CAPITULO IX
MONUMENTO A LOS MUERTOS
Alejandro iba y venía por los salones de su casa, en los últimos
preparativos de marcha; releía y quemaba papeles; ayudado de un
criado arreglaba maletas, acomodaba en ellas algunos libros; colocó
al lado una espada que le había servido en dos campañas anteriores;
luégo fue a dar un último adiós al monumento que le traía el
recuerdo vivo del mejor instante de su vida, ese monumento que era
para él como el sepulcro de la felicidad... ¡El monumento a los
muertos!... Qué sentido tan amargo y tan trágico, pensó de golpe,
el que le encuentro ahora. La época de destrucción y muerte que ha
comenzado para Colombia está simbolizada, encerrada ahí:
Un sepulcro colosal, a uno y otro lado hombres, mujeres y niños,
que en el umbral de la eternidad se agitan, avanzan de rodillas,
prosternados, en pie, según su agonía, su resignación o su
heroísmo... Sí, esos infelices que van al combate a morir a
millares, esas madres, esas esposas que los siguen a los
campamentos y que perecen de dolor y de miseria, esas muchedumbres
diezmadas por las balas y por las epidemias, están aquí
representados, se muestran en ese sepulcro, están en la puerta de
la eternidad... ¡Esa figura central tendida en la. cripta, cobijada
por la sombra gigantesca de la muerte... es Colombia! ¡Muertos
heroicos, muertos ignorados, muertos humildes, sobre cuyas cenizas
insepultas no se alzará una lágrima, éste será para vosotros
recuerdo, monumento y sepultura. La fosa común en que pudieran
hacinarse los huesos que la revolución dispersa en los montes y las
llanuras colombianas.
Se oyó en el silencio del cuarto un lejano toque de clarín;
ruido de caballos, el paso de un escuadrón. Apresuró los
preparativos de marcha pensando con dolor y con rabia que dejaba
sus comodidades, sus cuadros, sus libros, para ir a lanzarse en lo
brutal, en lo disforme, para ir a chapotear en el lodo y en la
sangre, a ver llagas y lágrimas, a respirar la atmósfera de los
cuarteles, el ambiente de los hospitales.
Salió a toda prisa; tomó el tren y en la agitación de la marcha,
cruzando la sabana a todo vapor, al lado del general Ronderos,
entre el retintín de armas, envuelto por el aparato de la fuerza,
viendo el brillo de los aceros y los colores de los uniformes,
çambiaron sus pensamientos, sintió la fascinación de la lucha, el
atavismo batallador, el deseo de remover obstáculos, de ser más
hábil, más audaz, más resistente que el adversario.
El general Ronderos buscó en un bolsillo, sacó un papel y lo
entregó a Alejandro:
En el trajín del embarque, del despacho de la gente,
olvidé mostrarle este telegrama. Roberto, tan pronto como llegó a
Girardot, atacó al enemigo.
¿Y...?
Preguntó Alejandro con ansiedad.
Lea: buenas noticias, contestó el general Ronderos con la
calma de un hombre envejecido en las emociones de la guerra.
Alejandro leyó:
"Girardot, enero 4...
General RonderosBogotá.
Desde las 8 a.m., hora en que llegámos, principió tiroteo en el
puente de hierro que habían desentablado y fortificado. El enemigo
resistió hasta las 4 p.m. El
|1° de Bogotá se ha manejado con
denuedo y arrojo. Casanova con su batallón decidió el combate.
Pasámos el puente y acampámos al otro lado del río en la hacienda
de
|La Gloria, donde hay recursos suficientes para la
tropa.
Salvo orden contraria, seguiré en persecución de rebeldes, a los
cuales se ha unido Socarraz con 500 mulas. Expósito Montes, Nerón
Jaspe y Sinaí Largacha ocuparon Honda. Landáburo, que se ha
proclamado presidente provisorio, ha ocupado Bodegas, tomado
buques, expropiado café, cueros, caucho; cumple su promesa:
|carga sus morrales con frutos de exportación. Comunique
instrucciones.
Roberto."
Después de leer el telegrama, Alejandro interrogó al general
Ronderos:
¿Y de Bellegarde nada ha sabido usted?
Nada.
Es extraño: desde la noche de La Unión, ni una palabra
suya.
