CAPITULO I
BOCETOS
¡Excelentes perdices! exclamó el general Ronderos, con
aquella sonrisa que lo rejuvenecía.
Se enjugó los labios, alzó la copa, la contempló al trasluz, la
apuró con delicia: un borgoña tibio, que esparcía por el comedor su
aroma, entre una atmósfera de holgura y refinamiento.
Las tapicerías, los cortinajes, los aparadores oscuros,
concentraban sobre la mesa la luz que se quebraba en los prismas de
los candelabros, centelleaba en los cristales de las copas,
resplandecía sobre el mantel de nieve. En el centro, formando una
armonía de blancuras, se levantaba un ramo de rosas de
Castilla.
¡Excelentes! repitió Roberto, merecen pasar a la historia,
como el halcón del cuento... único halcón que se ha servido en
salsa...
Las señoras dirigieron a Roberto miradas de curiosidad y de
sorpresa. El continuó, después de un corto silencio, en que se oía
el tintín de los cubiertos
Un hidalgo pobre, gran cazador y grande enamorado, tenía
por única fortuna un halcón que era su orgullo... su
Providencia.
Algo así como el cuervo de San Antonio Abad interrumpió
doña Teresa, en cuyos ojos chispeaba una inalterable expresión de
alegría.
Ni más ni menos; pero en lugar de pan, le llevaba las
palomas del vecindario. El halcón era lo que él más quería...
después de una hermosa castellana que habitaba en la misma
comarca... ¿Su nombre? y paseó la mirada por los circunstantes...
No lo recuerdo. Llámenla ustedes. con un nombre poético, doña Sol,
Violante, Inés...
Y se volvió hacia Inés, su prima, que seguía con interés el
relato.
Frente a la joven estaba el conde Hugo Dax Bellegarde, en cuyo
obsequio se daba esa comida.
La hermosa castellana... llamémosla Inés... admiraba aquel
halcón de plumaje brillante, de pico de acero; lo veía con delicia
cruzar el aire, describir grandes círculos, orientarse en el
espacio, y con habilidad asombrosa, con majestad regia, que yo no
puedo pintar pero que ustedes se imaginarán como quieran, lanzarse
sobre su presa, cogerla en las garras, llevársela al hidalgo...
De vez en cuando se desprendía del ramillete un pétalo de rosa
que, girando en semicírculo, flotaba en la atmósfera tibia,
revoloteaba, caía blandamente.
Cierta mañana, una mañana azul y dorada como la de todo
cuento, ve él, entre dichoso y angustiado, que doña Inés, seguida
de sus pajes y escuderos, llega al castillo, se desmonta de su
hacanea, sube la escalinata:
Señor marqués, me invito a almorzar hoy en su compañía...
El tiembla de placer y también de espanto... A almorzar... Aquel
día el halcón nada había cogido... no había un pavo en el corral,
ni un pollo en el gallinero... ¡ah... sí... una idea luminosa!... y
conmovido le da al cocinero una orden secreta... pasó un rato...
crecía el apetito... se sentaron a la mesa... En el almuerzo la
hermosa Inés ponderaba un ave magnífica que le habían servido en
una salsa excelente... aunque no tan buena como ésta... ¡Magnífica
perdiz! exclamó ella... lo mismo que acababa de hacerlo el general
Ronderos... Y ya a los postres, con su sonrisa irresistible, pidió
doña Inés una gracia...
Una gracia... mi sangre... mi vida...
No tanto, marqués... su halcón... su halcón lo que
pido..
¡Mi halcón!...
Sí, su halcón... es un capricho de mujer... estoy
enamorada de él... mi único capricho... ¿me lo niega usted?...
¿verdad que no?...
Ah... imposible complacerla!...
¿Imposible?...
Sí, señora... ¡imposible!... dijo el marqués.
¿Por qué?
Perdóneme usted... ¿el halcón?... ¡nos lo hemos
comido!
Los alegres murmullos de los convidados llenaron el comedor,
sobresalía la voz sonora del doctor Miranda.
Bueno, dijo el general Ronderos, ¿cuál fue el desenlace
del cuento? ¡Ah! sí, agregó dirigiéndose a los dos primos y
envolviéndolos en una mirada, ya me lo figuro... acabó en
matrimonio, como todas las novelas.
