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CAPITULO X
LA GARRA DEL AGUILA

Montellano, instalado en la antigua casa de los Avilas, escribe en su despacho, inmenso aposento en cuyos muros se ven los planos de sus haciendas. La luz cruda que entra por los balcones abiertos despierta destellos fríos en la caja de hierro, en la prensa de copiar, en las cantoneras de cobre de los libros de cuentas, en el barniz de los estantes. Dirige cartas, telegramas, órdenes, instrucciones a todos los extremos de la República, en donde mantiene en agitación continua un ejército de empleados, para los cuales está siempre Montellano presente y que creen oír a todas horas su voz gruñona, dominante: "Remate usted renta por ciento veintitres mil dólares..." "No descuide |hormiguillo macho fríjol..." "Ejecúteme sin miramientos a Pepe Redondo..." "Déle sal al ganado; indispensable aumentar |botijas leche..." "Recoja órdenes de pago y ceses militares, pero no pase de treinta por ciento de su valor..." "Venda vaca muerta epizootia, precauciones no decomísenla..." Es indispensable que la inmensa maquinaria trabaje sin cesar, sin pararse un instante; es preciso que de todas partes afluyan corrientes de dinero a llenar aquel monstruo insaciable que en un rincón espera con la jeta abierta: la caja de fierro. A veces se detiene, vacila, concentra el pensamiento; sus ojuelos negros, redondos, toman la dureza, el brillo extraordinario de los ojos de águila; parece que desde la altura registra toda la haz de la República; atraviesa con la mirada espacios inconmensurables; descubre por allá, en un rincón oscuro, accesible sólo para él, una presa, una ganancia cierta. Durante la meditación permanece extático, mientras agita los dedos de la mano en una convulsión inconsciente, y cuando ha tomado un partido, en la violencia del deseo, abre la mano, la cierra a medias, lentamente.

Por los balcones llegan los ruidos de la ciudad que empieza a entrar en movimiento y la brisa de la mañana que sacude el guardapolvo de los canapés, la carpeta de una mesa; se oye un estrépito lejano, confusión de campanillazos, choque de ruedas y de herraduras, chasquidos de látigo, silbos... se acerca, aumenta el estrépito... pasa el tranvía; el tañido tenaz, monótono, de una campana que llama a misa; en la calle, pisadas, carraspeos, el trajín de carros y coches.

De una pieza vecina llegan las notas claras, mecánicas, del piano en donde estudia Dolores: do, re, mi, fa, sol, la, si, do... do, si, la, sol, fa, mi, re, do...

Un leve golpe en la puerta.

—¡Adelante!

Entre un ruido de cuentas y medallas se presentan dos Hermanas de la Caridad... El millonario las envuelve en una rápida mirada; hace un gesto de disgusto; observa la figura varonil, los hombros cuadrados de la hermana Visitación, y se inclina con un movimiento de instintivo respeto ante la hermana San Ligorio. Cada día más flaca, más espiritualizada. Los ojos entre las ojeras sombrías tienen una fascinación indecible y revelan la nostalgia incurable de los desterrados, el excelso reposo de la esperanza.

—¿Qué las trae por acá, hermanas? dijo Montellano con su voz estentórea, levantándose y dando algunos pasos que hicieron temblar el piso.

Se sentaron todos; hubo una corta pausa en que resonaron en el aposento el alboroto del tranvía y los dobles quejumbrosos de una torre vecilla. Las hermanas se miraron; habló la hermana San Ligorio, y, al hablar, levantaba suavemente las manos que había reposado sobre los brazos de la silla: unas manos largas, aristocráticas, como hechas de una sustancia inmortal. Su voz, de una música triste, penetraba hasta el fondo del alma.

—Señor de Montellano: conocemos la generosidad de usted y venimos a pedirle una limosna para los enfermos que no pueden ir a los hospitales y que cuidamos la hermana Visitación y yo en sus propias casas.

Montellano giró sobre el asiento de su escritorio, hizo crujir el resorte, se puso de pie.

—¿Una limosna, hermana? pero si ustedes no saben cómo estoy... los gastos de Bogotá son extraordinarios... esas clases de Dolores... no se gana un cuartillo... nadie me paga...

