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CAPITULO III
EL CONSULTOR TECNICO

El conde Bellegarde atravesó la plaza y se encaminó al Ministerio de Finanzas para concurrir a la cita que la noche anterior, en casa de doña Teresa, le había dado el general Ronderos. Cruzó el atrio del Capitolio, en que reverberaba el sol de la tarde; pasó por entre la columnata que tendía su sombra sobre las baldosas; al tomar la escalera sintió, después del calor de la plaza, el frío del edificio; en la escalera vio gentes que bajaban y subían con papeles bajo el brazo, y, ya en el piso alto, por una ventana, mientras llegaban hasta él les campanillazos del tranvía, oyó el martilleo de los picapedreros, el rodar de los carruajes, echó una mirada sobre el panorama de la ciudad. Vio la fachada de la catedral bañada por el sol, la aguja de un pino, los tejados, el humo de una chimenea, y más allá la masa verdosa de los cerros, un trozo azul del firmamento. Su mirada de turista se detuvo en los detalles; sabía descubrir ciertos rasgos que dan la fisonomía, el carácter de las cosas. Echó a andar en busca del Ministerio; penetró en un pasillo donde corría un viento helado; encontró varios grupos, empleados que paseaban sin sombrero, como entre casa, las manos en los bolsillos, el cigarrillo en la boca; policiales con notas y libros de recibos; solicitantes con aire de tedio y de expectativa. En el fondo del corredor un foco eléctrico olvidado brillaba con fulgor mortecino, entre los resplandores de la tarde. Bellegarde llegó al extremo del corredor.

—¿El señor ministro? preguntó.

—Aquí, a la izquierda.

Cruzó, encontró otro corredor, volvió a vacilar, repitió la pregunta.

—Allá en el fondo, le contestó un policial que llevaba un expediente.

Ya en el extremo, tras una reja de madera, encontró al portero en su cuartucho: una mesa, una prensa de copiar y una silla desvencijada.

—¿El señor ministro?

—No recibe ahora; puede usted hablar con el subsecretario, el doctor Alcón, contestó el portero, serie de salones, al fin de los cuales estaba el despacho. Atravesó Bellegarde dos salones por entre filas de escribientes, inclinados sobre los pupitres. mientras forcejeaba, dando vuelta a la palanca de la prensa. De la casulla del portero se divisaba una. Se acercó, interrogó a un joven que estaba absorto en la lectura de un libro; el joven lo miró un instante con disgusto y volvió a inclinarse sobre el libro para continuar la lectura... Leía: "Había atravesado la calle y daba vueltas en torno de aquel cupé de la baronesa, inmóvil, mudo, con el cochero rígido en el pescante..."

—¿El señor subsecretario?... se atrevió a preguntar de nuevo Bellegarde.

Adelante, respondió el empleado, que volvió a doblar la cabeza y continuó la lectura de |L’Argent, de Zola: "...rígido en el pescante. Una mano femenina bajó las vidrieras del cupé; él saludó y se aproximó galantemente a la baronesa de Sandorff. Y bien, monsieur Saccard, preguntó la baronesa, ¿jugamos a la baja?..."

—¿En el salón siguiente? preguntó Bellegarde.

El joven contestó "sí" con solo un movimiento de la cabeza, para no perder el diálogo entre el banquero Saccard y la baronesa de Sandorff.

En el salón siguiente se acercó el conde a la mesa de un viejo empleado, don Cosme Oramas, quien dobló la cabeza y lo miró, sonriendo, por encima de los anteojos.

—¿El señor ministro? Me citó para las dos y media.

—Siga usted: creo que sí recibe, contestó amablemente con la sonrisa que gastaba ahí, hacía medio siglo, al recibir a los "particulares"; y cuando Bellegarde se alejó, agregó el empleado, con alarma: ¿Las dos y media?... ¡La hora de mi leche! Y fue a un estante donde, entre dos legajos de expedientes, se ocultaba una taza rodeada de bizcochuelos. En las dos mesas vecinas había dos empleados absolutamente absortos en sus ocupaciones: el uno, en el papel timbrado del Ministerio, entrelazaba en un monograma sus iniciales con las de su novia; el otro, se arreglaba primorosamente las uñas con un cortaplumas.

