INDICE

CAPITULO XI
HORRORES DE LA PAZ

Sin hacer caso del tumulto que se había formado en la calle, ni de la figura extravagante de Montellano, entró Roberto en su antigua casa. Llevaba la contabilidad de algunos establecimientos, y con ese objeto acudía al despacho de don Ramón todos los días, una o dos horas en la mañana. Nunca el millonario gastó con él las asperezas y recriminaciones que con sus empleados y agentes; al contrario, con admiración general toleraba sin chistar sus bromas e impuntualidades.

Gran conocedor de los hombres y del modo de utilizar sus aptitudes y talento, don Ramón estimaba en Roberto ante todo la reserva; sabía que sus negocios serían siempre un arcano, y que ni una palabra de las que resonaban en el despacho sería repetida por Roberto. Además, su contabilista le suministraba datos preciosos sobre las personas y sobre las cosas, y muchas veces le había dado consejos útiles y hecho indicaciones valiosas, sin que jamás Roberto le exigiera la más mínima participación o ventaja.

Precisamente en esos días estaba Montellano desarrollando una operación sugerida por su tenedor de libros. Una vieja vergonzante había ido a ofrecerle unos papeles de crédito público, deuda de 1848. Montellano había rechazado con la mayor aspereza a la vendedora, y Roberto, por espíritu de caridad, le manifestó entonces que esos papeles, cuyos tenedores eran los infelices, duplicarían su valor el día que fueran recogidos, porque les estaba destinado un buen fondo de amortización. Montellano, después de meditar y estudiar prolijamente la operación, resolvió ejecutarla, pero mejorándola a su modo. Para recoger los bonos a bajo precio pidió a Alcón, subsecretario de finanzas, que hiciera suprimir aquel fondo, sin perjuicio de que fuera restablecido y aumentado cuando toda la deuda estuviera en sus manos.

Para realizar la compra se cuidó bien de valerse de los agiotistas o corredores de comercio que hubieran husmeado el negocio, y encomendó la operación a la misma viejecita que le ofreció los primeros bonos y a otras personas desvalidas, que no inspiraban sospecha ninguna.

Encima del portón de la casa se había conservado, medio oculto por el blanquimento, el escudo de armas con los trece roeles y la inscripción |Gloria y Duelo, y Roberto no pudo reprimir un movimiento de impaciencia al ver en aquel hervidero de codicias el limpio blasón de los Avilas. Lo mortificaban igualmente el " |verde eufónico y el |amarillo inicuo", como decía Mata, con que estaban embadurnadas las pilastras de piedra, los comisones de la arquería, el tazón de la fuente... El agua continuaba su parloteo incomprensible y Roberto creía sorprender a veces carcajadas de ironía.

El verde brillante del rosal de Castilla competía con el verde eufónico de las barandas y su fragancia se mezclaba con el olor de barnices frescos. Con placer observaba Roberto que el rosal estaba cuidado con esmero y que una vía láctea de flores descendía de la baranda al patio.

El joven, que no había olvidado qué la mejor de las flores es la sonrisa de una muchacha, dejó las rosas y se encaminó a la escalera. Sabía que esa sonrisa lo esperaba en el último peldaño.

Según los planes de Montellano y los planos de Karlonoff, la escalera de piedra, que invadía inútilmente un costado, había sido reemplazada por otra central muy empinada, pero que dejaba espacio para dos almacenes de a cien dólares cada uno.

Se detuvo Roberto para reponerse de la fatiga que le producía la subida, y en el fondo del corredor se interrumpió la clase, una mano femenina alzó un visillo y apareció la faz sonrosada y turbulenta de Lola, que al sonreir mostró el esmalte blanquísimo de la dentadura. Roberto contestó con otra sonrisa. La lección de canto se reanudó: |L´amour est un enfant de Bohéme..."

Entró en el despacho, lo atravesó y ocupó su puesto enfrente de una mesa alta en donde reposaban los libros con cantoneras de cobre.

Montellano regresó de la calle, y en pos de él entró Landáburo ataviado con botas, espolines, guantes de manopla y llevando en la mano su látigo con cabeza de plata. Acababa de desmontarse y había dejado a la puerta su caballo.

Al verlo, Montellano hizo un gesto de desagrado, guardó un silencio hostil.

—General Polanco, dijo Landáburo abrazando al costeño, ¿usted por aquí? Y en tono de confidencia: lo espero esta noche en casa; tengo urgencia de hablar con usted.

