroran. Hacen como el mosquito del inglés: comen pero no cantan.

El doctor Agüeros, que era muy amigo de peroratas y declamaciones, se levantó espontáneamente, se afianzó los anteojos, arregló su larga melena y con meliflua voz y exquisita cultura prorrumpió:

—"Los encargados del Gobierno, médicos empíricos, han proporcionado al enfermo el veneno que mata lentamente; en diez años de paz lo han galvanizado; con fugaces convulsiones de efímera actividad han llenado sus venas de una sangre extraña: ¡la moneda desvalorizada! ¿No oís la voz de la patria angustiada que pide a gritos la supresión de la inyección? Hay que atacar el mal donde existe y aplicar el remedio |loco dolente, hay que ponerle cataplasmas emolientes a la inflamación producida por la política revulsiva de la constitución imperante. Contra este tratamiento oficial se levantaron hace diez años mis copartidarios, en lucha que admiro; pero como no triunfaron, reconozco que el sistema de la sangría a grandes dosis no dio el resultado apetecido para nuestra causa. Ensayemos hoy otro tratamiento: si ensayado por distintos facultativos un remedio para un mal, se comprueba que no lo cura, sino que lo agrava, es empirismo, es ceguedad obstinarse en aplicarlo; acusa por lo menos poca inventiva. Busquemos en la terapéutica política otro remedio. ¡Señores, por la conciliación!"

Al terminar se oyeron voces:

—¡Que hable Landáburo!

Karlonoff, atajando a Landáburo, se levantó.

—"Señores: estamos en una grande escasez de hombres y es altamente honroso para mí alzar esta copa para saludar a dos notoriedades de alta talla: el doctor Sánchez Méndez y el general Landáburo. Saludo especialmente y como mi adversario ayer al último en esta época en que faltan hombres capaces de dominar el tiempo y el terreno por medio de concepciones de grande envergadura a Aníbal o a lo Napoleón, a pesar de sus contradicciones y errores de orden militar; no obstante esfuerzo por que en este país se conozca, se difunda y se estudie la ciencia militar y el arte de la guerra, poco se ha conseguido, hasta el presente todos nuestros militares han venido cometiendo errores capitales, buscándose pésimas líneas de retirada; el primero de todos, Bolívar, llamado generalmente el Libertador; superior a él mil veces fue el mulato Piar, como lo fueron los Pinzones Colón, porque Bolívar nunca tuvo un plan de campaña fijo y su mando en jefe fue nulo, funesto cuando no vergonzoso. El general Landáburo es apreciado por ser el padre de sus soldados, perdóneme su modestia esta digresión, en tanto Bolívar sacrificaba sin objeto los ejércitos, que mismo formaba con tenacidad de hierro, como indio que en las fiestas de su pueblo juega al bisbís o al chirimbolo, los diez o doce reales que representan el sudor de una semana entera."

Se oyeron por lo bajo risas, murmullos de probación; otros convidados hablaban entre sí, sin atender al brindis de Karlonoff, que continuó:

—"Digo las cosas sin ambages ni rodeos, porque la historia no tiene amos ni partidos; muchos pseudo-historiadores, tal vez no de mala fe, sino ignorancia, han desfigurado estos hechos; pero yo en mis |Refutaciones les he dado un solemne mentís, porque ellos no son sino copistas que hablan de los asuntos sin entenderlos. Brindemos, señores, con esta misma copa, por la revaluación y la integridad; demos el abrazo y el saludo de bienvenida al general  Landáburo, que así como el doctor Sánchez es la pluma, será él la espada de nuestro campamento. Brindemos por el general Landáburo, que no ha cometido los errores de Bolívar empujado siempre por el afán de entrar a las capitales para que lo llamaran Libertador."

—¡Basta, basta!

