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CAPITULO VI
BAILE DE MASCARAS

Treinta y uno de diciembre. Todos los veraneantes de Ubaque, los bogotanos que han ido a buscar en aquel risueño lugar olvido y alegrías, salud y expansión, se han despertado con la grata esperanza de un nuevo día de fiesta; Alejandro y Roberto dan esa noche baile de máscaras en La Unión, en obsequio de Bellegarde, que emprende marcha para Europa el 1° de enero. El año se va y se va entre risas y flores, entre regocijos y diversiones.

Deseoso el conde de conocer la laguna de Ubaque, ha emprendido marcha con sus amigos por la cuesta que a ella conduce; a la cabeza de la cabalgata va el general Ronderos.

—No pueden figurarse, decía, qué alegre me siento. Esa vida de preocupación constante, de zozobras e inquietudes, era una carga ya demasiado pesada para mis hombros. Asegurar la paz, afianzar su dominio fue mi única ambición en el Ministerio y creo haber hecho cuanto estuvo en mi mano. Me siento muy satisfecho, señor Bellegarde, de haber celebrado con usted el contrato para la canalización del río y de haberlo defendido. Con esa obra que enriquecerá sin duda al país, se ha dado un gran paso hacia la pacificación definitiva.

—Mi gratitud, señor general, contestó el conde, por la fe que ha tenido en mí y por las bondades que me ha dispensado, es muy grande. No dudo que el país, haciendo un acto de justicia y en bien de sus intereses, lo llamará próximamente a regir sus destinos.

—¡Oh! no, señor; no lo deseo, no lo quiero; yo sólo tengo ya que prepararme a bien morir, me siento muy viejo.

Una indiecita que servía de portera a la telegrafista se presentó jadeante con un telegrama para Bellegarde. Hicieron alto.

—Es el anuncio, exclamó Bellegarde, después de leerlo, de que el primer buque de alto bordo, el Colombia, entrará mañana por |Bocas de Ceniza, como lo habíamos prometido.

—Bendigo a Dios desde el fondo del alma, exclamó Ronderos con los ojos húmedos, estrechando la mano del conde.

—Además, continuó él, hay otra noticia que no disgustará a los accionistas: la empresa ha despertado verdadero entusiasmo, las acciones de a libra se cotizan en la bolsa de Londres a cuatro libras. Se me ofrecen grandes capitales para nuevas empresas. Es para mí profundamente sensible tener que abandonar el país mañana.

—¿Y no podrá usted detenerse, amigo mío? exclamó el general Ronderos.

—Imposible. Mañana hará un año justo, ¿recuerdan ustedes?, les manifesté que mi grupo se estaba ocupando de la canalización del Sena, haciendo de París puerto de mar; a cuyo efecto presenté mis planos y mis proyectos a la comisión que estudiaba el asunto. Han sido aprobados y el parlamento francés va a tomarlos en consideración; es indispensable allá mi presencia... Espero volver pronto a Colombia, el más simpático para mí de los países de América. Durante mi ausencia quedan encargados de la dirección de la empresa Alejandro y Roberto; ellos la llevarán adelante.

—Me figuro, dijo Alejandro por lo bajo a Roberto, que ya se habrán desvanecido tus vacilaciones y tus miedos; tus treinta y dos mil acciones valen veintiocho mil libras esterlinas. Una fortunita ¿eh? Puedes rescatar tu casa, las dos haciendas, quedándote todavía un buen respaldo.

—Pero yo no he querido ni quiero vender acciones... sería una indelicadeza.

Llegaron a la altura; después de la ruda cuesta se extendía una explanada con húmedos pastales. Echaron pie a tierra; se acercaron a la orilla y tendieron la vista en silencio.

—Un poco raro, ¿no es cierto, señor conde, decía el general, que exista esta laguna a semejante altura?... Algo como un lago suizo.

