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CAPITULO XVII
CORPUS

Un viento regocijado, que baja de la serranía y toma parte en la fiesta de la ciudad, corre llevando el clamoreo ensordecedor de cien campanas, el estallido de los cohetes, el rumor de las muchedumbres vestidas de gala, esparce los aromas de laureles y musgos frescos, y, formando una confusión de colores, sacude con ímpetu los gallardetes y banderolas, estruja las cintas de los altares, agita los festones, balancea las canastillas de flores y hace crujir ricamente los damascos.

Dolores, que deseaba moverse, sacudir sus pesares, ver la ciudad engalanada, salió acompañada por doña Ana y se confundieron con la multitud que rebosante de alegría recorría las calles adornadas para la fiesta del Corpus; desfilaron por las aceras respetando el centro de la calle, que extiende hasta el extremo de la vía su alfombra de musgo parejo como un prado inglés, orlado con palmas de helechos. Tachonan el fondo verde estrellas y arabescos morados. Encerrando la vía, ligados por cadenas de festones, se alzan mástiles coronados de banderolas y gallardetes que se agitan, se inflan y se retuercen.

Ante los altares, todavía cubiertos con velos, tras de los cuales resuenan los últimos martillazos, se agrupan las gentes endomingadas; en los tablados algún operario levanta el velo para recibir un candelabro, una corona; entonces la multitud prorrumpe en un ¡ay! de asombro, al vislumbrar el templete adornado con peluches, terciopelos, candelabros, bosques de margaritas.

Sobre la crestería de cabezas se levantan brazos que sostienen coronas, columnas y lienzos de altares inconclusos, y canastos con pilas de naranjas, de dulces, barquillos, manzanas acarameladas. Los campesinos ricachos, con levitas de moda pasada, van admirándolo todo y deletreando con cuidado las inscripciones de los almacenes y de las paredes, que asoman a trechos entre los cortinajes: |Extracciones sin dolor... Notaría 4ª... Sus exequias se celebrarán... Relojería suiza... Alerta... Vidaurre y Villafañe, comisionistas... Escuchan en las esquinas los barrazos y se detienen a ver sembrar arbustos de los cerros vecinos, que van a adornar la fiesta con el último esplendor de sus frondas.

Suena un nuevo repique general, más solemne y sonoro, y la multitud penetra por las tres grandes puertas a la Catedral; en pocos momentos llena las naves, se apiña en torno de las pilastras, invade las capillas laterales, todos los rincones, y estancada, desborda por el atrio, refluye sobre las calles, forma remolinos en las esquinas.

En la sacristía giran tropezando y cruzándose con afán, los sacerdotes con capas recamadas, los monaguillos vestidos de rojo, los pertigueros cubiertos con la garnacha de raso blanco; algunos comedidos sacan brazadas de cirios, un canónigo de prisa se ata la muceta dorada, un inmenso grupo de caballeros de frac va tomando los cirios, algunos empuñan la vara maciza de los estandartes. En la penumbra de la sacristía empiezan a brillar las llamas de los cirios. El Arzobispo, rodeado de su corte, espera en el presbiterio bajo el solio, puestas las tunicelas, el palio y ceñida la mitra.

Empezaron los estandartes a bambolearse pesadamente sobre las cabezas; formáronse los grupos de los que debían llevarlos y tomar los cordones; Montellano empezó a moverse con uno de los estandartes; a su derecha debía ir González Mogollón, que había soltado la borda y por toda la sacristía sudaba y se enrojecía dictando órdenes. Detrás, Alejandro y Roberto, quien ese día estaba pálido, con una palidez inusitada, que hacía resaltar los bigotes negros y las ojeras sombrías.

En vano se había esperado al general Ronderos al doctor Alcón, cuya ausencia era notable.

Montellano volvió la cabeza con inquietud y preguntó en voz baja:

—Roberto, ¿qué es que no ha venido el ministro?

—Ocupado y preocupado...

—¿Sabe usted algo, mi querido Roberto? preguntó Montellano con la boca seca de angustia, y agregó: ¿Y el doctor Alcón?... ¿No debía venir?... ¿Estará enfermo?...

—Algo más, dijo Roberto, con el gusto de inquietar a Montellano: renunció o lo renunciaron.

Montellano, que vio comprometida su influencia en el Ministerio, el pago inmediato de su empréstito, la resolución sobre bonos del 48, recibió un golpe; abrió desmesuradamente los ojos, se estremeció, tambaleó como el toro que lleva la espada entre las paletas, bufó, y, soltando el estandarte, atropelló a los circunstantes, hizo un reguero de monaguillos en la escalera de la sacristía, se enredó en una dalmática, en la cadena de un incensario, y entre el murmullo general bajó a la nave de la iglesia, y como el espolón de un buque penetró en la ola humana que se agitaba en el recinto. Salió a la plaza, tomó resuello, se orienté, y se lanzó hacia la casa de Alcón para informarse sobre la terrible noticia. Echó a andar a escape, jadeante, por la Calle Real, en dirección opuesta a la corriente, por el centro de la vía, bajo el toldo de verdura, hollando la alfombra de musgo, que se extendía intacta, desbaratando labores y arabescos, dejando impresas sus pisadas como huellas de elefante, llevándose engarzados en el frac largos hilos de liquen de los arcos, roscas de viruta, flecos de papel, mientras se cruzaban voces de asombro, de protesta, de cólera, estallidos de risas, de acera a acera, y en ventanas y balcones:

—¡Abranle paso!