En el salón contiguo, un salón verde, con cielos pintados al fresco, frente a una ancha mesa cubierta de libros y rodeada de sillas llenas de papeles, el doctor Alcón, encorvado, consultaba un mapa.

Por una alta ventana, entre dos cortinas de Damasco verde, se filtraba la luz, y entre el crepúsculo del salón daba toques en el barniz de los mapas, en la moldura de un estante, y hacía brillar en un rincón, con reflejos lívidos, la calva del doctor Alcón.

El subsecretario se acercó a los ojos la tarjeta que le presentó el conde; leyó con aire adusto: |C. |te Dax Bellegarde — Issy-sur-Seine — B. Hausmann, 144, y en seguida, cambiando de fisonomía, con fingida humildad, ruboroso, se levantó a saludar, tosió y señaló hacia una puerta cerrada.

—El señor ministro, dijo el empleado, me ha dado orden de que lo introduzca a usted inmediatamente. El se ha estado ocupando en su asunto toda la mañana. El doctor Karlonoff, el consultor técnico del Ministerio, ahora mismo está tratando esta materia con el señor ministro. Han estado encerrados tres horas. Pero siga usted. Y torció el botón de la puerta, metió la cabeza y volvió a sacárla.

—El doctor Karlonoff ha salido por la otra puerta. Su Señoría está solo. Siga usted... y, encorvándose, dejó pasar al conde, volvió a su pupitre e inclinó de nuevo la calva de marfil sobre los papeles del escritorio.

Bellegarde, al sentarse frente al general Ronderos, lo encontró fatigado, con un aire de extenuación, como abrumado por una enorme tarea. El doctor Karlonoff, durante tres horas, había estado ahí exponiendo las dificultades y peligros de la canalización del Magdalena; el ministro estaba desalentado, vacilante, suspiraba a trechos, tenía mareo cifras y de nombres; deseaba que Bellegarde le devolviera la fe, le demostrara que aquella empresa erá realizable. El conde entró inmediatamente en materia: aunque había presentado su propuesta y sus planos, creía conveniente precisar algunos puntos de la empresa que lo había hecho venir a Colombia: la canalización y la colonización. Proponíase canalizar la principal arteria del país, el Magdalena, hacerlo navegable para vapores trasatlánticos; sanear y descuajar las inmensas selvas de las orillas; extraer las preciosas maderas; explotar de sus bosques el caucho; colonizar esas inmensas regiones... El "grupo" de capitalistas, "su grupo", la compañía franco-belga, en vista de los informes presentados por los ingenieros, tenía prontos los fondos, la maquinaria lista. En pocos días se lanzaría la empresa en las bolsas de París y de Bruselas. Sólo esperaba "su grupo" un cable.

El conde, metódico, dividió su exposición en cuatro partes: mostró los inconvenientes actuales del Magdalena; en seguida entró en el estudio científico de la canalización; presentó las ventajas de la empresa, y por último manifestó cuáles eran las exigencias de su compañía, de "su grupo".

—El Magdalena, decía, mientras Ronderos, desconcertado por Karlonoff, iba recobrando la fe, es un río de aguas turbias, con arenas en suspensión; uno de los más desiguales, caprichosos e indisciplinados que he estudiado en América. Unas veces seco y perezoso, otras violento y crecido, detiene la navegación con sus bancos de arenas movibles o la pone en peligro con sus corrientes rápidas. Es demasiado pobre o demasiado rico. En tierra y arenas arrastra más de seis millones de metros cúbicos, según los datos que han obtenido mis dos ingenieros auxiliares. Esa prodigiosa masa de despojos arrancados a las orillas, se va encaminando al mar, se deposita de distancia en distancia, cubre el fondo, y va formando y trasformando en cada creciente la línea del cauce, el |talweg, la profundidad del lecho, la forma general del río. Lo que caracteriza al Magdalena es la anchura’ desmesurada... vea usted, señor ministro, ese dibujo cuya exactitud garantizo... vea las curvas constantes y la serie de islotes que forma en su carrera.

