CAPITULO XIII
HORTICULTURA
Prometiste a las hermanas ir hoy a visitarlas.
Vamos, pues, si te empeñas.
Roberto estaba acostumbrado a ver atravesar a su amigo crisis de
tétrico
|spleen, de mal humor, de flato, que llamaba
Alejandro sus horas negras; pero esos arrebatos súbitos, que
revelaban penas muy hondas sepultadas en las reconditeces del alma,
lo llenaban de dolorosa sorpresa. Sabiendo que en el secreto de sus
dolores había de ser impenetrable, permaneció a distancia, callado;
después de un largo silencio Roberto, queriendo arrancar a su amigo
de amarguras y pesares cuya causa era para él desconocida, le había
propuesto hacer una excursión, agitarse, salir, visitar el
establecimiento recién instalado.
Después de cruzar por callejuelas estrechas, de subir por
vericuetos y promontorios, de orillar el río, de cruzar camellones
y plazuelas, se les presentó el campanario blanco, tras una masa de
árboles.
¿Lo ves?... Ya llegamos. ¿Te fatigaste con la pendiente?
Estás engordando mucho.
Yo no, tú estás fatigoso; observó Alejandro ver a Roberto
pálido y anhelante.
Llegaron a un precipicio en cuyo fondo se azota el río, y
torcieron por un desfiladero; de pronto se hallaron en un sitio
como de otra comarca y otro siglo; la plazuela solitaria, el
campanario resplandeciente, las tapias blanqueadas, sobre las
cuales se asoman y se bambolean los ramajes del huerto.
¡Cómo disuena esa corrección tuya, dijo Roberto,
teniéndose y cerrándole el pasó a Alejandro. ¡Cómo chillan aquí ese
|chic del
|West-end, esos botines de Fuchs, esa medalla
griega en el pendiente, ese flux de Poole, ese sombrero de ocho
reflejos, en esta plazuela austera como un patio de la Cartuja...
¡Qué mal cuadran con este silencio, con esta soledad, con este
rincón que habla de olvido, de pobreza, de recogimiento y
penitencia!..
Alejandro no contestó de pronto la broma, absorto en la
tranquilidad que lo rodeaba.
Hombre, sí : esto me hace el efecto de un baño en el
alma.
Cruzaron la plazuela, tocaron tímidamente a una puerta, al pie
del campanario. En aquel instante apareció en la plaza la figura
del doctor Miranda, cuya larga capa negra se destacaba sobre las
paredes reverberantes de blancura.
¡Hola, Roberto! ¿Tú por aquí? dijo con cierta sorpresa. ¿Y
usted, Alejandro?... ¿Usted?
Dio en la puerta un toque familiar y se entreabrió una
ventanilla donde asomó y desapareció la cara de la hermana portera,
que pasó a correr el cerrojo. Entraron. Un zaguán oscuro, olor de
humedad, perfume místico de un ramo de flores que adorna la imagen
de la Virgen, ante la cual arde la luz lánguida de una lamparilla.
Al extremo del zaguán resplandecía un patio cuadrado, arquería
blanca, la mitad en luz, la mitad en sombra.
Se presentó la madre Paulina, una mujer de edad indefinida, pero
con frescura virginal y la eterna sonrisa bajo la corneta de lino.
Un saludo familiar al doctor Miranda, y luégo una mirada de
interrogación a los visitantes.
Madre, observó Alejandro, ¿no recuerda usted que fuimos
compañeros de travesía?
La expresión de la madre cambió:
¡Ah!... sí, sí; es
|monsieur Alejandro... lo
recuerdo; ¿quieren ustedes visitar nuestro establecimiento?... dijo
la madre con acento francés, apoyando en las sílabas finales. Ahora
no están trabajando las niñas... Van a tomar las once.
En el centro del patio, puestas de espaldas, en dos filas, las
chicuelas volvían hacia los visitantes sus cabecitas inquietas, y
cuchicheaban con un rumor de inocencia y de alegría.
Siento que no las vean ustedes trabajar en las ruecas. Van
ahora al refectorio; pero pronto vuelven.
Sonó la campana. Adelantaron las filas, cruzando el patio.
Observó Alejandro cómo pasando de la sombra al sol, las cabecitas
negras tenían reflejos azules, y las rubias se abrillantaban con
reflejos de aureola.