Se dirigió a la pared, dio un golpe con la mano abierta sobre un plano firmado por Karlonoff.

—La composición de esta casa no más vale un caudal... Karlonoff con su plano equivocado me iba arruinando...

Al hablar hacía gestos violentos, ademanes de desesperación; Con su voz dominaba el bullicio le la calle, el estruendo de coches y de carros, el choque de herraduras, el grito penetrante de los chicuelos: |"¡La suerte enterita...!" "¡La Revaluación...!" "¡La Integridad...!" "¡El Escorpión con caricatura...!"

—Perdone usted, señor Montellano, dijo con su voz melodiosa la hermana, volveremos en ocasión más propicia; nuestros pobrecitos enfermos carecen de todo y tenemos que recurrir a la caridad de los corazones compasivos...

Volvió a estallar el vozarrón de Montellano:

—Ustedes tienen, hermanitas, como veinte casas, media Sabana, acciones en todos los bancos, fondos en Europa... más bien podrán ayudarme...

Las hermanas hicieron una sonrisa de protesta, de resignación, y se encaminaron a la puerta entre el rumor de cuentas y medallas.

—Usted se informara mejor, dijo la hermana Visitación, dirigiéndose a Montellano; volveremos después; no desconfiamos de su corazón generoso.

—¡Aguárdense! ¡Aguárdense! gritó Montellano, no quiero que se vayan con las manos vacías...

Y empezo a buscar con afan en los bolsillos del saco, del chaleco, de los pantalones. Por fin encontró dos papeles sucios, dos billétes de a peso, y se los entregó a la hermana San Ligorio.

—Dios se lo pague, señor Montellano.

Al pie de la escalera encontraron las hermanas a Alejandro, quien al verlas se inmutó, se inclinó profundamente.

—Monsieur Alexandre, dijo la hermana Visitación, ¿por qué no ha ido a vernos?

—Iré mañana...

Después de que ellas pasaron, subió con celeridad la escalera. En la puerta del despacho se encontró con el doctor Alcón; pero Alejandro entre adelante, dejando la puerta abierta. Alcón volvió a la galería donde había estado esperando, y, mientras Alejandro se despachaba, se enfrascó del nuevo en su lectura: |"La Integridad. Director: |Luis Sánchez Méndez." Quería tener la fruición de leer un artículo elaborado entre él y Karlonoff, con el objeto de proporcionar dificultades a Ronderos y sus amigos. ¡Gozaba tanto en aspirar el olor de la tinta fresca de sus producciones!

" |Canalización.—Ya nuestros piadosos lectores se han dado cata del contrato que se celebró, va para tres meses, entre su señoría el Ministro de Finanzas y el señor Bellegarde. Interpretando el gusto y voluntad de nuestros coterráneos queremos satisfacer una y otro recogiendo opiniones de personas asaz entendidas en la materia y pertenecientes a diversas clases, partidos y profesiones. Es por eso que hemos enviado sendas esquelas a los señores cuya lista va en seguida ..."

Y al ver ese |que galicado sintió una conmoción, un choque eléctrico. Comprendió que Karlonoff había retocado las pruebas de imprenta a última hora. Se creyó perdido si llegaba a ser conocida su participación en el escrito y resolvió ocultar a todo trance su connivencia en ese delito gramatical.

"El director de |La Integridad, teniendo en cuenta la reconocida competencia de usted en asuntos fiscales, de ingeniería y de canalización, suplica a usted venga en responder las preguntas del siguiente interrogatorio, si a su gusto acomodare y a su voluntad satisficiere."

Del fondo de la galería salían las escalas y los ejercicios que estudiaba Dolores; un pasaje constantemente principiado y continuámente trunco, a que se mezclaba la voz de la Rondinelli.

—Señorita, empecemos de nuevo.

Alcón siguió leyendo:

"1ª En opinión de usted ¿es científicamente realizable la obra de la canalización?

"2ª ¿Debe prestar fe completa a los planos, dibujos, cortes y trazados presentados al Ministerio por los ingenieros franceses?