—Que hable Landáburo, gritaron algunos indignados, y Karlonoff tuvo que sentarse. Landáburo había recomendado a Socarraz que hiciera tomar una fotografía de su persona en el momento en que se levantara a hablar, y por ese motivo lo preocupaban sobremanera la apostura, la actitud, el ademán que veía él ya estampado y circulando en los periódicos, en los almanaques, en los paquetes de cigarrillos.

En el momento de hablar Landáburo del salón reservado hasta el extremo del comedor corrió de mesa en mesa un estremecimiento y se levantó un murmullo de admiración anticipada.

—¡Pschtt! Va a hablar el general... "el cabo Landáburo".

Orgulloso de sentir fijas en él todas las miradas y satisfecho de ver aglomerada la multitud a la puerta del comedor, Landáburo se levantó seguro de sí mismo, listo para el retrato; apartó, haciendo alarde de serenidad, una copa, se arregló el Clavel, sonrió, hizo su ademán circular y con su voz de clarín prorrumpió:

—"Agoto mi vida errante y fecunda, hora por hora y minuto por minuto, en servicio de la libertad. Yo tengo todavía el polvo del camino; ni he podido mudarme."

—¡Bravo!... clamó la multitud.

—"Acabo de quitarme las botas y los espolines."

—¡Bravo!

—¡Bravísimo!

—¡Qué talento!

—"... los espolines, y apenas he tenido tiempo de recoger en los jardines de Casiano este bello y simbólico clavel que representa el fuego con que debemos atender a la revaluación de los ideales, el color de la sangre que hemos derramado hasta la última gota, cuando nos entrematábamos con encarnizamiento con el partido de la constitución hoy imperante."

—Nada de sangre, interrumpió afanado González, ¡conciliación!

—"...Y simboliza este clavel también la carne cruda con que nos desayunámos, cuando luchando por la fraternidad y la revaluación, preferímos la vida nómade y belicosa, pero sin trabas ni leyes de las dilatadas pampas, rifle en mano y cólera en ristre, antes que amoldarnos a las torturas intelectuales y sobre todo materiales de la paz, con la política de los suizos y de la puerta murada. Por esos hechos me llamaron mis enemigos el Marat revolucionario; más vale que me comparen con Lafayette, porque una vez vencido me siento con el alma amasada de generosidad. Si algún renombre tengo no es porque yo me lo busque con mis discursos en todas partes, sino por el talento de mis conciudadanos, que encuentran el mérito donde se halla."

"Confieso que hay muchos jefes revólucionarios que fincan su vanidad en rechazar esta conciliación se envuelven en la toga de los refractarios. Yo no; vengo a deprecar la lucha legal; yo, que he dado a mi causa cuanto un hombre puede dar; yo, yo, que he aguantado los aguaceros del cielo y de las balas; y que he aguantado durante estos diez años los padecimientos de la paz."

"En lugar de la sangre hagamos correr a torrentes el agua fecundizante de la discusión. Como lo dije yo en mi discurso de |El Consuelo, al partido de la revaluación, a Colombia, a la América entera: |En nuestros morrales de soldados no carguemos cápsulas sino frutos de exportación. Creo que me agradecerán esta frase las esferas superiores e inferiores de la administración. Los hombres de la constitución nos vencieron en todas partes, y le han impuesto al país años de paz, probándonos nuestra impotencia para hacer la guerra. El destino nos ha sido adverso, y se pasó al enemigo con armas y bagajes. Hemos equivocado el camino; pero, como dice Mr. Brístol, cardenal arzobispo de Chicago: `¡Qué importa que el hombre peque de cuando en cuando!´"

—Landáburo, dijo Roberto a sus amigos, acaba de hacer lo que no les es dado sino a los Papas y a los garrotes... un cardenal, porque en Chicago no hay cardenal ninguno que yo sepa.

—"Señores, continuó Landáburo: he probado mi amor a la paz, a la libertad, pero no puedo concluir sin mostrar mi amor al pueblo y declarar algunas de mis teorías para mejorar su suerte."

