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CAPITULO XXI
CREPUSCULOS

Al traspasar Roberto el lindero, se encontró con su madre e Inés, doña Teresa y el doctor Miranda, que iban a dar un paseo vespertino, y se dirigió con ellos por la falda de la colina hacia un paraje muy pintoresco.

En un recodo, bruscamente aparece el muro de granito. Los filos de la peña fingen en la fachada ventanas ojivales, haces de columnas, se esbozan quimeras, dragones alados.

Separado del muro, aislado, se alza un torreón gigantesco. Se cree ver marcado en sus escalones el golpe ascendente de la ola del diluvio, y de alto a bajo, los zarpazos de las tempestades, las quemaduras del rayo, las dentelladas de los siglos. De la piedra roída el ventarrón saca bramando y esparce por el valle plumas de águila, huesos sangrientos; y en los costados del torreón alternan manchas rojas y blanquecinas con chorreones negros. Hincan sus raíces los arbustos en las grietas y se asoman tambaleando sobre el abismo. Enredaderas salpicadas de púrpura dibujan las quiebras de los peñones y desbordan en festones flotantes. Recortadas sobre el cielo se yerguen hojas de |quinche y de |motuas como manojos de espadas. En la cima, donde nunca duerme el viento, ondula, cae y se eriza la cabellera de pajonales.

Regresaron. El doctor Miranda, doña Teresa y doña Ana van atrás; adelante, en silencio, Inés y Roberto, contemplando el ocaso, dejándose agasajar por esa naturaleza amiga y cariñosa, por los aromas de la ruda y del poleo, por esa luz acariciadora. Las vacas agachadas, repletas, van paciendo entre mordiscos y resoplidos estrepitosos. En la cima de la colina, recortando sus siluetas sobre el horizonte, pasta la yeguada.

Al lado opuesto brilla la sabana con la riqueza de sus colores; vela una franja de nubes el sol, se confunden los matices, una gasa sombría, uniforme, cubre la extensión de extremo a extremo. Pasa la nube y reaparecen los tintes morados, verdes, azules, de las campiñas, los grupos de ganados, el oro de los trigales, las torres lejanas de las aldeas, el río con sus aguas tranquilas, tersas, deslumbrantes.

En una mancha de sol, entre dos largas sombras, divisa Roberto |El Risco, la antigua hacienda perdida, sus arboledas, sus peñones, su casa vetusta, la portada monumental... un punto blanco... ¡muy lejos! Y pasaron en la placidez de la tarde las visiones de otros años ya remotos en que él e Inés, contemplando ese mismo panorama, hacia el ocaso, acariciados por la naturaleza amiga, por los aromas penetrantes de la ruda y del poleo, recorrían las lomas y las llanuras, cruzaban la sabana, hacían resonar los cascajos de las colinas, las pradera de |El Sauzal y de |El Risco, al galope alegre de sus caballos. En un movimiento casi involuntario, como empujado por los recuerdos, por la poesía que emanaba de todas las cosas, se acercó a Inés, le ofreció el brazo.

El viento traía y se llevaba la voz vibrante del doctor Miranda, las carcajadas de doña Teresa. Surgieron en la paz del crepúsculo rumores armoniosos como ecos de  bienestar, movimiento, de riqueza. Baja entre balidos la manada, paseando por la falda la nieve de sus vellones; se alza en las veredas de la loma el canto de los labradores que vuelven de la faena; resuena la gritería del barbecho; suben del camino real los silbidos de los arrieros, el choque resonante de los carros, zumban a lo lejos las trilladoras, trae el viento el estruendo remoto de los trenes que dejan en el cristal del cielo un astro fugitivo, un copo blanco... Más cerca, inmensas partidas de ganado llanero avanzan al són del cuerno monótono y quejumbroso.

El sol incendia desde las profundidades del ocaso nubecillas flotantes y tiende sobre la sabana un manto de rosa.

El pesimismo de Roberto, las zozobras, las angustias de su madre, se ahogan, se sumergen, naufragan en ese océano de paz, de alegría, de sosiego.

El doctor Miranda alcanzó a Roberto.

—¿Te acuerdas, le dijo, del texto desconsolador que les citaba el día de año nuevo en casa de tía Teresa? Pues ahora, en medio de este himno de paz, de este movimiento, se me ha venido este otro de Zacarías para contrapesarlo:

|Semen pacis erit; vinea dabit fructum suum, et terra dabit germen suum, et coeli dabunt rorem, suum, exclamó extendiendo los brazos.

