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CAPITULO XX
LA MEJOR CRUZA

Levantando una polvareda en el camino, se divisó otro jinete; nuevo sobresalto; llegó un muchacho, se desmontó y entregó un papel a Roberto.

—¿Qué es, hijo? preguntó doña Ana, con nueva angustia en los ojos.

—Una esquela muy fina de doña Aura, suplicándome que vaya en el acto, que me necesita con urgencia.

Y volviéndose al muchacho:

—Díle a doña Aura que iré esta tarde.

Horas después entró Roberto en el camellón que conducía a la casa de |Cebaderos; los sauces antiquísimos que a un lado y otro formaban una calle umbrosa, habían desaparecido; los troncos cortados al ras del suelo, mostraban el golpe del hacha; algunas raíces asomaban a flor de tierra, ya inútiles.

Condujo doña Aura a Roberto a su estudio, inundado de libros y papeles.

—Dolores está con dolor de cabeza, se ha encerrado, le dijo, y Ramón duerme su siesta; ¡tanto mejor!, podremos hablar a solas. Tengo que consultarle un punto de alta importancia para mí, el desenlace de la novela que estoy escribiendo ahora: |El olmo y la hiedra. Es la mejor sentida, la más estudiada; puede ser mi obra maestra.

De la pieza vecina salían ronquidos de Montellano, truenos, voces aflautadas, resoplidos entrecortados con palabras de una pesadilla.

Doña Aura, caladas las gafas, se dirigió a una mesa en que había un maremágnum de cartapacios y cuadernos cogidos con cintas rosadas y azules, con grandes títulos: |Plan... Enredo... Desenlace.

—¡Ay, ay! exclamó de golpe.

—¿Qué tiene, señora?

—Esta mano: vea usted: un calambre, se me contraen los dedos: el doctor Agüeros me lo ha explicado; yo tengo el calambre de los escritores... Pero ya encontré... Escuche usted:

"EPILOGO...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

"Cuando entraron, Aurora estaba arrodillada en un rincón; levantaba hacia el cielo sus manos suplicantes..."

Llegó un quejido entrecortado de Montellano, como de un hombre a quien estrangulan.

—"Aurora, querida Aurora, exclamó su padre, levántate, sé feliz, hé aquí a tu esposo Manfredo."

—¡Auxilio, me matan! gritaba la voz balbuciente del millonario.

Roberto se levantó sobresaltado, pero doña Aura lo calmó.

—No es nada; Ramón tiene la digestión pesada... Pesadillas. Y siguió leyendo:

"La joven se levantó y corrió hacia Manfredo con los brazos abiertos."

—¡La caja, suelten la caja! bramaba Montellano.

"Catalina, la pobre viuda, habitaba la alquería del castillo. Manfredo y Aurora la protegen. Juana es la mujer del jardinero del castillo; vive en medio de las flores.

"Sólo el malo padece: está en prisión."

Un grito, un bufido, un estruendo sobre el entablado, y con el cabello revuelto, desperezándose, bostezando, se presentó Montellano.

—Estaba soñando que me habían roto la caja de hierro y que me apretaban el gaznate... ¡Bueno! Cuando acaben, aquí afuera lo espero, Roberto.

Doña Aura continuó:

—En este otro final mato a la heroína, a Aurora.

Tomó otro legajo y siguió la lectura:

"EPILOGO

"La pálida luna, como una navecilla, boga en lo más alto del firmamento... La naturaleza adormecida como un niño parece descansar... El cárabo nocturno como centinela del alba reposa en el nicho de la torre.

El fatigado viento se aduerme en el cáliz de las flores..."

El vozarrón de Montellano volvió a resonar afuera:

—Aquí tengo que cambiarlo todo... Los arrendamientos que ustedes le pagaban a Alejandro eran una miseria.

Se oyó el murmullo de los arrendatarios consternados.

"Se aduerme en el cáliz de las flores; y ante una tumba de hierro en que se lee el nombre de |Aurora, se prosterna Manfredo, y..."

—Triplico los arriendos, y si no quieren desocupen.

"Se prosternó Manfredo, y con una mirada triste como el balido de una corza moribunda...

—Voy a hacer potreros donde hay estancias, y se largan estos vagabundos.

Montellano impaciente porque no llegaba Roberto, se entró de nuevo a la pieza.

—Señora, no me entretenga a Roberto con sus vagabunderías.

Cuando salieron encontró Roberto con pesar el grupo de los arrendatarios entristecidos y cabizbajos que protestaban humildemente, algunas mujeres imploraban llorosas.

—Roberto, dijo Montellano mientras salían de la casa sin atender las súplicas reiteradas de los campesinos, necesito que me muestre dónde era el antiguo desagüe de este estanque... Alejandro tenía la hacienda por diversión y yo la tengo por negocio... Dejaba dos fanegadas para patos silvestres... terreno perdido, inútil.

—Es que Alejandro conoce la utilidad de lo inútil.

—Voy a sacarlos, continuó Montellano

Caminaban por un camellón al lado del estanque cuyas orillas se habían cubierto de vegetación.

—Cuánta tierra perdida, cuántos animales inútiles, gritó Montellano.

Algunos patos duermen con la cabeza sobre el espinazo, mientras otros se espulgan en el pecho en actitud de pelícano o andando sobre el piso como adoloridos y pujando, se echan al agua, y hendiendo la superficie quieta, dejan una estela, aletean y se levantan sobre el agua que rueda en perlas por el plumaje bruñido y atornasolado.

