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CAPITULO VI
GLORIA Y DUELO

—Adiós, Roberto.

—Adiós, Fausto.

—Te espero en el |Bicontinental.  Después iremos al teatro; dan a |Werther; no lo olvides.

Se alejó Alejandro.

Crujió la enorme llave de la cerradura, rechinó el portón y entró Roberto al antiguo caserón de su familia, desocupado hacía meses; atravesó el zaguán y vio el patio invadido por la yerba, y unas golondrinas, como dueñas de casa, que volaban del jardín a los cornisones de la arquería. A la izquierda del corredor bajo se abría, descansada y maciza, hecha como para subir por ella con lentitud cortesana, la escalera de piedra. De la pared al barandal resobado, cruzaban unos hilos de araña.

En el centro del jardín el mascarón vomitaba, como siempre, borbotones de agua sobre el tazón de piedra; en la soledad del patio el agua tenía como gemidos y lloros por la deserción de los amos.

Pretendiendo luchar con los sentimientos melancólicos, subió con desenfado la escalera, atravesó el corredor ancho y penetró en la penumbra del salón inmenso, colgado con doble fila de retratos de familia; los antiguos lienzos, de fondo oscuro, en donde brillaban los trece roeles azules en campo de oro de los Avilas. Iba a desprender aquellos cuadros para entregar luégo la casa, se detuvo un momento a contemplarlos, y creyó sentir que aquellas fisonomías altivas lo miraban con aire de reconvención y de sorpresa. Ellos habían estado allí por años, inmóviles entre el oro de sus marcos, viviendo en familia, y sirviendo de ejemplo a generaciones sucesivas. Se acercó al primer retrato:

era el compañero de los Reyes Católicos, el fundador de la raza. Al desclavarlo, releyó Roberto con amor y tristeza la inscripción: "D. Pedro Avila. Señor de los estados de las Navas y Villafranca, vasallo del rey y de su Consejo, primer conde de Risco y de Cadahalso, peleó en la batalla de Albufera contra Portugal. Tomó a fuerza de armas a Cadahalso, de que los reyes le dieron el título. Sirvió con su persona y gente en la toma de Granada."

Roberto se detuvo a contemplarlo, fascinado una vez más por el brillo de los atavíos guerreros; está en pie, revestido de una media armadura pavonada y damasquinada, con cabos de oro; el yelmo adornado de plumas carmesíes, puesto sobre un bufetillo de terciopelo color de grana. Al atavío marcial del personaje se agrega una cota de menuda malla, gregüescos rojos recamados, bota blanca de ante, calzada la espuela. Descolgó el cuadro y lo puso en el suelo. Pasó al segundo. El soldado de Quesada: Alonso Avila y Cabrera, que vestido de fierro se erguía en el lienzo con ambas manos descansadas sobre la empuñadura de la espada. Sus ojos miraban torvamente bajo el acero del yelmo. Don Miguel de Avila y Arévalo, envuelto en su toga negra, sobre la cual se distingue la cruz de la Orden; enmarcada la fisonomía en el pelucón; la mano apoyada sobre pergaminos amarillentos. También cayó del muro. El cuarto: doctor Melchior de Avila y Castillo, Fiscal de Guatemala, de donde vino y pasó a oidor de Santafé en 1702. Al descolgarlo, un clavo abrió una ancha herida en la toga; Roberto creyó oír un quejido al desgarrarse la tela, y con vago pavor puso a un lado cuidadosamente el retrato, irresoluto y conmovido. Faltaban diez retratos y parecía que ellos, uno por uno, le preguntaban: "¿Por qué nos hechas?" Y él, sin apartar los ojos, y deseando que pudieran entenderlo, pensaba: "no es culpa mía".

Y desfiló en su memoria la cadena de acontecimientos que al fin de los años lo obligaban a entregar la casa paterna.

Con esa penetración con que se rehace el pasado de un golpe en los momentos de crisis, se le presenta el desastre de la inmensa fortuna de los Avilas, ligado a los trastornos políticos, a las revoluciones continuas.