Luégo, dirigiéndose a Montellano:

—Quisiera decir a usted dos palabras.

Y mientras hablaba se golpeaba la bota con el látigo.

Montellano conservaba su ceño adusto, su silencio hostil.

Landáburo quiso tomarlo amigablemente por el brazo para conducirlo a la ventana. Entonces el color de ladrillo de Montellano se encendió y desprendió el brazo con aspereza.

—¿Qué tiene usted, mi querido amigo? exclamó Landáburo, ¿está usted disgustado?

Montellano estalló:

—¿No dijo usted en el banquete político que se deben entregar los capitales al pueblo, que no se puede ni testar, es decir, que se debe despojar a los que con nuestro trabajo hemos adquirido algo?...

Iba a continuar, pero lo atajó Landáburo.

—¡Ah! mi querido don Ramón, ¿no es más que eso? Le empeño mi palabra de militar, de caballero y de amigo, que no tuve intención de molestarlo; que esas frases no iban contra usted ni contra nadie. Es usted demasiado inteligente para no comprender que eso era para la exportación, para la barra que se agolpaba a las puertas, y que un hombre de mi posición, en quien están fijas las miradas de todos, ricos y pobres, y de quien espera el pueblo su alivio y bienestar, tiene que soltar algunas frases de esas, como se sueltan huesos a los perros, para que no se le siga tachando por sus enemigos de monarquista y de aristócrata; pero eso no vale nada, no tiene portancia ninguna, no tiene consecuencias...

—¿No tiene consecuencias? interrumpió Montellano, sepa usted que he recibido anónimos en que se me pide, no una limosna, sino la parte de capital que retengo indebidamente al pueblo, y que algunos han intentado suprimirme para heredarme, según las teorías y las excitaciones de usted.

—Pues para borrar esa mala impresión y producir en el pueblo una corriente de simpatía hacia usted, voy ahora mismo a escribir en |La Revaluación un artículo en que haré los mayores elogios suyos... y ahora mismo se me ocurre el título: |¡Paso al trabajo!

Aunque Montellano no quedó perfectamente tranquilo ni aceptaba las protestas de Landáburo, ¿quien tenía aversión instintiva, se dio por satisfecho, previniendo el evento de una guerra en que Landáburo podría arruinarlo, desarrollando su programa socialista.

Se retiraron, pues, al hueco del balcón.

—Usted no ignora, prosiguió Landáburo, que soy apoderado de la casa |Mac-Gregor, que desde hace veinte años está en posesión de algunas salinas marítimas. Usted, señor Montellano, ha ofrecido al Gobierno comprobar que el título con el cual mis poderdantes explotan esas salinas es imperfecto y en cambio de ese servicio pide usted las salinas en arrendamiento. ¿No es así?

Montellano asintió.

—Pues bien, yo vengo, continuó el general, a proponer a usted que retire esa propuesta y éntre con nosotros.

—Lo cual me prueba, respondió Montellano con que tengo ganado el asunto. Y no cederé. He ofrecido cuatrocientos mil pesos anuales por las salinas que ustedes disfrutan por cuarenta mil. Si yo aceptara la propuesta que usted me hace, el Gobierno perdería trescientos sesenta mil pesos.

—Eso es lo mejor del negocio, señor don Ramón, pues todo lo que sea quitar recursos a este Gobierno es patriótico. Por otra parte, si usted desea sinceramente el bien del país, mayor se lo puede hacer evitando la reclamación diplomática que promoveré, si no nos arreglamos de algún modo los dos, y que acabará indudablemente en el bombardeo de Cartagena y Buenaventura, o el pago de unos milloncejos en oro. Hay que darles una lección a estos ladrones del Gobierno.

—¿De modo que usted cuenta con los cañones ingleses y los utilizará preguntó Montellano sorprendido.

Landáburo, con ademanes vehementes, hizo entonces una exposición en voz baja para reducir al millonario. Este quiso encaminarse de nuevo a su escritorio, pero Landáburo lo detuvo por el brazo.

—Quisiera pedirle algo para los pobres polacos; estoy levantando en toda la República una suscripción para auxiliarlos.

—Nada, nada; yo no doy para extranjeros aquí también tenemos muchos pobres polacos.

—Si es para la insurrección de Polonia, insistió Landáburo, con malicia.

—Bueno, bueno, dijo Montellano después de momento de reflexión en que comprendió de qué se trataba. Vuelva usted por aquí. Ya sé quiénes son sus pobres polacos y dónde será esa insurrección... Y si acaso usted tiene que irse, dígale a su familia que cuente conmigo.