3ª ¿El sistema de diques movibles será preferible al empleo de dragas?

"4ª ¿En esta empresa, hecha con capital extranjero, no habrá un peligro para la seguridad nacional y en general para la raza latina en América?

"5ª En caso de que ingrese al tesoro la fianza de un millón de francos, ¿a qué debe destinarse?

"6ª Si en concepto de usted se debe aplicar la amortización de la moneda enferma, ¿cuál sería el procedimiento que debería seguirse?

"El director de |La Integridad espera de usted pronta respuesta.

"Señores doctor Melchor J. Alcón, publicista y filólogo.—General Floro Landáburo, connotado revolucionario.—Doctor Carlos Onofre Sandoval y Sabogal, coronel de puentes y calzadas.—Doctor R. Agüeros, médico.—S. C. Mata, poeta.—Giovanni Malatesta, artista.—N. González Mogollón, comerciante.—Ramón Montellano, banquero.—Nic. Villafañe, agente de negocios.—Nabuc. Benavides, cafetalista, agricultor.—N. Tapia, agricultor.—John K. Gacharnah, agente viajero.—Escipión Socarraz, político y periodista.—Terencio Nichols, fotógrafo.—Expósito Montes, fabricante de calzado.— Nerón Jaspe, sastre profesor (estudios en Dublín y Nápoles).—Sinaí Largacha, encuadernador.—Aura de Cardoso, hombre de letras."

Suspendió Alcón la lectura con sobresalto, porque del despacho salía la algazara de un altercado sostenido por el vozarrón del millonario la voz de Alejandro en que temblaba la cólera.

—Hace dos meses, don Ramón, que cerrámos el negocio de la venta de |Cebaderos y aún no hemos concluído.

—Ayer se firmó la escritura, ¿qué más, don Alejandro?

—Que ya no tengo paciencia: después de discusiones inacabables convinimos en un precio fijo de 55.000 dólares... Al ir a firmar la escritura me salió usted con que tenía que refaccionarle la casa de la hacienda... nueva póliza; volvimos a la notaría, y ya había agregado usted, sin consultarme, que los gastos de registro y notaría eran de mi cuenta. Convine también...

—¿Si usted convino, de qué se queja, don Alejandro?

—Quince días después, cuando me dio usted su palabra de honor de no cambiar nada a la póliza, agregó una nueva cláusula...

—¿La de las bardas de las tapias y arreglo de medianías? dijo la voz ronca

—Sí, señor; contestó la voz colérica.

—Pues bueno, usted también convino.

—Por fin, don Ramón, se firmó ayer la escritura, en que usted mismo hizo poner que pagaría 55.000 dólares en oro o en letras de cambio.

—Bueno. Por eso le di ayer, al firmar la escritura, las letras.

—Pero no sobre Europa, sino sobre la plaza de Manizales, y no he encontrado quien me compre esas letras... nadie necesita fondos en Manizales.

—Eso se lo arreglo.

—¿Me da oro?

—Eso si no. Usted ya confesó, don Alejandrito, en la notaría, que había recibido a su entera satisfacción. Le cambio las letras sobre Manizales por letras sobre Europa o por oro amonedado, si me hace una rebaja.

—Creí en su buena fe, Montellano, y me equivoqué. ¿En cuánto debo pagar la equivocación?

—Dejamos lo 50.000 redondos.

—Para mí es una cuestión de honor, cosa de que usted no entiende. Ofrecí pagar hoy a Bellegarde el valor de las acciones que me entregó, confiando en mí, hace meses.

Sintió Alcón que la puerta se cerraba con violencia, y poco después vio a Alejandro que, enrojecido, con los ojos centellantes, cruzaba el corredor que resonaba con su cólera, y se dirigía a la escalera.

—Mi querido doctor Alcon, dijo Montellano, echandole el brazo y conduciéndolo a un canapé sobre el cual caían. los rayos del sol. ¡Quién me hubiera dicho que usted viniera a ser uno de nuestros sabios, de nuestros hombres políticos de importancia!

Por la calva pálida del sabio pasó un baño de carmín, Se. sentaron. Montellano encendió un cigarro, estiró las piernas, echó grandes bocanadas de humo.

