CAPITULO XII
MONUMENTO PARA LOS VIVOS
Perucho, ¿ya se levantó Alejandro?, preguntó Roberto a un
muchacho de ojos negros como dos cuentas de azabache, mientras,
seguido de su perro, cruzaba el patio y se dirigía al interior de
la casa.
No, señor, todavía no; contestó el criado que lo condujo,
y abrió la puerta de las pesebreras. Un vaho caliente, con olor de
heno, los envolvió. Roberto, encandelillado con la luz del patio,
nada distinguió. Los alazanes del coche, con gravedad, en la
penumbra, despachaban la ración de la mañana. Al abrir el criado
una ventana, en forma de media luna, brillaron las grupas, y bajo
el pelo lustroso se destacó la recia musculatura. En otro
compartimento la Alondra, una yegua negra que Roberto preparaba
para las carreras del
|Sporting Club. La yegua, nerviosa, se
estremeció, templó la cadena, volvió la cabeza, en que lucía una
estrella blanca.
Roberto le pasó la mano por el cuello, le golpeó cariñosamente
el lomo; la
|Alondra pareció reconocerlo: el ojo vivaz, al
revolverse, dejó ver el blanco del globo inyectado de un tinte
rojizo.
Entretanto en su alcoba, colgada de cuadros, Alejandro acababa
de levantarse. Se había acostado tarde; toda la noche había estado
desempacando las esculturas que había traído de Europa,
instalándolas en el salón-museo, donde tenía su caballete, obras de
arte, objetos llenos de recuerdos. Entreabrió una hoja de la
ventana y una ola de luz cayó sobre la alfombra, destacó en el
fondo de la pieza la enorme cama antigua con macizas labores de
cobre incrustadas en las columnas de caoba. Alejandro atravesó el
aposento; pasó al salón de pintura, se tendió en un canapé.
En ese estado de letargo volvieron las imágenes de otros días, y
en su fantasía de artista, tan viva, tan poderosa, que le repetía
las escenas y las fisonomías con todos sus rasgos y colores, al
pasear la mirada sobre las esculturas, al detener los ojos en un
bajorrelieve de grandes dimensiones que tenía al frente, revivieron
con intensidad sus recuerdos, todas las escenas en que había visto
a Berta...
Una ventana inmensa arrojaba la luz sobre los grandes grupos de
esculturas, que tomaban tintes de carne con el reflejo de las
cortinas de damasco rojo.
Alejandro contempló largo rato, con amor, con melancolía,
|El
monumento a los muertos, que le recordaba el instante supremo
de su vida que había querido detener: aquel primer encuentro, esa
mañana de primavera en París, en el palacio de la Industria. Al
llegar allí, desprevenido, sin más propósito que una vuelta de
artista, no sospechaba que tocaba a un punto decisivo de su vida, y
a un sitio que jamás volvería a recordar sin emoción profunda.
...Y vio de nuevo el vaivén de los espectadores ante las
esculturas y los lienzos. Recordó con precisión, con nitidez de
imágenes, la serie de salones que al levantarse los cortinajes de
las puertas dejaban ver hileras de cuadros, inmensas escenas de
historia, manchas de sangre, notas de paisajes, trozos de azul,
retratos recién barnizados, brillantes entre el oro chillón,
demasiado nuevo de los marcos, y bañados por esa luz primaveral
que, tamizada por un inmenso velario, caía de la techumbre de
cristales. Por aquellas galerías que había visitado cien veces y
que encontraba casi desiertas, pues se acercaba el día de la
clausura, había discurrido fatigado... Dejó el salón de retratos
ante los cuales algunos paseantes, plantados en firme, con el mango
del bastón sobre los labios, se extasiaban, daban los nombres de
algunos modelos, reconocían a las cantantes de la Opera Cómica...