Todo lo envuelve una serenidad inmutable: la laguna refleja los picachos graníticos de las rocas, la inmensa mole del |Guayacundo, que cae a plomo sobre las aguas muertas y se retrata con todos sus detalles, sin que la mirada pueda distinguir la línea que separa lo real de lo fantástico. En el fondo se abre una claridad azul por donde parecen pasar las nubes como por un roto luminoso abierto en centro del planeta. Una águila, dueña de aquellas, soledades, gira y se balancea con las alas inmóviles. Riza el viento la superficie plana, plegando blandamente el agua espesa, luégo se aquieta tomando tintes de nácar, reflejos de acero; surge un pato de los juncales, raya el espejo con dos líneas largas que se van abriendo. Vuelve a soplar la brisa; se oye el chasquido de una onda más profunda... y luégo la laguna presenta su aspecto delicioso y siniestro... todo lo envuelve una serenidad inmutable.

|Maratón, hundido entre los juncales husmeando los patos, saltó de golpe sobre la grama, lanzó un gruñido colérico.

—¿Qué quieres, |Maratón? ¿Qué te molesta? ¿Has oído música wagneriana?

El perro echó a correr y siguiendo su dirección, vieron en una ladera, sobre una roca, un jinete en un caballo negro.

—Es Socarraz, el |Escorpión, exclamó |Chispas, echando mano a su revólver.

—Déjalo, déjalo, replicó el general Ronderos. Bajemos al pueblo, nos están esperando.

Cuando llegaron, todo era en él algarabía y entusiasmo. Entre la polvareda y el estruendo de herraduras, damas y caballeros endilgaban ya por el camino, faldeando el cerro, hacia el lugar de la fiesta.

La cabalgata loca de alegría se apiña en la angostura de |El Volador se precipita por el camino rojo y polvoroso; saltan las guijas, y los caballos, al sentir las piedras que van rebotando a la profundidad, donde brama el río, aguzan las orejas, se estrechan contra la peña recelosos. Crece el regocijo, la algazara se aumenta porque allá en la hondonada se divisa ya el lugar de la fiesta: La Unión, las toldas resplandecientes de blancura, el cinturón de plata de los ríos que se juntan a la sombra de los naranjales.

Una atmósfera diáfana, el vivificante sol de los trópicos, abrillanta las frondas y da a los pétalos rojos el esplendor móvil de los rubíes.

A medida que van descendiendo se acrecienta el calor, se agiganta la naturaleza. Un bienestar Intenso, un regocijo palpitante, vigoroso, parece filtrarse a un mismo tiempo en la savia y en la sangre; en los árboles y los corazones. Se acercan al río, cruzan el puente entre un redoble de cascos; salen a una planada cubierta de árboles frutales, en donde el río Blanco y el río Negro se encuentran, se abrazan, confunden sus aguas y el estrépito de sus ondas.

Todos, en una explosión de libertad y de entusiasmo, cantan, estallan en carcajadas, corren por la planicie, hacen girar los caballos empapados en sudor, remolinean en grupos apretados, arrancan a manos llenas sartales de flores, desgajan los racimos de pomarrosas, se embriagan en la fragancia de los limoneros, se arrojan puñados de azahar y hacen rodar por la grama el oro de las naranjas. Las emanaciones potentes de la tierra penetran en los pulmones, el vigor tropical sube a la cara y unido a la alegría de la fiesta, les enciende las sienes, los envuelve en una atmósfera vibrante que da a las arterias pulsaciones de fiebre. La excitación de la alegría los fatiga, la tensión del entusiasmo se afloja, la energía para el placer se ablanda, la voluntad se deslíe, y entonces un vaho de sopor, una onda de languidez y de ternura los envuelve, los penetra, los sumerge dulcemente.

Alcón, de brazo con Dolores, su prometida, va de grupo en grupo recibiendo parabienes y felicitaciones; doña Aura no cabe en sí de gozo, Montellano revienta de satisfacción y de orgullo.

—Doctor Alcón, usted lo consigue todo.

—Señor Ministro, qué hermosa pareja hace usted con su novia.

—Su Señoría ha obtenido un triunfo más valioso que sus triunfos literarios y políticos.

—Dolores, reciba mis votos por su felicidad; la creo asegurada.