—¡Se salió del toril!

—Tumbó aquel arco... ¡Hola, cuidado!

—¡Ya no hay procesión!

—Incendio en la catedral!

—¡Se murió el Papa!

Siguió así dos cuadras, torció a la izquierda, a caza del subsecretario.

Granearon en el aire los cohetes, y principió a removerse la gente en el atrio, formando una cascada, bajaron dos corrientes de tinta separadas por dos hilos de luces. Asoma la cruz del Capítulo, en pos de ella, en interminables hileras, desfilan los colegios con sus uniformes, luégo los caballeros vestidos de ceremonia, los seminaristas, que vistos a distancia, con los roquetes, trazan dos largas orlas blancas sobre el musgo. Detrás palpitan a la brisa los plumones en los sombreros de los generales que sirven de comitiva al Jefe del Estado; y en el centro, dalmáticas, estolas, capas pluviales, paños de lama de oro, que tejidos para el crepúsculo de las naves, a la luz intensa del día reverberan con resplandores extraños; brilla la nieve de los roquetes; centellean los flecos de las capas pluviales de un grupo de sacerdotes, cuyos pasos se amortiguan en la alfombra de musgo; de continuo se vuelven, agitan largos incensarios, y a intervalos envían a la altura leves copos de incienso. Bajo lluvia de flores, entre el humo perfumado y el murmullo de los salmos, lento y solemne avanza el palio; a su sombra, el prelado, que en las manos trémulas, entre un cerco de diamantes, presenta a la adoración del pueblo la Hostia blanquísima.

En una fiesta de colores que abrillanta el sol de medio día, entre un traqueteo de ruedas, un vocerío de entusiasmo, el rebombo de músicas marciales, aparecen los carros con pasajes de la Biblia; los cuernos dorados de los bueyes, los turbantes de los conductores, y en lo alto, entre grupos de follajes temblorosos, los niños con caras de rosa enmarcadas por barbas de ancianos; las niñas, adornadas a la oriental con vistosa pedrería que relumbra sobre los brazos y los cuellos desnudos; y pasan bamboleándose entre haces de trigo, pieles de leones y de osos, telas rayadas de rojo y azul, flecos de oro, franjas de brocado, Ruth con sus espigas; David con el arpa bajo el manto de armiño; el Sumo Sacerdote con la mitra de plata y el racional sembrado de esmeraldas y rubíes; los exploradores agobiados bajo el peso de los racimos; Judit, el alfanje, el lecho suntuoso de Holofernes; Mardoqueo, con su caballo blanco; Ester, Herodías, Rebeca... todo el oriente, toda la poesía, toda la majestad de la Biblia.

Los balcones repletos de gentes, cabezas rubias, cabelleras negras, rizos de plata, sombrillas que se agitan.

Durante la procesión, al són de la música que retumba al extremo de la vía, González, que ha intervenido hasta en los últimos detalles, va gesticulando, mueve la cabeza, hace espejear la calva, agita los brazos, muestra los objetos con el cirio encendido, que gotea sobre los fracs.

—Vean ustedes, yo siempre —aunque un simple recluta de la buena causa—, teniendo que intervenir en todo, logré que pusieran esta cruz de peluche en esta bocacalle... Vean, aquí al frente, sobre ese bosque de margaritas, yo hice colocar el Libro de los siete sellos... las letras, que son los pecados capitales, las hice poner yo mismo; vean B. C. P. C. E. O. N,. ¿no han leído el Apocalipsis?

Las balcones de Montellano, repletos de gente: manteletas, sombrillas, caras diversas, agrupaciones abigarradas, criadas que vociferan y se empinan, chiquillos que lloran y babean, y toda aquella barahunda, esa multitud que se asfixia y se revuelve entre un zumbido de colmena, parece pertenecerle al millonario, según la inscripción que flamea el balcón del centro, en letras de hierro bronceadas que se destacan entre los barrotes: "soy de Ramón Montellano".

No lejos, en antiguo balcón, donde se agita una colcha de damasco, están doña Ana y doña Teresa; adelante, Inés y Bellegarde. La víspera, el conde al ver que Roberto se decidía por Dolores, se creyó libre, y ahora, rompiendo el duro silencio que él mismo se había impuesto, podía mostrar a Inés, sin reserva, el fondo de su corazón; ni una palabra de amor asomaba a sus labios, pero hablaba con ella en una conversación familiar, con una intimidad deliciosa, pidiéndole detalles de nuestras costumbres, de nuestras fiestas y escuchando con arroba
miento las respuestas de Inés. Ella, sin duda, mostraba complacida, parecía despertar de sus ensueños; y, sin apartarse de su altivez amable, silencio suyo, de que hablaba Roberto, empezaba a balbucir. Al pasear la vista por los balcones del frente, sus ojos se encontraban siempre con ojos de Dolores fijos en ella, apasionados, ardientes. Y Dolores, al ver la pareja, el grupo de Bellegarde e Inés, sentía cruzar por su mente ideas que la llenaban de alivio y de esperanza... Si se casaran ellos...