Con la chanza del viejo general se dibujó en todas las caras
una maliciosa sonrisa. Hubo un corto silencio. Inés, ligeramente
ruborizada, creía disimular arrancando algunos pétalos de rosa. El
general Ronderos se preguntaba si había cometido alguna
indiscreción, y en un instante, con el pensamiento, reconstituyó la
situación de los concurrentes: el antiguo cariño de Inés y Roberto;
el tácito asentimiento de las dos madres; el probable matrimonio,
retardado sólo por lo escaso de la fortuna del joven; las luchas de
éste y de doña Ana para sostener su posición y salvar los restos de
su antigua riqueza.... Vio en el conde Bellegarde el hombre
de las grandes empresas y de la inmensa energía, a quien Inés
miraba ya con interés creciente un posible rival para
Roberto... Sí, y aquella palabra
|matrimonio, que había
soltado inpensadamente, parecía plantear de pronto un problema en
aquella familia... Quién vencería...
Los ojos color de acero del conde, dejando a la fisonomía su
aspecto glacial, se encendían con un relámpago fugitivo al
contemplar la faz dulce y serena de Inés, y volvían a tomar su
expresión fría al ver al lado de ella a Roberto, que, nervioso,
flexible de cuerpo y de entendimiento, esparcía en torno suyo la
alegría, procurando animar con su charla a los convidados y
arrancar de su habitual tristeza a su madre, sobre cuyo traje negro
se destacaba la blancura de las canas y de las manos largas y
transparentes.
Inés, deseando cortar el silencio y llamar la atención hacia
otro asunto:
Esa leyenda, dijo con su timbre de voz musical, esa
leyenda, según creo, ha servido de tema para un drama. ¿No es
verdad, Roberto? Eso me parece... Ahora nos cercioraremos...
Sí, sí, observó Bellegarde, acudiendo en auxilio de Inés,
es un drama de Tennyson.
Al cual refiero mi cuento en prosa bogotana, agregó
Roberto.
Bellegarde frunció imperceptiblemente el ceño, parpadeó y
recobró en el acto su aire impasible y ceremonioso.
Se acercaron los sirvientes; asomaron sus caras por entre los
convidados, mientras en voz discreta decían:
¿Chateau-Lafitte?...
Llenaron las copas de vino rojo. Sobre el mantel blanquísimo se
cruzaron las sombras de rubí con el ópalo de los vinos
blancos...
Trajeron el asado.
Bellegarde, que se hallaba a la derecha de la dueña de casa,
doña Teresa, indicó con una venia respetuosa que su vecina debía
servirse primero.
¿Cree usted, señor conde, dijo Roberto, que sea pura
galantería o una tradición muy antigua eso de que se sirvan las
señoras antes que los hombres?.
El conde permaneció en silencio, se quitó el monóculo y
dirigiéndose a Roberto, forzó una sonrisa de benévola
expectativa.
Qué ha de ser sino una costumbre caballeresca, como tantas
otras de origen francés dijo el doctor Miranda.
Repasa tu
|Génesis, Sebastián, y encontrarás que esa
costumbre nos viene desde el paraíso.
¿Desde el paraíso?
Sí, Eva se sirvió primero.
Al cortar el asado, notó doña Teresa que estaba duro, meneó la
cabeza, hizo un gesto de contrariedad, sonrió con despecho, y se
excusó diciendo:
Perdonen ustedes, no está tierno...
No tenga cuidado, tía, dijo Roberto; es como Inés: no
tiene corazón.
Entre los concurrentes descollaba la figura del doctor Miranda,
que con su cabeza de asceta hacía ademanes negativos a las dos
señoras, doña Ana y doña Teresa, con quienes sostenía una
conversación animada. Sí... sí... era evidente, le reprochaban su
esquivez para dejarse oír en el púlpito; él nunca avisaba cuando
iba a predicar; eso era imperdonable; sobre todo con su propia
familia; y luégo escogía las iglesias más retiradas, más humildes;
pero el público lo adivinaba, iba en masa, llenaba el templo... No
cabían tántos que necesitaban aprovechar esas reflexiones tan
profundas... tan conmovedoras... ¡Ah! debía corregirse en
adelante.
El doctor Miranda se dirigió a Roberto y con su voz sonora:
Famoso el último número de
|La Ilustración
Santafereña, le dijo.
Sólo que va un poco, atrasada, interrumpió el general,
estamos a 1º de enero y el número que salió fue el correspondiente
a julio.