Y ella, apoyada con abandono en el brazo de su novio, se dejaba llevar por él, recibiendo felicitaciones y parabienes, con paso firme, con ademán resuelto, con la mirada brillante y provocadora.

Alcón, siempre rígido, recibe los homenajes ceremoniosamente, se deja prodigar las alabanzas y las felicitaciones, y como en el Ministerio, contesta con una leve inclinación, suelta palabras evasivas, vagas, sonríe desdeñosamente, echa hacia atrás la cabeza, tiene ademanes de una alegría agresiva y de cuando en cuando dirige a Roberto de soslayo, por encima de los anteojos, miradas de mofa, insolentes y socarronas.

De las cimas que rodean el vallecito van cayendo las sombras; bajo los rayos oblicuos del sol, las faldas dilatadas, las cuestas cubiertas de sembrados, toman ese aspecto mórbido de los mantos de terciopelo; las nubes agrupadas en la crestería de las montañas se envuelven en la púrpura de la tarde. Los filos de las rocas se tiñen de un oro sonrosado.

Gacharnah ostentaba su panza triunfante y encabezando un escuadrón de sirvientes ofrecía copas de champaña, tajadas de jamón, cerros de bizcochos: él mismo destapaba las botellas, alzaba en las manos regordetas, haciendo prodigios de equilibrio, platos, charoles con copas y repostería; sentía sobre sí la responsabilidad de la misión que le habían encomendado Alejandro y Roberto y alardeaba de su buen gusto, de su actividad, de sus conocimientos culinarios, giraba en los toldos, ayudaba a los criados a despresar los pavos y a tajar los jamones, denunciando sus atavismos indiscutibles de cocinero o de |maitre d’hotel. Y cuando ya todo estaba en movimiento, volvía hacia los convidados, se acercaba a una mesa cubierta de botellas y frascos, tomaba licores e ingredientes, los vertía en dos copas de plata que sacudía con fuerza y se inclinaba graciosamente a ofrecer a la concurrencia su última invención, un líquido fresco, rosado y espumante: el |cocktail Montellano.

Cayó la noche; quedó la explanada desierta, mientras los convidados iban a prepararse para el baile de disfraz. De entre los follajes sombríos fueron encendiéndose farolillos de colores, luégo la planicie quedó cruzada por largos rosarios de luces. De la gran tolda preparada para el baile brotaban vivísimos resplandores.

Lanza la orquesta sus notas; y las ondas del río, y las ondas de luz, y las ondas musicales, arremolinándose, confundiéndose en un torbellino de armonías, van a estrellarse contra los peñascales.

Llega la hora anhelada; los disfrazados han invadido el salón central y los jardines; se funden todas las épocas, todos los colores: granaderos de la guardia imperial, indios, ñapangas, dominós; los druidas van de brazo con las manolas; Felipe II, al encontrarse a Cleopatra, con pasmo general, suelta una carcajada; los tres mosqueteros se han apoderado de tres viejas de peinetón y papalina; Mefistófeles se encorva y arrastra el birrete rojo, para saludar a una calentana de camisa blanca.

En un rincón de la tolda cuchichea un hidalgo español de casacón y peluca empolvada con un caballero armado de todas armas, con la viséra calada, las plumas erguidas sobre el acero del yelmo.

—Míra a Carmen, está hecha una andaluza soberana. Míra cómo la sigue aquel escocés, aquel Edgardo celoso y enamorado... ¡Ja, ja, ja!.:.

Qué bien lucen las pantorrillas del ministro bajo la enagüita de cuadros verdes.

Pasan las horas, se acerca el año nuevo, el año viejo se va entre amores y sonrisas, entre flores y dichas, entre los giros locos del baile, en medio de estruendos de alegría.

Calla el valse estrepitoso, un coro de voces acompañado por los acordes del tiple entona un bambuco. Y las parejas embelesadas se paran y oyen ese canto libre en su ritmo, caprichoso y audaz en su melodía, monótono y triste, sencillo y espontáneo, como el rumor del río, como las quejas de las auras, como gorjeos de pájaros, como todas las armonías de la naturaleza; pero a pesar de su sencillez se va metiendo en las almas, las ablanda, las llena de ternuras y melancolías, va diciendo las frases que no querían salir de los labios, inicia la confidencia, entabla de corazón a corazón el diálogo de amor... mudo, elocuente, arrebatado.