Emma Calvé, en el traje de
|Carmen. Bajó la grande escalera,
pasó a los salones de la estatuaria, y allí, una vez más, se sintió
atraído, seducido, lleno de asombro, ante la escultura de
Bartolomé:
|A los muertos; la fachada colosal de un sepulcro;
una puerta alta y estrecha que conduce al interior de la cripta; a
uno y otro lado dos grupos que en el umbral de la eternidad se
agitan, avanzan de rodillas, prosternados, de pie, según su agonía,
su resignación o su esperanza... Estuvo así, olvidado del tiempo,
contemplando aquella obra, cuando de pronto un perfume suave le
hizo volver la cabeza: oyó a su lado una voz de timbre musical que
penetraba hasta el fondo del alma; vio a dos mujeres de aspecto
distinguido que hacían comentarios. Una de ellas, la más joven,
dilatada la pupila por la admiración, tendía la mano hacia la parte
inferior del monumento, señalaba el nicho profundo, el interior de
la cripta, donde yace una pareja, unidas las manos en la paz de la
muerte, en tanto que un ángel lleno de dulzura y melancolía
desciende y se arrodilla al lado, abiertos los brazos como dos alas
protectoras, y vela el sueño eterno en la penumbra del
sepulcro.
¡Ah!... sí, exclamó la más joven, allí el artista ha
querido concretar su pensamiento: ese ángel es la explicación del
drama, el símbolo de la inmortalidad y la esperanza. Y en esas
palabras creyó descubrir Alejandro una emoción profunda.
Permanecieron largo rato contemplando en silencio el monumento y en
tanto él se extasiaba admirando aquella mujer y comprendió que un
sentimiento extraño, una pasión nueva, lo infinito del amor,
penetraba para siempre en su corazón. Un sello de grandeza, de
majestad, de estirpe, una palidez ideal, unos ojos azules en que
flotaba misteriosa ansiedad: la nostalgia incurable de los
desterrados. Tenía en la voz una música triste, algo que sacudía el
alma y que enternecía como el llanto.
Desfilaron luégo por la mente de Alejandro escenas y paisajes en
que volvió a verla: el paseo del Pincio... aquella recepción en la
embajada de Francia, el baile en el palacio Torlonia, donde al fin
pudo hablar con ella... Siempre la misma melancolía, un hastío
incurable, la pasión de lo inaccesible, ese sentimiento que los
hizo comprenderse... Aquella noche en el baile ella, aunque sólo
hablaron pocos momentos, le dejó comprender el tedio de un alma que
busca en vano el reposo, una felicidad infinita. Recordó cómo
entonces había él descendido hasta el fondo de su propia alma y
comprendido que también era un insaciable, un buscador de dichas,
un enfermo de indefinible nostalgia...
Luégo Jerusalén, el santo sepulcro, la entrada en el santuario,
y en la penumbra, entre los aromas, entre la niebla del incienso,
un sollozo. Ella... inclinada ante el sepulcro, los labios sobre la
piedra sacrosanta... Después... Tras un año, dos, tres, en que ella
había desaparecido, sin dejar huellas, el encuentro inesperado a
bordo del trasatlántico la
|Turena. Las Hermanas de la
Caridad: ¡Berta entre ellas!... Era ya la hermana San Ligorio. La
expresión de misteriosa angustia había desaparecido y en cambio las
pupilas azules reflejaban una serenidad inefable, una dulzura
triste... ¡Otra vez juntos!... Aquella mujer con quien lo reunía de
nuevo el destino, había de tener en su existencia una influencia
decisiva.
Un golpe en la puerta sacó a Alejandro de su ensueño. Entró el
criado.
El señor Bellegarde.
Que entre.
Alejandro se arregló de prisa: cruzó varias piezas, salió hasta
la galería.
¡Ah! amigo Bellegarde, excúseme usted, me levanté muy
tarde: toda la noche, arreglando unas esculturas que traje de
Francia y que por pereza no había abierto.
Atravesaron varios salones atestados de antigüedades, donde
flotaban mezclados el olor del cuero de Cordoba y el incisivo del
alcanfor adherido a los brocados viejos. De los estuches de
terciopelo marchito salían esencias vagas que evocaban recuerdos de
amores y refinamientos coloniales: en los muros se mezclaban los
andrajos de banderas de la Conquista, golillas esponjosas,
herreruelos, cascos abollados, guanteletes de hierro, cotas de
malla destruladas por los siglos.
Idolos de barro en cuclillas sonreían con risa estúpida en la
sombra de los rincones. Los escuálidos santos, pintados por
Vásquez, se veían más pálidos entre los reflejos de oro de los
muebles y el granate de los cortinajes de damasco. Aquí y allá
saltaba un relámpago de las lanzas y alabardas.