Lo cual quiere decir que los suscriptores son seis meses
más jóvenes que los no suscriptores. Me deben estar agradecidos;
les he proporcionado el elíxir de la juventud.
Y una lectura exquisita, que recomiendo a todas mis hijas
de confesión... Tu estudio sobre costumbres santafereñas, tus
cuadros coloniales son de mano maestra. He asistido de cuerpo
presente a las tertulias caseras de nuestros abuelos en que, entre
sorbo y sorbo de chocolate, se comentaba la crónica de la ciudad,
se leían los pocos periódicos de entonces, se comentaban las
noticias de España, se saboreaban chistes inofensivos, de buen
tono, con más placer que el chocolate. Has pintado muy bien esa
sociedad capaz de todas las energias, competente para los más altos
puestos y cuya vida se deslizaba en. medio de la apacibilidad más
completa, en la gracia de Dios, sin amarguras, sin ambiciones, sin
envidias, ni más afán que el de alcanzar una buena muerte.
Y mientras hablaba, sus ademanes amplios y expresivos daban a
sus palabras mayor fuerza, especial energía. Su voz, educada en la
cátedra sagrada, tenía inflexiones ricas, variadas, y él, a pesar
suyo, se iba encendiendo con el calor de la idea.
Señor Bellegarde, continuó, como turista, usted deseará
conocer la sociedad santafereña de há cien años, tan diferente de
la nuestra, que ha perdido su personalidad, su carácter propio; lo
empeño a que lea los artículos de Roberto. Y luégo dirigiéndose a
él: te estoy agradecido realmente; me has hecho pasar los sustos
más divertidos en tus fiestas de toros sueltos; he formado parte de
los paseos al
|Aserrío y al
|Guarrús de Fucha; me
llenaste de devoción y encanto en tu procesión de Corpus; he rezado
en tus
|pesebres la novena del Niño y bailado después... ¿Se
ríe usted, tía Teresa? He bailado al són de la guitarra, el
sampianito y el bolero ; y me chupé los dedos después, en la cena,
con el agasajo de empanadas y buñuelos.
Bellegarde, a quien había interesado la figura del sacerdote, se
fijaba ahora con mayor atención en él.
Era la presencia del doctor Miranda de aquellas que revelan
superioridad, y que desde luego la hacen amable porque no tratan de
imponerla: el porte mesurado e involuntariamente majestuoso, la
mirada vivaz y penetrante, la frente huesosa y meditabunda. Algunas
canas en las sienes, la palidez, las huellas de la penitencia, de
la meditación, del trabajo intelectual, contrastan con la blancura
virginal del cutis, con la húmeda brillantez de las pupilas. La
costumbre de pensamientos solemnes y benévolos, la paz interna de
una vida sin mancha, el amor de los hombres, el gozo de una
esperanza inefable, brillan en su mirada, se reflejan en su
sonrisa, se manifiestan en sus ademanes fáciles, e imprimen un
sello indeleble a toda su persona.
Nuestros abuelos, continuó el doctor Miranda después de
una corta pausa, pudieron ser felices a pesar de que no conocieron
a Wagner, ni a Nietzsche, ni a Zarathustra...
Ni los dramas de Tennyson, agregó Roberto.
Bellegarde, queriendo complacer a Inés, contestó
No pretendo que todos los dramas de Tennyson sean buenos;
confieso que en el jardín del poeta helado por las nieves del
invierno, cuando escribió sus dramas, no se abrían ya las flores...
Yo tengo, para él una deuda de gratitud porque me embelesó, me
conmovió profundamente en
|Becket... Es ahí donde debe
juzgársele, sobre todo cuando Irving, el gran trágico, da el
drama.
¡Ah! pero entonces es Irving quien consigue el éxito.
Nada podría hacer él sin el tema grandioso; sin la
transformación pintada por el autor del hombre mundano, del
pecador, en santo, en mártir... Lo recuerdo como si lo estuviera
viendo en el último acto, ceñida la mitra, herido, moribundo en las
gradas del altar, mientras que el canto llano de los monjes llega
por bocanadas, junto con los gritos del populacho, con el retumbar
de los truenos que hacen estremecer hasta los cimientos la inmensa
basílica.
Bellegarde hablaba lentamente, en un tono monótono, con ligero
acento francés, buscando las palabras, pero en un español correcto
y castizo.
El general Ronderos le manifestó su complacencia por verlo
poseer el español tan a fondo, y Bellegarde contestó que no era de
extrañarse porque su madre era española y él mismo admirador de la
lengua y la literatura de Castilla.
