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CAPITULO IV
CONQUISTADORES

—Alejandro, ¿no has visto en Europa un panorama como éste?

—Me siento perfumado con todos los olores de esta montaña.

Habían salido de Honda al amanecer y la atmósfera pesada, el bochorno insoportable, se habían cambiado en brisas deliciosas, que les traían el olor acre de las cortezas, las emanaciones de musgos y resinas, la fragancia de flores ocultas en la espesura.

En el silencio de la madrugada no oían sino el choque de las herraduras en la pendiente, el gorjeo de algún ave madrugadora, el gotear del rocío que, de los follajes, caía sobre el camino.

El despertar del día, el aliento de las montañas, la compañía de su amigo, comunican a Roberto una exuberancia de vida, de fuerza, de alegría; decididamente la vida es una fiesta.

—¡Míra!

Han llegado a un boquerón; ven sobre sus cabezas la cúpula de azul diáfana; a medida que van alejándose las nieblas, los paisajes, en las profundidades, aparecen en un crepúsculo transparente. Asoma una luz nueva; del mar de neblinas van surgiendo los filos de los picáchos, las masas de follaje, los manchones del valle; la bruma se disipa hasta que en el fondo aparece el valle que corta de un extremo a otro extremo, en curvas angustiosas, el Magdalena.

Despertó la floresta; aleteos, concierto de trinos, de cantos; pájaros que aparecen, cruzan al sesgo el camino y se pierden chillando entre los árboles.

—Qué felicidad, exclamó Alejandro, es este aire húmedo y fresco cargado de emanaciones vegetales que me llenan los pulmones, que me embriagan como el vino, esta inmensidad no medida, ni descrita en ninguna guía... este... aguárdate... aguárdate: me has inspirado un pensamiento magnífico... sublime.. ¿dónde lo pusimos?... Sí, en esta alforja de la derecha... Saca un frasco de plata, destornilla el tapón, sirve, se quita el sombrero, dejando ver el rostro rubicundo, enmarcado por la barba y los cabellos de oro.

—A la salud de mi tierra, la más bella, la más querida de todas las tierras!

A pesar de la broma, en el acento de Alejandro había un dejo de emoción y de ternura.

Siguieron subiendo.

|Fausto, |Fausto, exclamó Roberto... no te has corregido... siempre eres el agotador de sensaciones, buscando todos los excesos y todos los contrastes.

—A propósito, gran inconstante, terminaste la traducción de |Fausto?

—Eso es superior a mis fuerzas; Goethe envuelve en un cuarzo durísimo el diamante de su pensamiento. El traductor tiene que hacer trabajo de lapidario; no tengo vocación de cantero... es una empresa propia más bien para la paciencia y para la tenacidad del doctor Alcón...

—Hablando de otra cosa... ¿sabes que el general Ronderos nos tiene de candidatos para el Senado?

—¡Ah! no... quién se mete en eso... tú le habrás dicho que es imposible; que declinamos el honor... que...

—No, no se lo he dicho, porque no podemos abandonarlo en la lucha... El mismo me advirtió, recordando las palabras del Arzobispo Mosquera, que no nos convidaba para el Tabor sino para el Calvario.

Oyeron atrás en la pendiente el rodar de los cascajos, los resbalones de un tropel de bestias. Se detuvieron, volvieron a mirar. Era Casanova, el mayordomo de Alejandro, y Milán Gil, a quien llamaban el |Chispas, mayordomo del general Ronderos, que traían las bestias de remuda y dos caballos de coche que venían de Europa.

—¿Cómo vienen los alazanes?

Eran dos caballos de pura sangre; bajo la piel fina y lustrosa se mostraban las venas, la recia musculatura.

—Míra qué asombrados están, continuó Alejandro, de andar por estas breñas.

—Y sin dignarse cruzar una palabra con esas mulas, conforme a observaciones hechas en |El Moro, de tío Manuel.

Coronaron la altura, empezaron a bajar; en el fin de la cuesta se oía un torrente, que despeñándose llegaba al camino, hacía un remanso y se precipitaba luégo en la hondonada.

Las mulas al acercarse aguzaron las orejas, arriscaron la nariz, se lanzaron hacia el pozo, que, tocado por los primeros rayos del sol, dejaba ver en el fondo, entre transparencias trémulas, guijos como tejos dorados.

—Ustedes se adelantan, dijo Alejandro a Gil y a Casanova, y nos mandan hacer de almorzar en |El Consuelo.

Después de remudar cabalgaduras se adelantaron los mozos, y los dos amigos continuaron escalonando las montañas.

—Y ¿qué tal de negocios?

—¿De negocios?... contestó Roberto, te hablaré con franqueza... tú sabes que yo empecé a trabajar con muy poca cosa... con nada... pues bien: ese nada ha ido en aumento... en aumento...

