CAPITULO V
SUCESOS DE LA VENTA
Adelantaron las mulas hacia la posada.
¿Qué es aquello? exclamó Roberto sorprendido.
En el centro de la explanada, dos hombres, frente a frente, se
desafiaban: el uno, moreno, de barba negra, esbelto, empuñaba un
garrote; el otro, grueso, corpulento, bizco, apretaba una navaja.
En u ventana asomaba el rostro asustado de una muchacha.
¡Quietos! gritó Alejandro. Quieto, Escipión... ¿Qué es
eso, Milán?
Los dos paladines, el redactor de
|El Escorpión y el
mayordomo del general Ronderos, después de lanzarse una última
mirada de odio, en que aplazaban el reto, se retiraron.
Saltó de la tienda una mujer regordeta. Saludó con júbilo a los
dos viajeros; luégo se deslizó en quejas. Esos mozos no le dejaban
vida... Ella estaba tan contenta en la sabana, en
|El Sauzal;
pero había tenido que emigrar; todas las semanas había riñas como
esa por su hija Bibiana, que no quería a ninguno de los dos, o que
los quería a ambos... En fin, había venido a poner su tienda ahí,
bien lejos, y sin embargo el diablo volvía a traer a los dos
enamorados... El día menos pensado habría una desgracia...
La navaja... el garrote... dijo Alejandro riendo y
recordando los celos de Roberto. Esos sí son matices...
Desmóntense, gritó la ventera. Sigan a tomar su
almuercito, que si no apuran... hoy me llega mucha gente.
Entraron. En la mesa, y de espaldas a la puerta, un individuo
despachaba a la carrera un plato de huevos. Del saco blanco salían
un cuello y una calva roja y grasosa.
Mi querido González Mogollón, dijo Alejandro echándole los
brazos por detrás, ¿usted por aquí?
Sí, amigo. ¡Cuánto gusto de verlo! Cuatro años ya de
ausencia. Yo ya sabía que usted había subido el río en el
|Pachita Stevenson. ¿Dónde dejó a las Hermanas de la Caridad?
Me he venido a encontrarlas porque, como usted sabe, mi vida es de
los pobres... No me gusta hacer ruido con mis cosas agregó
con voz de abejón y gesticulando rabiosamente, aunque me pese
el decirlo y ofenda mi reconocida modestia, pero sí le digo que
tengo hoy tres proyectos y una comisión. Mire este hiladillo en la
cadena del reloj; me lo amarré para acordarme de que no debo dejar
pasar al general Landáburo sin hablar con él de un arreglo entre el
círculo de
|La Revaluación, de que es él jefe, y el círculo
de
|La Integridad, a que yo pertenezco. Me dicen que viene
muy bien dispuesto, predicando la paz. Mire esta otra señalita,
este algodón que tengo entre la oreja; pues es para acordarme de
fundar aquí, como estoy fundando en otras posa das, la lectura
moral gratis y obligatoria... una idea práctica reconstituyente y
rehabilitadora; mientras los transeúntes comen, quieras que no, les
pongo un lector a que les lea cositas edificantes. Además, estoy
aguardando a las Hermanas de la Caridad para ver si se encargan del
Hospital Docente; otra idea mía; idea práctica, enteramente
práctica. Y en todo esto no me gusta hablar de mí, mi atención es
de tejas para arriba.
Usted siempre tan atareado, señor González, y con cien
proyectos a un mismo tiempo.
Mi amigo, todos reniegan de González Mogollón, pero me
salgo con todo.
¿A quiénes ha dejado usted en el camino? agregó
González.
Dejé, dijo Alejandro paseándose por el corredor, a las
Hermanas, a quienes traté mucho durante la travesía.
¿Y Landáburo? preguntó González.
Sí, sí; atrás se quedó; hubiera podido llegar desde ayer,
pero se detuvo en Honda en su propaganda, echando peroratas contra
la "política de la puerta trancada", contra el
"terror blanco" y mucho de "derechos
conculcados", de la "Ley 22 con su inicuo
parágrafo", pero... en medio de predicando la paz, una paz
a su manera.
