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CAPITULO XVIII
SACRIFICIO

Bellegarde vivía en una quinta sobre el camino de Chapinero. Una mañana vino a Bogotá muy temprano y tomó el tranvía para regresar inmediatamente a su habitación, en donde quería escribir, en el silencio del campo, una carta importante. Las alamedas del camellón, una bruma ligera, el rodar de coches y carros, el frío vivificante, le recordaban su patria, la primavera; una de esas mañanas de abril en que los árboles han anochecido desnudes y amanecen cubiertos de pimpollos, de bretones poderosos; en que una savia nueva parece correr por la sangre, en que todo renace: las hojas y las esperanzas.

Bellegarde había tomado, después de largas vacilaciones, una resolución que lo llenaba de alegría y de esperanza: pedir a doña Teresa la mano de Inés; y él, que estaba acostumbrado a vencer obstáculos gigantescos, que había levantado en Europa millones para lanzarlos sobre América, que había dejado en los Estados Unidos y en la Argentina monumentos imperecederos de su audacia, estaba ahora temeroso y vacilante, casi vencido por una timidez insuperable. No se atrevía a presentarse a doña Teresa, haciéndole su petición verbo a verbo, y mucho menos a dirigir a Inés la pregunta de cuya respuesta dependía su dicha. Y luchando entre su pasión vehemente y el temor de un rechazo había resuelto escribir a doña Teresa; concentrando su atención, buscando los términos para aquella difícil carta y mientras meditaba, iba pasear la mirada a un lado y a otro por los puntos que recorría el tranvía. Los primeros rayos del sol lanzan las sombras de los árboles sobre las fachadas de las casas... Un parque... tapetes de flores, calles de troncos, trozos de sabana. Como una aparición de la Colonia, una iglesia vetusta con su techumbre parda que en medio de la agitación y del estruendo despierta ideas de sosiego, de paz, de silencio. La ciudad se va extinguiendo, se presentan construcciones bajas, miserables, como sorprendidas por el tranvía en su indigencia, pero de pronto en la altura se yerguen las espigas de dos chimeneas, el humo borbota, se alza manchando el horizonte, tuerce al occidente, se desvanece.

Bellegarde se recoge, se concentra, se entrega con placer a la redacción de su carta: "Doña Teresa Borja. Muy respetada señora"... ¿amiga?...

Se abrió el horizonte a la izquierda; al opuesto lado, colgadas de cuerdas, se agitan al viento ropas blancas y rojas. Las tapias del camino cierran la perspectiva; en la lejanía, por sobre las bardas, lomas ondulantes envueltas en gasas de violeta. A la derecha, las moles de los cerros, con sus lacras amarillas y sus cañadas oscuras.

"Voy a permitirme —seguía pensando Bellegarde en su carta— someter a usted un asunto de que dependerá la felicidad o la desgracia de mi vida; si hay exceso en mis pretensiones, sírvame de excusa la bondad de usted y de la señorita Inés y la intensidad de mi cariño por ella."

La sabana se abría de nuevo anchurosa y espléndida y se presentaba a los ojos distraídos de Bellegarde en una explosión de verdura, con sus grupos de árboles, con su alfombra pareja, con sus casitas blancas en que el sol resplandecía. En la bajada se alzaron las tapias y taparon el espectáculo como el telón cubre las decoraciones del escenario. Luégo, hacia el oriente, se presentaron a Bellegarde las aspas de un molino de viento, rosas blancas y rojas que desbordaban sobre las paredes, humo, alcaparros que destacaban sus flores sobre el fondo sombrío de las montañas.

Y seguía Bellegarde redactando interiormente la carta:

"Acaso debiera haber informado a la señorita Inés de mis pensamientos antes de dar un paso decisivo..."