—Y usted, amigo Montellano, esté seguro que se lo agradeceré vivamente. Le empeño mi palabra de honor, de militar, de caballero y de amigo. Ya sabe que soy leal. En fin; escribiré a Mac-Gregor. Ahora lo dejo, porque tengo que ir a acabar el editorial para |La Revaluación, ya verá qué vapuleo a Ronderos: se llama |Cleptomanía.

Montellano, que no entendió la palabra, hizo su movimiento habitual de levantar los hombros.

Resonaron en la galería pasos menuditos. Se agitó la cortina al soplo de un viento inesperado; vibró una carcajada, y jadeante, con su chaleco blanco, la gardenia en el ojal y los guantes color de carne cruda, apareció Gacharnah, prodigando sonrisas y agitando sus manos regordetas que parecían centuplicarse para distribuir efusivos apretones de manos.

—¡Roberto! gritó, ¿cómo está Alejandro? Extraño verlo a usted solo, porque siempre andan juntos; son como Cástor y Pólux.

—¿Y qué es eso de Cástor y Pólux? preguntó Montellano.

Es la razón social de unos comisionistas griegos, gritó Roberto, mientras pasaba una partida del Diario al Mayor.

Landáburo se dirigió a sus amigos Polanco y Socarraz, con quienes entabló una conversación animada y misteriosa. Entretanto Gacharnah, en el hueco del balcón, mostraba a Montellano trozos de paño azules y rojos.

—Como usted tiene tántas relaciones con el Gobierno, vengo a proponerle que hagamos un gran pedido en compañía... Mire qué buena imitación, qué buena apariencia... |good appearance... este otro paño se parece a los más fuertes de Mánchester... El pedido podemos hacerlo por cable... tres palabras, y con eso tenemos despacho rápido de veinte mil yardas de paño azul y cinco mil de paño rejo para vestuarios. Mire usted la clave: |"Gacharnah Brothers.— Birmingham.—Gigantón, barbudo judaizante."

Luégo, como para despistar a los presentes, y alzando la voz:

—¿Recibió usted vino, don Ramón? Es del mismo que tomámos aquella tarde en casa. Precisamente aquí tengo el modelo del tiquete: |"Old Cherry.—Despachado expresamente para don Ramón Montellano.—Colombia.—Bogotá."

Y en voz baja:

—Hay otro artículo mejor que los paños... Y casi al oído: los armamentos, los buques armados en guerra. También tengo eso listo. Un buque muy barato, pero de buena apariencia... |good appearance... No es más que poner otro cable: |persificación, y Gacharnah Brothers nos lo despachan en el acto... Queda también, si hay guerra, el ramo de reclamaciones extranjeras, en que pueden hacerse negocios brillantes. Porque ahora en la paz, mi querido don Ramón, se gana el dinero muy difícilmente, muy despacio, con mucho trabajo; mientras que en la guerra prosperan industrias, verdaderamente provechosas, un comercio lucrativo y fácil, se pueden dar golpes maestros, hacer pronto una fortuna...

—Sabe usted como un Salomón; pero sus negocios no me convienen, querido Gacharnah, respondió Montellano. Yo no entro en eso; pero aquellos señores que están allí, añadió con una carcajada, señalando al grupo de Landáburo, Socarraz y Polanco, pueden proporcionarle esa guerra que necesita usted dentro de corto plazo y hasta la vista, si se arreglan. Entiéndase con ellos.

—Ya sé, ya sé, señor Montellano, prorrumpió el extranjero furioso, que para usted los revaluadores y los íntegros, la paz  y la guerra, todo es igual, porque sabe sacar partido de todos los partidos, de todos los hombres y de todas las situaciones.

—Mi querido Mata, gritó Landáburo al ver que llegaba a la puerta, con su aspecto de extenuación y de fatiga, el poeta

Tenía ese día los ojos más empañados, la tez más amarilla, el andar más inseguro que de ordinario.

—Vengo, don Ramón, a proponerle un negocio que le producirá honra y provecho, más honra que provecho.

Y al ver el gesto de malestar y de impaciencia de Montellano, el poeta continuó, con acento lánguido:

—Deseo que me preste una suma para hacer en los Estados Unidos la edición de los tres primeros volúmenes de mi segunda serie de poesías: |Oriente eterno, El cantar de mis cantares y Líneas rojas. Me permito hacerle esta exigencia fundado solamente en su filantropía y a pesar de que usted no me conoce ni conoce mis versos.