Reinó el silencio. Los visitantes, precedidos por la madre,
entraron a la imprenta, un salón largo y oscuro, cubierto el techo
con recortes de papeles de diversos colores; ante las cajas y las
máquinas, vieron algunas chicuelas robustas y limpias, cubiertas
con grandes delantales de tela cruda. La madre hizo ejecutar
algunos trabajos, explicó que la instalación de la imprenta se
debía a los esfuerzos de González Mogollón, que cada día iba a
visitarlas, a reanimarlas en su entusiasmo. Sonó de nuevo la
campana; salieron las niñas, llenando el patio y los claustros de
risas frescas, de cuchicheos; resplandecieron al sol los colores de
los trajes, la seda de los cabellos, el carmín de las mejillas; y
tras un remolino como de abejas que acuden a la colmena, corrieron
a sus puestos bajo la arquería, y empezó el tric-trac de los
telares, el zumbido de las ruecas. Cruza el patio, bajo el sol, un
grupo que hace rodar enormes líos de cobijas, con botes blandos
sobre los ladrillos. La hilera de ruecas, impulsadas con
movimientos rítmicos del pie, giran todas a una, y los vellones se
van diluyendo, se van alargando en hilos que retuercen aquellos
dedos ágiles, entre rumores acompasados; una confusión de
blancuras, la claridad de la arquería, la nota suave de los
vellones, los paños inmaculados del telar, los tambores del
bordado, y la nieve de las tocas, que cruzan, flotan, aletean sobre
ese movimiento de trabajo, de juventud y de alegría.
Míra Fausto, cuchicheó Roberto, mientras la madre se
apartó un instante a examinar la pintura de una tela, míra estas
ruecas, estas margaritas... ¿Recuerdas?... El sueño de Fausto dado
por Irving en el
|Lyceum!
Alejandro frunció levemente el ceño, apartó la idea profana.
No, hombre, déja. Míra más bien aquel detalle: esa rueca,
esa nuca, ese brazo extendido. Algún modelo así inspiró a Velázquez
la nuca admirable, el brazo magnífico de las
|Hilanderas. Y
con un tono entre cariñoso y severo, agregó:
Tú sabes que en el polo todo tiene el color de la nieve,
hasta los lobos y los osos. En Muzo todo es verde, desde las
esmeraldas hasta las mariposas... Aquí el pensamiento debe teñirse
del color que predomina y nos rodea: la blancura.
¿Vamos a ver el huerto? dijo la madre, regresando hacia
ellos con aire solícito.
Subieron la escalera de piedra, a cuyo pie bordaban unas niñas;
pasaron frente al dormitorio, penetraron en la sala de costura.
Sobre las mesas chirriaban las tijeras, mordiendo las telas, que se
desgarraban estrepitosamente; de espaldas a una ventana trabajaban
algunas muchachas, y tras ellas, en una expansión de luz, se
divisaba el huerto, y más allá la lontananza verde de la sabana.
Cruzaron de nuevo los corredores, pasaron por la ropería, olorosa a
alhucema, y luégo bajaron una escalerilla obscura cuyos peldaños
crujían.
|Prenez garde : il y a dix marches...
La madre regresó y los visitantes salieron al huerto.
Una sensación de frescura y de paz, aromas de azucenas y
albahaca, arrullos de una fuente invisible que se desliza entre las
matas, el rumor del viento que hace cabecear las copas de los
árboles, gorjeos de bandadas de chisgas, los envolvían, los
penetraban, les llegaban al alma como un lenguaje de misterio y de
ternura, como un acento religioso de otros siglos.
El sol, abrillantando las hojas de los naranjos, bañando el
pabellón de un curubo y lamiendo las hojas de las higueras, llega
al suelo y juega en redes de luz y de sombra, haciendo resaltar las
siluetas blancas sobre el fondo verdinegro de los follajes. Dos
hermanas en silencio van y vienen, y mientras una de ellas coge
flores, la otra deja caer el chorro curvo de la regadera, que en
lluvia irisada redobla suavemente sobre las hojas y sobre la tierra
que negrea.
Al oír el crujido de hojas en el sendero, las dos hermanas
volvieron la cabeza. La hermana Visitación, roja como una amapola
por la faena y el calor, puso a un lado la regadera, sacudió el
delantal negro y se enjugó una mano. La hermana San Ligorio,
recogiendo de un banco de piedra varios manojos de flores, avanzó
unos pasos hacia los visitantes; luégo en mitad de la callejuela y
bañada por una luz tamizada, quedó inmóvil.
Los dos amigos, al verla, se descubrieron; Alejandro retrocedió,
inclinó la cabeza en un movimiento de reverencia, de respeto
profundo; dijérase que, aunque permanecía en pie, se había
prosternado y en espíritu tocaba el polvo con la frente. Roberto
cómo en
|El Consuelo, observaba a la hermana con admiración
prófunda.
El mismo selló imborrable de nobleza; la misma tristeza solemne.
Entré las ojeras, las pupilas fascinantes revelaban una vida
interior intensa, la devoción mística bañaba su rostro demacrado
con blancuras y trasparencias de alabastro.