El conde dejaba caer su mirada de experto sobre las flores
inmensas de la alfombra, por las paredes cubiertas de pinturas y
sederías, en los escritorios incrustados, en los sillones con
espaldares de casulla. Observaba la armonía entre el ébano y el
marfil, el carey y el oro, la plata y el terciopelo; el conjunto
exquisito de cosas raras, espléndidas y opacas que el tiempo
destructor ha pasado acariciando.
Se había formado una cordial amistad entre Alejandro y el conde,
como lo había previsto Roberto, por sus aficiones artísticas, por
la simpatía entre sus caracteres hidalgos y sus instintos
señoriales, por el concepto de la vida en que hacían privar las
preocupaciones estéticas sobre las preocupaciones mercantiles.
Recibí ayer la letra, el valor de sus acciones, gracias,
dijo Bellegarde, sentándose en un ancho sillón, como los que se ven
en los presbiterios, y apoyando las manos en los brazos rojos. Y
luégo, incrustándose el monóculo y sacando un telegrama que
presentó a Alejandro, dijo:
Las acciones de la canalización, como ve, han duplicado en
la bolsa de Bruselas... La empresa ha despertado entusiasmo...
Tengo que volverme al Magdalena pronto; nos llegan dos vapores para
el río y veinte dragas... Usted me acompañará, ¿no es así?... Y
después de una pausa: ayer compré a Montellano todas las tierras
cultivadas de la margen del río; se nos anticipó, pero no podíamos
dejar de adquirir esos terrenos que deben estar en poder de la
compañía para colonizarlos. Contraje también un compromiso que temo
que le disguste: colocar en la empresa a Socarraz.
Alejandro hizo un movimiento de impaciencia y de asombro.
Bellegarde continuó:
A mí no me disgusta en el fondo dar ocupación y dinero a
cuantos quieran trabajar. Tal vez así logremos apartar del mal
camino, alejar de la idea revolucionaria a muchos que buscan en la
revolución su prosperidad y su fortuna. Es preciso, aun haciendo
sacrificios y con los medios de que podemos disponer, luchar contra
la guerra, que es el único enemigo serio de la empresa.
Y después de una nueva pausa, continuó:
Fui a ver el cuadro de la Magdalena que dicen ser de
Guido; yo me inclino más bien a creer que es del pintor español
Carreño. Ese cuadro tiene grandes analogías con otra Magdalena de
ese que he visto en el museo de San Petersburgo.
Y luégo, levantándose y pasando a otro salón donde estaba el
estudio de Alejandro:
¿Cómo va el cuadro del presidente Borja?
En el centro del salón estaba el caballete en que se veía un
lienzo de grandes dimensiones, manchado apenas, y enfrente una
armadura de acero bruñido.
Ya conoce usted el tema, dijo Alejandro: el momento en que
el arzobispo Arias de Ugarte entrega al presidente Borja los datos
y proyectos mejora que en su visita pastoral ha recogido.
¡Magnífico! Ya me figuro qué partido sacar usted del
contraste entre las telas de las vestidura episcopales con los
reflejos del acero bruñido; la palidez ascética del prelado con los
rasgos voluntariosos y encendidos de la fisonomía de su antepasado,
el guerrero. Pero, ¿no sería mejor terminar por completo sus
bocetos que bauticé yo
|Pax? Y se dirigió a uno de los muchos
bocetos que campeaban en los muros. Aquí está el primer esbozo,
dijo mostrando dos pequeños cuadros, hay detalle y golpes de luz
muy felices.
Cerca de los dos cuadritos había un lienzó poco mayor que
representaba una casa de campo vetusta, y delante un grupo del cual
apenas estaban bien diseñadas las cabezas.
Esto está hecho con
|amore, observó Bellegarde,
dirigiendo a Alejandro una mirada interrogadora.
Quise copiar, contestó, una fotografía de familia. Es la
casa de
|Cebaderos que he vendido a Montellano. Aquí arrugó
la frente, revelando un sentimiento de desagrado. He querido
conservar a lo menos en el lienzo la antigua casa de campo de los
Borjas... ¿No ve usted? Aquí están los tres hermanos: tía Teresa,
tía Ana, mi padre...
El conde se retiró y Alejandro se puso a pintar.
Poco después se presentó Roberto, y enseguida Perucho, que
llevaba una losa de piedra.
Te traigo una sorpresa; un hallazgo estupendo.
Alejandro, sin volverlo a mirar y recogiendo vista para ver el
efecto de una pincelada:
¿Te encontraste con Bellegarde? Acaba de salir de aquí. Y
agachándose para tomar un color de la paleta: me mostró un cable en
que avisan que las acciones han duplicado de valor.