¿Vio usted a Irving en
|Carlos I? dijo Roberto, para
darle un tema en que el conde parecía complacerse.
Por su puesto, exclamó Bellegarde, animándose, conmovido
por un recuerdo lejano; lo vi... Ah, de esto hace quince años!...
Largo tiempo, ¿No es cierto?
Para Irving
|Carlos I fue su gran batalla, su Marengo. Se
penetró tan bien del papel, que parecía el retrato hecho por Van
Dick desprendido del lienzo; recuerdo el gran porte frío y
melancólico (e instintivamente se volvió hacia doña Ana); recuerdo
la mirada altiva y triste, la sonrisa amarga, aquella frente pálida
surcada de venas azules, en que se veía el sello de la
predestinación trágica.
Y en tanto que hablaba iba observando a las dos señoras; trataba
de adivinar el alma, de reconstruir la vida entera por las
fisonomías: parecían de una misma edad, pero ¡qué diferencia! La
una, doña Ana, con su cabeza blanca y el vago tinte de melancolía
en los Ojos, revelaba una vida de amargura, de resignación
dolorosa. La otra, doña Teresa, con la alegría inquebrantable que
chispeaba en sus pupilas, con sus mejillas llenas y sonrosadas,
reflejaba el bienestar, una vida amplia... Y luégo, ¡qué contraste
entre sus dos hijos, que tenía Bellegarde enfrente! De la
melancolía de doña Ana había resultado la broma de Roberto; de la
vivacidad exuberante de doña Teresa, la reservada Inés.
Bellegarde iba despertando en la joven un sentimiento contrario
al que abrigó por él cuando lo había conocido, pocos días antes. Al
verle su aspecto glacial, impasible, le había parecido antipático;
pero ahora se iba presentando un hombre nuevo; tras el espeso velo
que parecía cubrir su espíritu, a pesar del esfuerzo constante en
vigilarse, en dominarse, se escapaba como un rayo de luz, una
chispa de fuego, se denunciaba un apasionado del arte.
Terminó la comida. Pasaron al salón. El conde observaba, al
atravesar las galerías, los retratos antiguos, los jarrones de
alabastro, y en el salón de recibo el perfecto estilo imperio en
que los dibujos amarillos de las sederías y el oro de los muebles,
de los marcos, de los candelabros, armonizaba con el tono general
del aposento, con todas aquellas gradaciones del verde, que en
cadencia deliciosa y como en acorde musical iban declinando
suavemente desde la colaboración brillante de la esmeralda hasta el
tinte opaco de las hojas secas y el verdinegro más profundo de los
estanques.
Doña Teresa y doña Ana se retiraron al cuarto contiguo: el
saloncito del piano.
Ana, te he notado muy triste... dijo doña Teresa
afectuosamente; te he considerado mucho; ya sé que tuviste que
vender la antigua casa de familia... tan cómoda... ¿a quién?
A un señor de fuera que llega en estos días. Lo siento,
sobre todo por Roberto.
¡Cómo!... esta noche está tan alegre...
El día en que está más apenado es cuando se me presenta
más chispeante y cariñoso. Míralo... ahí está en el centro de aquel
grupo, haciéndolos reír a todos... y sin embargo tengo seguridad de
que ahora mismo está pensando en que esta semana tiene que ir a
entregarle la casa a un desconocido... El último resto de nuestra
fortuna... Esa casa tan llena de recuerdos. Te confieso que no he
tenido valor de volver allá desde hace meses.
No te preocupes por Roberto. El con su talento, con su
facilidad para todo... lo queremos tanto... dijo mirando a Inés...
además ese gran negocio que proyecta con el señor Bellegarde...
¡Ah, Roberto tiene un gran porvenir!...
En el centro del salón, en un grupo bullicioso, que animaba
Roberto, formado del general Ronderos, el conde Bellegarde e Inés,
se hablaba de todo, se saltaba de un tema a otro; el próximo abono
de la ópera, en que venían como
|prima dona la Rondinelli y
como tenor Malatesta; las carreras organizadas a beneficio del
hospital docente por González Mogollón; las dos revistas recién
fundadas:
|La Mujer Independiente, de doña Aura de Cardoso, y
la
|Pagoda Nietzsche, del poeta Solón Carlos Mata.
