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CAPITULO VII
LAS ROSAS DE CASTILLA

En su cuartico de costura, donde todo está en orden y limpieza, sentada en una silla baja de vaqueta, hace doña Ana su labor con dos agujas de acero que se acometen y se cruzan como floretes de combate. Cada vez que tira el hilo, salta el ovillo en el suelo, y un gato acostado bajo la silla le da un manotoncito a la bola de lana. Por la ventana, un rayo oblicuo del sol poniente llega a bañar aquella faz cubierta de una palidez dolorosa, de una tristeza profunda, resignada, definitiva, y destaca, sobre los paños oscuros de su vestido y sobre la penumbra del aposento, dos blancuras: el raso de las manos y la plata de los cabellos. Frente a la silla, en un marco florentino, |La Dolorosa, de Carlos Dolce. En otro lado de la pared un reloj de péndola, que con su tic-tac había marcado el paso de algunas horas alegres, de muchas horas tristes. Sobre las mesas y en la pared, le hacen compañía a doña Ana objetos insignificantes para un extraño, pero que hablan para ella un lenguaje íntimo y resumen épocas enteras de su vida. Allí, en un daguerrotipo desvanecido, Sonríe débilmente el marido muerto hace veinte años. En otra parte, bajo un vidrio convexo, está el mechoncillo de pelo ofrecido por ella cuando novia; mechoncillo negro, lustroso, que ella hoy, al sentir tan lejos su juventud y acostumbrada a peinar sus canas, considera como cortado a otra persona. Más cerca, entre dos miniaturas de damas españolas del siglo XVIII, rozagantes sobre el marfil bruñido, está la fotografía de Roberto, en la primera comunión; fotografía amarillenta, en que el tiempo ha lamido las facciones, dejando solamente los dos puntos negros de unos ojos fijos y cariñosos.

A intervalos, en un éxtasis doloroso, con ternura infinita, detenía doña Ana los ojos en el retrato de Elisa, su hija muerta a los dieciocho años; era el lienzo que Alejandro había hecho pintar en París por una húngara, madame Partaghy; sobre el fondo gris el pincel destacó el busto en una expansión de luz melancólica, y en la fisonomía reunió el sentimiento interno y delicado de la hermosura moral y las armonías de la forma; expresó con una emoción casi religiosa la dulzura de esa cara, en que a un tiempo imprimieron su sello la adolescencia y la agonía; en las facciones delicadas, en la frente casta, flota una suave palidez; un resplandor velado parece salir de los ojos profundos y se esparce por las líneas de un diseño purísimo.

Las ideas de doña Ana se teñían a aquella hora con el tinte sombrío de la tarde; mira en torno suyo, tocados aquí y allá por el rayo del ocaso, telas descolorizadas por los años, retratos de sus muertos queridos, los restos de un naufragio de grandeza, todo lo que ha sido y ya no es, y en su alma enlutada se mezclan, desvaneciéndose en un mismo crepúsculo, el pasado que se va y esa tarde que se muere.

Contra las tallas doradas de una mesa y los relieves de un marco se quiebran los últimos resplandores; las cenizas de la tarde caen sobre la tierra, y pasan temblando los tañidos de una campana. Esa voz mística y quejumbrosa, que va volando de campanario en campanario, llena de sonoridades melancólicas el aposento e inunda el alma de la anciana en ondas de tristeza. Es como un |requiem por los muertos que permanecen insepultos en su corazón. Las campanadas parecían anunciarle un destino de dolor irremisible.

Por la ventana que deja penetrar los resplandores lívidos, llegan los rumores de la ciudad, lejanos y sordos.

Hundió la mirada en el pasado irrevocable; revivieron las escenas decisivas de la vida: aquel día en que al lado de Gustavo, alborozada y vergonzosa, en las gradas del altar, cubierta con su velo nupcial, veía al través de la gasa, corno al través de un ensueño, los resplandores de los cirios y la blancura de los azahares... Surgieron después, en una alucinación retrospectiva, los días en que, al lado de una cuna, besaba las carnes satinadas de un niño. Después —¡qué noche aquella, Dios santo!— la primera noche de viudez, noche de horror, la noche negra en que las llamas de cuatro cirios atormentadas por un viento de hielo alumbraban a espacios un rostro amarillo y dos ojos cerrados... y pensó que la vida son tres paños: un velo de novia, un pañal, una mortaja.

Luégo la larga viudez, las escaseces, la lucha, la venta de sus haciendas, la zozobra por el porvenir de sus dos hijos, la concentración de todo su amor en Roberto y Elisa... ¡Ah! Elisa, tan dulce, tan hermosa aquella noche de su presentación en el baile; el ramo de rosas de Castilla en el corpiño azul; su sencillez elegante al cruzar el gran salón, y ahí mismo, de pronto, en mitad del valse, aquel grito, esa palidez, la expresión de muerte en los ojos... Después los días de angustia y de esperanza; su lenta agonía... aquellas tardes de llovizna en que el médico, el doctor Agüeros, meneando la cabeza y con medias palabras, con una circunspección ceremoniosa, oficialmente triste, le anunciaba lo incurable del mal, la enfermedad del corazón, esa enfermedad traidora de los Avilas... Y después de ese terrible golpe, de esa ausencia, esa otra soledad, la ausencia de Roberto, el viaje a Europa, en busca de salud, a consultar al doctor Laplace... Luégo el regreso, ¡ah... siempre la respiración anhelante, las ojeras, el sello de la enfermedad incurable!

