INDICE

CAPITULO V
EL RIO


El río estrangulado entre dos peñas, en choque tras de choque, se precipita bramando, avienta la espuma tras la espuma, salta en una cascada, cae, se extiende hirviendo en un pozo azul por cuyos bordes van girando la hojarasca y los azahares que el viento tibio deshojó en los naranjales de la orilla. Pétalos encarnados y blancos van franjando el remanso, vuelven con lentitud hacia la cascada, se detienen a trechos, esquivan el chorro, siguen la corriente, y por grupos desaparecen entre los pedrejones. A veces alguna flor se para, vacila, solitaria adorna el pozo con su gracia, se adhiere a un barranco como rehuyendo la muerte; y por último naufraga, dejando al desaparecer una vaga melancolía.

La República goza de calma, que parece haberse acentuado después de la salida del general Ronderos del Gobierno. Los íntegros, apaciguados, ocupan los mejores puestos del Ministerio de Finanzas y del Ministerio de Guerra. Landáburo anda de viaje por el interior del país, no se ha vuelto a hablar de él ni de los revaluadores. Sólo La Integridad, dirigida siempre por Sánchez Méndez, lanza notas discordantes en el concierto general, inicia la formación de un nuevo partido y arroja a Alcón, desde que está en el Ministerio, sus saetas. Roberto no ha vuelto a llevar los libros de Montellano, desde su accidente del Corpus; despacha los negocios de la empresa en Bogotá, y Alejandro, cerrado el Congreso y tras una corta permanencia en el Magdalena, ha ido a Ubaque a pasar en aquel lugar de veraneo una temporada de completo reposo.

Ha llegado diciembre, con sus cielos azules, con sus días alegres y luminosos, con ese resplandor vivificante que convida al olvido de las cuitas y los pesares, que incita al regocijo de las fiestas.

Los dos amigos, tendidos a la sombra de los platanales, se embriagan a la orilla del pozo con los perfumes de la brisa, se adormecen con el frote sedoso de las hojas, se anegan en la paz inmensa de aquel lugar agreste.

—Qué bien se descansa aquí después de esos cuatro meses tan agitados del Congreso, de los tumultos populares, exclamó Alejandro. Míra, puedes continuar tu discurso obstruccionista sobre el Ródano; agrégale un trozo sobre el río de Ubaque.

—Perfectamente, agregaré que el estruendo armonioso de este río ahoga las vociferaciones de las muchedumbres alborotadas; que su corriente arrastra el recuerdo ingrato de los Landáburos y de los Alcones ; que en este lugar solitario, perfumado por esta brisa, arrullado por esa cascada, me siento feliz, invencible, olvidando todo motivo de zozobra y desaliento... Sin duda lo mejor de la memoria es el olvido... sobre todo si este río ayuda a olvidar.

—Bueno, por eso en este rincón salvaje y dulce olvidémonos no sólo de la política, sino de la canalización, de las letras de cambio y de las letras de molde... Aquí no hay lugar sino para gozar con este ambiente que nos acaricia como una mano femenina, con estas mariposas que son flores volantes, y con estas flores que son mariposas dormidas, según dice doña Aura.

—Cómo gozaría aquí Bellegarde; escúcha esa sinfonía a grande orquesta, esos bajos, los truenos roncos de la cascada, los acentos suaves y reposados del remanso: los medios; y luégo, en esta otra parte de la orquesta, los primos: óye cómo se adelgazan los acentos al huir el agua del pozo y destrenzarse en chorritos de plata; óye el coro de bajos, barítonos y sopranos que vibran en un conjunto de gloria en la plenitud de la armonía salvaje; óye el |Magnificat que va cantando este gran músico, este río eternamente orlado de festones y coronado de azahares.