Se puso el monóculo, se inclinó un instante sobre un mapa que había extendido en la mesa, pasó el dedo señalando, varios puntos negros sobre una curva azul, y luégo, irguiéndose, agregó:

—Una isla, señor ministro, debe ser una excepción para un río bien educado; pero aquí la isla es la regla, y el río, siempre dividido en dos o tres brazos, carece de aguas.

Se puso en pie, y erguido, animándose, pero siempre con la voz educada y armoniosa, entró de un modo preciso en la explicación de la manera como debía cor el mal, y de hacer navegable el río para lo buques de alto bordo. Concretó lo que había expuesto en las dos memorias presentadas al Ministerio: la obra no era imposible; al contrario, la creía fácil si el Gobierno apoyaba a "su grupo"; las dragas, demasiado lentas, no eran el factor principal; todo el sistema consistía, en particular, en aprovechar la corriente misma del río, estrechándola por diques oblicuos, y obligándola, ya concentrada, a profundizar el lecho. El agua, añadió, al estrecharse, lame el fondo, barre los bancos, rectifica el |talweg, lleva las arenas al océano. A veces esas arenas, causa del mal, podrían ser a aprovecharse rellenando los pantanos, levantando gradualmente el fondo de las inmensas ciénagas y riberas, que de esta suerte se convertirían en valles sanos y fecundos. ¿Por qué vacilaba de nuevo el señor ministro? Nada más sencillo, nada más claro, nada más fácil: era así como "su grupo" había canalizado el Misisipí y rectificado el Cauce de varios ríos en la Argentina. En cualquier punto —según el mapa que estaba ahí, sobre esa silla, y levantado cuidadosamente sobre el terreno mismo— podía obtenerse una profundidad de siete metros, bastante para un buque de alto bordo.

—La empresa, señor ministro, no exige auxilios pecuniarios de ninguna clase ni en ninguna forma; pedimos solamente un corto privilegio y tierras baldías. El Gobierno será partícipe en la empresa. Y como garantía de que se empezarán los trabajos, en el acto que esté firmado el contrato, depositaré un millón de francos en la tesorería. Me atrevo a creer que antes de cinco años estará terminada la obra. En suma, señor ministro, lo que nosotros pedimos al Gobierno es solamente seguridad y paz.

—Yo tengo confianza en el buen sentido del país. Ya han pasado las locuras, las tentativas de suicidio... Los agitadores Landáburo, Sánchez Méndez... son ya impotentes para lanzar al país en la aventura de la guerra. Confío también en Dios, señor conde.

Ronderos —que fluctuaba entre las dudas que le había dejado Karlonoff y la fe que de nuevo le inspiraba la exposición del conde— confesó que él no era competente en la materia; deseaba llegar a una solución satisfactoria, pero juzgaba conveniente que el señor conde y el doctor Karlonoff tuvieran una entrevista, se explicaran sus doctrinas; apretó el botón de un timbre e hizo llamar al doctor Karlonoff. El conde manifestó que no tenía inconveniente en conferenciar con el "consultor técnico"; pero se preguntaba interiormente quién sería ese sabio de nombre ruso o alemán que discutía y observaba los planos de canalización hechos por los ingenieros auxiliares y verificados por el mismo Bellegarde, con tanto esmero y tras prolijos estudios. Se oyó un golpecito en la puerta y asomaron la calva y la sonrisa falsa del subsecretario.

—El doctor Karlonoff está ahí, a la orden de su señoría, dijo el doctor Alcón.

Se abrió la puerta. Cuando el conde se figuraba que iba a presentarse algún sabio ruso alto, de frente espaciosa, rubio y grave, notó con sorpresa que se deslizaba en el despacho un hombrecito rechoncho, moreno, de ojos inquietos, con una nariz enorme, aumentada todavía por la falta de dientes, no bien disimulada por el bigote. Se adelantó, saludó de lejos, y con una sonrisilla de suficiencia y de malicia, avanzó a paso de ratón, discurrió por varias mesas, revolvió papeles y libros, observó mapas, y, por último, con aire de desafío y un meneo en la cabeza, se paró frente al conde. El general los presentó.

