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CAPITULO VIII
EL CRISTO DE FAMILIA

Los últimos rayos del sol destacan sobre el traje oscuro de doña Ana y en la penumbra del aposento la cabeza blanca y las manos afiladas y exangües. En una actitud de abandono, de fatiga, sumida en un éxtasis doloroso, devoraba sus lágrimas, saboreaba su amargura, se sentía vencida, agobiada por la pesadumbre. Roberto partía esa misma noche para la campaña; al llegar de Ubaque le había hablado de esa partida como de una cosa probable, lejana; pero su corazón, su corazón tan fiel, que adivinaba los pensamientos de su hijo, le estaba diciendo que el instante de la separación estaba cerca.

Alguna vez había sonreído a la esperanza, había creído en la felicidad; su alma, como esas flores tímidas y descoloridas que nacen y crecen en la sombra, comenzaba a teñirse de rosa, empezaba a abrirse a un sol nuevo, a un sol desconocido: el sol de la dicha. Su imaginación entumecida en el hielo de la adversidad había abierto las alas, y tendido el vuelo. En medio de dulces ensueños había visto las perdidas haciendas rescatadas: |¡Cadahalso! ¡El Risco!... esos nombres que despertaban para ella recuerdos de humillaciones y torturas, iban a ser en adelante su orgullo y su ufanía, porque representaban los esfuerzos triunfantes de su hijo. Se había visto en la casa solariega de Bogotá, en medio de las sombras de sus mayores, rodeada de sus recuerdos, entre los retratos instalados ya para siempre en el salón antiguo en donde ocupaban su puesto los altos sillones y las cortinas de damasco.

Otra visión encantadora se había deslizado por su fantasía: el balcón, las rosas de Castilla que arrojaba ella sobre Roberto e Inés entre el rumor de veces cariñosas y el borbotar del agua en el tazón de piedra... En lugar de la angustia y la zozobra, la felicidad de Roberto, la fortuna, sólida, inconmovible. Y de golpe, en medio de sus sueños, en medio de la calma y la confianza... ¡la guerra!. Otra vez el sobresalto, la congoja, la agitación, la agonía... la fortuna perdida irremisiblemente... el espectro de la indigencia... la desesperación. La felicidad, la alegría, muertas, sepultadas en una tumba cuya losa sentía la débil anciana sobre sí; una losa pesada, gigantesca, que le trituraba los huesos, que le asfixiaba, que le oprimía el corazón, que le aplastaba el alma.

La rodeaba el silencio: un silencio cargado de amenazas, de presentimientos siniestros, de visiones trágicas: imagen y representación de sus compañeros inseparables en el instante en que partiera Roberto: la soledad y el abandono.

El reloj en el muro con su tic-tac igual, monótono, que no interrumpía el silencio sino que antes parecía formar parte de él, recordaba a doña Ana su presencia; con su voz sin timbre le iba descontando la vida, los instantes, le marcaba los átomos de la eternidad, y con su acento indiferente parecía burlarse de las ilusiones de doña Ana, recordarle sus desventuras, recitarle uno por uno sus desengaños, acercarle el momento cruel de la separación y de la ausencia, para seguir luégo monótono, glacial, acompañando con un mismo tono la risa y el llanto, contando los segundos, descomponiendo los átomos de la eternidad.

Haciendo estremecer a doña Ana resonó en la torre vecina el Angelus, y ella creyó descubrir en ese toque lento y quejumbroso, con dejos de una melancolía infinita, que el destino de dolor de que todas las tardes le hablaban esas campanas, iba a cumplirse, inexorablemente.

Era un tañido destemplado, agudo, chillón, humilde, que en aquella hora crítica, ante la perspectiva de la miseria, del desastre definitivo, venía a contrastar en su recuerdo con la campana mayor de la catedral que en un pasado que no podría ya resucitar, anunciando fiestas y regocijos, paseaba su voz clara y resonante por los aposentos de la casa solariega de los Avilas.

El destino de dolor iba a cumplirse: ¡la guerra le arrancaba la fortuna, le arrebataba a Roberto! Era el último golpe, el más formidable inútiles eran la resistencia, la lucha; había que entregarse resignada y muda a la fatalidad omnipotente; en un arranque de dolor, volvió los ojos angustiados a la Dolorosa: ¡Virgen Santísima, defiéndeme a Roberto, ampáralo, vuélvemelo a traer!

El alma de doña Ana, ejercitada en la tristeza sin lágrimas, en la angustia silenciosa, en el dolor mudo, se había ensanchado; abriéndose a la compasión esa alma, verdaderamente grande, abrigaba todas las ternuras maternales, todo el dolor huma no, y acompañaba en esa noche funesta a las madres que como ella veían partir a sus hijos a comarcas remotas, a climas insalubres en medio del hambre y de la desnudez, rodeados de peligros constantes y de enfermedades terribles para ago fizar y morir en los páramos, en las llanuras ardientes, en los campos de batalla, sin una mano compasiva que les cerrara los ojos.

Sintió el leve paso de Roberto en el corredor: se irguió en su silla, comprimió los latidos de su corazón. No quería con su abatimiento desalentar a su hijo, quebrantarle el ánimo; el deber lo obligaba a partir y era preciso que partiera. Ambos, por un acuerdo tácito, huían de los arrebatos de dolor, de las manifestaciones estrepitosas. Ambos eran de razas que sabían afrontar la adversidad, las penas hondas, la muerte, con frente alta y corazón entero, sin cobardías ni desfallecimientos.

—¿Estás ahí, madrecita?

Quedaron en silencio. El viento frío de enero gimió en las rendijas de la ventana, remolineó en el patio, trajo de lejos el pitazo de un tren. El viejo reloj en el muro, con pulsación igual, como de un sér insensible, ajeno a toda emoción, continuaba su tic-tac monótono... de pronto crujió, hizo un rodaje sordo... dio lentamente las siete.

Continuaba el silencio, el vendaval; el ramaje de los arbustos azotaba la baranda. El reloj repitió la. hora; el tren, como recordando a Roberto que había llegado el momento, lanzó de nuevo una señal larga, desgarradora, dominante, que repitieron lúgubremente los ecos del Monserrate.

Entonces doña Ana se levantó, irguió su hermosa cabeza blanca, atravesó la pieza con paso firme, se sacó del cuello un cristo de oro atado a una cinta, y mientras se lo ponía a Roberto, a tientas, furtivamente, como al acaso, le acariciaba la frente, las mejillas, el cuello, apoyaba las manos temblorosas sobre el pecho sobre el corazón palpitante...

—Es el antiguo cristo de la familia... con él murió tu abuelo... fue el último regalo de tu padre... ¡El te acompañe y te bendiga, hijo de mi alma!

 

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