Su abuelo, don Cristóbal, recibe intacta la herencia: fértiles haciendas que llevaban nombres de hazañas del fundador de la familia: |El Risco, Villafranca, en la Sabana; |Las Navas, Cadahalso, con inmensas vegas, sobre el río Magdalena. Don Cristóbal grava sus tierras para auxiliar al Gobierno, atacado en tres revoluciones distintas. Triunfan en la última los revolucionarios, le imponen contribuciones, lo expulsan del país, y muere en el destierro, octogenario, en medio de estrecheces y miserias.

Su padre, educado en Inglaterra, con aficiones de gran señor, de literato, de artista, reniega de su vocación, aprende numerosas industrias. Se traslada a Cuba, a Yucatán; consigue capitales, maquinaria, obreros; se instala en las haciendas del Magdalena, y cuando empieza a sonreírle la fortuna, cuando ha montado ingenios de azúcar, factorías de tabaco, cultivo y explotación de plantas textiles... se desata la guerra y todo lo quema, todo lo arrasa, todo lo desbarata.

Remontando después al más antiguo de sus recuerdos propios, perdido casi en las brumas de la primera niñez, se ve una noche en 1a hacienda de |El Risco con su madre y su hermana Elisa, todavía en la cuna.

Se oye afuera choque de armas; los criados despavoridos dan el alerta; lo visten de prisa, toma su madre a la niña en brazos, escapan, suben una cuesta, cruzan los vericuetos de la loma, se asilan en una choza, y a la primera luz de la mañana ve recoger por los soldados todo el ganado de la hacienda, sacarlo al camino, arrearlo para Bogotá. El Gobierno había dispuesto, según supo después, pagarse con él una contribución de guerra impuesta a su madre ya viuda, y que ésta no había podido pagar. Y recordaba la fisonomía de su madre, con un sello de irrevocable melancolía. Sus ojos afectuosos y tristes, que se humedecían de repente sin causa, como si tuviera en el desastre su pensamiento siempre fijo. La explosión de lágrimas, cuando se vio forzada a vender las haciendas para pagar gravámenes, aumentados con intereses de muchos años.

El también, Roberto, había querido trabajar, redimir siquiera la antigua casa de la familia, y se había ido a una montaña, último resto de la inmensa, fortuna territorial. Con infinitos esfuerzos, imponiendo nuevos gravámenes, había descuajado el monte, plantado un cafetal. Pero la guerra, con su regularidad siniestra, había aparecido. El había hecho entonces su primera campaña con el general Ronderos. Al volver a la capital encontró allí les regocijos, los honores del triunfo, y tuvo allí también la noticia de que los revolucionarios habían vivaqueado por meses y meses en sus plantaciones.

Y en ese instante pensó que le tocaba a él hacer la liquidación definitiva, recibir él solo el golpe del derrumbe.

Le tocaba contemplar sin aliento, sin brío, sin fuerzas para la lucha, la última escena del naufragio. De la regia herencia, a pesar de los esfuerzos por conservarla, no quedaba sino ese despojo, esa casa que iba a entregar aquella misma tarde y con cuya pérdida veía desvanecerse para siempre el esplendor de los Avilas.

En el retrato que tenía más cerca a sus pies, leyó de nuevo el lema |Gloria y Duelo, y pensó que más cierto hubiera sido |más duelo que gloria.

Vencido al fin por la pesadumbre que había estado desechando, se sentó en un sillón, reclinó la cabeza en el brocado y dejó caer lánguidamente las manos sobre los brazos retallados. Dirigió una mirada hacia los retratos que yacían en el suelo: "Ahí está don Pedro Avila, él fue el primero de la raza... ¡yo soy el último! El fundó la casa... yo vengo a entregarla (y sonrió con amargura). Estos dos primeros fueron gente de voluntad y sangre, hombrones de acción, que encontraron su energía y para sus ambiciones el mundo de los moros para combatir, el mundo de los indios para conquistar."

Recordó el soneto de Heredia que había empezado a traducir:
Comme un vol de gerfauts hors du charnier natal,
Fatigués de porter leurs miséres hautaines...
 
.................................................................
.................................................................
 
Cual se lanzan gerifaltes al dejar sangrientos nidos,
Fatigados de arrastrar sus andrajos altaneros,
Desde Palos se lanzaron capitanes y pecheros,
Empujados por un sueño, sueño heroico de bandidos.