Apuesto mi cabeza, clamó González Mogollón, dándose en el
cuello un tajo terrible con el filo de la mano, mi cabeza, sí
señor, a que antes de quince días he celebrado un arreglo entre los
jefes de los dos bandos. Ya tengo preparado un banquete... Pues
tendremos paz para veinte años.
A propósito de farsantes, dijo Alejandro, también viene la
compañía de ópera.
Y la pri... ma... do... na, interrumpió Roberto con
sorna.
Hombre, sí, una maravilla, un encanto, hasta el nombre: la
Rondinelli, la Golondrina. Si la oyeras en
|Aida, en el dúo
final con Malatesta.
Malatesta.... Rondinelli... Opera, agregó González con el
ademán de un hombre en acecho, éstos ya los cogeré por mi cuenta...
los exprimo... ya verán cómo les saco una noche de beneficio para
el Hospital Docente... para que no se me olvide, voy a ponerme
cambiado este botón del chaleco.
Míra, Roberto, dijo Alejandro en voz baja, ahí está ya la
hija de Montellano.
¿El millonario?... Sí, sí; interrumpió González con gesto
de malicia y amenaza, aunque reniegue, aunque me salga con el
|non serviam, le saco unos veinte mil para la Sociedad de la
Salvación Forzosa... y unos treinta mil para el hospital
consabido.
Las espuelas de Montellano resonaron sobre el empedrado, y con
las piernas abiertas para no enredarse, fue a tratar con la patrona
el asunto del almuerzo.
No se hizo esperar éste, y con las apetitosas fritangas
desapareció el decaimiento causado por el madrugón y el hambre.
Después del almuerzo, Montellano, todavía con zamarros, espuelas
y sombrero, respaldado el taburete contra la pared del corredor, se
entregó a la placidez de una digestión tranquila. Medio aletargado,
entrecerrados los ojos, recordaba su hacienda
|La
Danta, el trapiche, las luchas sangrientas por el agua,
el río de miel, el río de oro; repasaba sus otras propiedades en
tierra fría, en tierra caliente; las sumas dadas a interés; los
deudores morosos, el cúmulo de obligaciones pendientes de que había
hablado Roberto; el producto probable de una nueva renta; sus
próximos negocios al llegar a la capital; esa nueva casa que había
comprado sin conocerla; y, en tanto, percibía confusamente lo que
le rodeaba: las mulas que pateaban secamente sobre el empedrado,
mientras molían con tesón el pasto entre las mandíbulas; una clueca
que, seguida de su pollada, escarbaba entre brozas; el ruido de la
tienda y de una conversación monótona una caja de lata que
arrastraba un chiquillo; y sumergiendo esos ruidos, envolviéndolo
todo en un zumbido arrullador, surge en contorno, con el vaho
sofocante de las hondonadas, el rumor de la tierra caliente, rumor
sordo en que se mezclan ruidos de torrente, el frote sedoso de las
plataneras y el canto soñoliento de las chicharras. Pronto a esa
sinfonía se agregó el ronquido estruendoso de Montellano,
entrecortado por palabras ininteligibles: cien mil... duplicar
renta... seguir molienda... no rebajo...
Entretanto, Dolores salió a dar una vuelta para desentumecerse,
sofaldando el traje de amazona; quería echar una ojeada al camino
que iban a recorrer, y vio a un lado de la casa levantarse e
intrincarse los peldaños medrosos del camino, y más arriba, en una
atmósfera helada, la crestería de la cordillera, sobre la cual se
apoyaban nubarrones amenazantes. Quiso luégo, al lado opuesto,
sondear las regiones que habían dejado atrás, dio algunos pasos y
se detuvo de pronto ante un corte vertiginoso que se asomaba sobre
la tierra caliente. A su lado crujía la hojarasca con la fuga de
los lagartos. Del fondo se alzaba una palmera, que venía a
balancear a los pies de Dolores, con vaivenes de abanico, los
flecos del penacho, entre el cual bermejeaba el inmenso racimo.