—El conde Bellegarde; el doctor Carlos Onofre Sandoval y Sabogal capitán de puentes y calzadas.

Como el conde preguntó con la mirada si el individuo presentado era el propio Karlonoff, consultor técnico, este mismo explicó que el nombre de "doctor Karlonoff" era un seudónimo, un nombre de guerra, con que firmaba sus artículos políticos, sus rectificaciones históricas, sus opúsculos geográficos, sus observaciones astronómicas, sus disertaciones filosóficas, sus enseñanzas militares, sus revistas, "algunas de las cuales, agregó sonriendo, le habían sido tomadas por el almirante Jurien de Lagraviére para un estudio sobre balística"

Hubo un silencio, un instante de expectativa, como en los momentos en que dos duelistas van a cruzar las espadas. El ministro pasó tras de la mesa, se sentó, señaló de nuevo a Bellegarde el ancho sillón de cuero, que estaba a la derecha; el conde, grave, circunspecto, esperaba a que el ministro iniciara el asunto. Karlonoff arrastró una silla frente a los dos, y se sentó, cruzó las manos; sobre el bastón; quiso lanzarse, empezó diciendo que en el proyecto de canalización había errores, que los planos del río habían sido levantados por ingenieros poco hábiles, que... Pero el general, con un movimiento de la mano, le pidió que callara y manifestó que primero debía exponer sus teorías el conde. Este desarrolló sus ideas con lentitud, con sencillez, buscando los términos más claros, rehuyendo todo aspecto dogmático, siempre con su noble y sobria elegancia.

—¿Las ventajas?... Ya las he expuesto en  cuadros completos que están ahí, señor ministro, continuaba Bellegarde, señalando un grueso cuaderno de cubierta azul. Pero, para mayor seguridad, me permito invocar nuestra propia experiencia en otros países; señalaré los datos que tiene "mi grupo" sobre el Sena, por ejemplo, en cuya canalización nos ocupamos allí actualmente, para convertir a París en puerto de mar, como ya lo he manifestado. Es una verdad sencilla que la navegación fluvial es el más económico de todos los medios de transporte. Puedo traducir a cifras esta observación; las recuerdo por haber hecho parte de la comisión de estudios en el Sena, y por haber presentado un proyecto al Consejo de Puentes y Calzadas; allí el flete medio será de un décimo de céntimo —hablo de francos— por tonelada y por kilómetro; pero en todo caso aumentemos ese precio, elevémoslo a dos céntimos de franco. Para los 185 kilómetros que tendrá el Sena canalizado y profundizado entre Ruan y París, tendremos por tonelada 37 céntimos de franco, es decir, señor ministro, 370 francos para un navío de 1.000 toneladas. No comparemos ese precio con lo que habría costado en otro tiempo llevar esas mil toneladas por la carretera, y que habría sido... permítame... creo que no me es infiel la memoria... habría sido un costo de 45.000 francos... Comparemos el costo de navegación con el de la vía férrea. En ferrocarril la tarifa media en nuestro país es de 7 céntimos; y aplicando esta cifra al transporte de 1.000 toneladas en una distancia de 156 kilómetros, tenemos... permítame el señor ministro... yo recuerdo... este es mi oficio... tenemos (y limpió el monóculo para aclarar las ideas), tenemos una cifra de 4.080 francos, que deben aumentarse en 750 francos para el cargue de los vagones, o sea un total de costo de 4.830 francos..

Karlonoff, sorprendido por un momento con la precisión y la memoria del empresario, y las capacidades de cálculo que exhibía, determinó no quedarse atrás, e interiormente quiso evocar las cifras que, para improvisarse una erudición, había leído de prisa en la palabra |Canal, de la Enciclopedia Germánica y en ciertos libros antiguos de los cuales tomaba préstamos con frecuencia en sus lucubraciones periodísticas.

—Estamos, continuó el conde, en presencia de dos cifras: 370 francos y 4.830 francos, que representan, respectivamente, el precio de transporte de 1.000 toneladas por los dos medios; navío y ferrocarril... Vea el señor ministro la inmensa ventaja de la canalización, y del transporte fluvial, aun teniendo al lado del río un ferrocarril, como sucede en Francia.