—¿Y cómo quiere usted, dijo Montellano, que le preste dinero sin conocerlo ni conocer sus versos?

—Pues por eso, dijo Roberto por lo bajo.

—Tengo otra idea, prosiguió imperturbable Mata: que usted me firme, señor Montellano, esta exposición al Gobierno.

Y Montellano leyó:

"Los infrascritos, conocedores y admiradores del mérito y trascendencia de las producciones literarias del señor S. C. Mata, el más inspirado de los poetas de Hispanoamérica, que rompiendo las Viejas ánforas y las ligaduras clásicas se ha remontado al azul y visto frente a frente al sol de la harmonía; gloria purísima de la raza latina; ingenio auténtico, que está a cien codos por encima de todos los escritores vivos y comparable sólo a uno o dos de los muertos; el único que ha sabido juntar en un haz "los jazmines de oriente, los nelumbos del norte, de occidente las dalias y las rosas del sur"; el único a quien "Píndaro diole sus ritmos preclaros, diole Anacreonte sus vinos y mieles", impulsados por un deber patriótico manifestamos espontáneamente al Gobierno la necesidad de publicar las obras de este Homero colombiano para satisfacer el deseo vehemente de los pueblos, dar brillo a las letras nacionales y poner muy en alto el oro, la púrpura y el zafiro de nuestra bandera".

Landáburo, impulsado no por un deseo patriótico, sino por su vanidad cosquillosa e inquieta, se lanzó a firmar el primero.

—Mi nombre es conocido en toda la dijo; servirá de pasaporte.

En seguida firmaron Montellano, Socarraz |(Director en jefe de "El Escorpión") y Polanco.

—Yo también firmo, dijo una voz estentórea y asmática que zumbaba como un abejón. Yo bién quiero proteger a ese joven. Voy a sacarle unos versos para la inauguración del |Hospital Docente. Ya me ha ofrecido entrar en la sociedad de |La salvación forzosa.

Todos, al ver a González Mogollón, se escurrieron, y el filántropo, con su calva de color de cangrejo, quedó solo en presencia del millonario.

—Vengo a traerle los estatutos del |Hospital Docente, como le había ofrecido. Tenemos ya un local hecho con alas de cucaracha, y espero vaya usted una tardecita a visitarlo. Hay, hasta ahora, ocho enfermos... Imagínese que antes salían del otro hospital sin saber cómo ganar la vida. Nuestro plan es que cuando ya estén convalecientes puedan salir ocupados en algo. Para que aprovechen el tiempo durante la enfermedad, los socios están instruyéndolos. Estudian especialmente instrumentos de música, para formar una banda. Tenemos dos dispépticos consuetudinarios tocando a cuatro manos piano, a razón de ocho horas diarias. Otro convaleciente que padece de insomnios los aprovecha tocando clarinete durante la noche... Pondremos una banda lindísima... ¿Quiere ver la lista de los contribuyentes?

Montellano, sin contestar la pregunta de González Mogollón, le ofreció materiales de construcción para la obra, siempre que se los pagaran al contado. Cerraron en el acto un negocio en que don Ramón realizaba una ganancia pingüe. Parte muy pequeña de esa utilidad la cedió al |Hospital Docente como limosna.

La voz bronca y pareja dejó de resonar en el despacho de Montellano, porque González se había retirado, pero del descanso de la escalera regresó.

—Amigo mío, había olvidado mostrarle los planos. Y desenrollando una serie de papeles sobre la mesa, continuó: aquí tiene usted la planta baja. El gran comedor central, con veintiocho puertas a la derecha y veintiocho puertas a la izquierda. Aquí, los salones de recibo. Aquí, la portería. Enfrente, el consultorio médico.

Montellano bostezaba hambriento y fastidiado; pero la voz continuaba áspera, inexorable, igual, como el zumbido del viento, como el batir de las olas, como el gotear del agua.

—Al otro lado sala de espera para enfermos, biblioteca para profesores, y luégo, biblioteca para enfermos.

—Bueno, bueno, amigo González, estoy enterado. Ya arreglamos el negocio; le doy el auxilio en materiales ¿qué más quiere?

Pero la voz dormilona continuaba:

—Aquí, en estas rayas azules, los refectorios, hasta dar con este círculo verde, que es la gran rotonda central. Aquí, en estos puntos colorados, son los sanitarios, cerca de los refectorios, como en el hospital |Beaujon. Aquí, en estos cuadros negros, vea, aquí son las cocinas...