—¿Apoteosis, triunfo, |Magnificat, himno de gloria? exclamó Alejandro poniéndose de súbito caviloso y meditabundo. No, Roberto; tú piensas en estas risas del agua, en estos parloteos femeniles... y yo pensaba en las promesas de amor dichas aquí en otros tiempos por otras generaciones, al són del torrente, contando con la complicidad de sus estrépitos que convidaban a la confidencia; pensaba en los apretones de manos estrechadas furtivamente entre esta grama; y las risas de caras frescas que se reflejaron en el remanso; y amores, confidencias, sonrisas, todo pasó, los idilios se marchitaron, las parejas se envejecieron, los bocas tan risueñas en aquellos años remotos fueron a reírse, con una mueca abominable, en un rincón del cementerio... Esta música va llorando las primaveras pasadas, la juventud extinguida, las eternas ausencias, el río entona el |requiem a los idilios, el |de |profundis a las dichas muertas. Todo eso pasa, se desvanece... muere... no me satisface... Hay una distancia inmensa entre el vacío de mi corazón y el amor que he deseado tánto. Media el infinito entre lo que soy yo y lo que tengo necesidad de ser.

—¡Bravo! exclamó a la espalda de ellos el doctor Miranda, que asomaba entre dos pedrejones.

—¡Hola! De dónde vienes exclamó Roberto; traes la sotana rota... ¿Cómo te sienta el aire de las montañas, el tratamiento, estás mejor? ¿Va pasando el |surmenage, la fatiga intelectual ?... ¿Nos oías?

—Sí; oí la última frase, dijo el doctor Miranda, sentándose en una piedra al lado de Alejandro. Muy bien Alejandro, está muy bien en su boca, no me sorprende: "Media el infinito entre lo que soy y lo que tengo necesidad de ser..." Todo usted está en esa frase. A falta de Agüeros ¿quiere usted que haga yo un diagnóstico, Alejandro? Usted es un enfermo de ilusiones. Desea una felicidad más grande que todo lo transitorio; su afán, su anhelo es más vasto que su sér... Lo que usted acaba de decir es un testimonio de inmortalidad, es nuestra naturaleza pujante que se rebela cuando se la quiere sofocar; es, si ustedes me permiten, una frase de sermón en este rincón primitivo, el Sansón hebreo que arranca y se lleva a las espaldas las puertas de su cárcel.

Quedaron en silencio; no se oía sino el trueno de la cascada. Sobre el hervidero de espumas pasó una sombra, levantaron la vista y siguieron a una águila que bañándose en el azul, flotó en giros lentos, se alzó, miró al sol, huyó hacia el ocaso, traspasó la serranía.

El doctor Miranda puso la mano sobre el hombro de Alejandro y con acento cariñoso exclamó:

—Alejandro querido, usted es un águila enjaulada.

Roberto, Alejandro y el doctor Miranda, frescos y rejuvenecidos después del baño y seguidos de Perucho que llevaba las sábanas, tomaron la cuesta que conduce a la aldea y a poco andar se encontraron con Montellano, que con una sábana al hombro iba a tomar su baño. El millonario suplicó a Roberto que lo acompañara, pues tenía que hablar con él y Alejandro el doctor Miranda continuaron su paseo hacia la población.

—Amigo Roberto, dijo Montellano con orgullo de montero: he descubierto esta trochita, mucho más corta para llegar al río.

Se había hecho la ilusión de estar abriendo realmente una trocha entre la montaña y revolvía el bordón como una hacha a derecha e izquierda; tronchaba las cañas, cortaba los tallos de batatillas, hacía volar las flores de los convólvulos.

Cuando llegaron al pozo Montellano arrojó el saco sobre un matorral, se abanicó con el sombrerón, se enjugó los chorros de sudor, y cuadrándose dirigió sobre Roberto sus ojuelos brillantes:

—Tenemos que hablar de un asunto importante.

—Usted dirá, don Ramón.

—Amigo Roberto: usted debe saber que el doctor Alcón llega esta tarde de Bogotá.

—No lo sabía.

—Es que llega a hablar conmigo de un asunto que me interesa mucho.

—Perfectamente, contestó Roberto con frialdad sarcástica y altiva.

Montellano guardó silencio, vacilaba, miró hacia el río con desasosiego y luégo, respirando con gran fuerza, se volvió hacia Roberto.

—Bueno, sin rodeos. Debemos entendernos, amigo Avila. Le hablaré en confianza. Tengo que hablar aquí pan pan y vino vino. Es una cosa seria ¿Quiere usted que hablemos en serio?

Roberto, con su sonrisa de finísima burla, las manos en los bolsillos, hizo un leve movimiento de hombros que pudo tomarse por un asentimiento.

