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CAPITULO XXII
S. C. MATA

Dolores, al entrar en el palco, mientras se quitaba la capa de seda, parpadeó deslumbrada por la ola de resplandores que, cayendo del techo, inundaba todo el teatro, rebotaba en columnas y cariátides.

Era el beneficio de la Rondinelli y se representaba a |Aida.

Montellano, que se acostaba inexorablemente a las ocho de la noche, no había llevado al teatro a Dolores antes de su matrimonio con doña Aura, pero obligado por la poetisa, iba luégo de cuando en cuando a acompañar con sus bostezos las terribles amenazas del bajo y las notas apasionadas del tenor y de la prima donna.

Instalada en su asiento, Dolores, algo confusa y sintiendo palpitar el corazón con una mezcla de dicha y de zozobra, tomó el binóculo y pasó la vista por la platea donde dominaban las calvas relucientes; lo dirigió hacia los palcos y vio desfilar en el lente los bustos erguidos, las cabezas que se inclinan, ademanes y gestos sin sentido, bocas que sonríen a vecinos que no caben en el cerco del binóculo, el movimiento, la agitación de la concurrencia, entre chispazos de nácar, fulgores de diamantes, centelleo de pulseras.

De pronto, Inés con su blancura de jazmín, con su cuello de estatua que sostenía una cabeza de medalla griega. Aquel rostro se animó un instante, los ojos perdieron su languidez de sueño. Dolores buscó con ansia, con angustia, el compañero de Inés, y con dicha inefable se presentó en el lente la fisonomía varonil, los ojos de acero de Bellegarde... ¿Roberto?... Buscó el palco de |avant-scéne que estaba todavía desocupado, siguió paseando el binóculo por los palcos y con dulce emoción se presentó de golpe el rostro pálido de doña Ana y junto a ella Roberto. Volvió la cabeza hacia el escenario:

El palacio del rey en Menfis; a derecha e izquierda, inmensas columnatas, las estatuas de los dioses: Keth, la divina gata; Ra, el gran dios del dominio; Patch, con su testa de leona; el Buey Apis, el bruto más santo de los brutos. En el fondo, a través de grandes pórticos egipcios, el desierto, las pirámides, la Esfinge.

Amneris y Radamés han empezado el dúo de la angustia, de los celos palpitantes; se adelanta Aida y el dúo se convierte en trío; la orquesta continúa con el mismo tema, pero se van entrelazando con él las notas que lanza Aida, notas prolongadas como largos gemidos que revelan tambión los celos, un amor profundo, resignado. Y Dolores, sin quererlo, sentía que esas notas repercutían dolorosamente en su pecho; que ella, que conocía ese amor, podría dar a la melodía el acento, la intención que Verdi había puesto en ella.

Vino el aria del primer acto, que la Rondinelli interpretó magistralmente, entusiasmando al público: la lucha tremenda, el combate espantoso que se libra en el pecho de Aida entre el amor y el patriotismo, esa aria en que la frase musical va siguiendo, va mostrando las faces sucesivas del pensamiento, expresión perfecta del drama musical en que el primero de los maestros modernos ha logrado hermanar la palabra y la melodía. Sonó el botón estrepitosamente y entró al palco Mata, con el cabello revuelto y en los ojos un centelleo calentamiento.

—¿Ha visto usted, señorita? exclamó con su voz asmática, revolviendo las pupilas sanguinolentas, esta fue mi creación, mi sueño, mi nostalgia... Sólo las almas de alto vuelo podemos entendernos... Usted acaso no me entiende, yo le explicaré... pero Verdi y yo nos hemos entendido... ahí están mis versos:

"Yo quiero que se rompa el canto de mi lira
Junto a la muda Esfinge que mira, mira, mira,
 
Y en arenal cálido que un sueño blanco finge
Ser el eterno novio de la silente Esfinge."

—Señorita, ¿no vio usted el desierto, la esfinge, los dioses?... ¡Ah! los genios. Oh Verdi, mi hermano... hermano del alma.

Mata era presa de una excitación extraordinaria, sus miembros demacrados se agitaban en una convulsión febricitante: en los ojos, donde se veía el extravío de la locura, aparecieron dos lágrimas.