Roberto contestó, parándose frente al lienzo y después de
observarlo un momento:
El dibujo va bien, pero no me gustan esos toques. La
armadura, aunque presenta curvas elegantísimas, no se presta para
que muestres el lujo de tu paleta, el conocimiento del color, de
que sacas tú buen partido. En lugar de esa armadura escueta, tan
fría, tan monótona, yo le pondría a nuestro abuelo Borja los arreos
con que el maestro Velázquez viste al marqués de Spínola en el
cuadro de las lanzas. Recuérda... aquello es tan noble, tan
brillante, tan armonioso. Armadura negra claveteada de oro, valona
de encaje, banda rosada, manoplas, chambergo negro con pluma
blanca... Pero obsérva mi sorpresa: la lápida que puso el
presidente Borja en el puente de San Francisco, que encontré ayer
en una colección de antigüedades que han dado ahora a la venta.
Alejandro puso a un lado los pinceles, se acercó a ver la
lápida.
Eres el hijo mimado de la fortuna, exclamó. Hace diez años
que la estaba buscando. ¿Y dónde es la venta? Es preciso que
vayamos pronto.
Alejandro puso la lápida sobre una mesa, trajo agua, la lavó
para reconstruir letra por letra la inscripción corroída por los
siglos. Luégo tomó Roberto por un brazo, y llevándolo hacia otro
salón-museo, le dijo:
Camína te muestro ahora mi sorpresa.
Ambos se pararon enfrente a las esculturas Roberto se acercó,
mientras Alejandro apoyado la puerta se dejaba dominar nuevamente
por sus recuerdos y sus pesares.
¡Conque esta era la gran sorpresa!... exclamó Roberto. Yo
vi en París fragmentos de este grupo, que por la sencillez del
estilo y la profundidad del sentimiento revelaban ya al grande
artista y deseaba con vehemencia ver la obra completa. volvió a
retirarse para dominar el conjunto, para penetrar la intención, el
pensamiento completo del escultor.
Míra, Roberto, lo que más me conmueve esta escena del
centro: estas dos figuras, este matrimonio que entra al sepulcro.
Destacándose sobre la oscuridad misteriosa, la joven apoya la mano
al hombro de su compañero como para animarlo; obsérva este
movimiento del brazo, esta actitud llena de ternura y de
resignación que da a los esposos en su entrada a la eternidad una
solemnidad triste y conmovedora.
Volvió a su caballete y siguió pintando. Se fijaba en el modelo
con atención, para arrancarle a la luz Sus secretos y sus
prodigios. Se detuvo de pronto para estudiar un efecto
imprevisto.
Ven acá; el sol ha querido también darme mi sorpresa; si
yo pintara esto, dirían que había falseado la naturaleza, que había
hecho mentir a la luz.
Un rayo de sol vivo, quebrándose en el prisma de una araña,
llegaba a teñir, como con una mancha de sangre, el peto de la
armadura.
Lo que probará a los críticos, exclamó Roberto, admirando
ese raro efecto de luz, que la realidad supera a la ficción; que la
vida práctica es la de los soñadores y los poetas... pero aquí he
encontrado otra sorpresa: el fiscal Avila, el que vino de Guatemala
a la Audiencia de Santafé.
El resplandor irisado se había desvanecido; Alejandro seguía
estudiando los reflejos del acero y ensayaba los colores de la
paleta, de modo que parecía conversar con el maniquí.
Tóma, continuó Roberto, esto tiene muchísima importancia
para mí, pues sin duda, según se ve por la energía de la expresión,
por la vida que hay en los ojos, este retrato sí fue tomado del
original vivo y no del muerto, como se adivina que fue hecho el que
yo tengo en casa.
Se inclinó a descifrar la inscripción que había al pie del
retrato:
"Excmo. Sñr. Dn. Melchor de Avila y Castillo Cav.º Gran
Cruz de la R.
|1 Aud.ª de Sta. Fe de Bogotá N.º R.° de
Granada, vino a esta R.
|1 Aud.ª de Guat.ª en 1702 y fue
su Presid.
|te"
Este abuelo tuyo se te parece mucho más que el retrato que
está en tu casa, respondió Alejandro volviendo la cabeza; tiene tus
mismos ojos, la misma frente con las prominencias de los
Avilas.