Un silencio. Entraron al cuarto por los balcones el timbre de una bicicleta, el ladrido de un perro, rumor de conversaciones, silbidos, el paso de los transeúntes sobre los enlosados de la calle.

La lección de piano había terminado, seguía la de canto. Por la puerta entreabierta llegaba, con la voz fresca de Dolores, la, romanza de Carmen: |"L´amour est enfant de Bohéme... Il n’a jamais, connu de loi... Si je t´aime, prends garde á toi..." Frases que resonaban de un modo extraño en aquel templo de Mammon, en que sólo dominaban el egoísmo brutal de las combinaciones comerciales, el afán de ganancias, de lucros enormes.

Montellano se levantó, cerró la puerta con llave y, después de chupar con fuerza el cigarro, exclamó:

—Dolores me ha vuelto la casa un colegio; diez clases por día: clase de piano, clase de canto, clase de pintura, clase de corte, clase de gramática, de francés, de italiano de historia... y todas esas son historias; con que supiera sumar y algo de cocina, bastaría.

Al oír nombrar Dolores volvió a pasar sobre la calva de marfil  baño de púrpura.

—Amigo Alcón, usted sabe mucho; así me gusta; irá muy lejos. Usted ha escogido la carrera que en este país puede conducir a las posiciones más elevadas, lleva a los más altos puestos: la gramática, la literatura. Entró al Gobierno, puso un pie en el Ministerio, apoyando por la prensa al general Ronderos en |El Sostén Oficial, y luégo con grande naturalidad que yo aplaudo, para dar un paso más, ingresó en el partido de los íntegros, donde se adquiere atente de honradez, muy útil para cualquiera operación.

El sabio guardaba, un silencio prudente y Montellano continuó acercándose más y envolviéndolo en su mirada aguileña, que se hacía ahora blanda, acariciadora, fascinante.

—Si a usted lo arrojaran del Ministerio en estas circunstancias, se diría que era por temor de fiscalización, porque había descubierto manejos ocultos, especulaciones, cuestiones de manos puercas.

Luégo, bajando la voz, en tono aún más confidencial:

—El Gobierno tiene ese ferrocarril de Sabanilla; sé que la empresa de canalización marcha y tiene muy despejado el río en Bocas de Ceniza; cuando entren buques por ahí, el ferrocarril se quedará sin carga, no producirá nada, no valdrá nada. Sinembargo yo lo compraría por un precio bajito, a plazos... ¿Se admira usted de que quiera comprar una empresa caída, ruinosa? Pues, amigo, yo tengo mucha experiencia, conozco el país, pueden venir trastornos imprevistos... y con ellos el fracaso de la canalización, depreciación de moneda... y presintiendo la ganancia, escuchando y ese torrente de billetes que iba a despeñarse sobre su caja, Montellano, en un movimiento inconsciente, paseaba la mano inquieta por los brazos, los filos del espaldar, por el asiento del canapé. Alcón, que mientras hablaba su amigo, había conservado la mirada fija en las labores de alfombra, la levanto, la clavo de lleno en los ojos de Montellano, volvió a inclinarse. Montellano, animado ya, continuó:

—Quisiera también que me ayudara en lo del empréstito al Gobierno que tengo pendiente con Ronderos, para que me reciba siquiera la mitad órdenes de pago a la par. Esto es lo más importante por ahora... y otra cosa muy importante suspender o retirar los fondos de los bonos del 48... eso es fácil... una economía.

Resonaron golpes en la puerta. Alcón alarmado se levantó en el acto, tosió, habló recio, se dirigió a la puerta. Mientras lo acompañaba, Montellano decía:

—No le pesará, Alconcito... no le pesará...

Polanco, agente del millonario, había llegado la víspera de la costa. Era un joven agraciado, de facciones finas de bronce, de ojos brillantes. Dio parte a su jefe de haber efectuado la operación ordenada, la compra de tierras cultivadas a orillas del río Magdalena, para revendérselas a la empresa de canalización, que las necesitaba con urgencia, realizando así una ganancia cuantiosa e inmediata.