—Regaré la semilla de la paz, y entonces dará vid sus racimos, la tierra sus frutos, y el cielo rocío.

Cuando llegaron a la casa se encontraron con cartas de Alejandro que llevaban el timbre de la canalización: dos CC enlazadas.

"...Te escribo de Puerto Borja, decía Alejandro, una población recién nacida en las márgenes del Magdalena, una distinción cariñosa de Bellegarde, que ha querido bautizar con el nombre de uno de nuestros antepasados este lugar de que podra decirse algún día: `lugar que ayer se fundó y hoy es poderosa villa´. Las fotografías que te envío te darán escasamente idea de Puerto Borja. Es una inmensa explanada que cierra en el fondo una colina; a los costados, los edificios de la canalización y por el frente el río. Las casas, que vienen numeradas de los Estados Unidos, se arman como por encanto. El edificio de la Dirección, en que vivimos Bellegarde y yo, es una residencia magnífica en que no falta nada; tenemos luz eléctrica, abanicos refrescantes, hasta piano. Es increíble lo que se ha hecho; he visto trabajar los diques movibles; el agua, estrechada, se precipita al centro del río y ella misma socava el lecho, barre con furor las arenas, muerde en el fondo del cauce y se lleva el lodo hacia el océano: y cuando la corriente misma no puede, tenemos las dragas que extienden sus brazos de hierro, los pasean por el aire, los hunden en el río, cavan el fondo, y luégo, con un movimiento acompasado de gigantes, sacan el lodo, giran, lo depositan en las orillas. Todo esto entre el movimiento de las lanchas de vapor que suben, bajan, pitan, despiertan los ecos de la selva, dan vida a estas soledades... En fin, es la resurrección de un mundo muerto. Entre paréntesis, pues te escribo al correr de la pluma, entre ese clamoreo de las lanchas, y el traqueteo incesante de las cadenas de las dragas, olvidaba decirte que ayer hicimos una fiesta en que bautizámos con los nombres de |El Inés y |El Bellegarde, los buques más importantes de la compañía. Rompimos en la proa una copa de champaña... Cuéntaselo cuando la veas, si acaso no estás a su lado en el momento en que leas estas líneas...

"Como gozo tánto en este trabajo, a veces pienso que obedezco a una ley de la herencia (dicho sea entre nos y sin hacer alarde), y recuerdo que fue nuestro antepasado don Francisco Borja, quien como presidente del reino se ocupó en arreglar la navegación de este río, en establecer puertos para el comercio... A veces me digo al pisar estas playas, que van despertando a la vida: aquí estuvo él hace siglos trabajando por la civilización: aquí estoy yo continuando esa obra.

"Te he hablado de la canalización, pero no de la colonización. Esta es la parte más hermosa: figúrate cuatro mil trabajadores —antioqueños, jamaicanos, chinos— esgrimiendo el hacha, el machete, no para tronchar cabezas, sino para descuajar la selva, volcar cedros, maderas riquísimas que se echan a la corriente y siguen para Europa. Bosques silvestres de caucheras, sangrando a toda hora, son el ramo más productivo de la empresa. Tenemos además miles de fanegadas de tierra limpia de monte, saneadas, cultivadas, cubiertas de plataneras, y es inmensa la exportación de bananos en las lanchas de gasolina... Todo esto, de que se burlaba tanto Karlonoff en sus disertaciones llenas de cifras científicas y de galicismos anticientíficos, es ya un hecho, y dentro de cinco años será una maravilla realizada con la ciencia y el dinero... Van dentro de ésta unos recortes de periódicos de L’Economiste Be y otros, para que veas que ya en Europa se le va teniendo confianza a esta empresa: van marcadas con lápiz rojo las cotizaciones. Verás cómo las acciones de a libra se cotizan ya a tres libras en la bolsa de Londres. Esa confianza, ese entusiasmo que en el exterior despierta nuestra empresa, son una fuerza enorme, y con ellos, hoy podríamos en otros ramos, con otras empresas, levantar más y más este país.

"No he pasado en mi vida una época más agradable que ésta, viendo domesticar este río, haciéndolo útil, navegable, dominando la naturaleza, descuajando estos montes...

"Suspendí aquí, pero vuelvo de inspeccionar los trabajos; no puedes imaginar lo que es un desmonte, qué escena tan grandiosa, tan trágica.... |¡Quien supiera escribir!