Así me imaginé a don Melchor cuando hice su biografía para
la
|Ilustración Santafereña.
¡Rectifico!... Cuando hiciste la primera parte, pues
todavía está por ver la segunda. Todos me reclaman la continuación
de tus artículos históricos y la segunda parte de la famosa
biografía.
Nunca segundas partes fueron buenas; no me hagas escribir
más, eso no vale la pena.
¡Negado! ¡Qué pintura tan fresca, tan real la que hiciste
de esos tiempos de amor y de sangre, en que se amaba y se odiaba de
veras! ¡Cómo evocaste a todos esos conquistadores medio santos,
medio bandidos, a esos oidores audaces y románticos; y a vuelta de
pintar estocadas en las callejuelas y serenatas al pie de las
rejas, iba saliendo un estudio a la moderna, de análisis profundo y
ameno!...
¡Míra! interrumpió Roberto, si se te ocurre escribir mi
biografía, me contento con que hagas la primera parte.
Alejandro dejó en el suelo la paleta, tiró los pinceles, y
levantándose precipitadamente se paró enfrente de Roberto y le puso
las manos en los hombros:
¡Convenido! exclamó, mostrando su animación en el
resplandor de las pupilas, en el color de las mejillas, en el
timbre de voz. Seré tu biógrafo y diré así: "Fue un hombre
de grande ingenio, de sentimientos delicados y artísticos, de
ilustración vasta; pero le faltó energía, voluntad,
|esprit de
suite; tuvo la iniciativa y le faltó la constancia; el gusto de
la vida, y le faltó la ambición; estudió más de lo necesario para
graduarse, y nunca fue doctor; fue militar valeroso, ayudó con sus
consejos al triunfo, y nunca pasó de capitán de mojiganga; tuvo
visión clara de las cosas; fue el mejor consejero, y nunca se
aprovechó de sus conocimientos..." No me interrumpas...
"Comenzó una traducción de
|Fausto, interpretó
magistralmente trozos de varias escenas, y nunca llegó a hacer un
acto entero; dejó inconclusos estudios históricos, para los cuales
había reunido, con gran trabajo, datos completos. Hizo biografías
truncas y sonetos que firmaría Núñez de Arce... si Núñez firmara
sonetos en que faltan los tercetos finales."
¡Bravo! Te estás ensayando para el senado.
¡Déjame concluir! ¡Me falta lo mejor! Has ido regando por
dondequiera tus ideas, tus inspiraciones, tus inventos que han
aprovechado otros. Has hecho ganar batallas a Ronderos y hacer
buenos negocios a Montellano, sin ser tú ni general ni
millonario.
|Oui, ma vie ce fut détre celui qui souffle, et
quon oublie.
¡Ah! si empiezas con las citas de Cyrano de Bergerac no
acabaremos nunca. Te he dicho que me falta lo mejor.
Le empuñó la solapa vigorosamente, con la costumbre que tenía de
convencer, de hipnotizar, de dominar con efecto lleno de violencia
en que el azul de los ojos se le aclaraba.
Es indispensable, continuó, que acabes esta traducción de
|Fausto, tus estudios coloniales, la biografía de don
Melchor, los sonetos y ese idilio que has comenzado. Y
apretándole ahora el brazo. No lo niegues, estás en un
idilio; sígue por ahí sin análisis ni vacilaciones. Resuélvete y me
haces tu padrino de boca con Dolores Montellano.
¿Casarme?... Bien está que cuando Dios no manda una
enfermedad crónica la soportemos con resignación y con paciencia...
¿pero buscármela yo mismo?
Déja la broma. Abandóna la costumbre de no tomar nada en
serio.
No sé qué autor grave ha dicho que hay que tener grandes
consideraciones por las costumbres, sobre todo cuando son
malas.
Tienes que fundar un hogar, una familia, la dicha del
|home... Menos fantasía, menos bohemia... y más felicidad
positiva y sólida... No me interrumpas... Ya sé que vas a decirme
que no tengo autoridad para predicador, que he sido incapaz de
fundar un hogar, pero por eso mismo soy maestro. Maestro de las
tristezas ocultas, de la aridez de la vida, maestro de la
soledad.
¡Ah! sí; te gusta mucho, muchísimo, la soledad en dulce
compañía.
Necesitas tú por eso mayor fijeza, la vida interior.