De pronto la cara de Montellano, que tenía en esos momentos una expresión de dureza y descontento, se bañó toda en una sonrisa plácida; el millonario se adelantó gozoso hacia la puerta. Un perfume de |Kananga invadió el aposento, y se oyó el |frou-frou de la seda sobre la alfombra.

Era una mujer alta y frescachona; la cara llena; una sombra de pelusa sobre el labio superior. Ojos rasgados y vivos, cubiertos por gafas de que pendía una cadenilla de oro. Sobre el pecho un prendedor con el retrato en miniatura del gran muerto, del |revolucionario internacional: Tubalcaín Cardoso. Vestía la dama de riguroso luto, y el crespón de la mantilla hacía resaltar la blancura de su piel.

—Un instante no más, entró diciendo doña Aura. Espero que mi presencia no importune, señor de Montellano. En el siglo XIX el feminismo avanza, y la mujer tiene prerrogativas para presentarse a cualquier hora. Además, después de la muerte de Tubalcaín —y aquí dio un gran suspiro— tengo que valerme por mí misma. No sin razón algunos de mis amigos han querido llamarme |hombre de letras

—¡Ah! señora, usted no sabe, usted no sabe cuánto gusto tengo en verla en esta casa... ¡Desgraciadamente viene usted tan poco!...

—Con más frecuencia lo hiciera; pero mis ocupaciones no me lo permiten. |La Mujer Independiente absorbe la mayor parte de mi tiempo.

Hay veces que temo que mi cabeza estalle.

Retembló de nuevo el piso y volvió a resonar en la casa un zumbido de abejón. Era González que regresaba precipitadamente.

—Olvidaba, dijo, explicarle dónde quedaban las cocinas, y su mecanismo Kneip. Tampoco le mostré la planta alta del edificio...

Se detuvo de pronto, saludó a doña Aura, y continuó:

—Planta alta del...

—¡No más! le gritó Montellano; vuelva usted esta tarde, mañana, cuando quiera.

—Bueno, pues. Esta tardecita lo espero sin falta en la obra.

Y salió.

Entretanto doña Aura había sacado de su garnielito unas pruebas de imprenta en largas tiras, y se preparaba a leerlas. Montellano, cuyo rostro se había encendido por la cólera que le causó la impertinencia de González Mogollón, se volvió a su interlocutora, ya suavizado y sonriente, y miró con sorpresa la forma extraña del impreso.

—Es una biografía de usted, señor De Montellano, que saldrá como editorial en |La Mujer Independiente, con el retrato que usted me dio en la semana pasada. Oiga cómo principia:

|"La Mujer Independiente engalana hoy sus columnas con el retrato del distinguido caballero doctor don Ramón de Montellano y Canasto, honra y prez de la República, personalidad eminente de la alta banca y benefactor eximio de las letras colombianas. Ni el lugar de su nacimiento ni la fecha de este fausto suceso hacen al caso: los grandes hombres no tienen edad ni patria..."

Montellano aspiraba con delicia, junto con los efluvios de la kananga, el perfume de ese incienso a que no estaba acostumbrado, y admiraba más y más el talento y los atractivos de esa mujer que tan profundas emociones le estaba proporcionando. Ella suspendió la lectura, lo miró en los ojos, como para sorprender en ellos el efecto de sus lisonjas, y adivinó la satisfacción íntima que inundaba el alma de Montellano. Temiendo que pudiera desvanecerse tan grata sensación no quiso continuar, y dijo:

—Esto ha sido un |impromptu, aprovechando un momento de inspiración. Las musas conmigo son esquivas; pero aquí le dejo las pruebas para que usted suprima o añada lo que quiera. Espero que usted mismo irá a llevármelas, para tener el gusto de volver a verlo por allá. Le leeré capítulos de mi novela inédita, titulada |El Mosquetero del Rey o |Las Vírgenes Desenmascaradas. ¿Le gusta el nombre? También le mostraré otra, aunque todavía no he encontrado el desenlace. Lo buscaremos juntos, ¿no es cierto? Se llama |La Palmera del Oasis o |Un Drama en el Polo Antártico... Pero si usted es tan esquivo... dijo lanzándole una mirada que comentó con un suspiro... Lo espero sin falta; siento que al lado de usted me vendrá la inspiración... Seré como la hiedra protegida por el olmo. Qué lindo nombre para una novela: |El olmo y la hiedra...