—Bueno, continuó don Ramón. Yo soy hombre que trata las cosas de frente; que cojo el toro por los cuernos. Voy a hablarle claro. El doctor Alcón, el señor ministro, llega hoy: pretende hace tiempo a mi hija Dolores.

—Perfectamente.

—El es hombre que, como yo, resuelve los negocios pronto.

—Perfectamente.

—Y viene por una respuesta, sí o no, de hoy a mañana.

—Perfectamente.

Montellano, ante el tono zumbón de Roberto, ante la sonrisa sarcástica y fría que le jugaba en los labios, perdió su aplomo. Después de un silencio se abanicó de nuevo con el sombrero, y continuó:

—Pues no; no tan perfectamente. Es que yo no sé bien si Dolores... es decir, si el doctor Alcón... en fin, ¿usted me comprende?

—Imperfectamente.

Ante la sonrisa burlona y desdeñosa de Roberto, Montellano principió a enfadarse; pero se contuvo, se limpió el sudor de la cabeza, del cuello, dio a sus ojos una expresión de caricia, a su tono un acento melifluo, casi quejumbroso.

—Míre, amigo. Yo tengo que atender por el porvenir de esa niña. Tengo que hacer de padre y de madre. Lo que es Aura ella no me sirve para eso. Bueno, no tengo para qué decirle que a mí me gusta el doctor Alcón; un hombre práctico, de grandes esperanzas, de influencias. No me detengo a decirle que él puede hacer feliz a Dolores, no me detengo en esos detalles; lo importante para mí es... es

—¿Es usted mismo?

—¿Yo mismo? Bueno, sí; yo mismo. Yo quiero que el docto Alcón se case con Dolores. Me conviene. Pero hablando con toda confianza le diré: hace un año, a ver... un año menos días, porque estamos hoy a 30 de diciembre; sí, señor; desde que nos encontrámos en |El Consuelo por primera vez. Hace un año que usted está mariposeando al rededor de Dolores... y eso no le conviene a ella, ni a mí, ni a usted tampoco... Yo comprendo que ella le tiene a usted cierta simpatía. Estos |cachacos de aquí son muy simpáticos. Bueno... es decir, malo. El caso es que como usted no piensa nada en serio y el doctor Alcón sí, usted puede ayudarme a desengañar a Dolores.

Roberto se sintió picado, guardó silencio, se acentuó en su rostro la expresión de burla fina, repitió el movimiento de hombros que Montellano, con su falta de tacto, interpretó como una aprobación.

—Vea, Roberto, usted tiene ascendiente sobre ella: usted puede aconsejar a Dolores; decidirla, mostrarle todo lo que vale el doctor Alcón.

—Lo haré, pierda usted cuidado, esta misma tarde.

—Bueno, bueno; perfectamente, como usted dice. Veo que al fin los dos estamos hechos para entendernos y..

—¡Ah! excúseme usted, don Ramón; paso por todo menos por eso. “¿Hechos para comprendernos?" repitió Roberto con una carcajada. Excúseme usted; ¡no nos entenderemos jamás! Tenemos dos idiomas distintos, somos de dos razas opuestas. No soy ni superior ni inferior a usted: es que somos de diferente especie. Tenemos un concepto diverso de la vida. Para mí la humanidad se divide en dos grupos: artistas y salvajes; para usted en dos clases: ricos y pobres. Usted desdeña lo que yo admiro; yo desprecio lo que usted estima. Vivimos en dos planetas diferentes: para usted la lucha exterior, la adquisición, el capital padre, el interés hijo, el plazo, el cheque, el documento, la letra de cambio, el código de comercio; para mí la lucha interior, la reflexión, el ensueño, la línea, el color, la nota, el desinterés, la letra de molde, el código del honor... Y esto es lo irremediable; es una diferencia que viene de muy lejos, continuó Roberto animándose más y más, dejando volar las palabra que habían estado aprisionadas tánto tiempo en su garganta; yo desciendo, y fíjese usted que digo desciendo, de una raza soñadora, fantástica, que por muchos años buscó en España la muerte, una muerte inútil, incotizable, en las guerras con lo moros; que conquistó a Granada, que vino luégo a América a reducir y civilizar un mundo desconocido; que sacrificó su fortuna y ofreció su sangre buscando luégo independencia; en fin, raza de aventuras, raza de gloria, raza de ensueños, raza de amor y, si usted quiere, raza de Quijotes... Usted asciende, y fíjese bien que digo asciende, de una cepa nueva, es de hoy, es hijo de sus obras, de su propio esfuerzo, lo cual es un mérito; usted va yo regreso; nos encontramos un instante en el camino, nos saludamos, pero no nos entendemos, como llevamos dirección contraria, nos despedimos, nos vamos alejando, diciéndonos hasta nunca.