¿Interior?... Sí, ya te entiendo; lo que quieres es que yo
haga un interior de Teniers; inmortalizarte pincel en mano,
copiando el cuadro de mi felicidad: seis chiquillos babosos, una
mujer mofletuda, un carro cargado de heno, las gallinas, el
rescoldo, diez toneladas de cerveza, y mucha paz, muchísimo queso
de Flandes.
Francamente, interrumpió Alejandro en tono serio, tú has
emprendido un género de
|sport que yo no he ensayado nunca, a
pesar de mi mala fama. Porque tú has despertado en Dolores
refinamientos, aficiones literarias, la voluntad de cultivar la
inteligencia, de aprender sin cesar... Tú lo sabes, esas ocho horas
diarias de estudio son por ti y para ti; ese esfuerzo incansable,
esa voluntad decidida de adivinar tus gustos para satisfacerlos,
son prueba de un cariño que francamente no mereces.
¿Pero le has visto las manos, esas manos cortas y anchas
que recuerdan las manos rapaces de Montellano; te has fijado en el
pelo?
Una cabellera negra, magnífica.
¿Ya ves? No has aprendido a ver; eres como aquel artista
que decía: hoy miro, mañana veré; pero yo sí he observado, mirado y
visto. Esa cabellera negra y magnífica, muestra a plena luz
reflejos canelos de piel de mono. Con los millones de Montellano
ella tiene la marca imborrable de los soles tropicales, de la
intemperie, de la
|vie en plein air, de la existencia salvaje
de las montañas y de las pampas. ¿Con esos atavismos aprenderá
alguna vez la utilidad de lo inútil? ¿Cuándo se convencería por
completo de que el objeto de la vida es el arte, como dice
Bellegarde? Y aun cuando aprendiera todo eso, los millones de su
padre son mucho dinero; me pesarían como si estuvieran amonedados
sobre mis espaldas; los sentiría derretidos en la garganta.
Pues la clave de tu felicidad la dio Landáburo aquella
noche. Prepára un proyecto de ley para la próxima legislatura, da
cumplimiento a tus teorías socialistas: reducción del capital;
prohibición de testar... Ya tienes a Lola pobre... ¿O son pujos
aristocráticos, cuestión. de pergaminos, de abolengos, de
ejecutorias?... Y añadió con una carcajada irónica e inclinándose:
el conde del Risco y de Cadahalso, señor de las Navas y
Villafranca,
|tes autres titres don Juan... qué bien te
quedaría la tirada de los retratos de Hernani. Y mostrando de
manera, teatral uno de los lienzos del muro:
|Celuici des Silva
fut Váiné; ¡ja, ja, ja! Pues míra: tú sabes que mis
derechos al ducado de Gandía y al marquesado de Lombay no son
dudosos; yo se los cedo, endoso y traspaso a Dolores... Además,
olvidas que ella es marquesa de la inteligencia y de la gracia,
duquesa de la hermosura, princesa del amor...
Con ese último título me basta. Los pérgaminos, las
ejecutorias el abolengo limpio, los títulos de legitimidad,
cristiandad y nobleza los exijo irremisiblemente, pero no para
Dolores sino para los millones de Montellano; no quiero hacer una
|mésalliance con ellos.
¿El origen de esa riqueza? Está en esos mismos visos
canelos que te horripilan. Tú has visto en ellos un estigma, para
mí son una corona, no por cierto la corona de laurel ni la corona
de encina, sino la corona de oro que se discierne al trabajo
inteligente. Yo aspiraba a enlazar sin desdoro tu corona condal
enmohecida con esa otra corona. Quise poner una sangre nueva en
nuestra raza y volver a los Avilas la ambición, la audacia, la
energía, quise borrar la mitad de nuestro lema mejorándolo, quitar
|duelo, dejar sólo
|gloria.. . Casarse por el dinero,
¡malo! Pero desechar una muchacha encantadora y enamorada porque es
rica, ¡peor! En cuanto a Montellano, el océano sería poco para
separarte de él; no te he contado la última que me hizo, ni te la
cuente... En fin, no insisto... Lo que es indudable, si no piensas
casarte con Dolores, es que debes huir de esa casa, alejarte. No
aumentes el estrago. Dolores ha sido arcilla blanda que has
modelado con tus manos de artista, le has impuesto tus gustos de
refinado, le has dado el afán de saber, de ilustrarse; tú has
abierto a su inteligencia horizontes infinitos, le has dado alas, y
cuando la ves en la altura ideal ¿la dejarías caer, estrellarse,
contra las vulgaridades de otra existencia? Has henchido su alma de
delicadezas y de ilusiones para darte después el lujo de que sienta
el vacío, de que llore, de que muera por ti. ¿La elevas en los
aires para dejarla caer y destrozarse como Simón el Mago?...