El general Ronderos desempeñaba a la sazón la Cartera de Guerra
y estaba encargado de la de Finanza, y Bellegarde, que había venido
al país para desarrollar grandes empresas, se encaminó con él hacia
un rincón donde habían servido el café su una consola de mármol. Y
allí con su tono de voz mesurada, con sus ademanes sobrios,
explicaba al Ministro, que lo escuchaba con interés, los prodigios
que se habían obrado en otros países
americanos, por medio de a paz y de los capitales que podría
proporcionar su grupo.
Su grupo se ocupaba especialmente de colonizaciones, de
canalización de los ríos. El había concluído trabajos importantes
en los Estados Unidos, en México, en la Argentina.
Desgraciadamente, su permanencia en Colombia tendría que ser corta,
porque sus amigos deseaban que se emprendiera la canalización del
Sena, haciendo de París puerto de mar, a cuyo efecto había
presentado ya su proyecto y sus planos a la comisión que estudiaba
el asunto. Colombia, para él, era un país más rico, de un porvenir
más brillante que ningún otro suramericano; sólo faltaba la paz,
pero el progreso material, la riqueza, el bienestar, la harían
incontrastable; él, Bellegarde, representaba a grandes banqueros,
una compañía fuerte, un grupo serio, "su
grupo".
El general Ronderos, cuya fisonomía vivaz, de rasgos movibles y
ojos que chispeaban bajo las cejas grises, contrastaba con la
frialdad mesurada del conde, escuchaba con encanto aquellos planes
de progreso.
En este país, cruzado por tres inmensas cordilleras, decía
Bellegarde, los ferrocarriles son demasiado costosos... Para llegar
a ellos necesitan ustedes caminos más baratos, los que la
naturaleza ofrece: las vías fluviales.
Tienen ustedes como salida al mar esa vía, sólo que es una vía
primitiva, salvaje, indisciplinada... hay que domesticarla, hay que
educarla, hay que reducir a su lechó el Magdalena y aumentar el
caudal de su corriente navegable tapando los brazos... y entonces
tendrá usted, señor Ministro, en Honda, que será el gran puerto,
Puerto Ronderos, buques como
|La Normandía, como
|La
Turena... y el conde siguió así explayando sus ideas, mostrando
grandes conocimientos en la materia, lleno de un entusiasmo y de
una fe que comunicaba al viejo general.
¡Ah! señor Bellegarde, haremos mucho por este país. Mañana
mismo lo espero a usted en compañía de Roberto, en el Ministerio de
Finanzas. Ya entregué sus planos al doctor Karlonoff, consultor
técnico del Ministerio.
Roberto se acercó a ellos.
Señor Avila: usted es de los nuéstros. Le he agradecido la
fe que ha tenido en la empresa, la confianza que ha depositado en
mí, tomando acciones de fundador... usted no se arrepentirá. La
empresa enriquecerá al país y enriquecerá también a los
accionistas... si hay paz.
El general Ronderos, restregándose el bigote con entusiasmo,
mostraba a Roberto su admiración por los conocimientos del
empresario, por su adivinación, por la precisión de sus
cálculos.
¡Oh! no es nada, señor Ministro; encontrar el Magdalena
como la vía más importante para Colombia, es el huevo de Colón.
¿Me permite una objeción, estimado Bellegarde?
El conde se figuró que Roberto iba a combatir su proyecto, se
quitó el monóculo, lo mantuvo en alto, se preparó a la réplica.
Diga usted.
Pues bien... es que no hay huevo de Colón.
El doctor Miranda e Inés se habían acercado. Bellegarde se
incrustó el monóculo, recobró su aire de fría afabilidad.
¡Ah, Brunelleschi!
¿Cómo así? preguntó Inés.
Esto me lo ha contado, le respondió Roberto, el
|cicerone que me mostró a Florencia; yo no sabía más italiano
que el de las óperas, pero hablaba el guía con tal fuego, con tal
mímica, que le entendí. Santa María del Fiore, la catedral de
Florencia, estaba inconclusa, faltaba la techumbre; el sol y el
agua se entraban con toda confianza. Se abrió un gran concurso para
adoptar una cubierta. Llega el día, se instalan los jueces,
examinan los proyectos. Brunelleschi propone que se haga una cúpula
en forma de huevo. La idea se juzga irrealizable, se le cree loco,
se le expulsa del recinto; pero él vuelve a la carga:
Vamos a ver, señores, esta es la forma de mi cúpula, el
que logre poner de punta este huevo sobre la mesa, ese debe ser el
preferido, el que lleve a cabo la obra.