Estaba conmigo cuando el asalto de Socarraz... Pensaba
irse el 1° pero habrá detenido su Viaje... En este desorden, en
esta barahúnda, nadie sabe de nadie, seguiremos averiguando.
Llegaron al extremo de la línea, dejaron el tren. Alejandro voló
al telégrafo, allí le entregaron un telegrama de Roberto, fechado
en La Gloria. Leyó:
- "Aquí va en su viaje incierto
- Quien con el alma te ama,
- Y espera, cuando hayas muerto,
- Recibirte en el gran puerto
- Que de igual modo se llama."
Después de poner todo el ejército en movimiento por la vía de
Honda, Ronderos y Alejandro al trote de las mulas conversaban.
Francamente, decía Ronderos, la situación del Gobierno es
grave: Cardoso, aunque derrotado en un primer encuentro, volverá
más fuerte; toda la República está ardiendo; pero lo más serio es
esto de que la revolución haya tomado el río, Honda, Barranquilla,
quitándonos toda comunicación con la costa, con el exterior. Las
aduanas, los recursos...
Lo primero, general, es tomar a Honda.
Sin duda; a eso vamos.
Y luégo...
Luégo barreno de los llanos del Tolima, pasar a Antioquia,
y por tierra, puesto que no hay vía fluvial, llegar a la costa
atlántica.
Pero el río... insinuó Alejandro, ¿no cree usted
conveniente flanquearlo, ocupar algunos de sus puertos, interrumpir
las comunicaciones de los revolucionarios?
Claro. Usted se encargará de eso. Entrará por las montañas
de Antioquia, se dirigirá al río por entre los bosques. Ocupará a
Puerto Borja, que usted conoce como nadie. Después veremos.
Alcanzaron un batallón que había salido la víspera. Los
soldados, bañados en sudor, agobiados por el sol, saludaron a su
jefe con aclamaciones de entusiasmo.
Adelante, perdiéndose y reapareciendo en los zigzags de la
pendiente, se divisaba la silueta doctor del Miranda; las tocas
blanquísimas de las hermanas de la caridad.
Después de tres días de marcha, en que murieron de insolación
algunas cantineras, llegó el ejército, bajo un cielo de fuego, a
orillas del río Magdalena, frente a Honda.
El general Ronderos y Alejandro, acompañados por un grupo de
edecanes, hicieron un reconocimiento bajo los fuegos del enemigo.
Los revolucionarios habían destruído el puente colgante, cuyos
cables destrozados se hundían en las aguas. Las fuerzas de
Landáburo, Montes, Jaspe y Largacha ocupaban algunas casas de la
orilla opuesta, o se atrincheraban en las alturas, tras largos
parapetos formados con las planchas del puente o los durmientes del
ferrocarril.
Ronderos alineó sus tropas entre algunos pastales de guinea en
que se hundían los soldados hasta el pecho y sobre una colina
pedregosa que dominaba las fuerzas contrarias.
General, dijo Alejandro, todavía quedan atrás algunas
tropas. ¿Quiere usted que esperemos?
No, Alejandro, contestó el general Ronderos sin detener el
caballo. Ya están aquí los cañones... Vea usted qué aprisa trabajan
esos oficiales del
|Granaderos ... El cañón llamará a los
atrasados.
De las mulas iban cayendo las ruedas, las cajas, y pronto se
iban armando las baterías, con sus pilas de balas cónicas al lado.
Empezó el cañoneo.
El fogonazo, un desgarrón, una trepidación de terremoto que
conmueve el aire hasta el último confín del horizonte. Mil ecos
repiten el insólito fragor, en incesante rimbombo. Las granadas
atraviesan zumbando el río y van en la orilla opuesta a abrir
boquetes en las trincheras, a despedazar las casitas, que saltan en
fragmentos. Columnas de humo que barre el viento, entre las cuales
flotan a veces coronitas blancas.
El general Ronderos se estremeció con una mezcla de gozo marcial
y de tristeza, pues el cañón para él tenía en esa nueva éra de
sangre y de dolor, una voz que insulta y que gime, que amenaza al
enemigo y que va rezongando un
|de profundis por los
muertos.
Apenas principió el tiroteo de la fusilería cayó el jefe del
|Junín; lo llevaron a alguna distancia a retaguardia, lo
colocaron en la sala de una casita preparada para ambulancia por el
doctor Miranda y las hermanas de la caridad. El sacerdote se
inclinó sobre el herido.