Alejandro iba a replicar, pero en ese instante los alcanzó un sujeto que subía a escape; los miró torvamente, con sorpresa y con disgusto, puso espuelas a su caballo y los dejó atrás.

—¿Conoces?... preguntó Roberto.

—No.

—Es Escipión Socarraz.

—Escipión?... Con esos humos, sin detenerse?... Qué ha habido?

—Es una historia... que se repite con frecuencia.

—Hace cuatro años que lo dejé en |El Sauzal con su padre, que quería enseñarlo a trabajar.

—Pero eso no lo aprenderá él, ni habrá quién se lo enseñe... En fin, tú sabes que el pobre viejo, que anda todavía descalzo, gastando sus economías de treinta años, mandó a Escipión al colegio, pero no fue posible que estudiara; pretendía siempre, eso sí, los honores, las distinciones, sin tomarse la molestia de trabajar para obtenerlos, y alegaba que los profesores le tenían entre ojos porque era pobre y que allí sólo había preferencia por los ricos. Esta palabra de "los ricos" es la que quizá ha repetido más en su vida. No creo que haya quien aborrezca más el gremio a que desea pertenecer. Del colegio lo expulsaron porque había armado no sé qué revolución; volvió a casa de su padre diciendo que él no quería estudios sino empezar a trabajar; el viejo le entregó cuanto tenía y de todo dio cuenta en poco tiempo. Pidió más dinero, se le negó, falsificó la firma de su padre para obtenerlo; el viejo, al saber la fechoría, lo echó de la casa.

—¿Y ahora?...

—¿No lo adivinas?... Ahora se ha metido a periodista jocoso y agresivo: redacta El Escorpión... No, no lo redacta, sirve de testaferro para que escriban otros, y él saca la cara, responde de todo... El nombre del periódico te indicará su objeto... Sin duda viene ahora de encontrar a Landáburo y poner el periódico y su persona a sus órdenes.

—A nadie como a Escipión convendría más una guerra... tipos como él son los que obtienen en nuestras revoluciones, de un salto y como por encanto, la posición social, las riquezas y la notoriedad que no consiguen otros sino por medio de largos esfuerzos, de una vida llena de merecimientos.

—Pero esos son los hombres de Landáburo, sus futuros soldados, sus capitanes y... creémelo, será un ejército temible, porque nada tienen que exponer.

Siguieron largo tiempo en silencio, cabizbajos; el entusiasmo que los dominaba se desvanecía ante la perspectiva de la guerra.

Alejandro de pronto acortó la rienda y fijó con intención la mirada en su amigo

—Volvamos a hablar de tu prima Inés... Ese es matrimonio hecho ¿no? Cuando me fui estabas tan entusiasta... Y ella ¿siempre tan bella, tan aristocrática y tan reservada?

—No..

—¿No? ¿Cómo así?

—No: ahora es más bella, más aristocrática y más reservada.

—Pero tú la quieres... y ella te corresponde. Al fin te casas... pero, no. Tú siempre mariposeando: ni acabarás la traducción de Goethe, ni la biografía de don Melchor, ni tus estudios coloniales, ni harás en tu vida un soneto completo, ni te casarás con Inés.

—¡Ah, quién sabe!
—Pero míra: en el fondo no me disgusta eso: no es Inés para ti, ni eres tú para ella.

—No hay mujer que se parezca más a mí, replicó Roberto con entusiasmo; lo siento cuando estoy con ella. Unos mismos gustos, un mismo carácter...

—Precisamente: dos soñadores... dos inconstantes. ¡Imposible! Dicen que no se deben unir dos voluntades, ni dos vacilaciones tampoco. Tú necesitas otra mujer. A tus sueños hay que oponer la realidad; a tus fluctuaciones, una resolución; para una naturaleza complicada como la tuya, se necesita una naturaleza sencilla, neta, práctica, primitiva, como la de una muchacha con quien he subido el río... ¿Dices que no me acuerdo de ti?... Me he acordado al ver esa joven. Viene con su padre, un millonario que va a establecerse en Bogotá. Esa, ésa sí te conviene...

—¡Nada, nada! Matrimonio científico con programa, por nota... Matrimonio de conveniencia... No me conviene. Si me caso, me caso en una improvisación.

—Hasta el nombre bonito, insistió Alejandro. Es Lola... Lola Montellano

—¿Montellano? dijo Roberto frunciendo las cejas con un sentimiento de malestar. Precisamente es el que ha comprado nuestra casa, por medio de apoderado.

—¿Vendieron la casa? contestó Alejandro con sorpresa y desagrado. Ya ves, es un argumento en favor de lo que te decía. De la cuestión vital del dinero no conoces sino un lado: el saberlo gastar.