—¡A bailar bambuco!

—¡Que bailen bambuco!

Todas las jóvenes se excusaron, ninguna sabía bailar bambuco; ninguna se atrevía a salir al centro de la sala.

—¡Dolores! ¡Que baile Dolores!

Alcón, usando de su doble autoridad de ministro-novio, se acerca a ella, la toma del brazo, le insta para que baile. Ella se arranca el antifaz, lo echa a un lado, va al centro, espera; todos buscaban un galán, una pareja digna de ella, y nadie aparecía en el centro del redondel. Se alzaron las voces:

—¡Roberto! ¡Que baile Roberto!

Los amigos, abriendo la fila, lo descubren, lo toman del brazo, lo empujan al centro. El y ella, desconfiados y retraídos, se miran de lejos, apartan los ojos.

 

Eterna historia de amor,
Ley que natura instituye,
La mujer siguiendo al que huye
Y huyendo al perseguidor.

 

Resuena el bordón de las guitarras, lanzan tiples sus acordes quejumbrosos, como sollozos entrecortados, como gemidos de pasión, como plegarias, y las bandolas van dibujando, van tejiendo, con esos acordes, una melodía candorosa, balbuciente, pero que va tomando vibracione penetrantes, acentos llenos de travesura que articulan al fin la frase de amor, la declaración ardiente; y luégo la melodía como asustada, vuelve a apagarse, se adelgaza, es un hilo, una hebra que se enreda, que envuelve los corazones, los aprieta, los une, los confunde en una palpitación, en un solo estremecímiento.

Dolores y Roberto, en mitad de la rueda, se miran siempre de soslayo; ella vigorosa, con aquel traje de |Carmen, animada por la música, toma una actitud de |manola llena de pasión y de gracia, provocadora y arrogante. El arroja la capa de terciopelo, y esbelto, ágil, se adelanta al són del bambuco, de ese canto que se inicia en un ritmo lento, lánguido, perezoso, pero que va acentuándose, tomando calor y vida. El cruza la sala, llega a pareja, pone la rodilla en tierra, retrocede, gira, se aleja, torna a buscarla, en tanto que ella lo sigue, lo esquiva, huye, y van en esa persecución, en esa fuga, formando círculos, trenzando y destrenzando la danza al compás de esa música ondulante que canta y que llora, que ruega y amenaza. Y el ritmo se acelera, se agita en palpitaciones febricitantes; los tiples hacen más conmovedoras sus quejas y sus sollozos; la frase de las bandolas es precipitada, alta, dominadora.

Un flúido misterioso corre por entre los espectadores que aplauden con entusiasmo, que adivinan en el alma de los jóvenes un drama de ternura. Ellos, en las curvas de la danza, al compás de esa música embriagante, temían encontrarse, evitaban la mirada y pensaban que la suerte los reunía, los obligaba a buscarse, a perseguirse, imitando en el baile todos los ademanes, todos los ardides de la pasión que se insinúa, que huye, que atrae, que vence en la misma fuga, y por fin, anhelantes, apasionados, como empujados por una fuerza irresistible, se acercan, se miran de frente, sonríen, se dan las manos temblorosas..

—¡Año nuevo! ¡Año nuevo!

Se alzan en todas las manos las copas en donde desborda la espuma del champaña. La orquesta rompe en un himno triunfal saludando al año nuevo.

—¡Año nuevo! ¡Año nuevo!

Una algazara en el jardín. Gritos. Uno... dos ... tres disparos.

—¡El general Ronderos!...

—¡Aquí, aquí!