¿Dónde?
Aquí, doctor, en el pecho...
Se abrió la camisa, la sangre empezó a correr por el
piso.
Mi doctor, ¡agua... agua!
Se apretó la herida con la mano izquierda; con la derecha
oprimía el brazo del sacerdote. Este comprendió, se inclinó a oír
la confesión del moribundo.
Después de un rato, sin poder casi articular, murmuró
Mi doctor, se pelea recio.
Hasta allí llegaba el rumor de la batalla, se distinguía el
traqueteo del fuego graneado; luégo las descargas cerradas, el
trueno sordo de los cañones, el golpe regular de la ametralladora.
Llegaron con otros heridos. Se empezó a llenar la casita de sangre,
de lamentos, de estertores. El calor se hacía cada vez más
asfixiante. Llegaron las hermanas de la caridad, después los
practicantes, los médicos. Se organizó el servicio.
La hermana San Ligorio, en medio de los gritos desgarradores, de
los sollozos, de los alaridos, de los regueros de sangre, lavaba
las heridas, curaba las llagas, refrescaba las gargantas abrasadas,
los labios resecos, enjugaba el sudor de la muerte y derramaba en
los oídos de aquellos desgraciados palabras de conforto, de
resignación y de esperanza.
El doctor Miranda en el primer momento tuvo que dominarse: era
brusca la transición, pasaba de sus libros a la guerra, de maestro
helenista a capellán de ejército, de su gabinete de estudio a esa
salita sofocante, llena de llagas, de lamentos; sintió en seguida
despertarse en él un nuevo entusiasmo, una vocación nueva, y aceptó
su tarea con heroísmo, casi con júbilo.
Manchadas las manos y la sotana de sangre, acudía a todas
partes, confortando, auxiliando, bendiciendo; ayudaba a transportar
los heridos, a colocarlos sobre la mesa de operaciones donde los
practicantes y el médico, de prisa, cortaban piernas, brazos, que
iban cayendo al suelo y empujaban desdeñosamente con el pie; metían
las pinzas en las llagas profundas, cosían de prisa los jirones de
carne entre borbotones rojos. El sacerdote oía con horror que
continuaba el fragor de la batalla, veía con eto que seguían
trayendo otros y otros heridos.
Ya los ayudantes del médico remangados, con los brazos cubiertos
de sangre, no se preocupaban por llevar a los heridos a la mesa,
trabajaban con afán, con premura, como en cuerpos muertos.
Un practicante, sin hacer caso de los bramidos de dolor del
paciente, extrajo del estómago una hala a un capitán tendido en
tierra sobre un montón de paja que se iba enrojeciendo, mientras
otro herido seguía con curiosidad, con horror, el juego del
escalpelo y esperaba su turno recostado contra la pared De súbito
el capitán empezó a ahogarse, a vomitar sangre. Otros llenaban la
casa con gemidos, con gritos desgarradores, con estertores de
muerte.
Uno de los heridos, acostado en el corredor, con una pierna
fracturada, se incorporó, se apoyó en el codo, puesto el oído al
rumor de la batalla.
¡Qué bien está trabajando la ametralladora!
Una bala perdida hirió a un buey cargado con pertrechos. El
animal frunció la piel, azotó la cola, como para ahuyentar un
fastidio, luégo se doblegó lentamente, se extendió agobiado por la
carga, puso el ojo en blanco, empezó a agonizar con un mugido
sordo, como una protesta contra la maldad de los hombres.
Alejandro, a escape, fue a traer un batallón retardado.
¡Vamos, muchachos!
Los animó, los hizo seguir a pasitrote, y ya cuando llegaban a
la línea de batalla, cuando pasaban silbando las balas, se volvió
hacia la banda de música que iba al frente del cuerpo.
El himno nacional, pronto, cualquier cosa, una marcha, un
bambuco.
Los músicos embocaron los instrumentos sin detenerse, y
confundiéndose con el cañoneo que parecía acentuar el ritmo, resonó
la marcha de
|Aida.