—Sin duda, exclamó el general Ronderos, recobrando el entusiasmo y con nuevo brillo en los ojos, sin duda; y si esas ventajas son tan grandes en Francia, serán mucho mayores aquí, donde nuestros ferrocarriles, tan escasos y tan deficientes, tienen una tarifa diez veces más alta que la de Europa.

—Tránsito barato es movimiento —agregó el conde— y esa circulación rápida y económica, por la principal arteria del país, es vida, es civilización, es el único adelanto posible y cierto para esta nación, destinada a gran desarrollo. Lo que usted dice: los ferrocarriles aquí son difíciles, costosos... Por el río la vía está hecha, sólo falta perfeccionarla, hacerla económica y ponerla en situación de que a esas ricas selvas, a esa inmensa y fecunda hoya, al corazón de la República, lleguen los navíos de alto bordo, con los colonos que han de poblar sus márgenes. ¿La cuestión de sanidad?... Abierto el cauce del río, con algunas obras complementarias, no habrá inundaciones, se secarán los pantanos, mejorará toda esa región, será tan sana como la del Misisipí, que era mortífera antes de que "mi grupo" trabajara allí, y que hoy tiene un aire tan puro como el del Bosque de Bolonia.

El general Ronderos, que amaba tánto a Colombia, sintió que le palpitaba el corazón, como a los veinte años; le brillaron los ojos; una sonrisa de esperanza, de gozo, le arriscaba el bigote gris, dejaba ver la dentadura gastada y pareja... Sí, él realizaría esa obra, esa inmensa empresa de redención, y pensó que aunque hubiera inconvenientes no ahorraría sacrificios para llevar a término el proyecto que iba a transformar a Colombia. ¡Ah! cimentar la paz, fundarla en la prosperidad, en la riqueza, en la libertad, en el contento general... después de haber luchado contra los principos corruptores, luchar contra los pantanos pestilentes... ¡qué dicha, qué gloria! Además, pensó, no tenía que gastarse dinero del tesoro público; la compañía no pedía sino tierras baldías para los colonos y un derecho de tránsito sobre los buques, una vez canalizado el río... Sí, él concluiría sus años con alegría, moriría feliz si lograba unir su nombre a esa empresa, si alcanzaba a ver siquiera el principio de esa colonización, el río con sus grandes buques, la vida en sus márgenes, las selvas descuajadas, la riqueza, el bienestar, los millones de colonos cultivando, enriqueciendo esas inmensas comarcas; ahuyentando para siempre las guerras, civilizando este país, esta patria infortunada, que pasaría a ser opulenta, fuerte, llena de poderío y de gloria.

Toca el turno de exponer sus teorías a Karlonoff; en su monólogo fatigante multiplica los gestos, las actitudes. Agachado, con las manos en los bolsillos, acciona con la punta del pie; se para en firme, saca una mano, martilla con el índice, se lo lleva a la nariz. Medita. Cambia de mano. En los momentos de calor habla en voz atiplada, abre los brazos, acciona con la cabeza, con todo el cuerpo. Opinó que aquí —como se había hecho en Francia, cuando Labadrie, Manier, Roals, Gourdon y otros cuatro más pensaron en canalizar el Sena— se debía consultar previamente a los oficiales de marina y a los armadores de buques.

Bellegarde enarcó las cejas con sorpresa; preguntó si aquí había oficiales de marina y armadores.

—No los hay, contestó Karlonoff imperturbable, pero se les nombra |ad hoc. Yo, como capitán de puentes y calzadas, me prestaría a hacer parte de esa junta y aun a presidirla.

