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CAPITULO II
MUSICA Y POLITICA

El general Ronderos suspendió su paseo, se detuvo en mitad de la sala: "¡sostendré la paz a todo trance!" dijo.

La luz de una araña, hiriéndole de lleno, destacó los rasgos de su fisonomía enérgica: las facciones de un dibujo firme, la frente vasta y bronceada, las cejas pobladas, los bigotes recortados sobre el labio, la quijada saliente, toda aquella cara que revelaba un alma dominadora, predestinada para la lucha y para el mando.

—Y yo respondo de ella, observó Roberto; pero mientras usted esté en el Ministerio ya verá cómo se va a abrir toda una campaña para que deje ese puesto, y desencadenar la guerra.

—¿Es posible? exclamó Bellegarde. Este país tan desgraciado y tan rico, sólo necesita de paz. Es seguro que todos los habitantes, comprendiendo sus propios intereses, trabajarán contra la guerra civil, que sólo trae la ruina y la muerte.

Al oír esta última palabra doña Ana, con un estremecimiento, volvió instintivamente la mirada hacia el boceto en que Roberto estaba pintado agonizante en el páramo sombrío.

—En estos países, amigo Bellegarde, dijo Roberto, en estas tierras de América, hay elementos interesados en la paz, y elementos interesados en la guerra... ¡Cosa extraña! Aquí la guerra es el campo de los débiles, de los vencidos de la vida. La paz es el campo de los fuertes, que por el talento, el trabajo y la constancia logran una posición, una fortuna, un nombre... Y cosa curiosa también: las revoluciones vencidas fortifican más que destruyen a los gobiernos contra los cuales se hacen.

—¿De veras? Nunca acabaremos en Europa de conocer esta América.

Para variar el enojoso tema, Roberto abrió una entrega de La Mujer Independiente.

—Esta es, amigo Bellegarde, una revista redactada por doña Aura del Campo de Cardoso... Precisamente la mujer de Tubalcaín Cardoso, el famoso revolucionario... ¿Quieren que lea? "Contenido: |La mujer en el siglo XXI, El feminismo avanza, Monografía psicológica de Policarpa Salabarrieta, La solución por el divorcio, El contrasentido de una muerte o |La gitana maldita, novela por A. del C. de C."

Roberto cerró el cuaderno, se quedó pensativo, y prorrumpió en una carcajada.

—Ahora caigo; esa novela es una venganza. Sí, señor. Hace pocos días me encontré a doña Aura por la Aguanueva, acompañada de algunas muchachas... Ya saben ustedes que ha plantado en los veinticinco años.

Supe después que iban en busca de una gitana, verdadera o apócrifa, que decía la buena ventura. Y para dar prueba de la certeza de sus profecías adivinaba algún hecho de la vida del cliente... la edad, por ejemplo. Doña Aura se burló terriblemente de la gitana; pero sus compañeras la obligaron a tenderle la mano, para que examinara en ella los signos y las arrugas cabalísticas. La gitana tomó la mano; pero en lugar de observarla miró el rostro de la poetisa:

—Para saber la edad dé usted, señora, no necesito ver las arrugas de la mano, me basta con las arrugas de la cara.

Roberto leyó luégo:

—Aquí están las obras de Tubalcaín, el marido de la literata ¿Leo? " |Panfletos políticos del general Tubalcaín Cardoso, de venta en la Redacción de " |La Mujer Independiente"; |Mi diario de la guerra en Cuba, por el general T.C.; |El gran general Ezeta, |salvador de El Salvador, por T.C.; |Mi expulsión de Centroamérica, |decretada por el jaguar-pantera Ezeta, por T.C.; |La verdad sobre la batalla de Tezaltenango, relato de un revolucionario internacional, por T.C.; |Mi fuga por el Orinoco; |Quince días entre las tribus gohajivas, por el general T.C."

—¿Cómo?... hay dos folletos contrarios, sobre Ezeta, dijo el doctor Miranda extendiendo la mano hacia el cuaderno.

—Esos dos folletos son toda una historia. Es original el modo cono Cardoso entró en relaciones con el dictador Ezeta, dijo Roberto.

—¿Cómo fue eso? preguntó doña Teresa. Debe de ser divertido.