Los arquitectos cogen el huevo, lo examinan, prorrumpen en
risotadas.
Entonces Brunelleschi lo toma, le da un golpe, queda colocado
verticalmente... manchando, por supuesto la carpeta.
Y esa cúpula fue la desesperación de Miguel Angel,
concluyó el doctor Miranda; al idear la de San Pedro, la admiraba
sin querer imitarla... en su despecho repetía: no te quiero copiar
y no puedo superarte...
|comete,
|non voglio;
|meglio
|di
|te,
|non
|passo.
Pero acabó por imitarla, y se llevó la gloria de la
originalidad; nadie se acuerda hoy de Brunelleschi; por eso he
vuelto por él, para que se le deje siquiera el mérito de haber
manchado una carpeta con yema de huevo... la suerte de los que no
sacan partido de sus invenciones, terminó Roberto, y... que
aprovechan otros, está expresada en un solo verso de Cyrano de
Bergerac... mavie... ce fut détre celui qui souffle et
quon oublie!
Y tal vez por eso te llaman a ti Bergerac, interrumpió el
doctor Miranda.
¿Le gusta a usted la música, señor conde?...
Ofreció Roberto el brazo a su prima, la llevó al piano y
permaneció en pie cerca de ella.
Al pasar cerca a una mesa, Inés había dejado encima un ramo de
rosas de Castilla que llevaba al pecho.
El general Ronderos se acercó al doctor Miranda; Bellegarde, que
veía con cierta desazón la intimidad de los dos primos, se levantó
y con su aspecto impenetrable, que revelaba a veces la
indiferencia, a veces el aburrimiento, fue dando vueltas por el
salón, puesto el monóculo, encorvándose para observar algunas
fotografías, irguiéndose para mirar los retratos al óleo. Se detuvo
ante dos lienzos de iguales dimensiones y ricamente enmarcados.
Dejó caer el monóculo, dio un paso atrás, recogió la vista. No le
desagradaban: pintura moderna, pincel inseguro, una misma mano,
aunque dos asuntos distintos; dos tendencias contrarias...
Sí, sí, eran de un mismo pintor... en el contraste baste
aparente de los dos lienzos había una misma idea, un símbolo, una
intención marcada... aun viéndolos de lejos, abarcándolos en una
sola ojeada, el colorido indica la intención del artista: el un
cuadro, en tonos luminosos, calientes; el otro, en tintas frías,
muertas. La luz ambiente marca la diferencia, traza la antítesis:
es un juego trágico de coloraciones.
Se acercó a uno de los lienzos, observó talles... El asunto
tratado con tintas vivaces y transparentes: un circo de carreras.
Pasó al otro: paisaje gris, un campo de batalla.
Veamos los detalles, se dijo aproximándose, seguramente
esto no es de un maestro; se nota más bien la mano de un
aficionado... incorrecciones de dibujo, falta de academia, poco
vigor anatómico... más intención que maestría... No hay relación
entre la idea y el desempeño... acaso no un trabajo definitivo,
sino dos bocetos... no está del todo malo; a pesar del descuido,
gran sentimiento del color... brillo, franqueza, energía... El
hipódromo. Un cielo luminoso que lanza su esplendor sobre una
pradera verde... la pista, las tribunas colmadas de espectadores...
Es un estudio al aire libre, lleno de movimiento: cabezas en que se
pinta la ansiedad, el apiñamiento de la muchedumbre, y aquí y allá,
alegrando el conjunto, toques rojos, azules, amarillos, en los
gallardetes en las sombrillas, en los trajes, en las chaquetas los
|jockeys; ese paisaje, esa turba, ese movimiento, envueltos
en una atmósfera tibia, en un esplendor de ámbar que todo lo
acaricia y transfigura... ¿El otro?... El paisaje gris... Tina sola
mancha, forme, monótona, casi desapacible, con intensidades
misteriosas en las sombras. Del cielo lechoso baja la luz sobre un
páramo de grandes ondulaciones negras. En el fondo, entre las
brumas, resplandores rojizos, que dejan adivinar una batalla...
allá, en el último término... Acá, solo en primer término, un
oficial tendido en tierra, abandonado cerca de hoguera extinguida;
el hilo de humo que se alza lado del moribundo le da al cuadro un
carácter soledad lamentable. Y el conjunto produce una sensación
intensa, profunda, la intención se revela en el lienzo con una
grandiosidad melancólica.