Enredados en las copas de los árboles colgaban los bejucos de
campanillas, rojas y moradas, trasparentes, alimentadas de luz y de
aire puro. Cruzó una enorme mariposa que en vuelo oblicuo encendía
y apagaba perezosamente el terciopelo azul de sus alas.
¿Tenía yo razón? dijo Alejandro apoyándose contra el mareo
de la puerta y observando de lejos a Dolores. Míra, Roberto, esa
cara tan fresca, ese cuerpo vigoroso... y sobre todo, esos
ojos.
Sí: llenos de voluntad y de fuego.
Desde el alto mirador tendió Dolores la vista, y vio hundirse y
dilatarse un valle que, como abarcando medio continente, se
extendía hasta el último fondo del horizonte. Se estremeció al ver
a sus pies, entretejidas y balanceándose, las copas de los árboles,
cuyas ramas al entreabrirse dejaban ver claridades y sombras, y la
trabazón de raíces, bejucos y troncos que se abrazan y retuercen
como serpientes que luchan en el abismo. En oleadas sucesivas, un
bosque sigue a otro bosque hasta que los tumbos de verdura decrecen
y se pierden en prodigiosa lejanía. Los bosques cercanos brillan
con la pompa de sus flores rojizas y el verde vivaz de sus frondas;
a medida que la perspectiva montaraz se va alejando, los matices se
asombran y confunden; sólo a grandes trechos resaltan los abanicos
de las palmeras, el plumón amarillo de los guaduales, y negrean
distintamente los manchones de los desmontes y las rozas.
El río, deslizándose sobre arenales candentes, alza allá en las
hoyas un vapor que flota a lo largo de la corriente, y esa gasa que
ondula a veces desgarrada, deja entrever el relampagueo de las
ondas.
Rayando el azul de los cielos, el cono del Tolima, con
cambiantes de perla y la cinta de nevados, sobre cuyas blancuras
van cayendo cascadas de carmín y de oro. Una fiesta de luz, de luz
tropical exuberante, con regueros verdes, rojos, amarillos, se
derrama, se revuelve en una bacanal de colores.
Roberto, que quería también admirar el paisaje, y conocer a la
|Lola de Alejandro, se acercó a la orilla del tajo, y dejó
vagar la mirada por aquel paisaje admirable. Permaneció allí,
entregado en pleno éxtasis, al encanto de una mañana de luz, y
gozando con ese abandono de todo su sér, que en tales momentos lo
hacía tan sensible, tan vibrante a las más ligeras impresiones.
Crujió la hojarasca. Dolores volvió la cabeza, sonrió; Roberto, con
gran cortesía y acercándose, le dirigió algunas frases banales que
no recibió ella con desagrado, animándolo así a prolongar una
conversación en que Roberto pudo derrochar la agudeza y la chispa
de su ingenio, los tesoros de su fantasía.
Un coro de alegres voces interrumpió la conversación.
Bulliciosos, con sus trajes de colores claros, condecorados de
flores, el sombrero sobre la orejar una sonrisa entre los bigotes
de mosquetero, salieron a la explanada en tropel abigarrado los
coristas de la compañía de ópera. Detrás surgió el tenor,
Malatesta, envuelto majestuosamente en su
|plaid escocés, que
con los flecos cubría las ancas de la mula.
Salud, Radamés, gritó Alejandro, tarareando la marcha de
Aida.
La-ri-la-ri. Salute, caro Alessandro, contestó el otro con
voz de trueno, inflando la camisa con la respiración poderosa; se
descubrió, se enjugó la frente, se pasó el pañuelo por los largos
bucles castaños, se frotó el cuello fornido, y fijó en Alejandro
las pupilas color de aceituna.
|¡Cuánto caldo!... ¡Dío, qué
caldó!
Señora, caldo; el francés viene en ayunas, dijo González
Mogollón; yo siempre en las obras de misericordia: dar de comer al
hambriento.