—Cuando Cardoso, derrotado, salió de Colombia, en fuga por el Orinoco, después de entrar en relaciones con los gohajivos, buscó en El Salvador la amistad de Ezeta; éste, receloso, le negó la audiencia; pero por medio del secretario privado del dictador, Cardoso le hizo llegar dos folletos, que eran dos biografías opuestas; el uno le tributaba las mayores alabanzas a su dictadura; el otro, con datos precisos, que había recogido entre los conspiradores, pintaba un monstruo; el uno se titulaba |Biografía del gran general Ezeta, salvador de El Salvador, y el otro Ezeta, el jaguar-pantera de Centroamérica... el dictador debía elegir y comprar uno de los dos manuscritos... Ezeta optó por la apoteosis y le envió a Cardoso diez mil dólares... Poco después, y a pesar de los elogios que había escrito, el "revolucionario internacional" entró en una conjuración contra Ezeta, fue descubierto, condenado a muerte, y logró salir de El Salvador disfrazado de fraile...

—Y ahora ¿dónde estará? preguntó con inquietud doña Ana... ¿Vendrá a hacer una revolución?

—Salió de México y le hemos perdido la pista, observó el general Ronderos.

—Y son estos hombres, dijo el doctor Miranda que van a batir palmas y a vender su pluma a los tiranuelos extranjeros, los que vienen a Colombia a hacer revoluciones en nombre de la libertad!

—Ahí tenemos otro cuaderno, dijo Roberto, para desviar de nuevo la conversación en que parecía volver tenazmente la idea de la guerra civil. Oye, madrecita; escuche usted, tía Teresa... esta es la gran revista del poeta Mata: |La Pagoda de Nietzsche... ¿Leo?... ¿Prosa o verso?... Inés, elija usted... Bien, versos; oigan ustedes:

 

NOSTALGIA EGIPCIA

(Del tomo |Oriente Eterno)
 
En el triunfo cenizo de evanescentes pintas,
Al surgir la apoteosis para las medias tintas,
 
Yo quiero que se rompa el canto de mi lira
Junto a la fija Esfinge, que mira, mira, mira,
 
Y en el arenal cálido, que un sueño blanco finge,
Ser el eterno novio de la silente Esfinge,
 
Allí do el sol, lustrando los oros de su magia,
Desata la escarlata de su roja hemorragia;
 
Do erigen los camellos el cuello corvo y largo
Cual los interrogantes de un gran poema amargo;
 
Y donde las jirafas alzan el cuello recto
Cual las admiraciones de un dístico perfecto;
 
En la tierra del loto, donde duerme Rameses,
Donde el río de Fango las erizadas mieses
 
Riega y donde sus linfas por el delta derrama,
Con los ocres y cromos de su mágica gama;
 
Allí donde las palmeras tienden su abanico
Y el Ibis sacro lustra el ostro de su pico.
 
Morir en donde el dátil a lo lejos se pierde
Fingiendo en el oasis la agonía de lo verde;
 
Morir en una orgía, en un festín impuro
de esos en que la mano escribe sobre el muro,
 
Y al choque de las copas y al són de mis cantares
Reír agonizante del |Mane-Thecel-Phares,
 
Allá entre el verde eufónico y el amarillo inicuo,
Que deslinda la Esfinge con su mirar oblicuo,
 
Donde el calvo Triunvido, dejando a Roma,
Atravesó los mares por obtener de Cleopatra
 
El áspid delicioso de sus besos calmos,
Ofrendados en labios de canopes mirrinos.

—No, no, no más versos de esos, no más versos decadentes, gritó doña Teresa, y todos la siguieron con bulliciosa protesta.

—No más versos Pues ahí va prosa de la misma fábrica, pero sin garantía del buen gusto: se titula el Evangelio del Blasfemo, firmado por S.C. Mata. Oigan ustedes:

"Viajaba el Sobrehumano por una landa desierta, sin sol y sin árboles. Su sombra no lo seguía. El seguía a su sombra. Atravesaba el caos sangriento. Llegó a las puertas de una ciudad, la ciudad de los hombres, más monos que los monos mismos."