Dejó vagar luégo Roberto los ojos tristemente por la fila de togados, de oidores, de fiscales... También encontraron aquéllos para su fantasía, para sus sentimientos caballerescos, un mundo de aventuras y de amores en la vida romántica de la colonia; encontraron para sus talentos el Virreinato: la educación de un pueblo, la formación de una raza, la organización de un gobierno. A aquellos dos últimos personajes tocó la independencia: una patria que hacer libre y grande: el uno, compañero de Nariño en las campañas del sur; el otro, amigo invariable de Sucre, ambos habían desdeñadó títulos y honores coloniales. Todos estos tuvieron épocas heroicas, dignas de grandes esfuerzos. Los conquistadores de hierro, al través de las generaciones, me legaron unas gotas de sangre altiva y aventurera; esos togados, el gusto de refinamientos cortesanos y sus anhelos místicos; los héroes de la independencia, su amor por las cosas grandes, y el apego a este pedazo de tierra, y toda esa gloria vieja, todas esas aspiraciones y apetitos, mezclándose en mis venas, confundiéndose en mi espíritu, han producido al extremo de la raza, al cabo de las generaciones, un sér reflexivo, vacilante, contradictorio, un vástago neurótico y complicado. Las espadas pasaron a ser espadines y con el desgaste de los años se han convertido para mí en escalpelos. Esos antepasados gozaron de una época en que, desdeñando la existencia, se luchaba por la gloria... a mí me ha tocado un tiempo en que, desdeñando la gloria, se lucha por la existencia: |Strugle for life!

Hierven en mí sordamente ambiciones y deseos de algo que no puedo definir, pero que no podré realizar; aspiraciones hacia algo que no encontraré jamás; ando y me agito desorientado en el espacio que separa este mundo de grandezas, que queda atrás, y este mundo de prosa y pequeñeces que me rodea.

Y para esta clase de lucha, para las ficciones y arterías, para esta prosa mezquina, soy incapaz, soy un exótico... No me siento con aptitudes ni fuerzas para luchar contra un Landáburo, o un Alcón; soy un derrotado de la víspera, peleo sin fe, sin entusiasmo; el ímpetu de la ambición nace en mí con el sentimiento de la derrota; la iniciativa, con la certidumbre del fracaso; la ilusión, con el instinto del desastre; el deseo, con el sabor anticipado del desencanto...

Se levantó, se arrancó de allí, para apartarse de aquellas miradas tenaces y sacudir sus propios pensamientos. En los corredores, la fantasía hizo revivir escenas familiares de otros tiempos; la casa solitaria volvió a poblarse; creyó Roberto ver a su madre salir por aquellas puertas, a los antiguos criados cruzándose en los pasadizos, a la tía Indalecia (muerta hacía veinticinco años) con su peinetón disforme, pañuelo cruzado al pecho, rociando sus flores; por último, vio un niño enredando y circulando por todas partes, alegre y turbulento, acariciado por todos, y pensó con melancolía que ese niño era él mismo. ¡Cuánto tiempo corrido desde entonces! ¡Qué remotos aquellos días de juegos y caricias! ¡Qué lejos se habían ido aquellos rostros queridos!... En la soledad del patio lloraba el agua en un canto monótono y quejumbroso la deserción de los amos. Al frente, el comedor, tan ruidoso en otro tiempo, a las horas de cena, en que se alzaba el aroma del chocolate servido en tazas de plata. Vio a la izquierda, con el papel de ramajes y labores amigas, la alcobita donde a los diez años despertó convaleciente de una pulmonía, y a su madre inclinada sobre él con los ojos llenos de lágrimas, prodigándole sus besos apasionados. En un rincón del patio reconoció el puesto favorito, va vacío, de |Maratón, el leal terranova, gruñón para los demás, para él tan manso y cariñoso, con sus ojazos llenos de dulzura casi humana.

Recordó que, mientras él jugaba con el perro, su madre se entretenía en arrojarle rosas blancas del rosal que, escalando los muros, iba a engarzarse entro los balaustres del balconcito. Ahora todo es soledad, todo vacío, todo mudez; sólo en el tazón de piedras sigue murmurando el agua con notas sordas y tristes.