Alejandro, en un instante, con la evocación de la música, tuvo
un recuerdo de artista: el teatro, noche de ópera, la sala colmada,
alegría, movimiento, ondas de luz que hacen chispear los diamantes
en la blancura de las gargantas, destacan las fisonomías sobre el
fondo rojo y dorado de los palcos; en el escenario el triunfo de
Radamés...
Los soldados entraron animosos al combate, encabezados por
Alejandro, quien sintiendo hervir en sus venas la sangre rica de
sus antepasados, se irguió en la silla, se alzó en los estribos, se
lanzó entre los nubarrones de pólvora.
A un lado, al otro, observaba algún pormenor, mientras cruzaba
entre las filas empapado en sudor, respirando un aire de fuego,
sordo con el ruido incesante de las descargas.
Llegó a una colina: una ametralladora continuaba en su
traqueteo. El soldado que daba vuelta al manubrio cayó, lo
reemplazó otro, cayó también. Las balas seguían lloviendo sobre
aquel grupo que al fin se replegó. Uno de los soldados se levantó,
corrió sin sombrero, se detuvo, volvió a caer de espaldas y no se
levantó de nuevo. Alejandro se desmontó, trajo otro pelotón, hizo
funcionar de nuevo la ametralladora. Siguió recorriendo la línea de
batalla entre la atmósfera ardiente y caliginosa. Llegó a la colina
de los cañones, muerto de sed, sentía el cosquilleo del nitro en la
garganta. Desde la colina tendió en torno la vista: entre los
desgarrones del humo, cuadros de pesadilla: la escarlata de los
uniformes, la púrpura de la sangre, el azul de las chaquetas, el
azul del humo, árboles destrozados por las balas, caballos que se
revuelcan en la agonía, heridos que se arrastran entre charcas
oscuras, soldados que giran apresuradamente, que se agitan
afanosos, que aparecen, que se borran entre torbellinos de pólvora.
Caras encendidas, sudorosas, tiznadas, manchadas de sangre; caras
pálidas, desencajadas, dolorosas, cárdenas. Los muertos con los
ojos vidriosos, la boca abierta.
Se colocó en medio de dos baterías. Un comandante dirigía la
maniobra de los dos cañones Hotchkiss que resplandecían al sol, iba
de uno a otro con entusiasmo, con gracia juvenil, con agilidad
gatuna; hacía cargar, apuntaba con júbilo, lanzaba una carcajada a
cada disparo; luégo seguía en silencio, miraba a lo lejos hacia la
orilla opuesta, y al observar el golpe certero, al ver saltar
algunos tablones o alzarse la polvareda en la tierra de las
trincheras, o salir despavoridos los soldados de alguna casa, se
reía con estrépito, corría de nuevo a la batería, como agradecido,
se inclinaba, pasaba sobre el cañón ardiente la mano negra de
pólvora.
Míre, general Borja, este otro tiro.
Se inclinó sobre el cañón, fijó la mira, una rodilla en tierra,
volvió a erguirse risueño... dio un paso atrás, abrió los brazos,
cayó de espaldas con un punto rojo en la frente. De la orilla
opuesta concentraron los tiros sobre la meseta de los cañones;
cayeron heridos o muertos algunos artilleros más; manchas rojas
brillaban entre los pajonales. Llegó el general Ronderos impasible;
llovían las balas, el general siguió recorriendo la meseta al paso
corto del caballo, como ignorando el peligro, tranquilo y grave
como cuando recorría sus dehesas de
|La Laguna. Los edecanes
llegaban con precipitación, hablaban con afán, con entusiasmo,
caracoleaban, regresaban al galope y sus ademanes presurosos,
arrebatados, contrastaban con el paso pesado del caballo rucio, con
la tranquilidad del viejo veterano. De pronto éste se detuvo,
volvió lentamente la cabeza hacia Perucho, su corneta de órdenes,
que embocó el clarín, infló los carrillos y escuchó orden.
¡Cesar los fuegos!
En la otra orilla, sobre la tapia de una casa, por entre una
cortina azul de humo, ondulaba una bandera blanca. Se repitió el
toque de corneta y los fuegos fueron poco a poco apagándose. Se oyó
al otro lado del río otro toque... Toque de parlamento.