—No; aquí no hay quien me entienda, y continuó en voz cavernosa:

"En vez de cruz y de latines quiero magníficos
Signos sobre mi lápida, con ocres jeroglíficos;
En vez de los |requiescat en caracteres góticos,
Quiero los sugestivos caracteres demóticos."

Y como agobiado por el paroxismo del entusiasmo, por la exuberancia del genio, desfalleció, dejó caer la cabeza sobre el pecho.

Alcón con el sobretodo al brazo, en un noviciado de elegancia, salió al vestíbulo, subió la escalera, y notó con satisfacción que a su paso algunos grupos cuchicheaban, hablaban de su renuncia, de su gran carácter... cambió sonrisas, saludos, apretones de manos... tomó por uno de los corredores. Tras las puertas cerradas de los palcos, buscando el número 18; y mientras iba así recorriendo los números 10... 12... 14... 16... sentía la satisfacción de presentarse ante Dolores, no ya como el subsecretario encogido, sino como el oposicionista audaz que hace agitar los corrillos, aplaudir de gozo a los enemigos de Ronderos, crujir todas las prensas de la capital... ¡Ah! y además, senador, senador por el Departamento de Aguirre, donde la Asamblea, con mayoría oposicionista, acababa de recoger su nombre, un nombre de víctima inmolada, de patriota mártir, para lanzarlo de nuevo como un reto a la faz del Gobierno... Y así, con esa aureola de mártir, de patriota, de oposicionista, sin duda Dolores...

—"Número 18... aquí..." Torció el botón, carraspeó por una atroz manía contraída en sus tiempos de servilismo, cuando abría con temor la puerta del Ministerio, al oír la campanilla de Ronderos... y al meter la cabeza estuvo a punto de decir: "Señor ministro..."

—¡Ah mi querido Alcón! tronó adentro Montellano. Síga. Nos acomodaremos de cualquier modo. E inquieto por el estado de excitación en que encontraba a Mata, lo tomó de un brazo, lo levantó, y sentó en su lugar a Alcón. La calva le resplandecía como una aureola, estaba encendida, brillante; su sonrisita falsa le bañaba toda la cara, sus ojos redondos de ave de rapiña, chispeaban detrás de los anteojos. Vio que de abajo se dirigían a él algunos binóculos, movió su asiento hacia adelante, no buscaba ya la sombra, como en la noche de |Werther, sino la luz plena, la apoteosis; se inclinó al oído de Dolores:

—Para usted siempre el mismo... ¡Jem!, carraspeó, lo mismo me está una cosa que otra... siempre suyo.

En el |foyer se había preparado un golpe teatral: Landáburo con algunos amigos cuchicheaban en un rincón observando la entrada. Alcón con el sobre todo al brazo se presentó, dirigió su mirada vacilante de miope por todas partes, al fin encontró a Landáburo, adelantó. Exclamaciones de gozo, de sorpresa... ¡Doctor!... ¡General!... Los dos políticos se encontraron en el centro del salón, se precipitaron uno en brazos de otro, se estrecharon frenéticamente.

—Doctor Alcón, en nombre del partido de la revaluación, felicito a usted, que no sigue la política de la puerta murada.

—General Landáburo, en nombre del grupo de los íntegros, saludo en usted al campeón de la libertad...

Los circunstantes se enternecieron: se formó una agitación sorda primero y luégo se alzaron las voces, dominadas por el clamor de González Mogollón, que iba de grupo en grupo:

—¡Viva!... ¡ Esto es muy tierno!... Es la liga de los hombres que valen!... Tenemos paz para veinte años... con las concesiones y los abrazos se acaba con la injusticia vieja... Miren mis lágrimas; estoy conmovido...

Y al |foyer, atraídos por el clamoreo, fueron llegando gentes y gentes, oposicionistas, personas neutras, curiosos, y todos, animándose por instantes, contagiándose con el entusiasmo, con el odio, empezaron en un murmullo que creció, se agigantó, estalló en gritos y aplausos, en movimientos de ira, de amenaza:

—¡Viva!... ¡Viva Alcón!... ¡Viva Landáburo! ¡Abajo Ronderos!... ¡Muera!

Landáburo cuchicheaba al oído de sus amigos:

—Pasado mañana todos, sin faltar uno, a la barra del Senado... después gran mítin... hay que estar listos.