—¡Viva el amigo del pueblo! gritó Socarraz; y el populacho que lo seguía y que había invadido el salón repitió el aplauso.

"Que el hombre goce del fruto de su trabajo es corriente; pero lo que es intolerable es que se amasen esas grandes fortunas que son el insulto de los pobres; los capitales que excedan de diez mil dólares deben ser repartidos entre el pueblo."

Y al accionar señalaba a Montellano que, sentado enfrente, en el comedor particular, se iba encendiendo en ira.

"No es justo ni legítimo tampoco, continuó el. orador, que esas grandes fortunas sean trasmitidas por herencia, porque esas herencias dan por resultado la ociosidad del que hereda y los vicios que la ociosidad engendra. Aquí no más, señores, tenemos un hombre que goza de una renta casi igual a la de la Nación."

Montellano y Dolores se retiraron. En el salón siguieron resonando las aclamaciones:

—¡Bravo!

—¡Sublime!

—¡Viva el reivindicador republicano!

—¡Viva el amigo del pueblo!

La muchedumbre, como una ola, había inundado el salón, los fracs se juntaban con las chaquetas, los invitados se confundieron con los espectadores y, el entusiasmo se pintó en todos los semblantes.

Abrazos, apretones de manos, lágrimas, choque de copas, cambio de ternuras, brindis de todos contra todos:

—¡Por la amistad!

—¡Por la paz!

—¡Por mi señora Juliana!

—¡Por la República!

—¡Por la raza latina en América!

—¡Por Angelita y los niños!

—¡Por la humanidad!

—¡Por Tubalcaín Cardoso... el gran ausente!

—¡Por el Dante!

—¡Por Perucho!

—¡Por eso!

—¡Por eso!

La expansión, el cariño, la fraternidad universal habían llegado al colmo. González Mogollón, enternecido, dominaba con su vozarrón el tumulto, aquel estruendo de marea:

—Me salgo con todo... A mí se debe esta unión... hay paz para veinte años... apuesto mi pescuezo... Y poniendo la copa sobre la mesa se pasaba enfáticamente el dedo como degollándose, por la nuez prominente.

Karlonoff iba de grupo en grupo tratando de lanzar el discurso interrumpido: "La impericia y ridiculez de Bolívar llegaron a tal punto, que..."

Socarraz medio achispado, oloroso a brandy, y aprovechando la ocasión de rozarse con gente importante, circulaba por los grupos; ordenaba a los criados que acercaran champaña en grandes charoles; repartía apretones de mano; palabras de entusiasmo a Landáburo, a Sánchez Méndez y a Alcón; de golpe descubrió el comedor en que estaban Bellegarde y Alejandro; llamó con imperio a un sirviente; ordenó que acercara un charol de champaña y penetró con él al comedor.

El champaña, la satisfacción y los tragos anteriores a su entrada, le habían encendido el rostro, generalmente verdoso

—Don Alejandro, don Roberto, señor Bellegarde, esta copa por el general, por el doctor Sánchez.

Ellos lo volvieron a mirar sin contestarle.

—Señores, por la reconciliación, por la paz. Su voz temblaba ligeramente, el color encendido de las mejillas se desvanecía, iba tirando al verde. Roberto sintió pena, quiso complacer al invitante, se levantó.

—Bien, Escipión, tomo contigo... pero déjanos.

—¿Y los señores no toman conmigo?

Bellegarde parpadeaba, Alejandro se dominaba, conservando en las manos un movimimento convulsivo.

—Pues si no toman ustedes conmigo, gritó Socarraz dirigiéndose a Bellegarde y a Alejandro, tampoco tomo yo; no necesito.

Y puso la copa con fuerza, derramando el champaña sobre el mantel.

Bellegarde tocó el timbre, llegaron los dos criados presurosos.

—Saquen ustedes este borracho, les dijo con voz siempre mesurada, y siguió conversando con Alejandro.

González Mogollón había acudido también para evitar el escándalo.