Poco después la bandera blanca empezó a bajar la cuesta, llegó a
la playa; se desprendió una canoa de la orilla y cruzó al sesgo el
río; Alejandro con el binóculo siguió la marcha de la canoa sobre
la corriente: observaba el incesante trabajo de los remeros, el
trajín para luchar con el ímpetu del río, el resplandor del sol en
los canales que destilaban gotas brillantes. Llegó la canoa,
saltaron a la playa los parlamentarios.
¡Hola! dijo Alejandro observándolos con el anteojo, son la
razón social Vidaurre y Villafañe.
Llegaron éstos. El general Ronderos dirigió su caballo al pie de
una inmensa ceiba.
Señor general, dijo Vidaurre, venimos en comisión de
paz.
Traemos, dijo Villafañe, estos pliegos del señor general
Landáburo, quien tiene el patriótico propósito de celebrar un
convenio político que ponga término a la actual guerra.
Ronderos sin desplegar los labios tomó el pliego, lo leyó, lo
pasó a Alejandro. Este leyó:
"Comandancia generalísima del ejército
terrofluvial.Presidencia provisoria de la República. Palacio
Presidencial.Honda, enero 6.Señor general Pedro
Alcántara Ronderos.En su campamento.Muy estimado
general y amigo: Ante todo espero que usted haga suspender los
fuegos contra mí y ordene que sus piezas de artillería no cañoneen
esta histórica ciudad, sin ninguna ventaja para ella. Yo, por mi
parte, no dispararé más sobre sus fuerzas. Le doy mi palabra de
estar aquí, sin movilizar tropas, hasta que usted llegue. Tengo
anhelo de conferenciar amigablemente con usted solo. Puede usted
pasar el río sin que yo le haga fuego. Haga izar bandera blanca en
la canoa que lo traiga o haga dar toque de saludo de almirante, si
viene de noche. Puede usted venir hasta con dos edecanes y un
corneta. Por mi palabra de general y de presidente provisorio
prometo que respetaré su honor y su vida. Amigo compatriota,
F. Landáburo."
Ronderos se desmontó, sus edecanes lo rodearon, y cuando los
parlamentarios creyeron que iba a dictar alguna comunicación,
oyeron que el general dijo muy sosegado y risueño:
Alejandro, tomemos con estos señores un vaso de cerveza.
Destaparon una caja. Ronderos bebió con avidez.
Estoy abrasado.
Después pareció acordarse del parlamento como de cosa
secundaria.
Amigos, dijo sentándose fatigado en una caja de
pertrechos: díganle al señor Landáburo que le doy una hora para
entregarse, por ser este el mejor medio de evitar derramamiento de
sangre.
Pidió otro vaso de cerveza, lo apuró con delicia y después de
una pausa:
Díganle que la entrega es sin condiciones pero que les
ofrezco a él y a sus tropas amplia amnistía y medios para volverse
a sus casas. Que él es para mí un simple particular, que no acepto
ningún pacto político pidió el caballo, que no hago
pactos con el desorden. Montó, miró el reloj en silencio,
picó.
General, exclamó Vidaurre, cuando ya se alejaba el general
Ronderos: el señor presidente provisorio nos dio instrucciones
verbales para hacer constar que él quiere ahorrar la efusión de
sangre de hermanos, que quiere evitar a la patria mayores lágrimas
y ruina.
Pues que se entrege, exclamó Ronderos con sorna, y taloneó
el caballo para ir a la playa donde los soldados bebían
ruidosamente, a grandes sorbos, sobre la arena candente y sumergían
con fruición la cara, las manos en las ondas del río.
Villafañe llamó aparte a Alejandro:
General, yo quisiera irme para la capital. Landáburo nos
hizo creer que sería una guerra muy corta; que el ejército del
Gobierno estaba comprometido; pero creo que va a prolongarse. Si
usted me hiciera dar un pasaporte para Bogotá...
Al instante, amigo, y auxilios de marcha.
Aquello, dijo Villafañe mientras señalaba hacia la orilla
opuesta, está todo dividido. El general Montes llegó el 1° de
enero, ocupó a Honda, tomó los vapores, organizó el ejército. Todos
estábamos unidos; pero llegó dos días después Landáburo, se
proclamó presidente provisorio, pidió que lo reconocieran, unos que
sí, otros que no; el ejército se dividió en dos bandos; los dos
generales se han amenazado con sus revólveres, el dichoso
presidente se ocupa, sobre todo, en recoger todos los frutos
exportables y meterlos en los vapores que va despachando para la
costa... en fin, yo me vuelvo a mi oficina.