Manojos de rosas blancas, gajos de lirios, macetas de azucenas,
desbordando el delantal, le cubrían el pecho, le tocaban el cuello,
le besaban las manos.
Mira, Alejandro, ese lujo de blancuras.
Alejandro, con un ceño imperceptible, manifestaba el
disgusto con que se escucha una nota estridente que interrumpe una
armonía, un estruendo que turba el silencio de la meditacion.
Roberto continuaba:
Es una aparición; el sueño hecho mármol de un artista
cristiano.
Alejandro se dominó; tomó un aire natural, desembarazado.
No es la primera vez, dijo a Roberto mientras avanzaban
por la callejuela, que la veo así cubierta de flores... Hace
tres... no; hace cinco años, en Niza, en la batalla de flores... su
coche era el mejor adornado; todo blanco, también todo de
lirios.
Los dos amigos se inclinaron, el doctor Miranda se adelantó; la
hermana hizo una reverencia:
¿Se admira usted de tántas flores? dijo la hermana, pues
es el mes de las flores, el mes de la Virgen.
Es un huerto cerrado con su fuente sellada, respondió el
sacerdote. Sacó la caja de rapé, tomó un polvo entre el índice y el
pulgar, alzó la mano como para arrojarle al viento.
Hermana, dijo Roberto recogiendo una azucena, usted nos
hace recordar aquel pasaje que trae su paisano Montalembert... ¿su
pariente, creo?... en que Santa Isabel aparece con la cantada de
rosas...
Hombre, interrumpió Alejandro, no desbarres delante de las
hermanas y de Sebastián. No fue Santa Isabel: fue... aquella
princesa mora convertida... a quien sorprendió su padre llevando
panes a los cristianos: al abrir el delantal cayó al suelo una
lluvia de rosas.
¡Nada! Fue Santa Isabel, repuso Roberto entre serio e
irónico; ¡tú que sabes de esto!... Tú viste el cuadro y te
supusiste el cuento.. Decíde tú la cuestión, Sebastián. ¡Que hable
Pedro!
Las hermanas pusieron una cara de beatitud, esperando la
respuesta inapelable del doctor Miranda.
¿Quieren ustedes saber la verdad? ¿Quieren que dirima la
contienda? Qué sabroso sería en otras ocasiones fallar sin
disgustar a ninguna de las partes. A Santa Isabel los panes se le
convirtieron en rosas y mientras sorbía el rapé por ambas
ventanas de la nariz y se restregaba los dedos, contemplaba la
satisfacción de Roberto.
Te gané la cuestión, Alejandro.
Y también a la princesa mora, según una piadosa tradición
de Andalucía, agregó el doctor Miranda observando la complacencia
de Alejandro.
Estas flores vendidas nos producen a veces con qué
sostener a nuestros pobres niños, observó la hermana San Ligorio,
con su voz melodiosa; aquí nos sucede lo contrario del milagro: las
rosas se convierten en pan. Y haciendo una cortesía, cruzó el
sendero, llegó a la puerta... y se desvaneció la aparición
blanca.
La hermana Visitación los invitó a recorrer el huerto para ver
las pequeñas maravillas que había logrado. Orillaron algunos
cuadros en que se esponjaban las lechugas: llegaron a un terreno de
surcos negros, erizados de palitos con rótulos de cartón blanco, y
el doctor, atraído por el latín, se encorvaba a descifrar las
líneas:
|"Sepium"... "Trifolium
frangiferum"... "Spercula arvencis"...
"Panem germanicum"...
Cuando el doctor Miranda leyó en alta voz esta última frase,
¡Ah! exclamó la hermana Visitación, esa es mi gran
conquista, es la
|Moha de Hungría... pobrecita... su grano
germina fácilmente, entonces, lo mismo que la sequeresa, suspende
la vegetación de las otras especies.
Alejandro, que permanecía mudo y taciturno, quiso dar una
muestra de atención a la hermana pasando la mano por la espiga de
la Moha.
No,
|monsieur Alexandro, exclamó la hermana
enarcando con terror las cejas y juntando las manos regordetas en
actitud de súplica, no la toque porque se daña toda.
Siguieron recorriendo el huerto en un rincón, con su escarcha de
rosas, se alzaba un kiosco de donde salió una carcajada estridente;
Roberto, adelantándose, vio una hermana sentada en un banco de
piedra...
Era una figura espectral; una momia blanca; parecía tallada en
un bloque de hielo; de los ojos, en donde se había refugiado la
vida, brotaban centelleos que revelaban sobresalto, asombro,
espanto, como si Roberto blandiera un, puñal...