"Entre la sombra del bosque se oye el golpetear de las hachas, los trabajadores turnándose atacan un cedro gigantesco, el rey de la selva; con su copa llena de viento y de sonoridades, parece ver con desdén desde la altura a los hacheros como pigmeos; pero ellos tenaces, incansables, descargan y descargan sus golpes; se esparce el grato aroma de resinas, brillan los tajos al girar en el aire, saltan las astillas, caen las hachas, muerden, chirrían, vuelven a alzarse; ya traspasaron la corteza, un círculo blanco, se acercan al corazón; el cedro impasible, altanero, erguido, domina siempre la selva sin un estremecimiento, sin una sacudida; ignora o desprecia la muerte; y los hacheros, jadeantes, dando silbidos de fatiga, pero tenaces, siguen descargando sus golpes, brillan los tajos y saltan astillas... han traspasado el rodete blanco, atacan ya el corazón rojizo... el cedro se inclina blandamente, con coquetería, como mecido por el viento... de golpe un traquido espantoso, un estrépito de salva, y el gigante yace en tierra con el follaje tendido, con los brazos rotos.

"Imposible pintar ni con la pluma, ni con el pincel estas escenas, los paisajes que veo constantemente; imposible copiar esta naturaleza en que la vegetación, como exasperada por el calor, retuerce los troncos, encorva las ramas en contorsiones violentas, teje y reteje en tupida trabazón telones de enredaderas, aprieta los nudos de los bejucos, estrangula los árboles, alarga por el suelo bretones que buscan luz, empuja a lo alto los follajes, en la fiebre de la vida, en una plenitud de savia, en un ímpetu de expansión, no sólo cubre la tierra sino que se lanza a invadir el espacio.

"No puedo cerrar esta carta sin hablarte de Bellegarde. ¡Qué hombre! Es el equilibrio perfecto entre el corazón y la cabeza; conoce la empresa con todos sus mecanismos, como conoce una sonata con todas sus semicorcheas. A las cinco de la mañana está ya lavado, afeitado, redactando su correspondencia para Europa, para el Misisipí, para la Argentina. Trabaja todo el día, atiende a cada por menor, pasa del buque a los desmontes, de los desmontes a las dragas, a las lanchas, todo lo ordena, aceita todo este complicado engranaje, y después de trece horas de fatiga, sin haber dado un grito, sin un desentono, se sienta a comer en el saloncito del Inés, correcto, de |smoking, fijo el monóculo, una flor en el ojal, la sonrisa en la boca...

"No he visto alterado a Bellegarde ni en el percance que voy a contarte:

"A pesar del sol extraordinario de aquí, Socarraz nos lo ha sacado del cuerpo (excusa el calambur). Bellegarde desde su llegada, sin hacer mención ninguna del incidente del |Bicontinental, lo trató con su cortesanía fría y mesurada, y Socarraz se figuró que Bellegarde le mostraba con sus maneras exquisitas una distinción especial, una amistad decidida y no escatimó las familiaridades. Pronto vinieron las borracheras, las tremolinas, las pendencias, hasta los conatos de rebelión en las cuadrillas de peones puestas a su cuidado. Por fortuna encontró el trabajo demasiado fuerte, el sol muy picante, la alimentación desagradable y pidió que se le colocara en otra parte, donde pudiera estar a la sombra. Bellegarde, que había pasado por alto todas las faltas del director de |El Escorpión, convino en darle el puesto que solicitaba, por complacerlo lo colocó... ¿dónde creerás?... ¡en la caja! Quiso, dándole esta prueba de confianza, aguijar su honor, su delicadeza. Sin embargo, pronto empezaron las faltas, las irregularidades, las diferencias; hasta que por fin un día, de esto hace bastante, sorprendió Bellegarde un desfalco en la caja, mayor que los anteriores. Llama al impenitente, le demuestra su culpabilidad, lo amonesta, le exige el cumplimiento estricto de su deber o su partida; el otro protesta, niega, echa la culpa a sus compañeros, trata a Bellegarde de calumniador, quien no pudiendo ya más lo despide. Entonces Escipión, vomitando denuestos atroces, ciego de ira, se lanza sobre el conde. Yo vi brillar el cuchillo en la mano, cerca del cuello de Bellegarde, pero él impasible, desdeñoso, como un relámpago, atajó el brazo, cogió la muñeca, la retorció con fuerza hercúlea, hasta que saltó el cuchillo y Socarraz cayó al suelo pidiendo misericordia. Bellegarde le volvió la espalda y Escipión se alejó amenazándolo con la mano"...