Montó Villafañe y siguió hacia Bogotá, con nostalgia de
comisiones, de porcentajes, de premios y descuentos; pensaba,
mientras ascendía al
|Consuelo que era allá en la capital en
esos momentos donde podía hacer rápidamente una fortuna sin los
peligros de la guerra.
Vidaurre se embarcó para la orilla opuesta, siempre con su
bandera blanca en la popa de la canoa; se le vio subir en zig-zag
por la abrupta colina, entrar en una casa. Poco después se oyeron
abajo de Honda los pitos de los vapores.
Oiga, amigo, le dijo Ronderos a Alejandro, el enemigo lo
que quiere es aprovechar una tregua para escaparse. Están saliendo
en este instante; imposible ya cogerlos. Conozco el sistema; nunca
creí en la seriedad de los parlamentarios.
Poco después se desprendieron de la margen opuesta algunas
canoas que llegaron a ofrecerse para trasladar a Honda el ejército
del Gobierno.
Contaron los bogas que los generales Montes, Largacha y Jaspe,
acababan de marchar para los llanos del Tolima y que Landáburo, con
todos los vapores, entre ellos el
|Bellegarde y el
|Inés, había salido río abajo, tal vez para Puerto Borja.
Aprovechando el largo crepúsculo de la tierra caliente, empezó a
pasar el río la tropa de Ronderos, y mientras se restablecía el
puente, iban los soldados en canoas, las bestias a nado, atadas a
la popa.
Ocupada la ciudad, el general Ronderos envió fuerzas a órdenes
de Alejandro para perseguir esa noche misma a los guerrilleros.
¡Pobre gente! exclamó el general Ronderos, al ver desfilar
los cuerpos; están fatigados, rendidos después del combate de hoy,
pero no hay remedio, es preciso picarle la retaguardia al enemigo y
aprovechar en nuestros soldados el entusiasmo de la victoria. Si
las fuerzas de Montes se juntan con las de Socarraz y caen sobre
Roberto, correría un gran peligro; hay que volar en su auxilio.
Llegó la noche.
El doctor Miranda, acompañado por las hermanas de la caridad y
por un grupo de ordenanzas, empezó a recorrer el campo de los
revolucionarios. El grupo seguía la orilla del río, registraba las
playas, los pajonales, subía, bajaba, paseaba las trincheras, los
reductos, las casas desvencijadas por la metralla, trepaba a los
montículos, descendía a las hondonadas; iban a tientas entre las
tinieblas, guiados por los gritos de los heridos, por las quejas de
los moribundos, por el estertor de los agonizantes, tropezando con
los cuerpos rígidos, tocando aquí y allá las mejillas frías de los
cadáveres; del fondo de una cañada salía un quejido que iba
apagándose, desgarrador, desesperado. Acudió el doctor Miranda, se
acercó, se inclinó; la luz pálida del farol dejó ver un cuerpo
ensangrentado, las manos suplicantes y temblorosas, una cara bañada
en sombras de muerte; el herido abrió los ojos dilatados por una
inmensa esperanza, pareció suplicar con la mirada; hizo un esfuerzo
supremo para levantarse, pero soltó una bocanada de sangre que
empapó la sotana, y el sacerdote sintió que la mano que estrechaba
entre las suyas se desmadejaba, se ponía fría. Apareció en la
cañada y se perdió en la sombra una mujer que llevaba un niño
dormido en brazos; con un llanto sordo, incesante, tristísimo,
buscaba un rostro amado entre los heridos y los muertos.
Siguieron recorriendo el campo, y toda la noche la sotana negra
y las tocas blancas, alumbradas por el resplandor oscilante de los
faroles, como una visión fantástica, como las almas errantes de los
muertos en la jornada, cruzaban las faldas de la loma, recorrían
las márgenes del río, se perdían en las hondonadas, reaparecían en
las laderas, en los pajonales, para perderse de nuevo en las
habitaciones. Y de todo el campo salía un grito desgarrador, un
alarido penetrante, un lamento sin fin, palabras inarticuladas,
blasfemias, maldiciones, aullidos, invocaciones místicas, gritos
sin fuerza, quejas tristes, quejas interminables.