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CAPITULO XIX
CHISPAS

Roberto abrió la puerta de su cuarto, salió al corredor y echó una mirada hacia el corralón de la hacienda. Le dio en el rostro el frío cortante de la madrugada, y al través de la neblina le llegaron el bramido desesperado de una vaca, el olor de los doncenones y de las violetas del jardín. En la ramada se sentía un trajín de monturas y el choque de los estribos, al mismo tiempo que las pisadas secas y duras de la Alondra contra el pedernal de la pesebrera. Antes de verlo, sintió al perrazo Maratón que le ponía las manos en el pecho, y que con un gruñido afectuoso le colocaba la cabeza sobre el hombro; Roberto se la apretó contra la mejilla y sintió el ardor de la oreja del perro que rozaba la suya helada. Rodeó el cuello del animal con el brazo y deslizó la mano a lo largo del espinazo nervudo y lleno.

Cuando el muchacho trajo la Alondra, Casanova, el mayordomo de El Sauzal, revisó las cinchas para ver si estaban bien templadas; Roberto montó, movió la rienda, y a saltos cortos y elásticos se hundió, seguido de Casanova, en las profundidades de la niebla.

Descendió la colina, llegó a la llanura, y al galopar de la yegua se le iban presentando como a través de un ensueño, con los contornos esfumados, cercas de piedra, los matorrales de las orillas, y los objetos que surgían de pronto desaparecían, desvaneciéndose luégo entre una blancura flotante: un peñasco gris, zarzales en que la neblina parecía enredarse como vellones de ovejas. Las vacas al sentir el trote se levantaban, bufaban con disgusto y arqueaban perezosamente el espinazo. Del cuerpo de las reses del pasto chafado, que volvía a esponjarse, emanaban intensos olores.

Roberto y Casanova galopaban en la llanura, y en aquella soledad dormida eran más sonoros el retumbar hueco de las pisadas de la yegua de Roberto, del potro del mayordomo, y los acecidos del perro que en giros inútiles cruzaba, se perdía, y surgía para hundirse de nuevo entre la niebla.

La sabana se adivinaba entre las brumas; las masas de los árboles, sin contornos precisos, surgían en la penumbra como fantasmas. Roberto sentía que la frescura de la alborada le llegaba al espíritu, alentaba la voluntad y a medida que se iban abrillantando las nieblas, sus pensamientos se inundaban con claridades y esperanzas de aurora.

Llegaron a una puerta de golpe; Casanova taloneando su potro, se adelantó, la abrió, y la puerta al girar resonó con una escala quejumbrosa.

En un rincón del potrero los peones ya tenían recogidos los bueyes, que uno a uno doblaban al yugo la cornamenta desgastada y bruñida por las coyundas.

Los pantalones enroscados a media pierna dejaban ver la pantorrillas macizas y la humedad escarchaba jergas de lana burda, las barbas de los trabajado y los espinazos de los bueyes. Las yuntas cruza el barbecho, pisando trabajosamente y hundiendo la pezuña entre los mogotes removidos la víspera. Uncen, echan a andar, trepida la mano de los mozos en las manceras, muerden las rejas en la tierra resistente, tiemblan los cogotes de los bueyes chirrían las coyundas, y con un desgarramiento de raíces van retorciéndose y cayendo largas tajadas de césped.

Un estruendo de voces broncas, de voces agudas de muchachos, de silbidos, de imprecaciones, rompe el silencio de la llanura, puebla el aire, despierta los ecos de los peñones que, repercutiendo sílaba por sílaba, acento por acento la gritería, parecen entablar un diálogo grotesco con los gañanes, quienes, con vociferaciones de aliento, de reproche, de cariño, azuzan los bueyes que adelantan por el barbecho, sacudiendo con las trepidaciones de la reja la cornamenta.

Roberto seguía tras de los arados para aspirar de cerca y con avidez el reguero oloroso que dejaban el aliento de los bueyes y las emaciones de savia de la tierra revolcada. Andando y aspirando ese olor acre y sano, observaba con curiosidad la sorpresa de millares de insectos, que llenos de pavor, tiemblan en los cortes de los cespedones, se retuercen en el fondo del surco al sentir el cataclismo de su mundo, sacado de pronto a una luz desconocida.

Después de organizar los trabajos, de lanzar reprimendas a los mozos, de ajustar perfectamente los arados, Casanova, en su potro, siguió a dar vuelta a la hacienda y Roberto regresó a la casa.

Las señoras, envueltas en los pañolones, sonrosadas las mejillas por el frío, salieron al corredor a saludarlo

—Pero, hijo, observó doña Ana con aire de aprehensión y de reproche... tan temprano... ¡y en ese animal tan brioso!...

Roberto se desmontó, le dio un beso.

—No, madrecita, es la |Alondra... me conoce. ¿Temprano?... me sienta mucho este aire fresco.