Es el triunfo de Radamés: en el escenario se alza el trono del rey, la multitud hormiguea; en el fondo, la calle engalanada para recibir al héroe. Rompe la orquesta con una marcha en que enmudecen las flautas y las melodías blandas, y estallan las fanfarrias estridentes, los cobres y las trompetas lanzan en un clamoreo brillante tres notas persistentes en el monorritmo oriental, como un gritó implacable de combate, y avanza el ejército vencedor en largo desfile.

Y pasan las trompetas en un tropel de heraldos, el grupo de esclavos nubios y etíopes, con los brazos de ébano cubiertos de cadenas; un tropel de siervos egipcios con los brazos rojizos, ceñidos de guirnaldas; nuevas trompetas, y el clamoreo brillante con las tres notas como un grito implacable de guerra. Desfilan los guerreros, cargados de trofeos, con sus espadas desnudas y los escudos bruñidos, que fulguran al sol de oriente. En alto los estandartes místicos, los papiros joroglíficos. Nuevas trompetas, con la marcha de tres notas dominantes como un grito implacable. La teoría de sacerdotes, de escribas, luenga la barba, erguida la cabeza, majestuosos en sus actitudes, emblemáticos y ceremoniosos. Y el grito de guerra continúa estridente, con sus tres notas cada vez un tono más alto.

Meciéndose sobre la muchedumbre aparecen escoltados por gentes de guerra, y en hombros de los sacerdotes, sobre andas cubiertas de seda, los ídolos.

Había logrado Roberto, después de muchas instancias, llevar a su madre al teatro; su palidez, la blancura de sus canas se destacaban sobre el fondo rojo. Al ver a Roberto restablecido, alegre, dichoso; al pensar que su fortuna no corría peligro, al recordar los paseos vespertinos de |El Sauzal, en que la suerte de Roberto e Inés parecía fijada irrevocablemente, la expresión de tristeza y de dolor que habían impreso su sello sobre la fisonomía de la anciana, se había atenuado. A veces un resplandor de alegría, una sonrisa, pasaban derramando un tinte sonrosado sobre su frente pálida. Y esa noche embargada por la música, por esos efluvios de gozo y entusiasmo que corrían por la numerosa concurrencia, había roto su silencio habitual, estaba locuaz, animada.

—Yo no entiendo, decía a Bellegarde, más música que la música italiana. Cuando conocí la primera ópera que vino a Bogotá, no se cantaba sino |Norma, Lucía, El Trovador, Traviata; mi admiración, mi cariño, quedaron como adheridos a esa música. Ella me recuerda la única época feliz de mi vida, y cuando oigo esos trozos, esas melodías, me parece vivir en el pasado, que resucita un mundo muerto, me siento joven, lo veo todo de color de rosa, y pienso que la vida es una historia que acaba bien.

—Pero, madre, decía Roberto encantado, dichoso de verla así, olvidada de sus dolores, tomando esos temas de música y arte; contemplando en torno de sus labios esa sonrisa que parecía haber huído de ellos para siempre. Pero, madre, tú no conoces a Wagner, esa orquesta sugestiva que es la decoración, el paisaje en que se van desarrollando las escenas, las pasiones que va cantando la voz humana.

—Hijo, estoy ya muy vieja para entender esas cosas. No puedo comprender yo cómo, con la sinfonía, con los acordes, con la orquesta, se puedan representar rocas, llanuras, el día, la noche, la soledad.

—¿Que no?... pues óye, madrecita, óye ese silencio embalsamado que flota sobre los ensuéños de |Aida; ese trémolo de las flautas, que hace sentir la impresión de la soledad y de la paz.

—Pues yo no lo veo, no lo siento, pero si es así, entonces no es Wagner quien ha inventado todo eso que dices y que yo no entiendo, sino Verdi... A ese sí puedo entenderlo yo... Si supieran ustedes, dijo dirigiendo una mirada a Alejandro y a Bellegarde que la escuchaban, si supieran cuánto llorámos en mi tiempo con |Traviata... ¿A que Wagner no ha hecho llorar a nadie?

Se abrió la puerta, y presentóse Mata.

—Mi señora, Roberto, querido conde... ¿Vieron el triunfo?..., ¿Los dioses?... ¿El Egipto? ¿Oyeron, comprendieron esa luz de luna en |sol mayor?. Ese sentimiento grandioso, el ímpetu de la muerte, el descanso en reunión de los viejos dioses egipcios, fue lo que inflamó mi genio, fue lo que el gran viejo Verdi representó en esta ópera... ¡Oh, la nostalgia egipcia!... Romper la lira... morir junto a la esfinge.