Llegó a la explanada la Rondinelli y detuvo la mula.
|Eccola
|qua, dijo Roberto rodeando con sorna
a Alejandro. Realmente, una belleza; ayudémosla a desmontarse.
Camína y verás una de esas cabezas que has admirado cien
veces en los lienzos de los grandes maestros venecianos.
¿Veneciana?
De la propia plaza de San Marcos.
Se acercó Roberto y admiró la elegancia larga y llena del
cuerpo; el arranque del cuello, que salía con libertad de un saco
blanco, y mostraba inflexiones y curvas de escultura. Los rasgos de
la cama tenían un ritmo de líneas y de sonrisas en que se leía la
falta de pensamiento y de preocupaciones, y los ojos una placidez
brillante que recordaba la mirada húmeda y tranquila de las vacas;
la boca, en que vagaba una sonrisa desdeñosa, estaba llena de
provocaciones y de encantos.
|¡Alessandro! ¡Alessandro! ¡Cuanto é bella, la tua
terra, ma é terribile! ¡Abismos! ¡Abismos! Yo lloraba
decía la Rondinelli fijando en Roberto los ojos agrandados
por el miedo.
|Este mulo es pérfido. Ya toco terra;
¡andiamo, andiamo! ¡Oh! Malatesta é castato por terra tre veces e
yo rideba ¡ja, ja, ja! Y siguió hacia la casa, del brazo de
Alejandro.
Sofocada, echó a un lado el sombrero. Roberto, siguiéndola,
observaba la arrogancia y altivez inconsciente de movimientos, los
ademanes amplios en que el enorme chal rojo ondulaba como rico
manto de púrpura y se partía en pliegues que recordaban los papeles
y actitudes de trágica. Al hablar con Alejandro, en un parloteo sin
sustancia, movía ella la cabeza y hacía valer más la línea pura y
larga de la nuca, la redondez del cuello. Sobre la blancura de
tonalidad caliente flotan y brillan mechoncitos sueltos, sortijas
rebeldes con reflejos de ámbar, con cambiantes de llama, con visos
rubios de tamo, y luégo, en arranque magnífico, se alza, se
retuerce y se enrosca sobre la cabeza una trenza maciza de oro.
Cruzaron la explanada; al llegar a la sombra de la casa los hizo
volver la cabeza el ruido de las herraduras de un caballo que en
largos resbalones descendía la cuesta.
Se acercó a la casa un individuo flaquísimo, de cara lívida, con
los ojos sin brillo, sudoroso; chaleco de terciopelo y larga melena
1830.
Alejandro, observó Roberto señalando al recién llegado,
con un tinte de ironía imperceptible, te presento al poeta Mata, al
Director de la
|Pagoda de Nietzsche una notabilidad que no
dejaste... una nueva esperanza para Colombia...
Gracias, gracias... dijo Mata apeándose, gracias: apenas
un tomito de Nitroglicerinas, que han reproducido casi todos los
periódicos de América, inclusive
|La Abeja, de Tehuantepec. Y
si ustedes se empeñan agregó poniendo un ceño de
inspirado les voy a recitar los versos que publiqué en la
última Pagoda: van las últimas estrofas, las más aplaudidas:
- Yo quisiera en mi tumba bajo tirsos de lotos
- Bebeir la sombra entre momias de ojos inmotos.
Hombre, amigo, interrumpió Alejandro con mal humor. Usted
pensando morir a su edad.
Sí, señor: la muerte es mi amada, mi eterna prometida,
como lo digo en mi próximo tomo
|Amor Dionisíaco y
continuó:
- Cubran, pues, mi cadáver las arenas del nublo
- Arenal, como pliegues de un gran sudario rubio
- Y en vez de sacerdotes de hipócritas suspiros,
- Récenme roncos bonzos, rezando en sus papiros.
Se interrumpió.
¡Una idea!... Dejar esta poesía aquí mismo, en el album de
|El Consuelo... Mi señora, ¡el álbum!, y escribió:
"A mi inolvidable amigo el general Landáburo, a quien
vine a encontrar hoy en comisión política importante:
-
....................................................................