Y sin fijarse en la nueva sorpresa del conde, sin detenerse a respirar, sin hacer pausa, por temor de que se le interrumpiera, de que se le rectificaran sus cifras, se lanzó resueltamente al asunto, en frases interminables, oscuras, aglomerando nombres y términos abstrusos, recorriendo todos los países, saltando de un autor a otro, de un siglo a otro siglo. ¿Se hablaba del canal del Sena? ¡Ah! no debía olvidarse lo que respecto del declive del Sena había escrito en el |Misofogón el emperador Juliano; los bosques y los pantanos en esa remota época cubrían casi por completo la cuenca hasta París, en una superficie de 43.665 kilómetros cuadrados... según decía la Sociedad Geográfica de Francia; 43.668 kilómetros, según las rectificaciones hechas desde Bogotá por el mismo Karlonoff... Si en ese tiempo llovía menos que ahora, el caudal medio del Sena, frente a París, debía oscilar entre 360 y 365 metros cúbicos por segundo, en tanto que hoy, después de dieciocho siglos, en las grandes crecientes, tenía 2.500 metros cúbicos, lo cual prueba hasta la evidencia que era preciso levantar el nivel del río a 7 metros y 80 centímetros, y hacerlo navegable como los lagos de Norteamérica, descritos por Réclus, páginas 1.235 a 1.239; que con un gasto de vigésimo de céntimo por tonelada y por kilómetro, son navegados por buques de 2.550 a 3.825 toneladas, muy superiores a las barcas que cruzaban el Nilo en tiempo de Ramsés II, tiempo feliz en que los egipcios resolvieron científicamente el problema de la colonización ribereña, pues construían sus casas a salvo de inundación, gracias a palizadas en alto, construcciones que fueron imitadas por los paisanos de Nantes en los siglos XVII y XVIII en los diques del Loira, río navegable, según consta, no sólo en Strabón y César, sino en las inscripciones votivas de los navegantes del Loira y la época galo-romana...

El general Ronderos doblegó la cabeza, volvió a su perplejidad, a la fatiga, a la confusión, al mareo; Bellegarde escuchaba, primero sorprendido, luégo impaciente; y por último, con supremo desdén, alzó la mano derecha, la llevó a la cara, desprendió el monóculo y permaneció así media hora, el codo en el brazo de la silla, la mirada en el espacio.

—...Y en cuanto a los planos, perfiles y mensura —continuaba Karlonoff después de una hora de digresiones— presentados por la comisión de la empresa, yo conjeturo o afirmo a primera vista que están llenos de incalculables e imperdonables errores, y me fundo para eso en que el problema de medir bien el área de un país o las declinaciones de un río es mucho más difícil de lo que parece, para demostrar lo cual me bastará recordar que al estallar la guerra franco-prusiana se exhibía por los pretendidos militares del estado mayor alemán la llamada carta militar en que se valuaba el territorio en 533.845 kilómetros cuadrados; pero apenas se acabó esa guerra, esa desastrosa guerra en que no hubo una sola concepción estratégica y en que Francia perdió 14.533 kilómetros cuadrados, nada menos que el famoso pero siempre equivocado Anuario de la Sociedad Geográfica de Londres, estimaba el territorio francés en 520.443 kilómetros cuadrados; de manera que a medida que le recortaban a Francia kilómetros y kilómetros (y aquí miró con malicia al conde) ese territorio iba creciendo gracias a los cálculos erróneos y bárbaros que publicaba. año por año el Anuario de Longitudes de París.

Roberto Avila, que se había dado cita con Bellegarde para acompañarlo al Ministerio, llegó en aquel momento al capitolio y subió precipitadamente la escalera; se detuvo un momento, fatigado por la subida. Mientras cruzaba los salones, pensaba en aquella empresa a la cual estaba vinculada su fortuna.

Al entrar en el salón del ministro Roberto se detuvo un instante, comprendió lo que sucedía: el general, cabizbajo, vacilaba; Bellegarde se despedía fríamente; Karlonoff triunfaba, abrumaba al ministro con una montaña de nombres raros y de demostraciones abstrusas.

—Estaba yo aquí demostrando, agregó Karlonoff, metiendo ambas manos entre los bolsillos, estaba demostrando hasta la evidencia, no sólo que es impracticable la canalización para subir buques de alto bordo, sino que está fundada en imperdonables errores, porque la medida de las alturas está equivocada. Voy a explicarme: basta tomar las abscisas de dos pares de estaciones, tales que la suma de las del segundo par sea igual a la de las del primero y unidos dos a dos los puntos correspondientes por cuerdas que resultan paralelas y con sus medios sobre una misma vertical... ¿Comprende usted, don Roberto?