Doña Ana movió la cabeza para reiterar su improbación, en tanto que doña Teresa, siempre alegre, observó que encontraba a Roberto mejor que nunca. Inés extendió la mano:

—Vea, Roberto, qué efecto de niebla...

Sólo surge de entre la blancura flotante la colina de la casa; a pocos pasos cierra la vista el telón de brumas que empieza a abrillantarse con una claridad vaga, cada vez más intensa. El sol todavía invisible, se anuncia con resplandores por detrás del cerro, y a sus primeros rayos la niebla, que llena la inmensa cuenca de la sabana, principia a moverse, a ondular con pereza, va replegándose, como empujada blandamente, hacia el ocaso. Surge una masa de árboles negros, como dibujados con tinta sobre el fondo lechoso que sigue huyendo: van apareciendo, como en la vaguedad de un ensueño, lagunas color de acero, lengüetas de islotes, juncales, prados dilatados de un verde pálido, continúa alejándose la niebla, arrollada, cada vez más densa, más luminosa, con reflejos sonrosados, con cambiantes fantásticos de lila. Al recogerse hacia las montañas del ocaso, resaltan las praderas, y en la altura, en el cenit, se abren trozos de azul, cada vez más profundo. Ha triunfado el sol; brilla toda la sabana despejada, resplandecen los pantanos, copian el azul del cielo; sólo queda tendida sobre el río, diseñando los caprichos de las curvas, una gasa levísima. Toda la niebla, como una inundación que se aleja, dejando los campos húmedos y frescos, huye hacia el horizonte y va a estrellarse contra las cordilleras de occidente.

—Vea, Roberto, decía Inés, allá en el horizonte esas dos grandes franjas: la pincelada horizontal de la niebla, y encima la franja dorada de las cumbres.

El sol perfila los objetos, las sombras se hacen más intensas. En el remoto confín las nieblas perseguidas siempre por el sol, van escalando la cordillera, se alzan, llegan a la cima, se desligan, se rompen a trechos, forman grumos espesos y brillantes. Reposan allí las nubes condensadas, y luégo, en un movimiento ascendente, proyectando sombras violáceas sobre la cordillera, flotan en el éter azul, siguen alzándose.

—Inés, dijo Roberto con voz de convaleciente, en que había algo roto, un dejo de melancolía. Se van alzando las nieblas, allá, con lentitud, como despidiéndose con tristeza de la tierra.

—Hijo, ¿vamos a tomar la leche? preguntó doña Ana, que no olvidaba un momento el régimen trazado por los médicos.

Roberto cogió del brazo a su madre con mimos de enamorado, y bajaron todos a la corraleja, donde los envolvieron el olor del hato, el alborozo ensordecedor, los bramidos de las vacas, los berridos de los terneros y el redoblar sonoro de los chorros de leche entre los tarros coronados de espuma. El sol dora el dorso de las vacas, que al respirar, lanzan con fuerza el vaho por las narices; los terneros golpean la ubre, se embadurnan el hocico, y al desprenderlo, con un chasquido de placer, relamiéndose, babean, sueltan hebras brillantes que flotan en la luz de la mañana.

—Es conveniente ensayar el |ternero automático del inventor Sánchez de Peñanegra, a ver si lo hace tan bien como estos becerros, dijo Roberto con una carcajada y con el vaso de leche en la mano.

En la inmensa comba de la altura, el limpio cristal del cielo ya sin un vapor, sin una mancha. El éter azul envuelve la tierra, parece adherirse a las colinas, tiñe las rocas y los árboles, flota en las ondas del río, se disuelve en el agua muda de los pantanos: y aquel resplandor de zafiro todo lo envuelve, todo lo sumerge, todo lo inunda. Allá, en las profundidades de occidente, en la atmósfera diáfana, en una lejanía inconmensurable, se alza el nevado del Tolima...

|Maratón iba y venía, asustando a los terneros, amenazado por las vacas.

Regresaron. Al acercarse el perro a la casa, levanta una bandada de palomas, que en aleteo ruidoso como un aplauso se alza, se aleja, vuela hacia las praderas, en amplios giros sigue las curvas del río, se deja llevar de la brisa, se columpia, parece que va a posarse en un prado, y luégo, con un balanceo rítmico en que se apaga y se enciende al sol la nieve de las alas, torna a la casa, describe una espiral, desciende al tejado. A una voz de Inés, que esparció un puñado de migajas, las palomas bajaron al patio.

—Como las almas, dijo Roberto que en la |Divina Comedia acuden al grito misericordioso de Dante.

—Voy a dar el primer toque a misa, continuó; allá vienen ya Milán y Bibiana.

Sonó la campana esparciendo sus alegres notas por la llanura. En la falda de la loma se divisaba un grupo de campesinos que se perdía en las hondonadas para reaparecer luégo, y que al oír la campana apretó el paso.