¡Demonio!
Cálmate, Fausto; desentonas, dramatizas, exageras. Tú
sabes que me crispa los nervios el amarillo inicuo con que han
pintarrajeado mi casa; sabes que sufro con el espectáculo de ese
hervidero de codicias, de ese hormiguero de bajezas; pero
Montellano me divierte tánto... ¿Huir de allí, alejarme para
siempre, trazarme con energía ese plan de fuga?... ¡No! No pidas a
mi voluntad más de lo que ella sabe hacer; puesto que no sé medir
ni calcular, ni prever consecuencias, déjame seguir así, déjame ver
algo noble donde todo me parece ridículo; permíteme que respire esa
rosa nueva en el antiguo rincón de mi familia; déjame ver cómo
aquella crisálida se convierte en mariposa.
Te pintas peor de lo que eres; tú no puedes tener la
inconciencia del mal, no puedes gozar con las convulsiones de la
víctima; sería un refinamiento de crueldad que chocaría con tus
demás refinamientos. Por fortuna lo que hay en el fondo de tus
repugnancias es tu antiguo cariño por Inés; por desgracia, tú no te
acuerdas de ella sino cuando te figuras que pudieras perderla,
tienes demasiada seguridad en la retirada; ¡cuidado! Bellegarde
enseña a querer, porque sabe querer; él te puede cortar la
retirada.
¿Inés? dijo Roberto, si es una esfinge; tú conoces mi
aversión por los jeroglíficos... por los más bellos jeroglíficos...
Tan prudente, tan fría, y yo necesito que me quieran con pasión,
con estruendo... Hasta su sonrisa tiene silencios.
Feliz el que descifre el enigma de esa esfinge; el que
interprete esos jeroglíficos, el que haga hablar ese silencio...
Desgraciadamente no serás tú.
Roberto se había puesto a jugar con los cachivaches de una mesa;
los levantaba, los cambiaba de lugar; acercándose de nuevo a
Alejandro, con aire sombrío:
Una vez por todas, ¿quieres saber por qué no doy el paso
definitivo, irreparable?... Es que he perdido la fe en el éxito...
Es que tengo miedo... miedo de la vida; me ha enseñado tánto, en mi
cabeza y en cabeza de los míos... Tengo la certidumbre de que todo
lo que llega a mis manos el prestigio, la fortuna, la
riqueza se desbarata, se evapora. Se había puesto
grave, hablaba en voz baja. Conociéndome, sabiendo que soy
inútil para la lucha, que me dejaré fatalmente vencer por la
suerte, ¿crees que sea leal, que sea generoso, que sea caballeresco
hacer participar a mi compañera de la desdicha? Sé recibir
sonriendo los golpes de la fortuna, pero la impotencia para librar
de ellos a Dolores, a Inés, me mataría de angustia.
Alejandro tomó del brazo a su amigo, lo puso de nuevo enfrente
de las esculturas, y con acento en que la emoción vibraba,
exclamó:
Morir sin haber amado es morir sin haber vivido. Ese
monumento no es tan sólo a los muertos: es un monumento, una
enseñanza a los vivos. El escultor ha querido concentrar la
atención en esa pareja que en mitad del monumento avanza llena de
vigor y de fuerza hacia la eternidad. Míra el matrimonio que te
asusta: esos dos seres que se han encontrado en las inmensidades de
la existencia han centuplicado sus goces y mitigado sus pesares en
la vida común. Ella es parte del alma del esposo, es su valor, y él
se hace fuerte para proteger a su compañera, buscando en el amor el
secreto y la fuente de sus energías. Apoyándose mutuamente entran
con paso firme en el sepulcro, así como han atravesado la vida con
paso firme, de la mano, dichosos y sonrientes. Lo que ves ahí es la
verdad, la fuerza, la respuesta a tu desaliento. Luégo, con
un timbre de voz ahogado, como hablando para sí. Lo demás es
mentira, error irreparable. Se dejó caer en una silla, apoyó
la cabeza entre las manos. ¡La desesperación!