"Y dijo el Sobrehumano: Os anuncio la buena nueva. He matado lo supraterrestre; he matado el amor; he matado el alma,"

—No, hijo, exclamó doña Ana, no leas eso... ¡Qué extravagancias!

—Déjalo, dijo doña Teresa, la cosa está divertida.

"No creáis a los farsantes ermitaños que os hablan de lo supraterrestre, del alma, del amor. No hay más que una soberanía, la soberanía del genio; no hay más que un amor: el amor dionisíaco."

—No más; no más

Pero Roberto, que sabía que la refutación del nietzschismo era un tema inagotable para el doctor Miranda, continuó impertérrito, dirigiéndole una mirada socarrona:

"No hay más que un Dios: el hombre Sobrehumano. ¿No veis los tres cadáveres de los tres grandes Muertos? ¿No os apesta la putrefacción de las cosas divinas? Romped las trampas del Estado despótico. No seáis el deber sino la voluntad. No sigáis imitando al giboso camello que obedece y bebe el agua sucia de las cisternas, y dice: Yo debo. Imitad al asno testarudo que se resiste a su dueño y va diciendo: Yo quiero. Ascended, buscad el zenit de la voluntad. Regocijaos: os doy la buena nueva: ya no hay pecadores, porque he matado la Virtud. Ya no hay engañadores, porque he matado la Verdad."

"¡Por encima del bien y del mal, por encima de la Verdad y la Mentira, por encima de esos grandes Muertos, no queda ya en pie sino el Yo Sobrehumano!"

El doctor Miranda fue volviendo la cabeza hacia Roberto: fue prestando oído a las frases estridentes, dejó de sonreir, con movimiento nervioso hizo voltear entre los dedos la caja de rapé, que al girar lanzaba cortos relámpagos, y cuando concluyó la lectura:

—Es inadmisible, exclamó, animándose por momentos; ¡es imperdonable que se publiquen esas cosas! Estas extravagancias, señor Bellegarde, parecen cosas de locos, y sin embargo hay quienes traten de formar escuela con ellas.

—¡Ah! dijo Bellegarde, en Francia sucede lo mismo... allá tenemos a Verlaine...

—¡Evangelio del Blasfemo!... ¿No dice así ?... ¡Qué sabe Mata de evangelio, ni de Dios... ni siquiera de alemán, ni de Nietzsche! Excusen que me exalte un poco, pero no se puede sufrir a esta escuela nietzschista aborigen, a estos decadentes payasos de un autor que no comprenden. Porque pertenecen precisamente a esos mismos que; según Nietzsche, "saben poco y aprenden mal..." En Nietzsche al menos había un hombre sincero, aunque extraviado por el orgullo. Tenía en el estilo cierta música grandiosa, como una reminiscencia de su antiguo maestro Wagner Nietzsche, al apartarse del maestro, le arrebató un magnífico jirón de su manto...

Tomó la revista, la acercó a los ojos, la soltó con desdén sobre la mesa y como olvidándose de sí mismo, dejándose arrastrar por el asunto:

—Mucho daño, dijo con un movimiento enérgico del cuello y de la cabeza, mucho daño hacen esas cosas... Aunque mal parodiadas por nuestros decadentes, en el fondo las ideas de Nietzsche son desastrosas... anarquismo, ateísmo... Todos pensamos esto: "Puesto que tengo un alma, y puesto que hay innumerables almas, debe haber una fuente infinita de amor y de inteligencia, de la cual salimos y a la cual volveremos." Pero Nietzsche dice: "Si hubiera un Dios, ¿cómo podría yo tolerar el no ser Dios yo mismo? Declaro, pues, que no existe." Ustedes ven, ese es el paroxismo del orgullo ateo.

El doctor Miranda, a quien el tema de Nietzsche y del decadentismo sacaba efectivamente de su habitual moderación, dio una vuelta por la sala, tomó rapé, se acercó a la mesa, y cogió la revista.