Iba a celebrarse ese día el matrimonio de Milán Gil, mayordomo del general, Ronderos, con Bibiana, la de |El Consuelo, que habitaba con su madre de nuevo en |El Sauzal. En los amores de Milán y Bibiana, Socarraz se había interpuesto como pretendiente de la novia, y las riñas entre los dos rivales se repetían con frecuencia. Socarraz no se presentaba nunca en la hacienda ni se dejaba ver de sus dueños, porque repugnaba encontrarse en los dominios de sus antiguos amos. Las contiendas entre Socarraz y Milán Gil, a quien llamaban el |Chispas, se verificaban en el camino, en las ventas, a veces en las encrucijadas del monte. Había vencido Milán en los amores a gusto y contentamiento generales, especialmente de la madre de Bibiana, que se mantenía en constantes alarmas por la rivalidad de los mozos, temiendo de continuo, como había dicho en |El Consuelo, una desgracia.

Se presentó el grupo en la casa. Los novios iban enlazados de la mano. Sus esbeltas figuras se destacaban bizarramente en la alegría de esa mañana sobre el fondo oscuro de los trajes de los acompañantes. Milán, alto, garboso, con su nariz corva, con su barba negra y cerrada, parecía árabe. De su faz retostada por el sol brotaba la felicidad. La novia era una morena picante, de baca fresca, con dos carreras de dientes magníficos que daban expresión a su sonrisa y a su palabra. La cabellera, negra y rizada, recogida sencillamente atrás con una cinta blanca, le caía con gracia infinita sobre los hombros.

Inés, madrina de matrimonio de Bibiana, la condujo a una pieza para ponerle el vestido que ella misma le había hecho, en tanto que el general Ronderos, padrino de |Chispas, salió al corredor, le dio un abrazo y le regaló trece onzas de oro que habían de ser las arras de su matrimonio. Le tenía un cariño entrañable; Chispas le había servido desde niño, y había acompañado al general en su última campaña, como ordenanza primero, luégo tras repetidas hazañas, como jefe de una compañía, en donde había mostrado su lealtad y su bravura. Durante la misa, la concurrencia de gente campesina llenaba la capilla y se extendía por el corredor contiguo; grupos de arrendatarios sudorosos y jadeantes iban llegando, hasta que el corredor quedó repleto, y Roberto que se había quedado atrás, observaba las ruanas pardas, la frisa nueva, los cuellos almidonados, las cabezas aborrascadas. Y con gusto veía que esos campesinos reflejaban en su porte, en su traje, el bienestar, la holganza, fuera de las miserias, sin los peligros mortales de la guerra.

El general Ronderos e Inés fueron sustituídos por Casanova y doña Teresa, padrinos de velación. Inés se sentó al piano, colocado expresamente al extremo del corredor y tocó durante la misa.

Concluída la ceremonia, pasaron los novios al comedor, en donde Inés les sirvió el desayuno, y luégo montaron a caballo Milán y Bibiana para dirigirse a |La Laguna, hacienda del general Ronderos, donde Chispas había preparado su casa.

Todos se asomaron al corredor para ver partir a la arrogante pareja, y no se retiraron hasta que |Chispas y su mujer se perdieron en el primer recodo del camino.

De pronto sonó un tiro lejano, después otro y otro.

—¡Socarraz! chilló la madre de Bibiana, presa de mortales angustias.

—No puede ser; Socarraz está en el Magdalena en la canalización, dijo Roberto, quien montó en la |Alondra y partió a escape, seguido de Casanova. Bajaron la pendiente, aparecieron en la explanada, salvaron de un salto la cerca y como una exhalación tomaron el camino.

Los del corredor, llenos de inquietud, esperaban. De nuevo divisaron a Roberto, antes de perderse en el recodo, tendido sobre la yegua negra y detrás, mucho más atrás, a Casanova. Momento de angustia, de afán, de horrible expectativa, nadie hablaba ni se movía. Doña Ana, quebrantada al fin, vencida por esa sorpresa, llena de temor por Roberto, se entró a la capilla.

Reapareció la yegua negra a galope largo. Doña Ana adivinó la llegada de Roberto, salió de la casa, se paró en el camellón.

—¡Sí, era Socarraz! Disparó sobre |Chispas sin herirlo, pero no pudimos alcanzarlo, iba muy bien montado. Ordené a Casanova que acompañara a los novios.

Desde que se oyeron los tiros y se nombró a Socarraz, se desprendió del grupo de campesinos mi anciano, muy entero y erguido, afeitado por completo. Durante la expectativa, con la mano temblorosa sobre la frente, sirviéndole de vísera, procuraba observar el camino, espiaba la llegada de Roberto, y cuando oyó la nueva fechoría de Socarraz, lanzó un grito de la garganta seca, levantó al cielo las manos trémulas, y exclamó:

—¡Hijo maldito!

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