Y mientras buscaba la frase, dejaba vagar de nuevo la mirada. El panorama de la sabana se presentaba ahora entrecortado por edificios: quintas rojas, azules; en un escape, en la lejanía sobre la línea azul de los montes, una nube finge la blancura y los resplandores de los nevados. Antes de continuar la redacción, Bellegarde repasó en su memoria los términos de la carta, los encontró importunos, fríos, inadecuados.

Y a medida que avanzaba el tranvía entre el crujido de cadenas y estrépito de ruedas, iba cambiando instante por instante el escenario: el sol da golpes en el llano, esmalta de resplandores el césped, juega en los cristales de las ventanas, se desliza en las hojas de plátano que se asoman sobre las verjas.

Se le presentó a Bellegarde la quinta en que habitaba, pensó desmontarse; pero de súbito resolvió seguir hasta el templo de Chapinero, que no conocía, a pesar de haber habitado en sus cercanías; lo impulsaba también un vago deseo de pedir protección a la Virgen de Lourdes en aquella hora suprema de su vida. Pronto apareció la población y poco después el templo con sus torres inconclusas y con sus ojivas medio ocultas por los árboles.

Atravesó la plazuela y se dirigió a la puerta del templo: la luz viva y alegre de fuera se recoge, se apaga en las naves del templo, en donde impera una sombra mística. A la entrada descubre apenas los detalles, los haces de columnas, la techumbre altísima. Al frente, sobre la cúpula del altar mayor, un rayo de sol que se lanza por entre los vidrios de colores, arroja sobre las baldosas sombrías, en el centro de la iglesia, cuadros luminosos, azules, rojos, amarillos. Con esa luz misteriosa, la mirada experta de Bellegarde va descubriendo las líneas, los perfiles, las masas, el púlpito, la arquería del primer cuerpo, la galería; y encima la serie de ojivas en las ventanas, el tabernáculo que cubre casi todo el frente, blanco y oro sobre el fondo azul.

Las luces de colores se apagan, se acentúa la penumbra y entonces se marca la claridad suave que se filtra por las altas ojivas laterales. Reaparece el sol en mitad del templo y resalta de nuevo el tabernáculo gigantesco; allí, como en todo el edificio, domina la forma aguda, es su triunfo, su apoteosis; el eterno crepúsculo interior mata el resplandor del oro en doseletes, molduras y archivoltas; el tabernáculo es un encaje, una filigrana de columnitas, de rosetas, de cúpulas, de ojivas y de aristas; y en el centro, en gran nicho, la Virgen de Lourdes.

En el altar mayor resuena la voz sonora del doctor Miranda. Junto a la verja del comulgatorio, las cintas rojas de una congregación se destacan sobre los mantos negros de las señoras. Un reloj, con voz solemne, da lentamente la hora; leve rumor de pasos; quedan los reclinatorios un instante vacíos, son de nuevo ocupados; las cintas rojas se destacan sobre los mantos negros; de golpe, llega el pito, la campana de la locomotora, que llena de estruendos el recinto y sigue retumbando en las bóvedas altísimas.

El doctor Miranda, de espaldas al altar, avanza, va a dar la comunión, y Bellegarde ve salir de una capilla a doña Ana y atravesar el templo hacia el comulgatorio. Su cuerpo endeble parece aún más delgado, lleva las manos puestas y en el rostro la expresión de dolor, de tristeza, se ha acentuado. Sus labios se agitan apenas, luégo en un ademán, en un movimiento de abnegación, de fervor y de esperanza, se postra. Y Bellegarde adivina esa angustia, esa amargura, esa oración... Esa misa que ha venido a decir en el templo de Chapinero el sobrino de doña Ana; esa comunión ferviente son por la salud, por la dicha de Roberto. Permaneció prosternada largo tiempo la anciana, luégo se levantó y se arrodilló de nuevo en mitad de la iglesia, allí donde el resplandor de los colores centelleaba; levantó el rostro lleno de lágrimas a la Virgen y parecía que esa luz que la bañaba, esos alegres colores que teñían el manto oscuro, eran como la respuesta de la Virgen, la señal de conforto y de alivio, la prenda de la protección celeste.