—¡Ah! mi querido Socarraz, usted es un joven de mucho provecho... Calma, calma, conciliación, paz, y le echó el brazo por el hombro.

Socarraz se desprendió de González, se plantó enfrente de Bellegarde, le lanzó una mirada furibunda con sus ojos bizcos, después le volvió la espalda bruscamente.

González Mogollón lo tomó de brazo salieron juntos. Se oía la voz de González.

—Calma... calma...

Bellegarde y sus amigos se retiraron. Sánchez Méndez supo con desagrado el incidente entre Socarraz y Bellegarde, y temió que dada la exaltación de ánimo producida por el champaña y la invasión del populacho en el comedor, resultaran al fin bofetadas y mojicones, prólogo poco apetecible para afianzar la paz y la conciliación. El también era hombre cultivado, de aficiones aristocráticas, y solamente la necesidad política lo obligaba a asistir a banquetes tales y a rozarse con gentes como Socarraz y sus compañeros. Se concertó con González Mogollón.

—¿Donde está el poeta Mata? Querido Mata, una composición inédita, la última, la que recitó usted en casa de doña Aura de Cardoso y que he oído ponderar tanto... ¿Cómo se llama?...

Y le puso la mano en el hombro, le dirigió por entre los gruesos anteojos una mirada bonachona. Mata tambaleó, alzó los ojos turbios y dijo en voz opaca:

|Balada de la desesperanza.

Impusieron silencio a la turbamulta, se hizo un gran círculo en el centro, junto a una mesa se colocó Mata.

Su voz asmática se rompía a veces, se hacía más bronca, se volvía un suspiro, un hálito. En la recitación procuraba hacer gestos vigorosos, movimientos enérgicos, ademanes patéticos y se erguía con un grande esfuerzo, sacaba el pecho, levantaba el brazo, pero inmediatamente empezaba a doblegarse, se encorvaba, inclinaba la cabeza, se le caía el brazo, como si fuera de plomo, y luégo se apoyaba en la mesa, dirigía en torno la mirada turbia, se le apagaba la voz, palidecía, y con otro esfuerzo supremo en una convulsión de todo su cuerpo alzaba la cabeza, volvía a levantar el brazo, tambaleaba, se sacaba el puño de la camisa en que lucían dos calaveras.

|Balada de la desesperan... De mi tomo |El cantar de mis cantares:

 

I
Fray Martín de la Cogulla,
El prior de Calatrava,
Que agotó las penitencias, los cilicios, los ayunos, asperezas, disciplinas, y con garfios
Desgarró sus carnes pálidas,
Castigó sus apetitos,
Y con santas
Reflexiones y lecturas en misales y breviarios que pintaron los maestros mosaítas,
Dominaba
Las pasiones de alma y cuerpo,
Cuerpo y alma,
Y era un monje venerable con su barba larga y noble,
Noble y larga.
Y en el coro
Cuando estaba
Entonando las perínclitas secuencias ante el negro facistol,
Y alumbrada
Su figura por los rayos que litúrgica vidriera
Destilaba,
Argentando los toisones
De su barba;
Y entre marcos que un orfebre de Bizancio
Cincelara,
Parecía el gran Pontífice de la Vida y de la Muerte,
Parecía el gran Pontífice de lo Extinto y de la Nada;
Y era así, con el prestigio de sus oros abaciales,
Y los ónices del coro, y las finas filigranas
De la estola y del amito
De los cíngulos y el alba,
Y leyendo en los infolios donde la crisografía decoró sus lises reales, sus quimeras y sus grifos, los anillos de los crótalos; las sierpes,
Y las gárgolas,
Y los rojos y los negros de las letras medioevales,
Era así como el buen monje, el buen monje de la Muerte y de la Nada,
Fray Martín de la Cogulla,
Asombraba
A los monjes y a las gentes de la mustia, de la negra Calatrava.
 