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En Puerto Borja, un mes más tarde, Bellegarde y Alejandro, en el comedor de |El Inés, después de un día de calor, de fatigá, refrescados ya por un baño, se habían sentado a la mesa, y con el placer de una lucha fructuosa, aspiraban los soplos de la selva, las brisas frescas que se arrastraban por el cañón del río, y en su pensamiento todo era rosado y vasto como ese horizonte que se dilataba ante sus ojos.

El sol acababa de hundirse. Después de la agitación, todo volvía a la calma; el clamoreo de la colonia parecía alejarse con el esplendor del día. Reinaba en torno del buque el silencio interrumpido sólo por el chapoteo acompasado del agua contra los costados del barco. Los tintes del crepúsculo flotaban en el aire, se cernían sobre las aguas del Magdalena, con reflejos irisados y fugitivos. Cruzaron blandamente sobre el río bandadas de garzas, que fueron a detener su vuelo en los pantanos.

De pronto el espacio se enciende y todo se envuelve en un vapor de rosas. Los peñones parecen de mármol rojo; las cadenas brillan como hierro candente; el río arrastra ondas de llamas; los penachos de las palmas son plumones de escarlata; los follajes semejando pabellones de púrpura, y los cables mojados, destilan gotas de fuego. Las palancas de las dragas, húmedas todavía, se alzan al cielo como brazos de gigantes tintos en sangre.

Se oyó un pitazo, y el eco se perdió en la inmensidad de las selvas; luégo el estrépito de las ruedas removiendo la corriente, el acecido de un vapor: |El Bellegarde; y en un recodo, tras el encaje de enredaderas, asomaron dos chimeneas, grandes penachos de humo. Tina maniobra, pitazos, y el buque se acerca a |El Inés; salta el capitán, y tocándose respetuosamente la cachucha, en que brilla una doble C, le presenta a Bellegarde un paquete de cartas.

—Una para usted, Alejandro; dice el conde.

—¡Ah! es de Roberto. Noticias de Bogotá... veamos.

"... Querido Fausto: me tienes en Santafé desde hace dos semanas, después de cuatro ídem de descanso en |El Sauzal, en una paz no octaviana sino |ronderiana. Pero llegan allí los periódicos |La Revaluación, |La Integridad... con sus frases de estilo, `la noche de Nínive´ y algo de `los aquelarres del misterio´, total: ataques a Ronderos, a la canalización, al Gobierno, a Bellegarde, a nosotros... Me vine. Encontró aquí una atmósfera adversa. Hay gentes impresionadas con el artículo de Sánchez Méndez. |Abismo sin fondo (como si él conociera abismos con fondo). González Mogollón, el propagandista inconsciente, iba por todos los almacenes, rojo, gesticulando, y repetía a gritos la frase sensacional del artículo: `... No dejará de haber en ese contrato alimañas ocultas y en asecho tras el matorral de los artículos y el jaral de los incisos´...

Y con voz más bronca que nunca, clamaba, sin entender el latinajo: |`Abisus, abisum´...

"Creí conveniente hablar con el general Ronderos: lo hallé en el Ministerio, nervioso, reconcentrado; veía así pagada su buena fe, su amor al país... Mascullaba el bigote, callado; hizo llamar a Alcón, que entró lívido. `Doctor Alcón, le preguntó, presentándole |La Integridad, ¿son suyos estos artículos?... "No, general, no son míos´, dijo el otro secamente. ¿No son suyos?  (y aquí sacó Ronderos de la levita un rollo de manuscritos). ¿No son suyos? Vea usted los originales de su letra...´ (Gacharnah se los había enviado). Alcón, cogido, retrocede, mira en torno, se apoya contra una mesa. Y Ronderos, sacudiéndole los papeles en la cara, en la calva, le enrostró su falsía, la traición de pertenecer a un tiempo al ministerio y a la oposición... pero `dejo esto a la consideración del lector´, como diría doña Aura en su novela. Los pensamientos y las palabras golpeaban como una granizada contra la calva de Alcón; aquello era una tempestad |sobre un cráneo. A usted, continuaba el general con el |sans-facon de sus arrebatos militares, a usted, que era de la oposición, lo traje aquí, lo nombré para que fuera mi fiscal, para que viera, hora por hora, que aquí no se hace nada  indigno. Usted redactó, revisó, una por una, las cláusulas de ese contrato... y, ahora, sin su firma, habla de alimañas ocultas en los jarales de incisos... Yo he buscado los enemigos de frente, en los campamentos; prefiero los adversarios francos, como Polancó, como Cardoso, a quien he combatido en campo abierto... ¡Pero esto, pero esto!... Usted es un enemigo encubierto, calumniador, solapado... un Alcón, una ave de rapiña traidora. A cualquiera otro le pediría su renuncia; a usted, voy a removerlo por indigno... Alcón salió, verde, como un poema erótico de S. C. Mata.