Y volviendo la espalda, mientras silbaba el aria de |Carmen, se alejó por entre los cañaverales.

Montellano quedó solo; no entendió bien la declamación de Roberto, pero en resumen veía con satisfacción que había logrado su propósito; separar ese joven, ese soñador irreductible, para que no siguiera mariposeando sin objeto, y decidir la situación, una vez por todas, en favor del doctor Alcón, el hombre seguro, audaz y rejugado, con quien lo ligaba una simpatía misteriosa, con quien podía expandirse, comunicarle sus combinaciones sin riesgo de una salida agresiva... ¡Con él, sí; con él sí podrían comprenderse! Se sentía de unos mismos gustos, de una misma especie.

Y con el fin de encontrar al doctor Alcón, que llegaba de Bogotá, a su futuro yerno, como se repetía íntimamente con alborozo, había ido al baño, para detenerlo cuando cruzara el puente. Y para hacer algo durante la expectativa, tomó del saco un manojo de papeles y se puso a revisarlo sin hacer caso del sol que le quemaba la espalda, ni de la luz ofuscante que resplandecía sobre la página.

Un enjambre de mariposas revoloteó en torno; una de ellas se posó sobre el papel. Montellano la aplastó de un manotón y con un resoplido echó a volar el oro de las alas destrozadas. Sintió a su espalda, sobre su cabeza, cimbrar el puente que cruza la cascada. ¡Por fin! Era el doctor Alcón con un séquito de empleados del Ministerio.

—¡Doctor Alcón! ¡Doctor Alcón! Aquí; baje. ¡Desmóntese! ¡Un baño!

Llegaron. Alcón, que acaba de atravesar las nieblas del páramo, con los anteojos empañados, parpadeaba deslumbrado por la resolana y la brillantez de los colores. Se desmontó dando quejidos, ató él mismo al tronco de un naranjo el macho blanco, sobre el cual se destacaban la retranca y las riendas de cuero resobado.

—¡La hora de mi leche! exclamó don Cosme Oramas.

Miró a un lado, como buscando involuntariamente el reloj en el muro de la oficina. Sacó una botella y un vaso de un cojinete, un mojicón del otro, vertió la leche y se deleitó al sumergir en ella el mojicón esponjoso.

Las bestias colean debajo de los árboles o se revuelcan con pujidos de satisfacción. La mula del almofrej ministerial va pastando entre los matorrales.

—Mi querido Alcón, decía Montellano al ministro, que extenuado de fatiga se había echado en el suelo: me alegro de tenerlo por aquí; ahora nos damos un baño, verá cómo le pasa el estropeo... Ya ve cómo me quedé con el ferrocarril de Sabanilla después de la licitación, con todas las formalidades del caso, eso sí, por un millón. El Gobierno ha hecho una operación brillante. El ferrocarril no valía nada, el tráfico fluvial por Bocas de Ceniza lo ha matado. Pasado mañana, que es primero de enero, pasa el primer buque de la empresa, y hay mucha calma, nadie habla de guerra como hacía constantemente Ronderos. Bueno, cuando volvamos me da el decretico para los bonos del 48. El maldito viejo Ronderos no quiso ni restablecer el antiguo fondo... Ya sabe que esta operación como la de los empréstitos...

Alcón se incorporó, dirigió a Montellano una mirada grave, puso ceño ministerial.

—¡Ah señor don Ramón! veremos... después... no festinemos los acontecimientos... se estudiará... en fin, eso no depende de mí, no es de mi resorte.

—¿Entonces de quién?

Alcón frunció el labio, dirigió una mirada intencionada a su interlocutor.

—¿De quién depende?... ¡Jem! Más bien de usted... de usted mismo.