Después de enterarse de las condiciones de la compra, Montellano estalló en protestas por haberse comprometido a pagar al contado, por el alto precio.

—Nada, lo que no hago yo mismo, queda mal hecho. No hay modo de interesarlos a ustedes suficientemente para que pongan actividad e inteligencia en los negocios... ¿Y la canalización?

—Están trabajando muy bien; tienen mucha gente...

Siguió dando a Montellano, con inflexiones variadas en que subía y bajaba la voz, explicaciones, detalles completos sobre el estado de los trabajos de la empresa.

—¿Que dejó usted por la costa?

—Hay movimiento, hay comercio; pero hemos logrado que el disgusto sea general, y Landáburo, a su paso, dejó organizado el partido de la revaluación, y habló mucho de las tropelías y de las especulaciones del Gobierno. Si los íntegros no nos dejan metidos, como otras veces.

—Bueno, usted me tendrá al corriente. Si acaso va a haber algo, llevaremos a cabo una operación sobre el ferrocarril de Sabanilla.

Un golpazo en la puerta, y Socarraz atravesó el salón con paso menudo, a pesar de su corpulencia, como deslizándose, como arrastrándose.

Llevó a Montellano al hueco del balcón; sacó del bolsillo un manuscrito.

—Lea usted, don Ramón.

Y él leyó un artículo titulado: |El rico avariento, en que se excitaba al pueblo a descuartizar a Montellano, a saquearlo, a recuperar esa inmensa fortuna mal habida.

—¿Ya leyó? dijo Socarraz, clavando en su interlocutor sus ojos bizcos. Eso y una caricatura estupenda me llevaron a |El Escorpión que hubiera tenido muchísima venta; pero yo no quise publicarlos, a pesar de mis ideas.

Montellano, que sentía con inquietud la mirada oblicua del periodista clavada en él y con disgusto el tufo de aguardiente, sacó sin chistar de su cartera un manojo de billetes y se lo ofreció.

—No, no; lo que quiero es una colocación e sus empresas, en los estancos de tabaco, en el monopolio de fósforos, en alguna de sus haciendas... Yo soy hombre para todo.

Iba a continuar; pero se presentó Nerón Jaspe, el sastre profesor, con estudios en Dublín y en Nápoles, y con un envoltorio negro debajo del brazo. Montellano acogió con gran placer la ocasión de cortar con Socarraz, y, volviéndose con viveza a Nerón Jaspe, le dijo:

—Lo estaba esperando, amigo; pruébeme la levita.

Se quitó el saco, lo tiró sobre el canapé. El sastre tomó la levita; se acercó con cortesía y se la puso a Montellano. Se colocó enfrente, metió la mano para acomodar la camisa, dio dos tirones a las solapas, volvió a retirarse para observar.

—Se presenta bien, dijo con una sonrisa de satisfacción.

Unos golpes discretos en la puerta.

—Siga usted.

Era Bellegarde. Al ver la operación del ensayo, iba a retirarse.

—¡Adelante, adelante! gritó Montellano; precisamente lo estaba necesitando para pedirle un servicio.

—¿Un servicio? Pues si está en mi mano, delo usted por hecho.

—No para mí; para este joven, y mostró a Socarraz, que desea trabajar.

Bellegarde fijó en él la mirada perspicaz, parpadeó, vaciló un instante; y volviendo a recobrar su actitud ceremoniosa:

—¿Una colocación?... preguntó. ¿Lo desea usted, señor Montellano

—Se lo agradecería extraordinariamente. Le convendría a usted, a él, a todos...

—Muy bien, dijo, que pase cuando quiera por  mi oficina.

El sastre continuaba señalando arrugas, clavando alfileres, desprendiendo otros que cogía en los labios. Se inclinaba, volvía a enderezarse. Tomó una manga, la desprendió, la puso a un lado.

—¿Qué lo trae por acá? dijo Montellano dirigiéndose a Bellegarde y accionando con el brazo en que blanqueaba la manga de la camisa.