II
Una noche,
Una noche,
A la una, a las dos de la mañana,
A la una,
A las dos,A las tres de la mañana,
Desvelado el penitente por las ranas y las ratas,
Por las ranas que en los fosos del convento
Crotoraban,
Por las ratas que roían,
Que roían con sus dientes en los bordes de la páginas
De un antiguo pergamino que, con gonces y con llaves,
Refería los prestigios de la vieja Calatrava,
El buen monje, desvelado,
Meditaba,
Meditaba,
Meditaba,
Y en aquella noche gris, y en la mística vigilia
Entre austeras penitencias, y entre las visiones cándidas,
Presentósele de pronto toda llena de dulzuras y de encantos y ternuras y promesas,
Doña Sancha,
Doña Sancha de Almudéjar que en un tiempo, en los ágiles torneos,
A Martín, el noble y fuerte, coronara.
 
III
En la torre de almenados
Alminares y ajimeces, granizaba
Sus tres dobles con glas fúnebre, con su bronca voz de bronce,
La campana,
La campana que en la noche suspendida
Granizaba
Sus sollozos, sus quejidos,
Sus terrores, sus plegarias,
Y el buen monje, desvelado,
Meditaba, meditaba
Y en lo negro de la celda
Toda llena de perfumes, de promesas, de ternuras, de candores, fina y lánguida,
Presentóse junto al lecho la visión dominadora,
La visión de doña Sancha,
Doña Sancha de Almudéjar, que en un tiempo en los ágiles torneos
A Martín, el noble y fuerte, coronara.
 
IV
Y surgieron en lo negro
De la celda solitaria
Los recuerdos tormentosos de otros días de pasiones,
De otras noches, noches tibias, noches dulces, noches claras,
De saraos y torneos y festines y algaradas,
En que la bella
Doña Sancha
Semejaba un loto vivo
Que triunfaba
Entre el ritmo de las guzlas y de los claros clarines,
Entre el retintín pausado de las grevas y esquinelas y los yelmos y las cotas y las mallas
Con que el paso
Acompasaran
Los efebos timbaleros
Que entre la soberbia augusta de los arcos y la gloria de los fieros estandartes, con pausado paso pasan.
 
V
Quiso dar un fin grandioso al poema de su gran melancolía,
Sintió el beso, sintió el toque, sintió el hielo de mortal desesperanza...
Y el buen monje,
Ante la pálida
Visión dulce,
Visión mágica,
Muy pasito,
Despacito se levanta,
Y por largos corredores
En que el viento rebramaba
Y esparcia los tres dobles, el glas fúinebre, de la tétrica
Campana,
Por las  corvas arquerías, y por patios en que el rayo de la luna derramando sus azogues rielantes
Proyectaba
La silueta larga y negra
Negra y larga,
Del buen monje, el buen monje se desliza
Cual fantasma,
Se desliza,
Cruza y pasa
 
VI
Y a la luz alborescente
Y esfumada
De la aurora que en los cielos infinitos y verdosos con su gran dosel rimante, con la seda de sus brumas
Semejaba
Una estrofa de cristal,
Y a la vista de los frailes sorprendidos, que maitines ya cantaban,
El anciano penitente, fray Martín de la Cogulla
Fue a la torre, y una grada,
Después otra,
Y otra grada,
Y otra grada,
Y otra grada,
Fue subiendo
Y en la blanca
Torre, donde una viga negra y vieja de madera carcomida a los tristes asfodelos de la aurora se extendía,
Con la cuerda que en el cinto le estrechaba.
El buen fraile ¡crac! se cuelga;
Y en las cales de la torre
Proyectadas,
Por los rayos
Gris y plata
De la luna,
Se estiraban
La capucha,
Y las canas,
Los toisones
De la barba
Y las vértebras,
La sarga,
Y los pies,
Y las sandalias,
Y la cuerda,
Y la escuálida
Osamenta,
Eran una
Sombra larga
Una sola,
Una sola,
Sombra
Larga.

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