Montellano acompañó hasta el pie de la escalera a doña Aura, apoyada con abandono en su mano. Roberto, que volvía de la calle en ese momento, apreció el contraste que formaba la mano fofa y blanca de la poetisa con esa otra mano áspera, ennegrecida, deformada por el hacha, y que ahora también, al alejarse doña Aura, se cerró con lentitud, como una garra, en un movimiento inconsciente de posesión.

Iba Montellano a pedir el almuerzo, pero le atajó el paso un individuo envuelto en una capa verdosa de donde salía una cara de cera; los costados de la capa se inflaban con los líos que llevaba bajo los brazos.

—Son, señor Montellano, Gaspar Sánchez de Peñanegra, autor de varios inventos que harán la fortuna de quien me ayude a explotarlos... Pero no se impaciente usted... permítame pongo en la mesa estos libros, estos planos... Aquí tiene el ternero automático; mire: este es el mamador (le acometió un acceso de tos)... perdone usted; ya puedo continuar... seré muy breve, no se retire usted... Pero me dirá usted que la vaca para soltar la leche necesita las cabezadas del ternero.. pues precisamente ahí está el invento: se cuelga este mazo y cuando la vaca siente la cosquilla, precisamente cocea, golpea el mazo la ubre, chupa el mamador y brota la leche a chorros: ya ve qué economía y qué aseo (nuevo acceso de tos), ¡Jesús, María!...

Ya acabo, ya acabo; tengo también otro invento, la sal de la remolacha, pero no quiero detenerlo más en este instante; permítame: voy a mostrarle el grande invento, el que lo hará duplicar a usted sus millones... vamos a la práctica... ante los hechos no hay discusión... va usted a ver la luz de las tinieblas... ¿se ríe usted?... También se rieron de Colón, de Stevenson, el inventor del vapor; sí, señor, la luz de las tinieblas... Voy a sacar de esa petaquita los aparatos... ¡Ah, muy sencillos!... Esta tos va a matarme... hace diez años que me atormenta, sólo las hojas de paico me alivian algo; gracias a Dios ya acabó... puedo continuar... Aquí tiene usted estos anteojos negros... pero no retroceda usted; antes permita que se los ponga. ¿El hiladillo un poco usado?... No importa... ¿que no cree usted en mi teoría?... ¿que es esto imposible?... No tengo tiempo de explicarle; comprendo por sus bostezos la urgencia que tiene de almorzar pronto... sólo le diré que he descubierto el origen de la luz: la energía luminosa no es más que la materia que cae, que vibra... Yo he descubierto los rayos |A. En estos anteojos, aun cuando usted no lo comprenda en este momento, se encuentra la radioactividad universal; es el bombardeo de la materia imponderada, pero ponderable; todo esto es más claro que la luz que va usted a ver, si me permite ponerle los anteojos... ¿Acepta usted?... ¡Bien! muchas gracias... Un poquito más baja la cabeza... ¡Es usted tan alto!... ¿El lobanillo?... ¿En la nuca?... No tenga cuidado... lo trataré con todo esmero... ¿comprendió usted la importancia de mi invento? Con un par de anteojos en el bolsillo puede usted ver a tres leguas de distancia en la noche más oscura, como con el reflector de un acorazado; no tiene usted, señor Montellano, por rico que sea, con qué pagar mi invento. Permítame cierro estas ventanas... ¡Bien! ¿Ve usted algo?... Otra vez la tos... Un instante, por piedad: hay unas rendijas que impiden la oscuridad completa... ¿Qué rodó por el suelo?... ¡Ah!... es un tintero... Ahora sí estamos en oscuridad completa, en oscuridad científica, la oscuridad de Papin, de Turpin y de Melin... ¿Que no ve usted nada?... Voy a ajustarle mejor los anteojos... ¿Pero dónde está usted?... Otro tintero. Bueno, ya lo encontré, perdóneme que le cogiera las narices; aprieto más el hiladillo... ¿Estrellas?... ¿Ve usted estrellas? Voy a apretarle más y el bombardeo de la luz será completo... por Dios, perdóneme, le he metido los dedos entre la boca.

Montellano, que se había prestado al ensayo con la esperanza de lanzar acciones para una compañía, se arrancó los anteojos, abrió la ventana con estrépito. Una onda de luz invadió el aposento y mostró al millonario iracundo, zapateando, cruzada la cara de manchones negros y con un palmo de lengua afuera para escupir la tinta astringente que le llenaba la boca.

anterior | índice | siguiente