—Pero hago una distinción, dijo soltando de nuevo el cuaderno, hago una distinción entre Nietzsche y nuestros |nietzschistas... Estos nunca han tenido un pensamiento filosófico, ni siquiera serio; admiran a un ídolo que no conocen... Buscan la popularidad, hacen |la réclame, fundan pagodas sólo para el público lo sepa. ¡Ah! Nietzsche era por lo me otra cosa; en medio de todos sus horrores y de su orgullo, tenía siquiera la cualidad de ese defecto satánico: el desprecio de la popularidad. Fue capaz de aislarse, desdeñó los aplausos, conoció la embriaguez de la soledad, y bebió sus amarguras hasta las heces, hasta la locura. Estos |nietzschistas nos inspiran... permítanme decirlo acá entre nos... inspiran desdén, mientras que Nietzsche inspira cierto asombro mezclado de compasión, esa compasión que sentimos por los caracteres desinteresados y por los grandes infortunios... Los pagodistas de aquí no tienen ni inteligencia ni forma artística; mientras que la locura del ateo alemán es la locura de un artista, tiene cierta hermosura trágica y sombría que le da a aquel personaje el realce de un símbolo y el valor de una advertencia. Su vida fue una tragedia filosófica en que él era a un tiempo héroe, verdugo y víctima; un drama en que los pensamientos se convierten en personajes, a veces en espectros, y que podría llamarse el drama del orgullo, la tragedia de un ateo místico.

—Concedido, dijo Roberto, pero... (agregó para provocar la réplica ardorosa del sacerdote y buscando un tema de conversación grato a Bellegarde) pero hay un punto en que tú mismo estás de acuerdo con Nietzsehe.
—Yo preguntó el doctor Miranda con asombro; y al tomar el rapé quedó en suspenso con el índice y el pulgar unidos esperando la respuesta.

—Sí, tú... Nietzsche no podía ver a Wagner... ni tú tampoco...

—Verdad, señor doctor dijo Bellegarde, desearía tener su elocuencia para convertirlo a Wagner, porque la música del gran maestro es la más ideal, la que habla mejor al pensamiento; a él lo preocuparon siempre hondas cuestiones morales, y su amor inconstrastable a los principios religiosos le atrajo la terrible enemistad de Nietzsche. Una redención es el motivo de todas sus obras...

Bellegarde se contuvo, temiendo molestar a los circunstantes con un asunto pesado; pero el doctor Miranda, con un ademán, lo invitó a continuar, manifestándole el agrado con que le oía.

—No hay una ópera wagneriana en que no haya un redimido... Erí |Parsifal y en los |Maestros cantores, es una joven; en |Tanhauser, un pecador, y en el Buque fantasma, el judío errante...

Inés seguía con atención las palabras de Bellegarde, y él parecía por momentos hablar sólo para ella.

—Admiro en Wagner, continuó Bellegarde, al revolucionario —y dirigiéndose a doña Ana, sonriente—, al revolucionario internacional como Cardoso

— Ah! señor, dijo ella con acento de alarma, no admire usted a ningún revolucionario.

—A los del arte, cuando triunfan...

—¿Y en qué consistió la revolución? replicó el sacerdote.

—Para un filósofo, para un pensador como usted, señor doctor, la explicación es sencilla y considero fácil por eso su conversión: Wagner, ante todo, fue eso, un pensador, un filósofo. ¿La revolución?... —Después de un instante, en que paseó la mirada por el techo.— El consiguió encarnar en la forma viva del drama lírico, los pensamientos más profundos, más abstractos. En todas sus obras domina la concepción del filósofo.

E1 sacerdote, meditabundo, se concentraba. Inés replicó:

—Francamente... no entiendo.

—Wagner consiguió que se realizara un enlace feliz, continuó Bellegarde, un matrimonio de conveniencia y amor, enlace en que los novios se estaban buscando hacía tiempo: el matrimonio del Drama y de la Música.

—Matrimonio muy igual, dijo Roberto, ambos hermosos, ambos de sangre real... entiendo que sobre todo en la orquesta también hizo el maestro la revolución, agregó para animar a Bellegarde a que continuara.

—¡Oh! es un sinfonista incomparable; subordinó la voz humana a la orquesta, le reservó las frases elocuentes, los ímpetus apasionados, la expansión lírica. Nadie como él conoce, además, los efectos de cada instrumento: él sabía qué instrumentos nos dan golpes sordos en el pecho, cuáles nos electrizan la medula espinal... a veces me ha parecido, al escuchar ciertos pasajes, que los arcos de los violines no frotaban las cuerdas, sino mis nervios descubiertos... —Dirigiéndose a las señoras.— Iremos al estreno de la compañía de ópera, ¿no es verdad? Según he visto dan el |Werther, de Massenet, quien aprendió, quien imitó de Wagner, el nuevo papel, la importancia antes inusitada de la orquesta.