Al salir del templo se acercó Bellegarde al doctor Miranda y a doña Ana para ofrecerles el desayuno en su quinta. Aceptaron, y siguieron a pie por el camellón cruzado por las sombras de los árboles.

Después del desayuno vinieron a llamar al doctor Miranda para la confesión de un enfermo de las cercanías, y quedaron solos en el comedor doña Ana y el conde.

A plena luz, el quebranto de doña Ana era más notable, se leía sobre su rostro un dolor inquieto y se pasaba con frecuencia las manos temblorosas por los cabellos. Bellegarde sentía acrecentarse su cariño y su respeto por la anciana; había adivinado esa alma colmada de delicadezas y de ternuras, poseída de una sensibilidad intensa, que centuplicaba en ella el sufrimiento; alma capaz de todos los sacrificios y de todas las abnegaciones y dotada de una fuerza prodigiosa para luchar con el dolor y el infortunio.

Por fin rompió el silencio:

—Señor Bellegarde, deseaba hablar con usted a solas, pensaba molestarlo, mandarlo llamar, y con gusto aprovecho esta ocasión.

Bellegarde la escuchaba con una expresión profunda de comedimiento y de respeto. El resplandor de acero de sus ojos se apagaba, su mirada penetrante se hacía ansiosa, llena de ternura.

—Perdone, continuó doña Ana, que lo moleste... ¡Tengo en usted tánta confianza!

Y con voz segura, animada por la expresión de Bellegarde, prosiguió:

—No conoce usted la serie de calamidades y desgracias que acabaron con nuestra fortuna, tan grande en otro tiempo; pero sí sabe que para tomar acciones en su empresa realizámos la más querida de nuestras propiedades. Mi suerte no me preocupa; poco me falta por vivir... pero Roberto...

Y en el acento de estas tres sílabas se concentraban todo el amor, toda la ternura, todas las zozobras de la anciana.

—Como dije a usted, ya está bien; el accidente de antier pasó por completo... la Santísima Virgen me ha escuchado... hoy ha salido al campo... como él no debe preocuparse ni perder el reposo ordenado por los médicos, usted excusará que yo tome parte en este asunto, que me dirija a usted en busca de informes y de consejos.

Bellegarde se inclinó, manifestando con cuánto gusto le serviría.

—Nos compran las acciones de la canalización... por el triple de su costo, según entiendo... Para nosotros, en medio de nuestros constantes infortunios, es una ganancia inesperada que debemos a usted... No le ocultaré que Roberto se inclina a conservar esas acciones, pero yo vivo llena de zozobras y desconfianzas; la mala suerte me ha hecho recelosa y pesimista... Si ese capital se perdiera...

Y en el semblante de doña Ana se reflejaba el sobresalto, la angustia; se pasaba la mano por la madeja de canas.

—Voy a abrirle a usted mi corazón, señor Bellegarde; así podrá aconsejarme mejor. ¿No es verdad que me perdonará mi franqueza?

Bellegarde no pudo reprimir un movimiento de sobresalto, un presentimiento lo turbaba, entornó los párpados.

—Si esa fortuna se perdiera, continuó doña Ana con voz trémula, habría que perder toda esperanza del matrimonio de Roberto e Inés... El, usted lo sabe, no se casaría pobre... Y ese enlace ha sido el deseo vehemente de ambas familias... el último sueño de mi vida... yo moriría tranquila.

Calló doña Ana y fijando la mirada en el conde, observó con sorpresa que se desfiguraba. Bellegarde abrió los ojos desmesuradamente, los cerró luégo. Se le encendió el rostro, que bañaron palideces mortales, y un copioso sudor le inundó la frente. Quiso hablar, y expiró la voz en su garganta; por fin después de un silencio doloroso en que resolvió de nuevo sacrificarse, ocultar para siempre su amor, consiguió ordenar sus ideas, recordó la pregunta de doña Ana.