—¿Y tú? repuso Roberto con ironía. ¡Ah! respeto en ti al maestro que tiene toda la autoridad de la experiencia... Vas a tener que vender la mitad de |Sauzal y |Cebaderos para pagarte este último viajecito, y lo que llevas en esos cajones... Ya me figuro, lienzos, bronces, obras de arte, las sorpresas que me tienes ofrecidas. Y desfilaron las diez mulas con el equipaje de Alejandro. Desde ahora te profetizo al comprador: sería curioso que fuera el mismo Montellano. Te profetizo al padre y te receto la hija.

—Ese Montellano... ya lo conocerás mañana, tal vez hoy mismo... me ha divertido muchísimo en el viaje; un completo contraste entre el modo de ver y de sentir de él y nuestro modo de sentir y de ver; pero no es un hombre de quien pueda uno reírse; es un luchador formidable, un victorioso; ha hecho una fortuna a golpe de hacha y golpes de ingeniero... "a vuelta de brazo", como él dice. Me ha contado su vida: llegó un día, hace veinte años, a las selvas del Taguaté, sin más que su mujer, una hacha en la mano, una idea fija en la cabeza: enriquecerse. Descuajó el bosque, "árbol por árbol, culebra por culebra"... Ya le oirás el estilo... Al cabo de diez años aquellas montañas eran vegas cubiertas de pastales y de cañas. Para mover el trapiche desvió una corriente de agua que iba a la población. Los vecinos protestaron: agonizaban de sed. Entonces empezó una lucha, que todavía continúa, entre el pueblo y el trapiche. Unas veces el pueblo en masa se arma, ataca al centenar de peones del trapiche, vence, incendia los cañaverales... Otras veces Montellano aterra al pueblo, se traba la lucha, brillan los machetes, vence, corre la sangre... y corre el agua al trapiche. "Un mes... un solo mes de molienda, como él dice, y se repleta la caja." Después de los golpes de hacha vinieron los golpes de bolsa. Es un gran rematador de rentas en aquellas regiones. Por último, ha resuelto invertir su dinero en casas y haciendas... y viene a ejercitar su talento, sus energías, su audacia, en un campo más vasto: viene a la conquista de la capital.

—De modo, dijo Roberto con sarcasmo, que la muchacha está llena de cualidades: es casera y es hacendosa.

—Pero entendámonos, hablemos en serio; no te aconsejo esa muchacha por el dinero... ¡Ah, eso no! Uno debe ser amo y no esclavo del dinero... Es que tú necesitas de alguien que te haga sacar provecho para ti, y no para los demás, de tu iniciativa, de tu talento; ella tiene lo que te falta: una ambición, una voluntad que te encamine, que te fuerce a pensar en la vida real, que te haga entender tus obligaciones.

—¿Mis obligaciones?... ¡Ah, sí! El que se case con ella se llenará de obligaciones.

—No; ella te hará el yugo suave; tú la amoldaras.

—Sí; el que se case con ella se llenará de obligaciones, porque el padre, el Montellano, le entregará a su yerno algunas fincas raíces y le endosará sus créditos... ¡Gracias! Renuncio a la muchacha y a las obligaciones de ese matrimonio... ¿Dejar a Inés?... Ahora menos que nunca... ¡Sería una deserción enfrente del enemigo!

—¿Enemigo?... ¿Quién?... ¡Un rival!

—Vas a conocerlo, será tu grande amigo... Es un hombre que sostiene que el único fin de la vida es el arte... un wagneriano empedernido que admira en el maestro más al apóstol del arte que al artista. Como rival, peligroso; con esas ideas ya ves si será simpático para ti y para Inés... En nadie he visto un equilibrio más perfecto entre el corazón y la cabeza... Ya ves... le hago justicia... A mí mismo me ha conquistado... He comprometido en su empresa todo lo que tengo, lo poco que me queda, porque es un grande empresario.

—Pero ¿cómo se llama?

—Bellegarde.

—Lo conozco de nombre; supe que venía a Colombia y que algunos amigos le habían dado cartas de recomendación para tía Teresa...

—Y por eso lo convidó a comer el 1° de enero... Pues precisamente esa noche noté que Inés derretía el hielo de que está formado... A pesar de que parece no haber querido nunca sino a las mujeres pintadas o esculpidas, sorprendí en él ademanes, gestos, matices que me probaron que no le es indiferente la hermosura humana.

—¿Y qué viste?...

—Te repito, matices imperceptibles, entonaciones de voz, miradas fugitivas.

—¿Y eso es todo?... Me parece poca cosa, aun para un Otelo.