—Venía a tratar de las tierras que usted ha comprado por medio del señor Polanco —y se inclinó ante éste— en las márgenes del río. Usted me ganó de mano. Está bien. Ha tenido fe en la prosperidad de la empresa. Yo debo pagar mi descuido y la fe de usted. A mí me complace que todos los colombianos ganen. ¿Quisiera usted por esas tierras el doble de su costo?... Sería una utilidad de... permítame; sacó un memorándum, hizo rápidamente una cuenta, una utilidad para usted de doscientos mil francos.

Polanco, que escuchaba a distancia, no pudo reprimir un movimiento de satisfacción y dirigió a Montellano una mirada de codicia y de triunfo, como respuesta a las reconvenciones y burlas de poco antes.

Montellano empezó entonces a moverse, inflamado por la fiebre del lucro, mientras el sastre continuaba dando vueltas alrededor suyo, arrancaba la otra manga y señalaba los ojales.

Esas tierras, decía el millonario, agitando ambas mangas de la camisa, eran la única herencia de sus hijos... Había hecho para comprarlas sacrificios ruinosos... Le habían costado mucho más de lo que el conde creía; los envidiosos le habían informado mal... Pero estaba en grandes afanes de dinero... ahogándose, estrechado por sus acreedores... y tal vez por complacer al señor conde podría entrar en el negocio, aunque no por la suma ofrecida sino por mucho más... El éxito de la empresa era seguro; el valor de esas tierras incalculable, porque la paz era firme, duradera...

Al agitar los brazos resuenan las mancornas de los puños. Sobre el lino blanco se ven guarismos, operaciones, palabras, abreviaturas de memorándum escritas con lápiz.

Se paseaba, se rascaba la cabeza, tomaba actitudes desoladas, de hombre que está al borde de la ruina y se desataba en lamentaciones.

—Usted me conoce, dijo Bellegarde secamente. Sabe que pago bien, que no regateo y que trato mis negocios de una sola vez. |C’est á prendre ou a laisser, y dio media vuelta.

Con su paso ratonil se había colado Karlonoff, que, en mitad de la pieza y agitando un papel, exclamó

—Señor Montellano, vengo por el valór de un cuentecita. Es la octava vez que se la presento.

Y el señor Montellano se volvió tan bruscamente hacia Karlonoff, que hubiera derribado al sastre profesor con sus estudios en Dublín y Nápoles, si no saca el cuerpo.

—¿Cuentecita usted? Yo soy el que debía cobrarle todo lo que me ha hecho perder con su maldito plano; por poco me deja en la calle.

Bellegarde continuó su movimiento de retirada.

—Permítame usted un momento, le gritó Montellano, siempre nos entenderemos.

—No, señor, replicó Karlonoff, encolerizándo y dando palmetazos sobre el plano. Verdad es que un desplome se ha presentado, ese desplome no es inconveniente.

El sastre profesor, Socarraz y Polanco habían formado un grupo aparte, cuchicheaban, mantenían una conversación misteriosa y animada.

—¿Que el desplome no es un inconveniente? prorrumpió Montellano, al bajar la pared sufrió todo el enmaderado, se pandearon las vigas y los limatones... Un momento, señor Bellegarde... El cielo raso de la sala se cuarteó... El florón vino al suelo... un florón de yeso... Aguérdeme, señor Reflegarde, siempre nos entenderemos... El entablado también ha sufrido... ¿El desplome no es inconveniente?, camine a la calle se lo muestro; verá con sus propios ojos el tamaño de las grietas; su plano no sirve para nada...

El sastre alarmado se lanzó en pos de su cliente, viendo que había olvidado su traje, esa levita hilvanada y sin mangas. Trató de contenerlo por las faldas que se descosieron y quedaron pendientes.

Abajo, en la calle, entre un círculo de curiosos, Karlonoff continuaba impertérrito una conferencia científica. Y Montellano, entre andrajos flotantes, con una mano agarraba al coronel de puentes y calzadas y con la otra señalaba las famosas grietas.

Pasó Bellegarde en ese instante, huyendo del tumulto; pero los ojos de águila lo descubrieron, la mano que señalaba la pared se cerró a medias lentamente, y temiendo que la presa se le escapara, el millonario gritó:

—Bellegarde, estamos convenidos... pero al contado... oro americano...

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