La música continuaba: Roberto a la derecha, con la mano en el
papel y la mirada fija en Inés, espiaba el momento en que ella, con
una sonrisa rápida y una inclinación de cabeza, le indicara que
debía volver la hoja. Bellegarde dejó los cuadros y se dirigió al
piano. Vio la pareja, la sonrisa.. El eterno idilio de los
primos... matrimonio hecho... Pero no, no pensemos en la música,
volvamos a los cuadros... Al pasar junto a la mesa se detiene, toma
el ramo, aspira su fragancia, arranca unas rosas... se acerca a los
bocetos. Este
|jockey del primer término que avanza
victorioso sobre la yegua negra, entre la polvareda luminosa, está
más estudiado... se siente, se adivina el modelo... Lo mismo que en
el moribundo del cuadro gris... Es una cara fina, espiritual... sí:
un mismo modelo He visto esa cara en alguna parte... ¿dónde? ¡ah
sí, es el primo, siempre el primo... ¡Roberto!
Calló la música... un breve aplauso.
Bellegarde, que estaba en el extremo del salón, empezó a
atravesarlo para felicitar a Inés; y Roberto, al observarlo, se
sentía involuntariamente atraído hacia el extranjero, porque su
aire señorial,
|feudal estaba suavizado por una fisonomía en
que se leían siempre pensamientos altos y nobles, por su distinción
exquisita... Frases de admiración, de excusa... "no... no
... ella no merecía tánto..."
Comentarios sobre la interpretación, sobre Chopin, sobre las
sonatas.
Veo, dijo Inés, que es usted un conocedor, un artista, que tiene
un gusto especial por la música.
¡Ah! señorita, permítame que le dé una definición del
ingeniero, que es mi oficio: la música es la combinación de dos
fuerzas, de dos hermosas fuerzas, la fuerza del espíritu y la
fuerza del sonido.
Me aparto de su opinión... esa no es una definición de
ingeniero; es una definición de artista... y de un buen artista...
¿Y usted cómo define la música, Roberto? preguntó Inés.
La música es la expresión exacta de lo indefinido, otra
definición matemática.
Pero usted debe tocar piano, amigo mío, insinuó el conde;
y ante la negativa de Roberto, prosiguió:
Entonces estoy cierto de que canta, acompañado por
|mademoiselle.
¿Cantar yo? Usted no ignora que el canto del buho anuncia
la muerte de un hombre... si yo cantara, mi voz anunciaría la
muerte de los buhos.
Bellegarde, volviendo a observar los dos bocetos, dirigió una
mirada interrogadora.
¡Ah! sí, dijo doña Teresa, que se había acercado.
¿Pregunta usted quién los pintó?... Un sobrino mío...
Alejandro... Me los envió de Europa hace tres meses. ¡Si usted lo
conociera! Hace de todo: viaja, pinta, escribe... se divierte... Un
artista... Artista no, no precisamente... un apasionado, un gran
corazón, el íntimo de Roberto... en fin, ya lo conocerá usted,
llega pasado mañana.
Un apasionado, sí, dijo Roberto, un derrochador de
sentimientos, un buscador de emociones... un San Agustín... en la
primera época...
¡Ah! pero ese gran corazón, dijo el doctor Miranda,
llegará a la segunda etapa, a la segunda época, con ayuda de la
gracia.
Ante todo, un grande amigo, dijo Roberto.
Sí, observó el doctor Miranda, es una amistad generosa: de
esa amistad no puede decirse que sea la higuera estéril de la
parábola.
¿Qué nombre, preguntó Bellegarde, les ha dado a estos
bocetos... digo mal, perdón, a estos cuadros
¡Ah, señor! dijo doña Ana con su voz más, joven que su
fisonomía, Roberto le dio a Alejandro la idea de estas pinturas, y
me dio la pena de servir él de modelo... imagínese usted: modelo de
un muerto... hasta me he soñado viéndolo así, a él mismo, en ese
páramo... En fin, él, que dio la idea, quiso también darles los
nombres, e indicó luz y sombra... Esto de los nombres ha suscitado
toda una polémica de familia. Cada cual da un i distinto para los
dos cuadros: Teresa, Día y Noche; Sebastián, Antítesis... a ver
quién más... El general Ronderos, La paz y la guerra.