—Todo eso será así, interrumpió el doctor Miranda, mientras jugaba con la caja de rapé; pero entiendo que Wagner escribió para un pueblo de artistas; sus obras no están al alcance de la mayoría, y yo creo que las obras de arte deben ser comprensibles para todos.

—Pues esa es, precisamente, la opinión de Wagner. El sostiene que la obra de arte ha de surgir del pueblo y volver a él. Y para acabar de Convencerlo, doctor, sólo tendré que añadir que Wagner no fue sólo músico, sino un gran poeta, un poeta cristiano. El innovador que ha mostrado mayor respeto, mayor amor al arte... sostiene con un valor admirable, en estos tiempos de codicia y materialismo, que el fin terreno del hombre es el arte y que sólo el arte hace la vida soportable. Ese concepto de la vida es el mío... Por eso respeto y admiro en Wagner al apóstol que se dedicó con los elementos poderosos de la música a arrancar a los hombres de los intereses materiales, vulgares, para levantarlos al culto de la inteligencia, a lo que el espíritu humano tiene de m delicado, de más grande.

—Pues bien: me paso a Wagner, dijo el doctor Miranda, guardando la caja de rapé.

—Usted, interrumpió Inés, habla como un admirador entusiasta, debe conocerlo muy bien. Es indudable que usted lo sabe interpretar.

Bellegarde, sin vacilar, se levantó, mientras Roberto le decía, mostrándole el piano:

—Ahí tiene usted a la fiera, espera al domador.

—De Wagner no puedo tocar nada, señorita, ni puede juzgársele sino en conjunto; pero sé de memoria trozos de Beethoven, el verdadero maestro de Wagner.

Sentado ya, con las manos fuertes y largas extendidas sobre el teclado, y con la mirada en alto, después de arrancar un acorde, Bellegarde se detuvo, volvió la cabeza como buscando a Inés.

—Aunque soy mal ejecutante, temo calumniar a Beethoven con una falsa interpretación de la Cuarta sinfonía en si bemol; voy a tocarla; deseo complacerlos... ¡Es tan hermosa!... Ustedes conocen el asunto pasional del adagio: la melodía es un canto de amor dirigido a la condesa de Bruns wick, la inmortal adorada. Al mismo tiempo que Beethoven le reveló su amor por medio de la música, le escribió una carta. Se conserva, pues, una doble expresión, por las palabras y las notas, de un mismo sentimiento de pasión intensa.

—Sería curioso, observó Roberto, confrontar la prosa de Beethoven con su música, y comparar el amor que habla con el amor que canta...

—El estilo del hombre, dijo Bellegarde levantando una mano del teclado y dejándola caer sobre la rodilla, el estilo de sus cartas es desigual, entrecortado; pei el otro estilo, el de la música, es superior a la vida y a la realidad; después de las humanas, Beethoven hizo vibrar un lenguaje divino...

Se volvió hacia el teclado, y como revelando sus propios sentimientos, poniéndole alma e intención a la frase musical, ejecutó la sonata. En mitad de ella, al principiar el adagio, se oyó fuera del cuarto un aullido quejumbroso, y un instante después, agitado, con los ojos encendidos y batiendo la cola, se presentó un perrazo a la puerta.

—Quieto, Maratón, ¡fuéra! exclamó Roberto disgustado; y luégo, suavizando el ademán, dijo en voz baja, mientras acariciaba al perro: ¿Sufres?... ¿Te gusta la música alemana? Oye, pero callado... Bueno, ahora a tu puesto, vuélve al jardín.

El perro, calmado, cruzó la galería y bajó los escalones. Bellegarde, a instancias de Inés, volvió a empezar el pasaje truncado, y al llegar de nuevo al adagio, en el mismo acorde interrumpido, volvió a oírse lejos, desgarrador, el aullido de Maratón, que esta vez se presentó, y, ansioso, sin atender a Roberto, siguió aullando en la puerta de la sala, y, anhelante, daba vueltas dejando oír un gruñido sordo de satisfacción o de cólera.

