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CAPITULO XIV
LA LAMPARA DEL SANTUARIO

Salieron. Los gajos de los duraznos sobre las tapias extienden sombras en la plazuela solitaria. El campanario resplandece con la luz de la tarde:

—Ya ves cómo te he hecho realizar un viaje a la Cartuja o al Desierto de La Candelaria, sin montar en mula ni en ferrocarril.

—Sí... Es decir... qué me preguntabas dijo Alejandro con una mirada distante.

Al frente, tras los barrancos del río, se alzaba una línea de tejados, y más allá, entre las brumas azules, la curva de la serranía.

Roberto, con un guiño le indicó al doctor Miranda que Alejandro se hallaba en un estado de preocupación: el doctor, cerrando los ojos, contestó con una sonrisa.

—¿Qué te parece este rincón, Alejandro?

—¿Este rincón? replicó con un deseo visible de contradecir. ¿Este rincón? ¿Pretenders que es poético? Un arrabal, un campanario derruído, un huerto solitario, y nada más... No ha podido el Bogotá moderno desterrar de aquí la Colonia... ¡Qué!... ¿Pretendes que salgamos de aquí muy contritos?

Pasó la sombra de un cuervo por el suelo. La brisa hizo estremecer en un ventanillo de la fachada una palma de ramos, marchita, enlazada a los barrotes de hierro.

—Ya veo que estás —dijo Roberto— en una de tus horas negras.

Alejandro frunció el ceño, movió los labios para contestar, y guardó silencio.

—Efectivamente, todos tenemos o tuvimos esas horas, dijo el doctor con tono natural, temiendo la declamación; pero, querido Roberto, no son horas negras, sino horas blancas.

Llegaron lentamente al extremo de la plazuela. Del fondo surgieron el ruido del río entre los pedrejones, el choque de las ropas, el balido de una cabra que escalaba el barranco, los cantos de las lavanderas.

—¿Por qué horas blancas? observó Alejandro alzando los hombros; para mí son negras... si ustedes se empeñan, grises.

—Son los momentos en que todos miramos para adentro y nos recogemos en el fondo de la conciencia.

Alejandro permanecía silencioso. El doctor Miranda continuó

—Esa lucha interior, esas horas de dolor, de sombra... todo eso es la gracia, Alejandro.
Luégo, sacando el reloj de prisa y mirándolo en la palma de la mano:

—Tengo que hacer, exclamó, y se alejó a grandes pasos.

Al bajar rápidamente se inflaban los pliegues del manto del sacerdote, y su estatura elevada y esbelta se destacó entre los paredones de la callejuela y desapareció luégo en un recodo de la pendiente.

Ambos amigos quedaron silenciosos. Alejandro aún más taciturno y cabizbajo; Roberto temía provocar una nueva contradicción: conocía aquel carácter y sabía que en esas horas era mejor dejarlo entregado a sus ideas. Bajaron. Tenían la costumbre de observar, sabían ver, buscar detalles, para recoger en las cosas más insignificantes una línea artística, un gesto, una mancha de color, que después destacaban con vigoroso relieve en el lienzo o en la página. Desde el tajo veían interiores de casas, que caían sobre el río, y se mostraban con cierto aire de familiaridad, de abandono, de confianza: series de pisos, vidrieras reverberantes, escalerillas tortuosas, balcones asomados al abismo con matas, jaulas, macetas de flores... Siguieron bajando; llegaron a otra plazoleta, desde la cual divisaron, hacia el poniente, la línea de tejados disparejos en que el rojo tiene matices tan diversos: las agujas de las torres, la curva de una cúpula, chimeneas, copos de humo, y más allá la sabana, verdosa, como un lago muerto.

Querían hablarse, cruzar alguna palabra, pero no encontraban la frase: todo les parecía fútil, indigno de romper el silencio, de alterar las emociones anteriores, tan profundas y sencillas. Roberto sentía que ambos llevaban en el alma esas impresiones ideales, la paz del huerto, la palabra del sacerdote, el recogimiento del claustro, un aroma de santidad, "la aparición blanca", las azucenas... y le parecía que al dejar caer una palabra lo borraría todo como al tirar una piedra en un lago desaparecen las imágenes reflejadas en el fondo tranquilo: una estatua de mármol, una fachada de templo, el azul purísimo, la paz del cielo infinito.

Observan en el centro de la plazoleta una fuente con tres chorros de plata. Contra el brocal de piedra, una muchachona en actitud de cariátide, la trenza enroscada en la cabeza, el cántaro al hombro, sostenido en elegante curva por un brazo desnudo, mientras el otro cae y se balancea sobre el faldón empapado que dibuja el cuerpo con relieves esculturales.