En la oficina de Vidaurre y Villafañe, con puerta entornada, conversaban el doctor Agueros, Landáburo, Polanco y Gacharnah.

—Se nos corren los íntegros, dijo Polanco. ¡La paz de Varsovia se eterniza!

—No lo creo, respondió Gacharnah con misterio. Sé que Alcón escribe en |La Integridad contra Ronderos.

—Es irritante el espectáculo de una doctrina respetable, decía Landáburo, como son las teorias del distinguido filósofo de Palestina, ridiculizada por estas mojigangas. Es humillante que la guardia colombiana, contra el espíritu militar, venga a hacer coro a las farsas católicas. Doctor Agüeros, estas fiestas del fanatismo ultramontano habrá que suspenderlas cuando venga la Revaluación y esté en el solio.

—Cuidado, mi querido general, contestó el medico; el clero es un enemigo temible. En la evolución de las sociedades tarda mucho en desaparecer de los cerebros populares el microbio religioso, que produce una linfa, un fermento lleno de...

—¡Se muere! ¡Se muere! ¡Un médico! gritaron por fuera y el doctor Agüeros se lanzó a la calle.

Al pasar Roberto con el estandarte enfrente de los balcones de Montellano, se detuvo de pronto, se. cubrió de una palidez lívida, el gesto de la boca reveló un intenso dolor comprimido, extendió los brazos y antes de que Alejandro pudiera sostenerlo, cayó sin sentido.

Dolores había dejado escapar un grito que hizo alzar las cabezas, quiso correr hacia el caído. Inés se acercó a doña Ana y sólo reveló su angustia en el temblor de la. mano con que estrechaba la mano fría de la anciana, que traspasada de dolor, sin dar un paso, sin un gesto, dejó correr sus lágrimas, volvió la mirada hacia la Hostia y con los labios blancos murmuró:

—Señor... Tú, Tú, que en una calle resucitaste al hijo de la viuda...

Roberto abrió los ojos y con un esfuerzo de voluntad suprema se irguió de nuevo. Tambaleándose, cogido del brazo de Alejandro, tomó la borla del estandarte y dijo con acento quebrantado:

—No ha sido nada, ¡adelante!... quebrantado.

El doctor Agüeros movió la cabeza, frunció los labios, prodigó su sonrisa de suficiencia y de misterio, y en latín afrancesado dijo algunas palabras al oído de Alejandro.

—No, dijo Roberto... sigamos; estamos dando función... ¡adelante!

Y él mismo empezó a ordenar el desfile, a reorganizar la marcha de los carros. Al pasar por frente, quiso decir con la mirada y la sonrisa:

—¡Ya estoy bien, madrecita!

Frente a la iglesia de San Francisco, contra la torre, destacándose sobre los manchones de la piedra, se alza un alto trono de grana con fondo de armiño; bajo el dosel chispea la luz en los prismas de las arañas, en los briseros de los candelabros. El viento infla el pabellón, sacude las telas y las cuerdas con estremecimiento y frote de jarcias y de velamen.

Llega el palio, la procesión se detiene, enmudecen las fanfarrias; el doctor Miranda se acerca al prelado, sube luégo la escalerilla de terciopelo, y sobre una columna, en el fondo del tabernáculo, deposita la |Custodia. Todas las rodillas se doblan, todas las frentes se inclinan, asciende el humo de los incensarios, y en el silencio de una ciudad postrada en tierra, se alza la voz del prelado y se dilata luégo con infinita dulzura un himno de voces infantiles que se remonta y va a perderse en el azul de la bóveda esplendente.

En el mar de espaldas encorvadas sobresalen el palio, la cabeza retorcida del violón, los papeles de la música y los penachos de los generales.

El inmenso concurso continuó recorriendo las calles y regresó a la plaza de Bolívar. Sube el prelado las gradas del atrio, y, dando la espalda a la iglesia, mira al occidente. La comitiva de canónigos, de sacerdotes, de caballeros, se agrupa en torno suyo; llegan los carros, se alínea el ejército, se confunden las músicas, la inmensa multitud negrea en la plaza. El sol ya declina; con sus resplandores postreros acaricia la frente del bronce del Libertador, relampaguea en los bosques de bayonetas, ilumina el grupo vistoso de los carros aglomerados en el centro; y sobre un mar de cabezas enciende, como una aureola de gloria, el polvo de oro de la tarde.

El prelado da un paso, presenta la Custodia. Un redoble de tambores se extiende por las filas; se levanta el grito de las cornetas, que llena los ámbitos; el ejército rinde las armas. La multitud se postra. Impera un silencio de expectativa y de sobrecogimiento, sólo interrumpido por el aleteo de un gallardete en lo alto de la torre. El sol sigue bajando, lanza un último rayo que viene a besar el pie de la Custodia.

La Hostia, entre resplandores, se va levantando, traza una cruz en el aire... lentamente.

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