Un pato celoso, lleno de furor, se lanza corriendo sobre el estanque,  levanta oleadas, se precipita sobre un rival y le arranca plumas, que flotan sobre el agua alborotada.

Yo sé aprovechar todo esto, contestó Montellano; con este pantano secándolo, hago una manga para los terneros cerca de la casa. Vendo los patos en la plaza... Lo mismo que esta arboleda que había en este camellón: le he sacado más de quince mil pesos en madera.

Roberto miró de nuevo con tristeza, con cólera, talada, destrozada, la antigua arboleda que conducía a la casa; ¡cuántas veces a la sombra de esos sauces había jugado en otro tiempo con Alejandro!

Se presentó un muchacho.

—Que si me venden unas frutas de la huerta.

—Se vende todo, exclamó Montellano, ciruelas, peras... Míre, Roberto, continuó contando uno a uno los billetes que dio el paje; ustedes no le sacaban un cuartillo a estas frutas. La huerta hoy me produce cosa de mil a mil quinientos pesos mensuales, por lo menos, mientras estoy yo aquí. Ustedes no hacían sino gastarle dinero a la huerta... Apuesto a que nunca se les ocurrió que a esto se le podía sacar reales... ¡Nunca! ¿No es cierto?

—¡Nunca! dijo Roberto, ¡nunca!

—Lo mismo que la capilla... también le sacaré algo... Para qué sirve eso... Con el oratorio pequeño es suficiente.

—¿Qué va usted a hacer con la capilla? exclamó Roberto con alarma, al pensar que ese hombre iba a destruir el edificio que se alzaba al lado de la casa, y donde se reunían en otro tiempo los amos, los sirvientes, los arrendatarios, a celebrar la Nochebuena: aquel rincón sagrado, misterioso, que imponía respeto con su tejado musgoso, su fachada venerable, su portalón claveteado, su campanario, que todos los domingos esparcía por los campos la voz que durante años, durante siglos, había llamado y congregado a tántas generaciones...

—¿Qué voy a hacer con la capilla?... Pues un molino... La toma de agua pasa aquí no más... Es un sitio magnífico.

Roberto, en un estado de malestar, de angustia, se despidió: quería alejarse de allí, arrancarse a aquellos espectáculos de destrucción, de barbarie, que se le figuraban como un asesinato.

—Yo lo acompaño, dijo Montellano, lo llevo hasta el lindero con |El Sauzal... Allí, hasta esa cerca.

De pronto empezó a oírse el rumor lejano del tren... Montellano con sorpresa de Roberto se lanzó, saltó una cerca, bajó por un corte hecho en el terreno. Eran dos barrancos altos coronados por cercas de piedra: en el fondo, la carrilera; los rieles, brillantes entre los cascajos que reverberan al sol, se extienden, se pierden en un recodo sobre el fondo azul de la sabana... En medio de la carrilera, un toro Durham, pura sangre; Montellano se afanaba por espantar al animal, para salvarlo del tren que iba a llegar... El animal seguía por entre los rieles, a veces se enfrentaba, sacudía el testuz, pronto a embestir... Se empieza a oír un zumbido sordo, que decrece, aumenta... se pierde, vuelve, se acrecienta, anunciando con alarma el tren invisible. Y Montellano, saltando con afán sobre las traviesas, haciendo crujir rudamente los carbones regados entre los durmientes, resbalando en los rieles, tropezando en los cascajos, tambaleaba, seguía tras el toro, se afanaba por espantarlo, por hacerlo subir la escarpa del lado, tomar la salida... pero el animal, sin comprender el peligro, a veces se enfrentaba, a veces seguía corriendo por entre los rieles... y el tren ya resonaba en la curva del banqueo.

Montellano al ver el peligro se prendió al barranco, despavorido, se puso en pie, y ya en salvo, exclamó gozoso y tranquilo:

—¡Bueno! que lo maten me sale mejor, y esperó alegremente el resultado.

Segundo por segundo, el ronquido, el traqueteo iban aumentando con insistencia feroz, amenazante... En el recodo, entre un estrépito creciente y un nubarrón de humo, aparece la mole del tren amenazador, precipitada en la pendiente... Vibran los rieles, tiemblan, repican, como el yunque bajo los martillos... La locomotora pita con alarma, con desesperación; los silbidos se repiten por el eco de la serranía... Y entre un ruido de catástrofe, vomitando vapor, arrojando excrementos de brasas, entre un resplandor de hornillas y de cobres, la locomotora avanza, cruza... Tiembla la tierra... un choque ... un bramido... un soplo caliente... una onda de vapor... gotas de sangre... y en un estrépito pasó el tren, huyó a lo lejos, desapareció entre el humo, dejando en el silencio de la sabana la vibración de los rieles, como el tañido de dos cuerdas de acero...

—Me lo pagan bien pagado, gritaba Montellano con grandes risotadas... ¿Mil dólares?... No, señor... cuatro, cinco mil, como con otro toro que me mataron el mes pasado... aquí mismo... en este potrero... Les cobro cinco mil, y con eso encargo cuatro toros en vez de uno... Me lo alegro... ¡Todo es negocio!

Llegaron al lindero con |El Sauzal. Roberto se despidió, pero Montellano lo detuvo un momento:

—Dígame Roberto... Como usted conoce esta clase de tierras y pienso encargar esos toros, ¿cuál es el mejor cruzamiento?

—¿El mejor cruzamiento... dijo Roberto mientras abría una puerta, para usted, el mejor cruzamiento, el más productivo?... Toros con locomotoras.

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