—Hay algo más grave: yo acompañaba a Inés de pie junto al piano, tenía un espejo enfrente y vi en él, sin que Bellegarde lo sospechara, que se acercaba a una consola donde ella había dejado un ramo de rosas de Castilla... lo vi tomar dos o tres de ellas y esconderlas furtivamente.

—¿Sí?... ¡Me alegro mucho! Y ojalá que Inés le corresponda... Y su empresa...

—Como te dije anoche, Bellegarde tiene una idea salvadora, un proyecto colosal: la canalización del Magdalena, y la colonización de todas las selvas que baña el río; y el contrato con el Gobierno quedó ya firmado.

—Sí, magnífico replicó Alejandro; el proyecto en sí me parece admirable...

—No sólo para el país, en general, sino en particular para nosotros, agregó Roberto con creciente entusiasmo. Te conté que vendimos nuestra casa: en parte, para pagar deudas; en parte, para tomar acciones en esa grande empresa... Tú también debes entrar; le he pedido a Bellegarde que te reserve unas cuantas acciones. ¡Ah! tú verás; seremos ricos... ricos, no: millonarios.

—¿Ya pagaste las acciones?

—Sí.

—¿De modo que has quemado las naves? Todo tu porvenir, toda tu felicidad están vinculados al éxito de esa empresa.

—Todo: de ahí dependen la tranquilidad de mi madre, el decoro de mi vida, la satisfacción de mis ambiciones, mi matrimonio. Lo he puesto todo a una sola carta.

—Sí, yo también entraré, exclamó Alejandro extendiendo la mirada por el inmenso panorama con una expresión de conquista. ¡Yo también!... Y mientras tú le ayudes a Bellegarde en Bogotá, yo iré a esas selvas, gastaré mis energías, este exceso de vigor que constituye mi felicidad y mi desgracia... ¡Ah, haremos cosas admirables!.. Sí voy a vender a Cebaderos para tomar acciones...

Roberto de pronto hizo un gesto de desaliento.

—¿Cosas admirables? ¡Ah, si hubiera paz!...

—Sí, habrá paz. Es verdad que Landáburo ha subido el río arengando en todas las poblaciones; es cierto que Cardoso, según se decía en la costa, ronda por la frontera; pero el pueblo quiere paz... La vanidad inconmensurable de Landáburo, los despechos de Sánchez Méndez, las ambiciones de Cardoso, de Polanco, la envidia de Socarraz... Todo eso se volverá humo, se desvanecerá al soplo del progreso y la riqueza. La nación aprenderá al fin a conocer a esos hombres, a desconfiar de ellos. Nosotros, guiados por el general Ronderos, desplegaremos doble energía contra esos bárbaros y contra la naturaleza salvaje... Es preciso que la empresa se lleve a cabo, y se llevará. Y al hablar con entusiasmo, con calor, con fe, se revelaba en su verdadero sér; de su cuerpo atlético parecían desprenderse efluvios de voluntad. En sus ojos azules brillaba el grano de locura que inspira las aventuras gigantescas, las empresas imposibles.

—¡Bah! yo iré a esas selvas; echaré los caímanes del río, haré un gran puerto; donde braman  tigres, pitarán las locomotoras, y donde hay selvas espesas, levantaré ciudades.

Habían llegado a otra cima; se detuvieron, volvieron bridas, contemplaron el vasto horizonte.

Y siguieron así, embriagándose con sus propias ideas, discutiendo todos los pormenores, escrutando el porvenir esbozando sus sueños de lucha, de prosperidad y de progreso; sí, realizarían la conquista de esa s selvas inmensas, enmarañadas, cubiertas ahora de pantanos, pobladas de fieras; el río, convertido en un canal profundo, permitiría el tránsito de buques de alto bordo, que subirían con las muchedumbres de inmigrantes y bajarían con los productos de esas fecundas regiones; vendría el despertar de un mundo descubierto, adivinado, pero no conquistado todavía ; y de ese mundo virgen, intacto, de incalculables riquezas ocultas en la sombra de los bosques, saldría luégo un rumor de vida, un himno de resurrección, el clamoreo de las campanas y los yunques en las aldeas nuevas; la agitación, el hervor gozoso de las ciudades que surgirían en medio de los plantíos sueños; y entre el estrépito de la industria, la barahunda del comercio y el rodar del oro, millones de hombres felices, ricos, gozando de la paz, bendecirían, aclamarían a los fundadores de esa prosperidad y esa grandeza.

Y ambos, nietos de conquistadores, sintiendo despertar en ellos el instinto de las nobles aventuras, de las ideas gigantescas, y embriagados por ese ilimitado horizonte, excitados por los perfumes de esa mañana tropical, extendían el brazo en un movimiento amplio de dominio, de esperanza y de victoria.
 

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