"Ra vele allí mi sueño, Ra el gran dios del dominio,
Ese sueño de momia, de que nos habla Plinio.
Y también me acompañe Keth, la divina gata,
Con sus ojos de fósforo y su sonrisa chata.
 
Y cúbrame la sombra en el imperio Idea
De Patch que con su testa de leona muequea
Y el Buey Apis, el bruto más santo de los brutos..."

—Tú eres, dijo Roberto, el que tienes los ojos de fósforo, el que muequeas, el más santo de los brutos...

—¡Nadie me entiende; nadie me entiende! exclamó Mata, y como una exhalación, con movimientos desordenados, dejó el palco.

Concluyó el acto.

Entre bastidores giran, se arremolinan, se confunden sacerdotes, soldados, esclavos que ayudados de los tramoyistas, van acumulando en un rincón los ídolos sagrados que habían servido para el triunfo de Radamés; queda el Buey Apis bajo la diosa Osiris; Patch, Ra, hundidos entre haces de lotos y de espigas; Keth, la divina gata, entre los monolitos con caracteres demóticos; por último, avanza por el entablado la esfinge y queda colocada junto a los dioses en el rincón oscuro.

Los pontífices fuman, los esclavos etíopes apuran vasos de cerveza, los prisioneros con cadenas de cartón lanzan, improperios en italiano; en la penumbra, entre un conjunto de estrópitos, taponazos, martilleos, gorjeos de ensayos, voces de mando y el rumor lejano de los espectadores, los empleados de maniobras, sudorosos, van, vienen, gritan, suben con cuerdas trozos de bambalinas, columnas egipcias.

Llegó el último acto, sonó la campana, se oyeron las primeras notas de la orquesta, todos acudieron a sus puestos: esperaban con ansiedad el momento en que apareciera de nuevo la Rondinelli. Viene el cambio de decoración: aparece el templo envuelto en una luz que bajando de una altura misteriosa, cae sobre el ídolo del fondo, le baña la frente y los hombros, resbala por la escalinata, atenuándose hasta morir en una penumbra azulina, al pie de las columnas que se hunden entre las sombras de la cripta. Coros de sacerdotisas y pontífices, moviéndose acompasada entonan ante el ídolo un canto primitivo y monótono como el arrullo sobre una cuna.

Aparece Radamés, que va a morir, sentenciado ya, sepultado en la cripta. Alzase un clamoreo de alarma en la orquesta. Baja el guerrero a la caverna. Rueda la piedra. Radamés queda sepultado. Un golpe trágico en los címbalos, que cae y se hunde bruscamente en las profundidades de la orquesta, como si se hundiera en las sombras de la cripta. Luégo un silencio de pavor y se siente pasar la muerte.

Tras una pausa, como eco de dolor profundo y resignado, como un acento de tristeza irrevocable, preludian los violines a media voz el tema:

"Oh terra, addio!..."

El lamento se extiende, sube al templo, muere a los pies del dios indiferente.

En la altura, en la luz, la turba salmodia el arrullo religioso: en la caverna, en la sombra, Radamés solloza: "Addio, o valle di pianto..."

Mata se ha aplicado una nueva inyección; en los brazos de momia, de que nos habla Plinio, se ven algunas úlceras, pero él necesita en ese instante todo su valor, va a declarar su pasión a la Rondinelli. Como el acto había empezado ya, ella en su camarín esperaba el momento de entrar a la escena, estaba sola, sentada junto al tocador; la trenza maciza de oro estaba esa noche pintada de negro y negros también son los brazos, el cuello, el rostro, en el cual el globo blanco de los ojos juega de una manera extraña; su mirada inconsciente, esa mirada húmeda y tranquila de las vacas, tenía en ese instante, gracias al contraste, una expresión, un resplandor extraordinarios. Estaba ensayando en el espejo la mirada llena de amor que dejaría caer sobre su amante al entrar en la cripta. Mata, en su locura, creyó que esa mirada era para él, se arrojó a las plantas de la artista, le tomó una mano..

—¡Perla de Italia!... ¡Te amo!