No lejos un grupo de campesinos que, aparejando un buey, miran con afán la caída de la tarde y preparan de prisa el regreso a sus montañas.

Los dos amigos, como si regresaran de un largo viaje, antes de meterse en una callejuela, antes de volver al tumulto de la ciudad, con la tristeza de las despedidas, se volvieron a contemplar la altura, el cerro con sus casitas en anfiteatro, y entre la masa de árboles, el campanario.

Siguieron en silencio por callejuelas; entre escenas y ruidos de arrabal: chicuelos que echan a volar una cometa: una clueca con su pollada: en el fondo del barranco, el rumor de un hilo de agua que rodea una habitación entre cañabravas. Más adelante charlan los obreros a la puerta de los talleres. Una hilera de muchachos escala la pendiente con cántaros de agua.

Después de un largo rato de silencio, prorrumpió Alejandro:

—Bellegarde sostiene que la Magdalena de que hemos hablado es del español Carreño; yo creo que es un original o copia de Guido Reni. Quiero volver a estudiar el cuadro, a observarlo con mayor detenimiento... ¿Quieres acompañarme?

Roberto se excusó. Alejandro se dirigió hacia el templo; un deseo vago lo conducía a algún lugar donde pudiera prolongar en la soledad, en el recogimiento, sus impresiones.

Siguió de prisa temiendo que le faltara la luz. Poco después se hallaba en la iglesia, frente al cuadro de la Magdalena. Era una hora excelente para verlo, porque un rayo de una ventana lateral bañaba el lienzo.

La santa está reclinada en un peñasco y tiene un fondo de paisaje, un cielo de tarde, una franja amarillenta en el horizonte. La cabeza está echada hacia atrás, los ojos vueltos a la altura, y parece ella conversar con los ángeles, que flotan, descienden con una corona. Una tela roja, de anchos pliegues, cae de la cintura al suelo, de entre ese manto surge el busto, delicado como una azucena.

Un rayo de sol cruza la nave central, y va a caer sobre la tela roja, como para realzar la intención del artista, para animar la tonalidad general, y abrillantar el manto que resalta entre las rocas.

Alejandro abandonó la línea y el color para entrever la mente del artista, creyó adivinar el pensamiento íntimo, el tema de la composición, el poema del manto, de la cabellera y de las manos; ese manto que entre el paisaje agreste es como un jirón de las antiguas pompas que abandonó la cortesana penitente, esas manos que llevaron los aromas al Sepulcro, y esa cabellera abundantísima cuyos gajos de seda enjugaron en el festín los pies del Salvador, ungidos con el nardo de la copa de alabastro. La mano derecha aparta hacia atrás una crencha de cabellos, en actitud que recuerda, como a pesar suyo, a la antigua pecadora.

En el movimiento de ambas manos, en el manto y la cabellera, están simbolizados el pasado y el presente... El tiempo, el mejor de los coloristas, ha fundido los tonos, dorado las blancuras, esfumado los contornos.

—No cabe duda, dijo Alejandro, dando un paso atrás; original o copia, es de Guido; no sé cómo puede negarlo Bellegarde; ese primor en los pliegues del manto, esa cabellera tratada con tal importancia, esas medias tintas con tonos azulinos, denuncian, a no dudarlo, el pincel del maestro.

El rayo del crepúsculo, que penetraba al sesgo por las claraboyas, iba subiendo, tembló en la altura, irisó el cristal de una araña, y luégo se apagó. Alejandro tuvo que acercarse más; los colores del lienzo se marchitaron, se esfumaron los perfiles...

De las claraboyas desciende un resplandor, que va muriendo; las sombras inundan la iglesia solitaria...

Se han borrado y muerto las llamaradas de los prismas, el chisporroteo de los retablos, la alegría de las flores.

De la cúpula cae un resplandor lívido que diseña apenas el borde del arco toral. Sigue la sombra sumergiendo el recinto, ahogando luces y colores, y sólo queda una penumbra en el centro de la cúpula, y allá en el fondo de ella, en una lontananza repleta de negrura, dos claraboyas que parecen asomarse como dos ojos verdosos. Las tinieblas, más y más densas, invaden los arcos de los confesonarios, los rincones de los altares, las combas de la arquería. Sólo fulgura allá en el fondo, en una capilla lateral, un resplandor amarillento, un foco de luz mortecina que tiembla y desborda blandamente, se desliza por el muro, sube a la bóveda, hace más verdoso el último rayo de la cúpula, cruza diagonalmente la techumbre, cae reflejándose en el espaldar de los escaños, y muriendo por grados, extinguiéndose, en los rincones, llega a apagarse en las  profundidades del coro.