"Esta noche, según me refirió González Mogollón, que lo refiere todo, hubo Capítulo en la oficina de |La Integridad; se congregó el estado mayor de los íntegros: felicitaron a Alcón, le anunciaron que esto lo haría el hombre de la situación. En efecto, telegrafiaron a todas partes. Alcón fue en telegramas y artículos la `víctima inmolada´, el `hombre del día´; y una asamblea, con mayoría integrista, lo acaba de elegir senador. A propósito, otra asamblea te ha nombrado padre conscripto. Tendrás a Alcón en la curul vecina, y a mí al otro lado.

"Ven: el beneficio de la Rondinelli será pronto, con |Aida. Dentro de dos semanas, carreras. Estás nombrado juez del hipódromo. Mata, el |divino, acaba de publicar tomo de versos. Por el próximo correo, o con persona segura, no te enviaré este tomo, que se titula Sauces y lápidas.

"Salúdame a Bellegarde, díle que pronto iré a acompañarlo; creo que el nivel del mar me sentará mejor que la altiplanicie. Sebastián me encarga que te escriba un texto de buen augurio que debe contraponerse, ahora que la paz parece inalterable, al que la zozobra de agitaciones políticas nos citó el 1º de enero en casa de tía Teresa: `Regaré la semilla de la paz, y entonces la tierra dará sus frutos, la vida sus racimos, el cielo su rocío.´"

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Alejandro y Bellegarde siguieron así, en el Sa- loncito del vapor, leyendo la carta a la luz de la lámpara, que venían a azotar con sus alas los insectos de la selva, mariposas, zancudos deformes.

La noche estaba clara. Bellegarde quiso bajar algunas leguas para preparar desde la madrugada varios trabajos de diques. Se atizó la hornilla, que lanzó resplandores sobre el río, y el vapor empezó a deslizarse, orillando aquellos bosques, entre cuyos follajes se revolvían enjambres innumerables de cocuyos. En los playones se formaban racimos de caimanes, que al acercarse el buque, se removían, hormigueaban, se lanzaban al agua.

De pronto el vapor viró, se detuvo, la rueda giró con lentitud, un negro se lanzó al agua, nadó con el cable entre los dientes; llegó a la orilla; trepó ágilmente por una escarpa; envolvió la cuerda a un tronco. El buque atracó al lado de un alto barranco que dominaba la cubierta; soltó los chorros de vapor; y cesó el acecido de las calderas. La tripulación se tendió en la proa; se durmió al rumor de la corriente y al murmullo inmenso de las selvas tropicales.

Los dos amigos, hostigados por el calor, no tenían sueño, siguieron conversando, leyendo periódicos hasta la media noche.

Un ruido en el techo del salón, sobre la cubierta, los hizo interrumpir la lectura; un cuerpo que cae con fuerza, pisadas blandas, que cesan por instantes y vuelven a hacerse sentir, con cautela, como las de un ladrón que amortigua los pasos; luégo, alboroto, estrépito, rasguños, algo que se arrastra por la cubierta de metal. Bellegarde, inquieto, cogió de prisa una lámpara que colgaba del techo, y los dos, de puntillas, subieron la escalera que llevaba a la cubierta. La luz tocaba a trechos los árboles, proyectaba sombras danzantes sobre el follaje de la selva. Cruzan la cubierta en dirección a la popa; alzan la linterna ; un bulto, dos ojos como ascuas, una piel lustrosa con reflejos amarillos... un tigre que bufa, y arrastrando la carne, llega al borde de la cubierta, mide la distancia, se recoge, salta al barranco y desaparece en las tinieblas.

—¡Ah! mi querido conde, dice Alejandro mientras se asoma hacia el lado de la selva, esta es nuestra misión: ahuyentar los tigres... espantar la barbarie, alentados por las palabras de un texto que nos envía Sebastián: |Regaré la semilla de la paz... y entonces la tierra dará sus frutos.
 

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