—Para contestar su consulta para dar un consejo acertado, mi señora, dijo al fin, con voz bronca, es inevitable que haga cálculos y números, porque los números no engañan.

Conservaba todavía la agitación en el pecho, la voz insegura, una palidez intensa en las mejillas.

—El capital nominal de la compañía son diez millones de dólares hasta ahora.

Y mientras hablaba de cálculos y números, y precisaba cifras, se agolpaban las ideas lúgubres, su esperanza deshecha, su existencia rota, su amor trunco.

—Roberto tomó ocho acciones de fundador de a diez mil dólares, de las cuales no se ha exigido sino el primer instalamento, la cuarta parte. Pudo ser aventurado el haber invertido todo su capital para pagar ese primer instalamento, quedando sin fondos para cubrir los otros. Pero la operación aventurada le salió bien, porque al lanzar la empresa en la bolsa se han computado las acciones de los fundadores en el doble de su valor, de modo que Roberto tiene hoy treinta y dos mil acciones de a libra esterlina y no debe sobre ellas sino sesenta mil pesos en oro.

Y como Bellegarde veía todavía la incertidumbre y la zozobra pintadas en el rostro de doña Ana, continuó dando mayores detalles.

—Las mil acciones de a diez mil dólares con que se fundó la compañía, se convirtieron en cuatro millones de acciones de a libra esterlina... ¿No le molestan, señora, estos pormenores de Bolsa? Y como viera que el instinto maternal de doña Ana la hacía ocuparse de asuntos extraños para ella, prosiguió con un nuevo esfuerzo, para desechar su tristeza, forzando su atención en esos detalles prosaicos. Estas acciones de a libra han sido adquiridas por pequeños capitales y no me sorprendería. que cuando la empresa sea suficientemente conocida en todas las bolsas europeas, adquieran mayor valor, tal vez de cuatro libras... El único obstáculo para esa alza o alguna mayor todavía, sería que se turbara la paz... Pero no debe perderse de vista que mi empresa debe contribuir a conservarla... Es seguro también que esta empresa desarrollará otras de gran porvenir. Roberto puede alcanzar una gran fortuna que lo pondrá para siempre a cubierto de los vaivenes de la suerte... Para evitar las zozobras de usted y traer en cambio la tranquilidad, sería fácil vender las acciones de Roberto, asegurar ese capital; yo le cedería a largo plazo número igual de las mías al precio inicial; así podría anticiparse su matrimonio... que desea usted con tánto anhelo.

—¡Ah! no señor, eso no; dijo doña Ana, con un movimiento, mezcla de gratitud y de altivez, bastante ha hecho usted por nosotros... Cedernos sus acciones a bajo precio para asegurar el valor de las nuéstras, no podríamos aceptarlo.

Una sonrisa pasó y murió por el rostro pálido de la anciana.

En la puerta se presentó el doctor Miranda, interrumpiendo la confidencia.

—Yo me voy mañana para el Magdalena, dijo Bellegarde, mientras conducía a doña Ana a su coche, en donde permaneceré algún tiempo. Reciba usted mi despedida... Todo cuanto pueda hacer por la dicha de Roberto, por la tranquilidad de usted, lo haré con gusto como si se tratara de mi madre, de un hermano.

Doña Ana le había tomado ambas manos, se las estrechaba efusivamente y sentía en esas manos vigorosas y ardientes, trémulas todavía por la emoción, toda la sinceridad de las palabras del conde; comprendió que su hijo tenía un amigo leal, un protector fuerte.

—Y ahora voy a hacer una súplica, un encargo, continuó Bellegarde con acento inseguro: no tendré tiempo de despedirme, de volver a Bogotá, usted presentará mis recuerdos, mi cariño, mis adioses a doña Teresa... a Inés.
 

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