— ¡Ah, nada más claro! exclamó Roberto, ¡si me parece verlo!

Y le hizo una leve seña a Bellegarde como diciéndole: "No se impaciente: espérese; esto yo lo defino." Karlonoff prosiguió imperturbable:

—Pero no es esto sólo, señor ministro; es que también hay que ver la cuestión por el lado militar; es peligroso cuando suban esos buques, permitir así que los trasatlánticos se aproximen tánto a la capital de a República. Ese día estaremos perdidos, militarmente, a menos que logremos construir, según la táctica del Almirante Fieramosca, fortines con artillería de grueso calibre, v. gr., con cañones Máxim, número 48, como lo he aconsejado en el Ministerio de la Guerra y Marina, del cual soy también consultor técnico, por todo lo cual creo haber demostrado que el asunto es imposible desde el punto de la ingeniería hidrográfica, peligroso desde el punto de vista militar. Se nos invadirá como los normandos invadieron a París por el Sena. Pero hay algo más: la cosa es grave desde el punto de vista del Derecho, pues el Código Político y Municipal, respetando los derechos de los ribereños, se opone a esta clase de empresas en sus artículos 1.893 a 1.896.

—¿Qué artículos? preguntó Roberto.

—1.893 a 1.896 del Código Político, repitió Karlonoff imperturbable.

—Creo que ese Código no pasa de quinientos artículos. Veámoslo, dijo Roberto.

Y dirigiéndose a un estante de vidrieras, recorrió los rótulos.

Reinó un silencio de expectativa; Bellegar se sentó; el general Ronderos se incorporó, de ver la solución de ese punto concreto; ese asunto de fácil verificación, iba a mostrarle si realmente Karlonoff conocía o no las materias de que trataba, aglomerando cifras y nombres... Mientras Roberto recorría los libros del estante, llegaban al salón entre aquel silencio de curiosidad, los ruidos lejanos y ya amortiguados de la plaza.

—"Código Militar"... Nada... "Recopil..." tampoco... "Leyes de..." aquí está, mi general, ¡vamos a ver!...

Abrió el tomo por la última página, echó una ojeada, sonrió, lo extendió al ministro:

—Vean ustedes, dijo, el Código Político no tiene tal artículo 1.893: sólo llega hasta el 378.

—He podido equivocarme en esa cita, continuó Karlonoff impertérrito; el ingeniero, el militar, el geólogo, el historiador, el geógrafo, no tienen para qué saber leyes... a mí no me importan... y saltando inmediatamente a otro asunto: estos planos, estos mapas, tienen tantas equivocaciones como lineas; no hay más que un mapa real y auténtico del río: "El Magdalena militar", levantado por mí y presentado al jefe de operaciones en la última guerra.

—¿Y para levantar su mapa estuvo usted en esa región? preguntó Roberto.

—La ciencia moderna ha evitado esas molestias; yo le reconstruyo cualquier comarca por medio de la tectónica; es la anatomía de la tierra; con un terrón, con una piedra, soy como Cuvier con un hueso, puedo precisarle las alturas con diferencias de milímetros.

—Bien, observó Roberto, usted no sabrá de leyes porque no es su especialidad; pero sí conocerá el Canal de San Martín; allí se vencieron dificultades de orden semejante.

—¿El Canal de San Martín?... ¡Cómo no! Tiene doce kilómetros; pero allí el río no está expuesto a cambiar de lecho... Y cambiando nuevamente de tema: falta la cuestión seismológica, otra ciencia nueva que tal vez no conoce el señor Bellegarde.

—Yo no sé, dijo Roberto atajándolo, si el Canal de San Martín tiene doce kilómetros... es posible... lo que me consta, aun sin conocer la seismología, es que tiene cuatro actos, seis cuadros, no sé cuántas escenas.

—¿Cuatro actos, interrumpió Ronderos, un canal?

—Sí, señor, es el nombre de un drama.

—Señor Bellegarde, exclamó el general Ronderos levantándose, creo en su grande empresa, firmaremos el contrato.

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