—¡Pero ío non lo amo!... dijo la Rondinelli con una carcajada y, viendo que el otro no soltaba la mano, sino que la cubría de besos, se levantó y con un ceño, una expresión de rabia verdadera, con acento y ademanes en que desaparecía la mujer ideal, la hija del rey, y sólo quedaba la mujerzuela vulgar de los barrios bajos de Venecia, exclamó.

|¡Via di qua! ¡Afuera, canalla!

En ese instante venía a llamarla el apuntador para que entrara en escena.

Radamés, sepultado vivo, la esperaba en la cripta. Ella compuso el rostro, tomó una expresión de dulzura, de resignación, de amor infinito, y entró por entre las bambalinas al escenario.

Un instante después, por el mismo punto por donde entró |Aida, asoma un brazo, se oye una detonación., ¿Qué se ha roto?... ¿Qué instrumento ha saltado?... ¿Qué cayó a las tablas?...

Algunos espectadores en la platea vuelven la cabeza, buscan con los ojos: ¡nada! Y tornan a quedar absortos en el cuadro final, en la música arrobadora.

Termina la obra en la serenidad, en la paz. En la altura, en el templo lleno de luz, las ceremonias religiosas continúan imperturbables; abajo, en la cripta asfixiante, mueren dos seres humanos.

—Madrecita, decía Roberto a doña Ana, embelesada por la música, ese dúo no es un diálogo de voces, es un cambio de almas... ¡Qué sobriedad y qué abundancia! Nunca Wagner consiguió esos efectos con medios tan sencillos. Aquí la orquesta no es ni esclava ni tirana de los personajes, es lo que debe ser: su aliada, su amiga, su hermana.

Pasan palpitando sobre la orquesta, como aves heridas, reminiscencias de los antiguos cantos de amor y de gloria; continúan en el templo las salmodias insípidas, un monorritmo soñoliento; en el subterráneo, los amantes se asfixian; la música tiene estremecimientos dolorosos y las dos melodías, el arrullo religioso de la altura y el himno agonizante del sepulcro se confunden, flotan mezcladas, van a morir en las profundidades de la cripta.

"Addio, oh terra;

Addio, oh valle di pianto."

Mata había creído que al suicidarse en el escenario, en aquel |addio postrero, llegaría a lo sublime, al paroxismo de lo trágico. Pensó que todos los espectadores se pondrían en pie, clamando, agitando los sombreros, pidiendo auxilio, ofrendándole sus lágrimas; creyó que Inés se desmayaría en su palco, mientras Dolores sollozaría en voz alta, y que la Rondinelli, Radamés, los pontífices, los circunstantes, formando una confusión de épocas y trajes, se agruparían en torno de los restos ensangrentados, para exclamar entre el asombro, la admiración y la angustia: "Sí, es Mata... es Mata el |divino... Lo mató el. genio!..."

Pero en vez de caer a la derecha, hacia la luz, en pleno escenario, cayó a la izquierda, en la penumbra del pasillo, entre dos bastidores. Un tramoyista, que estuvo a punto de irse de bruces, creyó que había tropezado con un ebrio, lo tomó por los pies y sin notar la raya roja que dejaba en el piso lo arrastró a un rincón, entre las trompetas, los oropeles y los dioses de mojiganga. Concluyó la ópera, quedó el teatro vacío; un rayo lívido que se filtraba por las bambalinas, iluminó tenuemente los bastidores del Nilo, el desierto, la esfinge. El Buey Apis, la diosa Keth entre las espigas, Patch con su sonrisa de gata, y entre ellos un cuerpo rígido, unas manos crispadas, una cara pálida, el hilo de sangre que del cráneo destrozado cae a la pechera, la boca torcida en una mueca de réprobo, y un ojo saltado de su órbita y que cuelga sobre la mejilla verdosa...

Mata, el |divino, el genio incomprensible e incomprendido, concluía su nostalgia egipcia, dormía su último sueño junto a la muda esfinge.

 

No me pongan maderos de cuatro ángulos rectos
Que tienen los cristianos en sus tumbas erectos;
 
Ra vele allí mi sueño, Ra el gran dios del dominio,
Ese sueño de momia de que nos habla Plinio.
 
Y también me acompañe Keth, la divina gata,
Con sus ojos de fósforo y su sonrisa chata.
 
Yo quiero que se rompa el canto de mi lira
Junto a la muda Esfinge que mira, mira, mira...

 

FIN DEL TOMO I
 

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