Dos golpes formidables resonaron en el portón. Bajó. Era Montellano, cuyo cuerpo asombraba el zaguán con su mole. Rico sobretodo recién estrenado, todavía con los pliegues del empaque parisiense, brillante sombrero de copa que aún no había tomado la forma de la cabeza; al cuello, pañuelo de seda afianzado por un tunjo de oro macizo, y los mismos botines que calzara en el viaje, con manchas grises de barro.

Cuando avanzó Montellano, dejó ver la figura de su hija, vestida de negro; Roberto volvió a ver con íntima alegría a la viajera de |El Consuelo, y admiró de nuevo aquellos ojos tan expresivos, que entre la blonda negra.

—Señorita... Señor don Ramón, los estaba esperando.

Mientras Montellano se adelantó y siguió más cortesías, Roberto le ofreció la mano a Dolores en la escalera, que ella subió con paso firme, cierto aire de conquista, y un relámpago de voluntad en los ojos.

—La casa sí es maciza, dijo Montellano, jadeante por la subida, mientras a derecha e izquierda daba con el bastón formidables puntazos que formaban desconchados en las paredes. Entrar en la sala, y Montellano, dando zancadas por encima de muebles y retratos dispersos, pasó a abrir las ventanas estrepitosamente. Una oleada de luz inundó el salón. Dolores, llena de curiosidad, lo recorrio hundiendo los tacones en la espesa alfombra, mirándose en los espejos que devolvían su imagen alargada desde una profundidad verdosa, como desde el fondo de un lago; estrujando con delicia entre los dedos el damasco de los cortinones rojos, pasando la palma de la mano por el brocado granudo de los espaldares, y al fin se sentó en un alto sillón y desde allí, con sorpresa infantil, admiraba la larga fila de retratos que parecían seguirla con la misma mirada aguda y penetrante que notó en Roberto desde su primer encuentro.

—Papá, qué raro y qué viejo es todo esto, dijo Dolores, ¿también lo compraste? ¿Cómo se sentarían las señoras en estas sillas tan altas?

—Aquí voy a echar un mobiliario nueve sin esas cortinas desteñidas, continuó Montellano. Voy a forrarlo todo de peluche. Si esto parece sacristía donde da miedo hablar recio, cuando mucho se puede comprar este baulito por los zunchos de plata; y volviéndose hacia Roberto, que impaciente y nervioso se mordía los labios
—Amigo, Avila, ¿me lo vende?

Roberto había estado observando cómo disonaban, en ese ambiente señorial de cosas desteñidas y suaves, el cuerpo de Montellano, que parecía formado a hachazos; el color de ladrillo de su fisonomía; su voz estentórea, acostumbrada a la inmensidad de los llanos y a la soledad de los bosques; sus bruscos movimientos; su manera de plantarse y de respirar; sus gestos de campesino. Los pies, acostumbrados a andar libremente entre guijas y troncos, deforman los botines; la mano velluda, al señalar los objetos, aprieta y blande un botón disforme.

—Pasemos a otro cuarto, dijo Roberto.

Y subiendo y bajando escalones, abriendo mamparas de cuero, pasando por puertas, muy angostas unas y muy anchas otras, atravesando pasillos oscuros, recorriendo la casa desamueblada y sola, cuarto por cuarto.

—Aquí, observaba Montellano, puede ser mi escritorio; a esto hay que darle luz; tus piezas pueden quedar en este lugar. Cambiar esta ventana, quitar las barandas, envidriar el corredor ancho... hum... hum... esto va a costar un platal.

Dejaron el piso alto y bajaron al jardín, que abarcaba un inmenso espacio.

Montellano, vuelto de cara hacia el muro, abiertos los brazos para coger el bastón por ambos extremos, iba absorto a lo largo de las paredes, tomando medidas.

—Uno... dos... tres... seis.... ocho... diez.

—Entretanto Roberto y Dolores circulaban por entre los arcos de los rosales.

Ella iba alegre, como en su elemento por las calles del jardín, admirando las flores, arrancando algunas, dilatando con deleite las ventanas de la nariz para respirar intensamente los aromas de los claveles. Sentía a veces un tironcito en la falda o en la mantilla, y, con ojos de terror y boca de risa, echaba atrás la mirada y el cuerpo, mientras Roberto la libraba de algún rosal que, como enamorado, parecía querer retenerla.