Es la hermana San Bernardo, murmuró, el doctor Miranda en
voz baja, jamás rompe el silencio sino con esas carcajadas, sin un
gesto, sin una contraccion. Vivió en Agua de Dios, entre los
leprosos, diez años la trajeron ya... asi... loca.
Continuaron en silencio profundamente conmovidos con el
inesperado fantasma; a la sombra del murallón observaron un surco
de tierra cernida en que se veía apenas la huella de un pie
aristocrático, y alli, en una explosion primaveral, se agitaba a la
brisa una tendada de lirios.
El doctor Miranda sé encorvó de nuevo para leer los rótulos.
|"Lirium peneracium"...
"Amarillis formosina"...
La hermana Visitación estiró el labio inferior y un supremo
desdén se dibujó en su fisonomía candorosa.
Ta, ta, ta... Estos no son más que caprichos de la hermana
San Ligorio... ¡Cuánto de pena perdida por nada!... Plantas
inútiles... ¿Le gustan, doctor? ¿Le llaman la atención?... Entonces
voy a explicarle: este es el "lirio de
Guernesey", originario del Japón, se ha totalmente
naturalizado en la isla de Guernesey, que allí se reproduce
abundantemente. No florece más que una sola vez, y esto mismo le
encanta a nuestra hermana, y da botones como éste, color de cereza,
llenos de venturina en oro... Este otro el "lirio
Santiago", cruz de Calatrava... Vea usted, señor
|Alexandro, este botón que empieza a abrir... ¡Qué penas ha
costado!... Se cultiva en tierra que no puede llevar estiércol; y
su flor, que es este terciopelo rubí regado de polvo de oro,
representa el lirio heráldico, los lises de Francia, no dura sino
cinco o seis días, y el hielo lo mata... ¡La hermana lo adora!...
Cuando van a abrirse, los lleva a su apartamento... Mire usted allá
arriba, toda llena de lirios aquella ventana cuadrada.
Y en alto murallón de piedra vieron los tiestos de lirios que se
asomaban entre los barrotes de hierro y balanceaban a las brisas de
la tarde sus cálices blancos y rojos.
¿Usted conoció a la hermana San Ligorio en Europa,
Alejandro, antes dé profesar preguntó el doctor Miranda.
Me parece, observó Roberto, haberte oído decir que la
encontraste en tus viajes a oriente.
Iban caminando en silencio, lentamente, envueltos por el olor de
la tierra húmeda; se oían los pasos sobre el cascajo de la
callejuela y sobre algunas hojas marchitas. Todos dirigían a
Alejandro miradas interrogadoras, y él, haciendo un esfuerzo, dijo
con el acento velado y melancólico con que había hablado a Roberto
en la mañana de ese día:
En Jerusalén, en el templo del Santo Sepulcro, bajo la
inmensa cúpula brillaban los mármoles de colores al resplandor de
los cirios y de las lámparas de plata: el santuario, que se destaca
como una joya en la mitad del templo, está dividido en dos
compartimentos: esperé en el primero a que llegara el momento de
entrar yo... Salió alguien encorvándose por la puerta baja y pude
penetrar en el recinto mismo del Santo Sepulcro. El aire era
pesado, flotaban jirones de incienso entre la luz misteriosa de las
lámparas; los muros de mármol amarillo resplandecían. Reinaba un
silencio solemne. Vi delante de mí un cuerpo postrado, una frente
que se apoyaba sobre el mármol sagrado, oí un sollozo..
Y se calló, no pudo continuar, dominado por una emoción
profunda.
Sonó una campanada y siguieron en silencio, envueltos por esa
atmósfera de la tarde, por ese ambiente de paz y de recogimiento en
que parecían confundirse el olor del incienso y de los lirios, los
aromas de la oración y los bálsamos del huerto. Surgió luégo un
canto de voces frescas, el coro de los niños que entonaban el himno
de la tarde.
Salve, Regina Mater...
Todos alzaron la vista hacia el murallón bañado con una claridad
dorada, y lleno de agujeros adonde entran chillando las
golondrinas. Cerca del suelo, en la humedad, las piedras se cubren
con un musgo que tiene el color rico y sombrío de la sangre
coagulada; más arriba, entre festones de hiedra, los bloques
ennegrecidos por el azote de la intemperie, parecen tiznados por el
humo de un incendio, y luégo se cubren con una felpa verdosa que
tiene la suavidad del terciopelo, la opulencia de una tela
magnífica y blanda; y allí, entre esos tonos armoniosos,
resplandecen los lirios blancos y rojos que sobre los matices
sombríos de la muralla simbolizan esas almas puras y ardientes, que
florecen en el olvido, y encendidas en castos amores se abren entre
la tristeza del recinto cerrado, alegran la soledad, sonríen entre
las rejas y embalsaman con su oración la penumbra del claustro.