CAPITULO XVI
INSOMNIO
Dolores, al soltarse del brazo de Roberto, cruzó el tocador,
atravesó dos salones, llegó a su cuarto, cerró la puerta para
aislarse en su despecho, en su tristeza; se sentó fatigada, con los
ojos fijos, sin mirar, sin pensamiento, los brazos caídos a lo
largo del cuerpo. Toda la vida, toda la sangre estaba en el pecho,
en el corazón desordenado.
Al través de las paredes y de las cortinas llegaban hasta ella
las voces de las flautas, los gemidos de los violines, la nota
solemne del contrabajo, que se confundían con los aletazos de la
brisa y con los silbidos del viento en las rendijas. ¡Qué distinta
había sonado esa música en la atmósfera clara de la mañana, en
horas de esperanza, anunciando un día de regocijo!... Ahora ya era
una melodía fatigada, que los músicos arrancaban sin entusiasmo de
las cuerdas gastadas; melodía que se arrastraba con acentos de
hastío, con dejos de extenuación, por los salones donde los últimos
convidados giraban entre flores muertas y encajes marchitos. Por
fin callaron esas notas que le herían la cabeza, que le golpeaban
los nervios como los martinetes golpean las cuerdas del piano. Se
fueron ahogando en los salones los murmullos de voces y pisadas. En
la calle se oyó el golpeteo de las portezuelas, el rodar de los
coches y las herraduras de los caballos que sordamente se fueron
perdiendo en la distancia. Después algunas pisadas solitarias,
voces de criados, puertas que se cerraban una tras otra; luégo un
silencio general acentuado por esos rumores, la tristeza de la
noche que todo lo invadía; y entre esa mudez, en medio de aquel
frío, surgió ante los ojos de Dolores, como a consolarla en esa
soledad, la imagen de su madre.
Y con ese pensamiento, el falso valor de que estaba alardeando,
la indiferencia fingida que la sostenían, se deshicieron. Sobrevino
la crisis, la explosión de llanto, y tendió los brazos en el vacío
buscando a su madre. Con cuánta confianza, oculta la cabeza en el
regazo materno, hubiera desahogado su pena. ¡Qué falta le hacían
esos besos apasionados, esas palabras de ternura, esas caricias!
Nunca como en ese instante había comprendido su orfandad, jamás se
había sentido tan sola... ¡Qué horror, qué repugnancia
experimentaba en ese momento por doña Aura, que había usurpado esa
mañana el puesto de su madre!... Y en su cerebro calenturiento veía
dos caras aborrecibles: doña Aura e Inés. Inés que se atravesaba en
su camino, le arrebataba su dicha. ¡Ah, pero ella la humillaría, le
pagaría con creces baldón por baldón, vergüenza por vergüenza!
Se paseaba agitada por el cuarto, se retorcía las manos, se
despertaban instintos oscuros, indefinidos, ocultos, en los
pliegues recónditos del alma y que brotaban en ese instante de
dolor, causándolo sentimientos confusos de rabia, de despecho, de
tristeza.
Y como para alejar de sí esas imágenes odiosas se llevó las
manos a los ojos y desfilaron las escenas de aquel día: la partida
a la iglesia, el altar, los cirios, las fajas de sol entre las
nubes de incienso, el rodar de un coche en la plaza, un
presentimiento que la hace estremecerse; un ruido de seda... ¡Inés!
y a su lado Roberto... Después la casa, los salones, el remolino
del valse... el tocador... otra vez Inés que llega entre un
murmullo de homenaje. El beso... esos labios fríos, suaves como
pétalos de rosa que aún siente en la mejilla... Alcón, su calva, su
sonrisa falsa, su aspecto de ave de rapiña... Y, con mayor
intensidad, causándole una opresión, una punzada de dolor en el
pecho, la canción de
|Carmen; Roberto trasfigurado, con los
ojos aclarados por la pasión intensa, los labios que tiemblan, que
van a balbucir aquella frase: ¡Dolores!... De pronto el frío, el
cambio, la mirada que se apaga, la desilusión que se refleja en las
pupilas. Dios mío, ¿por qué? ¿Qué tengo yo que lo aleje de ese
modo?