-
....................................................................
-
- En vez de cruz y de latines, quiero magníficos
- Signos sobre mi lápida con ocres jeroglíficos.
-
- En vez de los
|requiescat en caracteres góticos
- Quiero los sugestivos caracteres demóticos
-
- Con sus hierogramatas y erizados criocéfalos
- Abuelos decadentes de los griegos bucéfalos
-
- Y el cuerno funerario de cariñosa Osiris
- Que juega con las danzas estéticas del Iris."
Al acabar de escribir, aprovechando un momento de descuido, sacó
una jeringuilla, se remangó los pantalones y con un gesto de dolor
en que cerró los ojos y se mordió el labio, se puso una inyección
de morfina.
Mata dejó caer al agacharse un papel impreso. Roberto lo
recogió: eran las pruebas de la
|Pagoda de Nietzsche, con la
relación del "espléndido y popular" recibimiento
al general Landáburo en
|El Consuelo.
Míra, dijo Roberto a Alejandro, ya está impresa la
descripción de un mítin. Aquí, hoy, con discursos y todo, un mítin
que no ha habido ni habrá nunca... ¡Ah, Landáburo y Mata, qué
pareja!... Míra, el poeta está ahora en la otra pieza clavando el
retrato de Landáburo, ayudado por Escipión Socarraz.
Llegaron las Hermanas de la Caridad y atravesaron la explanada.
González Mogollón se adelantó a recibirlas.
Alejandro se inmutó, se puso sombrío.
Esa hermana, preguntó Roberto, tan joven y distinguida,
¿es la marquesita de Montemar?
Y admiró Roberto la elevada estatura, el porte de reina; la
palidez ascética, la fascinación de las pupilas azules, la calma
imperturbable de la eternidad que revelaba toda su persona.
Roberto iba a continuar y lo interrumpió un alboroto.
¡Viva el general Landáburo! gritó Mata al oír en el patio
un ruido de herraduras. Al grito salieron todos los viajeros y
vieron un hombre de catadura militar, guantes de manopla, botas,
galápago de terciopelo rojo, gualdrapa con franjas amarillas,
pistoleras, y un caballo que coleaba frenéticamente hostigado por
los espolines, y derramaba por el suelo espumarajos
sanguinolentos.
¡Viva el general Landáburo! repitió Socarraz.
El del caballo se retorció el bigote en un movimiento nervioso
se irguió heroicamente, dirigió una mirada de conquistador sobre
aquella agrupación, en que se confundían caballeros, coristas,
religiosas, sirvientes, arrieros.
¡General Landáburo! dijo Mata adelantándose con una copa y
a riesgo de quedar aplastado, por los caracoleos del caballo.
Permitid que, en comisión de la
|Pagoda Nietzsche, y en
nombre de la Revaluación, os presente esta copa de bienvenida...
¡Salve al héroe de la idea! ¡Salve al republicano conspicuo! ¡Salve
al azote del cesarismo! ¡Salve al terror de la camarilla de suizos!
¡Tres veces salve al futuro fundador de la revaluación
republicana!
El otro procuró sosegar el caballo, se sentó mejor en el
galápago, levantó el pecho, tendió la mano en que brillaba un
látigo con pomo de plata, hizo un gesto circular, sonrió, extendió
la mirada a lo lejos como sobre un mar de cabezas, y en voz de
parada prorrumpió:
"¡Soldados...! digo, conciudadanos y señoras:
"Estoy leyendo en vuestras húmedas pupilas la
satisfacción de yerme otra vez entre vosotros, después de un año o
algo más de ausencia de esta tierra que, para darle algún nombre,
llamaría patria, aunque se nos niegan nuestros derechos, sobre los
cuales no debemos permitir la prescripción del olvido.