Dobla ella la cabeza sobre el pecho; deja caer las agujas en el regazo; se cruzan esas manos adelgazadas por años de concentración dolorosa, y de esos labios, que apenas se mueven con un temblorcillo ferviente, sale un rezo hacia aquella que también fue madre y que también lloró las desventuras de su hijo.

—Por él, Virgen Santísima.

De aquella Dolorosa suspendida en el muro, su compañera al través de la vida, un sentimiento de resignación, de tranquilidad, de consuelo, desciende entonces sobre la frente apoyada entre las manos.

Permaneció así largo rato en medio del silencio y de la claridad agonizante. Luégo, del fondo oscuro de sus imaginaciones, surgió una luz, un tenue rayo de esperanza: se había vendido la casa; esa misma tarde la entregaba Roberto, pero de la venta quedaba un fuerte remanente que permitiría tomar acciones en la grande empresa. Debía desechar toda zozobra; el general Ronderos había aprobado la operación, con todo el interés de su cariño, con todo el peso de su experiencia. Un corto tiempo y se habría reconquistado la fortuna. Terminarían las inquietudes, las angustias, las estrecheces... En el abandono de su imaginación se le presentaron a doña Ana escenas que hacían estremecer de gozo ese corazón desacostumbrado a la alegría... Roberto e Inés paseaban en el jardín, y ella, de lo alto, les arrojaba rosas de Castilla; los esposos le dirigían una mirada en que resplandecían la ternura infinita, la suprema dicha... ¡Ah! para que se realizaran sus sueños de ventura se necesitaba el éxito de la empresa; la paz. ¿Habría paz? ¡Ya había temores de guerra! Se ahogó la esperanza, murió la luz risueña que había surgido del fondo oscuro de su pensamiento.
Los últimos destellos del ocaso habían desaparecido también; la envolvían las tinieblas; había venido la noche... el blanco de las cortinas, las labores de las paredes y hasta la frente pálida del retrato de Elisa se borraron en una sola negrura.

Iba a estallar un sollozo en la sombra, iba a aliviarse aquella alma con las lágrimas; pero, acostumbrada a callar, hundió doña Ana en lo íntimo ese sollozo...

—¿Estáis ahí, madrecita?

Rato hacía que Roberto, silencioso en el umbral del cuarto, se había detenido para dominarse y y dar a su voz la entonación festiva que inflexiblemente se imponía en presencia de su madre. Venía de entregar la casa; traía las manos llenas de rosas de Castilla, que acababa de recoger. Había pensado arrojarlas sobre el regazo de su madre, apenas la Viera, pero se sintió, al llegar, sin valor para ello y quiso desviar la tristeza con cualquier trivialidad festiva.

—Madre, esta noche se estrena la compañía de ópera. Tomaremos un abono; ¿no es verdad?... Nos divertiremos mucho.

Y tosió ligeramente.

Doña Ana al oír aquella frase, que aparentaba un tono natural, no se engañó: la voz de Roberto estaba velada, medio rota; la tos dejaba traslucir el esfuerzo para ocultar la emoción; en el aroma de las rosas de Castilla que se difundía por el aposento adivinó lo que acababa de pasar: la entrega de la casa, la despedida de aquellos sitios llenos de memorias íntimas... ¡el rosal!... ¡Ah! su pobre, su amado Roberto le traía aquellas rosas, las últimas, para ponerlas sobre a tumba de Elisa.

—¿Un abono? Por supuesto, hijo. Nos divertiremos mucho... muchísimo.

Roberto sabía que su madre lo estaba esperando; oyó la frase banal y comprendió que esas palabras salían de los labios todavía temblorosos por la oración, de la garganta anudada por un sollozo. Siguió un silencio que Roberto se apresuró a cortar:

—Muy bien... Sobre todo iremos al beneficio de la Rondinelli... una verdadera artista...

Quiso continuar, pero comprendió que iba a denunciar su emoción, que se le estaba acabando la voz; enmudeció... se arrepintió de haber traído las rosas; no se atrevía a entregárselas; esto resucitaría en su madre toda una evocación del pasado; su padre; Elisa; surgiría la idea de llevar esas flores a su tumba. No había pensado que en aquella hora, en ese estado de ánimo, aquel manojo de rosas pondría en contacto sus pensamientos, su tristezas ocultas en el fondo del alma, y produciría una crisis ruidosa de dolor... Y quiso retroceder en silencio.

—Yo conocí, dijo doña Ana, a Rosina y a Mirándola...

Roberto logró dominarse de nuevo, hizo una risa forzada, y continuó relatando la llegada de los coristas a |El Consuelo; las peripecias del viaje; mientras hablaba se iba aproximando, y al acercarse, suavemente buscó a su madre. Un aroma de dulzura, lánguida como aroma de otros siglos, se difundió por el cuarto. Sintió doña Ana que los pétalos sedosos de las flores le iban cayendo encima. Y él, que los dedos de la anciana lo apretaban convulsivamente, y que caía la humedad de dos lágrimas. Soltó las últimas rosas, y a tientas, en un arranque inusitado de cariño, buscó la cabeza de su madre, la apretó en las manos, se inclinó e imprimió en ella un beso largo, mudo. En el contacto de los labios tuvo la percepción de las amarguras y angustias no reveladas que torturaban ese cerebro; sintió que el lazo de afecto y de dolor que unía sus dos almas, se hacía más fuerte, se estrechaba.

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