Un relámpago inundó el aposento, y haciendo eco a su dolor,
corrió por la cordillera el retumbo de un trueno.
En esa hora de desengaño, de primer dolor intenso, cuando se
secaron las lágrimas en sus párpados ardientes, sin querer mirar
hacia el futuro, pensó en el pasado, recordó su niñez a que se
mezclaba siempre el recuerdo de su madre... la hacienda de la
|Danta, la existencia en la naturaleza salvaje, el gemido del
trapiche... Su eterno anhelo por llegar a la capital y en un día de
esperanza la partida, el viaje... la subida a los riscos de
|El
Consuelo... la mariposa azul... El desconocido que se acerca,
el diálogo en esa mañana que los envolvía con los vapores tibios de
la hondonada ante esa inmensidad llena de luz, como un horizonte
nuevo de dichas infinitas... El rosal, la lluvia de pétalos
blancos, que los cubre como una lluvia de azahares, su velo de
novia.
Una tiniebla espesa invadía la alcoba de Dolores, que se levantó
y fue a apoyar la frente en los cristales, hundió la mirada en la
calle desierta, oscura, en el cielo sin estrellas... Empezaron a
caer gruesos goterones que golpeaban en las vidrieras y resbalaban
como lágrimas. De pronto, un relámpago, deslumbrándola, iluminó la
línea de fachadas con una reverberación cárdena, y todo volvió a
hundirse en la sombra... Otro relámpago, y con los ojos dilatados
de espanto vio de nuevo destacarse sobre el cielo encendido, los
perfiles de las casas, la torre de una iglesia, mientras el trueno
hacía retemblar los cristales.
Se fue alejando la tempestad, rodaban por la serranía los
lejanos rumores del trueno, hasta que enmudeció la noche.
Sintió entonces un cansancio, un dolor agudo en los ojos, en la
frente, como si fuera a estallar la cabeza. Se sintió ahogar, la
invadió un anhelo vehemente de deshacerse, de borrarse, de morir, y
volvió a dejar correr de nuevo el llanto que caía por las mejillas,
por la curva de la barba.
La fatiga, la pesadumbre, la rindieron al fin; quedó dormida. El
frío de la madrugada la despertó; se incorporó en la oscuridad;
llena de miedo, sin recordar en dónde estaba, tiritando de frío con
la conciencia de un pesar confuso y vago. A tientas, y tocando
objetos que al caer la horrorizaban, logró llegar a la ventana.
Había escampado, reinaba en la ciudad un silencio sepulcral,
interrumpido por la queja igual de la gotera. En una gradación de
sombras se presentó la fila de fachadas, alumbrada a trechos por la
claridad polar de los focos eléctricos. En el fondo, sobre una
atmósfera de silencio, en que se adivinaba el letargo de millares
de seres, se alzaban pesadamente las moles de Guadalupe y
Monserrate; más allá, por la abertura de los dos montes, las fajas
de la aurora. Un gato andaba furtivamente por un tejado, llegó al
filo, se orientó, destacando sobre el cielo ya limpio su silueta.
Dolores buscó el abrigo de la cama y quedó de nuevo dormida...
La voz solemne de la campana mayor de la Catedral la despertó;
abrió los ojos entre ondas de luz que jugaban en las cortinas y en
el papel de ramazones azules. Quiso sonreír como de costumbre ante
ese resplandor de alegría; pero de pronto la asaltó un recuerdo
vago, sintió la punzada de la pesadumbre; la sonrisa se le murió en
los labios.
¡Ah sí!...
Se incorporó. Su pensamiento, como iluminado por aquella luz
fresca, y serenado por el descanso, trajo ante sí, en orden, una
por una, las impresiones de la víspera.
Continuaban los repiques llenos de estruendos, de promesas, de
alborozos; vio en la casa del frente, bañados por el sol, los
festones que se bamboleaban a la brisa.
¡El Corpus... la fiesta!
La luz, los clamores de la torre vecina, el bullicio que subía
de la calle, le hablaban de alegría, de nueva vida; le infundieron
valor, despertaron en ella las energías de la herencia, el instinto
batallador, el deseo de la lucha y del triunfo.