"Me dirijo en estos momentos a vosotros, a pesar de que
estamos todos con el pie en el estribo, porque se extrañaría que un
hombre de mi notoriedad y de mis largos servicios a la gran causa
de la revaluación, pasara sin decir esta boca es mía a todos los
que sin distinción de fronteras ni de razas me están escuchando con
tan exquisita cultura. Sería cargo de conciencia, que yo no me
perdonaría, el no decirle cuatro palabras a la masa neutral y
pasiva que me escucha y que vive entre a la lucha del pan, viviendo
en y para la servidumbre, como feudales hijos de la gleba, en esta
época de exclusivismo en que impera la política de la puerta
cerrada. Sí: aunque los del Gobierno, y el Gobierno mismo, se
gastan lujo asiático y visten seda de a quinientos pesos la vara,
mientras que vosotros no tenéis sino ropas astrosas para cubrir
vuestras carnes; aunque ellos Viven en opulentos palacios y
vosotros en guaridas como guardatinajos, los aconsejo, como medida
prudencial, que viváis de y para la paz, y la prediquéis a los
cuatro vientos."
Todos, en fila, desde el corredor de la posada, escuchaban con
sorpresa, con curiosidad, algunos con asombro, otros con risa.
"Me gusta agregaba Landáburo que al
presentarme yo hablando de paz y, como Carlos Alberto de Saboya,
con la espada envainada, se ensoberbecerán más y más los esbirros
oficiales; me consta que no habrá de reconocerse la iniquidad del
artículo 22 con su pavoroso parágrafo; me consta que seguirá
imperando el régimen del terror blanco; me consta que se nos
seguirá negando nuestra parte de sol, de aire y de agua; me consta
que, olvidando mi sangre derramada en todos los departamentos, se
seguirá haciendo mofa de mi origen
|chiriquiteño o
|chirequitano, como dicen. ¡No importa! En aras de la paz
sigamos soportando el tacón herrado del despotismo sobre nuestras
Cervices. ¡Viva la paz! Que cuando suene en el cuadrante de los
pueblos la hora blanca de la libertad, siempre habrá entre el
rescoldo cuatro tizones mal apagados para juntarlos con cuidado,
soplar con fuerza, y hacer que se prenda la llamarada que será el
alba de mejores días.
"Yo aconsejo una tregua para que por ahora no sigamos
arrojando víctimas humanas en las hambrientas fauces de la hidra de
la guerra. La hora de la Revaluación todavía no amanece: ¡Viva la
paz! Convencidos ya de la inanidad de la recriminación, echemos
agua sobre el vivac de los campamentos y no llenemos nuestros
morrales de soldados con balas sino con frutos de exportación.
"¡Viva la paz!
"Yo siempre el primero en empuñar el rifle, y que
siempre he disparado el último tiro, me siento con autoridad
suficiente para predicar la paz. La última desastrosa y desoladora
revolución fue una tremenda lección para hacerle ver al país lo que
son las guerras. Cábeme a mí la no pequeña honra, que no me
negaréis, de haber sido el sepulturero de la guerra civil, y de
haber desacreditado por completo las revoluciones.
"¡Viva la paz!"
González Mogollón, que no perdía una sílaba enternecido, al pie
de Landáburo, se sonaba estrepitosamente, se enjugaba las lágrimas,
mientras iba y venía, hacía quites y giraba para evitar los
caracoleos del caballo.
General, exclamó, usted me ha conmovido. Desde ahora lo
convido a poner la primera piedra del Hospital Docente. Una obra
magnífica; los planos son del doctor Karlonoff.. Y tiene usted que
hacerme otro discurso como éste, de mucha paz... de mucha
concordia, de respeto a la autoridad.
Y, dirigiéndose a Roberto y a Alejandro, exclamó con cierto aire
de reproche:
Amigos, ¿por qué no aplauden ustedes? Ahora sí tenemos paz
para veinte años.
Mientras seguía en el patio el torrente de palabras, la
Rondinelli le preguntó en voz baja a Roberto:
Siñor mío... ¿quién parla?... Non capisco.... ¿Un
sacamuelas?... ¿Vende specífico?... ¿Médico ambulante?... ¿Un
chioncatore? ¿Un gran chiarlatore?
Un gran descretatore, señorita.