Inés ha propuesto, dijo Roberto, el lema de un escudo de
nuestra familia: Gloria y duelo.
Magnífico, señorita, exclamó el conde; dice mucho,
|bien
trouvé.
Y usted, señor Bellegarde, preguntó Inés, ¿qué nombre les
daría?
Después de un momento de meditación:
Yo buscaría, no dos nombres, no la antítesis, no el
equilibrio entre dos ideas, sino la expresión del pensamiento
íntimo del autor, algo que abarque ambos cuadros... ambos
espectáculos... El marco que pudiera encerrar los dos lienzos,
presentando el tema de un solo golpe... Como la lección, como el
deseo, como el arranque que esas imágenes produzcan; como un grito
del alma que sale del autor y repercute poderosamente en los
espectadores: las alegrías de la paz, los horrores de la guerra...
y no sé... no encuentro...
Y se quitó el monóculo, se pasó la mano por la frente:
Un telegrama, dijo un criado.
Es para mí, observó Roberto; ¡y es de Alejandro!...
¿Alejandro? preguntaron varios a un tiempo...
Sí, ya llega... ya está en Honda, tía Teresa, envía
saludes para usted y para Inés, un abrazo para ti, madrecita, algo
más... ¡cómo!... malísima noticia! vea usted, general
Ronderos...
Y entregó el telegrama al general, quien se acercó a un
candelabro, sacó los anteojos, leyó con lentitud, hasta que de
pronto frunció las cejas y estrujó el papel.
¿Qué es? dijeron todos. El general devolvió el telegrama,
que pasó de mano en mano: Alejandro anunciaba que Floro Landáburo
volvía del extranjero y que a su tránsito por las poblaciones
organizaba juntas y hacía mítines políticos.
Es el eterno agitador, dijo Roberto a Bellegarde, para
explicarle lo que sucedía... un hombre, sin valor, impotente para
el bien... pero capaz producir el incendio...
Se presentó en la sala un joven militar, una ancha cicatriz en
la frente y en cuyos gestos maneras se revelaba el recuerdo perenne
de la ordenanza.
¡Hola Borrero! exclamó Roberto: ¿qué traes?
El coronel entregó al Ministro un telegrama que decía así:
"Ministro Guerra:
Vengo haciendo propaganda favor paz.
|Flandáburo"
El general Ronderos exclamó con voz bronca:
¡Es la guerra!...
Ese hombre, añadió Roberto, dirigiéndose al conde, llegará
a Bogotá, fundará periódico, agitará el país; y en tanto, Tubalcaín
Cardoso, otro revolucionario, que estuvo en la guerra de Cuba, y
ahora en una revolución en Centroamérica, vendrá a invadirnos... Ya
verán que Cardoso, con un ejército de aventureros, penetra algún
día por los Llanos.
Cesaron las conversaciones, un pensamiento de horror apagó la
alegría; todos sobrecogidos presentían el desastre.
Doña Ana se pasó una mano temblorosa por el cabello, y con
espanto dirigió una mirada hacia el paisaje gris, el cuadro de
batalla, el páramo de grandes ondulaciones negras, donde agonizaba
el oficial tendido en tierra, abandonado cerca de una hoguera
extinguida... El hilo de humo que se alzaba al lado del moribundo,
le daba al cuadro un carácter de soledad lamentable.
¡Ah! mi buen amigo, dijo el general Ronderos, dirigiéndose
al conde y paseándose con inquietud, estos rumores caen siempre en
los momentos de mayor descuido y alegría; el estrépito de las
batallas retumba constantemente en nuestros oídos, y cuando el país
empieza a reponerse de sus quebrantos, cuando sonríe el porvenir,
alertas como éste, dijo sacudiendo el telegrama con violencia,
vienen a derrumbar toda esperanza. En los hogares colombianos tiene
eco lúgubre el alarma; a las satisfacciones del trabajo suceden el
terror, a zozobra; la revolución avanza sordamente; es la lava que
infatigable corre en la sombra, que busca salida y que rompe por el
cráter tarde o temprano.
El doctor Miranda, con una voz que llenó el espacioso salón,
exclamó: "
|Vocem terroris audivimus, formido et non est
pax". Y juzgando que las señoras no entendían,
tradujo: "Llegan voces de terror, cunde el espanto, no hay
paz". Non est pax.
Ese, exclamó Bellegarde, con un ademán amplio, ese debe
ser el nombre de los cuadros: ¡Pax!