Roberto y Alejandro se lanzan fuera; ven en un extremo, al resplandor de las linternas de colores, un grupo que se agita. Llegan. El general Ronderos se defiende al lado de |Chispas y Casanova contra cuatro jinetes. Roberto reconoce en la penumbra el caballo negro de Socarraz. |Chispas y Casanova montan de nuevo sus revólveres, disparan sobre los agresores. El caballo de Socarraz, herido, se encabrita, huye a grandes saltos, toma la cuesta, se pierde en la oscuridad de la noche; los otros jinetes lo siguen.

—¿Qué pasa, general?

—Una sorpresa; un asalto... Estaba en los jardines con el conde...

—Querían llevarse a mi general, dice |Chispas.

—¡El general Ronderos! ¡El general Ronderos! grita el telegrafista con un telegrama en la mano, y él leyó:

"¡Urgentísimo!

General Ronderos.—Ubaque o donde se halle.

Ha estallado revolución en toda la República. Comunican frontera norte, Tubalcaín Cardoso proclamado generalísimo y jefe supremo. Landáburo al frente fuerzas, Expósito Montes y Nerón Jaspe declaróse en Honda presidente provisorio. Polanco pronunciado en la Costa, Terencio Nichols, en Ambalema. Gobierno espera su patriotismo venga encargarse comandancia en jefe del ejército constitucional.

El presidente, |Sanmartín”

En aquel instante resuena en los riscos del río una descarga y con ella un grito salvaje:

—¡Viva la revolución!

Confusión, alaridos, desmayos, sollozos. Doña Aura lanza un grito, arranca el telegrama de manos del general Ronderos.

—¡Tubalcaín!... ¡Mi esposo!... Resucitó ... ¡Un héroe!

Entre convulsiones histéricas de risa y llanto, la conducen a la tolda de Gacharnah, la rodean sus amigos, sin saber si deben felicitarla o darle el pésame. Gacharnah, hendiendo la multitud consternada, se acerca a la poetisa. y radiante de júbilo empapa su pañuelo de batista en un perfume y aplicándolo a las narices de doña Aura, exclama:

—Es lo mejor de Houbigant, |celestial extra.

Montellano acude también, frunce el ceño, tiene un movimiento para protestar contra aquello; domina con su vozarrón la algazara de pavor general; pero luégo deja ver un relámpago de alegría en los ojuelos de águila por la aparición de Cardoso; en seguida busca a Alcón, lo encuentra a caballo ya, en marcha para la capital, acompañado de sus empleados.

—Querido Alcón; señor ministro: esto de resultar yo ahora, de pronto, el marido de la mujer de un revolucionario, puede comprometerme mucho; pero yo no soy responsable de nada... Nuestro arreglo queda firme... ya lo alcanzo.

Mientras los criados, en medio del terror y el sobrecogimiento arrancan afanosos de los arbustos los farolillos para alumbrar el camino, los disfrazados, en el ímpetu ciego del sálvese quien pueda, en la confusión de la derrota, en el desorden de la fuga desesperada, acuden a las cabalgaduras, montan, desfilan en tropel, dando voces que revelan el eto, para reconocerse en las tinieblas, huyen del caserío, cruzan el puente entre estrépitos, toman |El Volador, pasan en tropel por las calles de Ubaque, siguen hacia la capital, con sobresaltos continuos, volviendo la cabeza, creyendo ver a cada instante, en las rocas, en los desfiladeros, entre los matorrales, grupos de guerrilleros que van a hacer lluevas descargas... Procurando buscar el camino en la oscuridad, sin ver nada, crispadas las manos en las crines, pasan los angostos puentes que cimbhran y se arquean, trepan por las laderas, descienden por los zanjones resbalosos, escalan las cuestas retorcidas, se descuelgan por los precipicios...

Horas después, entre los frailejones del páramo, a la luz glacial de la madrugada, se destacan sobre la felpa blanca de las hojas como un desfile de aparecidos, las siluetas caprichosas de esos disfrazados que huyen hacia la ciudad con un aspecto extraño, a la vez ridículo y siniestro, tiritando bajo los trajes de raso, de terciopelo, cuyos colorines contrastan con esas caras lívidas, de facciones desencajadas, cadavéricas, en que se pintan el insomnio, el cansancio, el desencanto, el miedo.

 

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