Alejandro avanzó unos pasos hacia el fondo de la iglesia. A la derecha, en una nave, sobre un candelabro de madera, la vela que había dejado allí como una oración algún desgraciado, agonizaba ante un crucifijo. A veces la mecha humeaba un resplandor que hacía danzar las sombras en la pilastra; a veces la llama se consumía, parecía muerta, y en los vaivenes de la energía y el desaliento, volvía a surgir con nuevo esfuerzo de vida. Esa agonía de la luz alumbrando la agonía del crucifijo, llenó a Alejandro de tristeza indefinible. ¿Por qué? No sabía explicárselo... ¿Acaso esa su antigua fe, su piedad de niño, que todavía luchaba en la sombra, que iba acaso a apagarse para siempre?... Se apagó la llama. Quedó la nave en tinieblas. Sólo allá adelante, en la capilla lateral, un resplandor tenue. Avanzó. La lamparilla, suspendida de tres cadenas de plata, se balancea y gira con ondulación apenas perceptible, proyecta y pasea lentamente sobre el muro blanquecino la sombra de una cadena, una sombra que partiendo del altar se va deslizando, pasa sobre una imagen de piedra en su nicho, flota sobre una pilastra, llega al borde del arco, se pierde en las tinieblas; luégo, tras un espacio, asoma de nuevo a la orilla del arco, regresa hacia la imagen de piedra, vuelve hacia el altar, deslizándose con paso de espectro.

Invadió a Alejandro un vago pavor, el sobrecogimiento de lo sobrenatural: la sombra que se paseaba por los muros iba a animarse, a alzarse delante de él, a dirigirle palabras misteriosas, acentos de amenaza. De los rincones tenebrosos surgieron rumores que rodaban por las bóvedas en lúgubres retumbos. Recordó ese rayo fugitivo que se había presentado en la mañana en la cota de acero, que volvía en la tarde con tenacidad misteriosa a iluminar el lienzo de la pecadora arrepentida. Quiso huír de aquel lugar, arrancarse a esas pueriles imaginaciones; pero de pronto se le presentó con viveza extraordinaria la aparición del huerto con sus mejillas demacradas, con sus ojos azules de una fascinación indecible, y quedó clavado en el sitio, sintió confusión, vergüenza: ese recuerdo tan puro, tan santo, no podía reposar en una conciencia manchada. Todos los recuerdos de la mañana desfilaron de nuevo, precisos y dolorosos en su fantasía febricitante. Lo subyugó una pesadumbre inexplicable, una sombra espesa lo envolvía, toda esperanza de felicidad estaba muerta.

Surgieron de lejos voces sordas, un largo ritmo lleno de dulzura y de misterio. Venían de un lugar invisible, se dilataban de arquería en arquería y, como la luz, morían lánguidamente en los rincones del santuario.

De una capilla remota llegó la voz del celebrante: |"Salve, Regina Mater", y resonó en el templo un murmullo de catacumba. Luégo el perfume del incienso y con él el recuerdo de algo muy lejano, el aroma de la niñez, toda una época de candor, de piedad inconsciente. Resonó un canto, un coro de voces infantiles, una música sencilla y tierna, un argumento conocido que él entonó de niño, la melodía de la inocencia, de la sumisión y de la pureza.

Venía la música envuelta en ondas de incienso, en tenue aroma de flores, y entonces, gracias al misterioso poder del ritmo, como si de pronto se hubieran borrado sus años de borrasca y de pasiones, se presentó un cuadro de otro tiempo, de otros años mejores: el oratorio de la hacienda, el mes de María celebrado noche por noche en familia... toda una generación muerta, de la cual sólo él flotaba como un trozo de naufragio.

Ante los ojos de Alejandro, en el muro, cruzó de nuevo la sombra de la lamparilla que pasó por el arco y desapareció lentamente...

Entretanto, en la capilla el canto continuaba más dulce, más conmovedor, se repetía la frase musical, la frase amiga, y Alejandro se dejaba arrastrar por él, su alma se mecía en vaivenes de esperanza y de enternecimiento. Se presentó otro cuadro, palpitó su corazón con el ritmo igual y libre de los primeros años, el altar, los cirios, las coronillas de azahares, el mantel blanquísimo, el copón que tiembla en las manos del sacerdote, y luégo el éxtasis, las promesas de la primera comunión, la entrega de su vida, el ofrecimiento de una existencia de abnegación y de pureza...

En el muro, como un fantasma, pasó en silencio la sombra, que cruzó y se perdió en las tinieblas.

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