En los cuadros se enmarañan tallos desgarbados de malvarrosa, cubiertos de flores de un rojo luminoso; rosales viejos, con tronco de arbusto, hojas verdes y pimpollos morados; lirios blancos, novios encendidos como brasas, flotantes en ondas de verdura; macetas de claveles, fucsias que cuelgan como goterones de sangre, azucenas como vasos de alabastro; y por el suelo, desbordando de los cuadros, los regueros de leche de las lilas. Descuellan sobre las flores un papayo de verde imperecedero y un naranjo, cuyas hojas deslustran y encartuchan las telarañas.

—Pero míra, papá, no faltan ni plantas medicinales: saúco, toronjil, yerbabuena, albahaca.

Don Ramón, impasible, hablando para sí, tomaba medidas y medidas con el bastón, y hacía números en los puños de la camisa.

—El rastrojo hay que echarlo todo al suelo. Voy a pasar la escalera al centro, y a meterle a la casa dos almacenes hasta el fondo. Le voy a hablar para que me haga el plano al doctor Karlonoff, ingeniero que me recomendó mucho el doctor Alcón.

—¡Y este rosal tan precioso que se enreda en el balcón! exclamó Dolores encantada.

Por la orilla de la tapia se alzaban, agarrándose a todas las grietas, los tallos de un rosal antiguo que iba a retorcer sus gajos en los balaústres de un balcón alto y a cubrir el marco con un pabellón de hojas. Sobre el fondo verdinegro se destacaban, como una constelación, las rosas de Castilla, tan pálidas que parecían estar muriendo de nostalgia. Al rozarlas el viento, temblaban con temblor femenino y exhalaban de sus cálices de nieve un aroma aristocrático, como aroma de otros siglos.

Roberto se adelantó, tomó algunas rosas y las ofreció a la hija de Montellano.

—Estas rosas, dijo, tienen su historia. En el siglo XVII vino de Castilla doña Agueda de León, mujer del oidor de Avila; la castellana se vino con dolor de abandonar su tierra, y en recuerdo trajo un  pie de este rosal, que conservó con esmero durante la larga travesía; lo sembró aquí, y cuando creció ella no encontraba más consuelo a su nostalgia que respirar el perfume de estas flores en que hallaba el perfume de la patria. En los aniversarios de sus bodas se adornaba con ramilletes de estas flores. Cuando murió la cubrieron con sus rosas queridas.

—¡Qué interesante historia!

—Como la casa y el rosal son ya suyos, añadió Roberto con una sombra de melancolía, a usted pasa el derecho de llevar las rosas de Castilla en su velo de novia. Dolores se sonrojó, clavó en Roberto sus ojazos negros; sonrió, quiso contestar, Permaneció callada.

A todo esto, Montellano vagaba por el jardín, haciendo sus cálculos en voz alta, tomando medidas a pasos largos e iguales. A derecha e izquierda descargaba mandobles, tronchando lirios y azucenas.

—Esto estorba aquí, dijo al acercarse al rosal, y obedeciendo a un atavismo de zapador de montaña, frunció las cejas, contuvo el resuello, se echó atrás, apretó la empuñadura del bastón y descargó sobre el rosal un tajo formidable.

Tembló el tronco, mostrando una ancha herida; crujió el ramaje lúgubremente, los gajos se estremecieron, se balancearon en el aire, como si una sensación de dolor corriera por sus fibras, y una lluvia de flores blancas cubrió a Dolores y a Roberto.

Roberto, después de mirar al cabronazo de Montellano con la cólera y el desprecio de diez generaciones, cubrió su emoción con una carcajada seca y gutural.

—Ya tiene usted su velo de novia, todo de rosas de Castilla, exclamó, suavizando la expresión y dirigiéndose a la joven.

—Papá, este rosal es mío, quiero conservarlo. Nadie lo quita, agregó con acento y ademán imperiosos.

Roberto, con una venia, le dio las gracias, se despidió y salió rápidamente.

En el zaguán se detuvo vacilante: quería antes de arrancarse de allí echar una última mirada al patio de la casa paterna. Hasta él llegó, como voz de despedida, la voz amiga del agua en el tazón de piedra que parecía llorar la deserción de los amos.

En la calle sus ojos se fijaron en el escudo de familia, tallado sobre el arco de entrada: en piedra, carcomida por los años, leyó la vieja inscripción: |Gloria y Duelo.

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