—¡Fuéra! decía Roberto, queriendo alejarlo

—¿Sufre? Pregunto Inés.

—¿Goza? observó el doctor Miranda

Doña Ana estaba apenada; doña Teresa reía.

Se presentó un criado con dos periódicos que acababan de llevar.

—¡Es |La Integridad, exclamó Roberto inquieto, el periódico de Sánchez Méndez...

Al oír este nombre, el general Honderos que había estado conversando en intimidad con las señoras, volvió a tomar un aire de preocupación y de tristeza.

—Sánchez Méndez, dijo, fue hace diez años mi mejor amigo, el peor enemigo del partido de la Revaluación, que lo llamaba entonces el Gran Inquisidor... y ahora se une con ellos contra mí. Su voz tiene la autoridad que dan una pluma brillante, los grandes servicios y una ilustración sólida; pero el despecho lo ha convertido en agitador, en destructor de su misma obra, en instrumento de Landáburo.

—Aquí hay algo en que sueno yo, dijo Roberto, empezó leer en |La Integridad:

"¡El último acto de la comedia eleccionaria va ser representado!

"¡La prestidigitación y juglería superarán a toda expectativa! Los absolutistas, a quienes no se ve sino en las oficinas públicas y en las covachas de los contratistas, aparecerán con abrumadora mayoría sobre los dos grandes partidos de los íntegros y de la revaluación.

"Veremos, pues, elegidos, gracias a la imposición a las tramoyas, a los satélites del ministro omnipotente, a Roberto Avila, a Alejandro Borja y a otros que no tienen más título que su incondicionalismo, y cuya misión no será otra que defender o encubrir, por lo menos, a los explotadores del tesoro. En cambio será derrotada la candidatura para representante del señor general Floro Landáburo, lanzada, con beneplácito de todos los republicanos, en varios Departamentos.

"Las ovaciones que ha recibido a su paso este ilustre ciudadano, son ante todo la protesta de los pueblos contra la férrea armazón que nos asfixia.

"Esta candidatura honra al país, porque el general ha combatido siempre los abusos del poder, porque no tiene miedo a la libertad de sus enemigos, porque no es un banderizo y porque respeta la propiedad, que con honrado esfuerzo ha sabido adquirir.

"Ese será el resultado de la lucha, en todo terreno desigual, entre los absolutistas, cuyo núcleo es la compañía industrial y cuya única fuerza es el abuso del poder, y los dos grandes partidos, unidos en una sola aspiración y que forman las nueve décimas partes del país: el partido de la revaluación y el partido de los íntegros.

"Vanos serán los esfuerzos del ministro Ronderos para reintegrar el antiguo partido constitucional, de que estamos separados, proclamando la unión... palabra menguada que no significa concierto para el bien, sino reclamo de apandillamiento.

"La única unión posible y lógica es la de los republicanos, al rededor del programa antiabsolutista que contiene la bandera de los íntegros..."

Doña Ana, que seguía con atención la lectura, manifestaba en su actitud de congoja el disgusto que le causaban los ataques a su amigo el general Ronderos, y especialmente los dirigidos a su hijo.

Roberto lo notó; suspendió la lectura y abrió el otro periódico, una hoja diminuta, que traía igualmente un artículo marcado al margen con lápiz rojo.

Todos exclamaron con alarma:

—¡Ah! |¿El Escorpión?... ¡Ese si no... por Dios! No vayas a leerlo...

—Este avisito siquiera, dijo Roberto.

"GUERRA A LOS LADRONES

"Para que el país sepa la manera como algunos individuos explotan el tesoro público, en la redacción de este periódico se recibirán informes de toda clase, de 3 a 4 p m., los días no feriados. Se garantiza la reserva. Precio: de $50 a $200, según la importancia del denuncio."

Y este verso, dijo Roberto, que va contra usted, general Ronderos, es la explicación de la caricatura, que no pueden ver las señoras, y del envío de |El Escorpión:

"El padre Adán comió en cueros
La manzana solamente;
Si hubiera sido Ronderos
Se traga basta la serpiente."

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