Montellano comprendió, sintió una vaga inquietud. ¿Si Dolores no consintiera? ¿Si Roberto no cumplía su promesa?... ¡Tenía tántos negocios en ese Ministerio!

—Doctor, señor ministro, Su Señoría debe darse un baño. Esto lo refrescará, le quitará el cansancio. Después iremos a casa; Aura lo espera a comer... Dolores me dijo que tendría mucho gusto en verlo... también lo está esperando.

Al oír ese nombre, Alcón desarrugó el ceño, tomó un semblante más humano, se dibujó su sonrisa falsa.

—Vamos a ver ese baño

En su alborozo soltó una carcajada como un relincho y ambos empezaron a desnudarse.

—Señor don Ramón, dijo el ministro en tono familiar, de confidencia: mi excelente amigo (se zafó una manga), como usted sabe (se zafó la otra), yo desde hace mucho tiempo necesito esta respuesta... vengo a probarle que no echo en saco roto (y dobló el levitón cuidadosamente) los consejos que usted me ha dado sobre el matrimonio... Sí, señor don Ramón, tenemos que hablar de eso con entera franqueza, a pecho descubierto (se desabrochó el chaleco), usted y yo somos hombres de pelo en pecho (se quitó la camisa). Estos asuntos personales de carácter urgente, son arduos de tratar. Como dice nuestra hermosa lengua: al que no está hecho a bragas, los calzones le hacen llagas (se desabrochó los pantalones).

—Hable, amigo, hable; tronó Montellano, juntando su vozarrón con los tonos broncos del río. Usted nunca se mete en camisa de once varas (arrojó su enorme camisa de tartán sobre un arbusto) y sabe más que nadie dónde le aprieta el zapato (se zafó el botín del pie derecho).

—Pues bien, don Ramón, como a mí no me gusta hablar a medias (y se las quitó ambas), yo deseo que el matrimonio se haga lo más pronto posible... Dice usted que ella está resuelta por su parte... Es cosa entendida entre los dos...

Alcón estaba alegre, locuaz ; y soltaba de golpe carcajadas bruscas como relinchos.

—¡Ja, ja ! Esta tarde misma hablo con Dolores.

Montellano se tiró al pozo, sacó luégo la cabeza chorreando agua sobre la cara y gritó a Alcón que esperaba a la orilla y tocaba con la punta del pie el agua demasiado fría y con la cual no cultivaba relaciones.

—Me comprometo a hacer lo que pueda, aunque ella es a veces voluntariosa... Pero hablemos claro, entre los dos no puede haber misterio... Nos comprendemos... Usted sabe que yo tengo algo; todo conseguido a pulso: mire esta cortada que me hice en |La Danta... En mi regalo de boda encontrará usted las escrituras de |Cebaderos y dos casas en la Calle Real... Bueno... Pero eso sí, hacemos la semana entrante otro empréstito... Me da el decretico para el fondo de amortización de los bonos del 48. Me paga todo lo que me deben en ese Ministerio... A ver... ¿Cuánto es? Más de ochocientos mil pesos... y me alarga el plazo para el pago del ferrocarril.

Roberto, al alejarse de Montellano, tomó la cuesta. Al coronarla y llegar al camino real se detuvo jadeante, siguió andando con lentitud; estaba meditabundo y disgustado, lo invadía un sentimiento vago, mezcla de despecho, de rabia, de tristeza. Resolvió primero no hablar con Dolores. ¿Qué le importaban esas gentes?... ¡Allá ellos! Que Alcón y Montellano arreglaran sus asuntos como quisieran; que Dolores se casara o no se casara; que fuera su marido Alcón o cualquier otro, le importaba poquísimo. ¿De veras?... ¿Le importaría poco?...

Se encontró con la muchedumbre de veraneantes que después del baño habían salido a dar el paseo de la tarde.

Doña Aura de Montellano, entre un grupo de muchachas que vienen con ella, afecta una agilidad juvenil, anda con paso ondulante y dengoso; al sonreír muestra la dentadura, donde campea medio diente de oro, resultado del estrago aquel de la manzana.

—¡Roberto! venga acá, Roberto; quiero mostrarle unos versos que hice ayer a la sombra de aquel chirimoyo, en un momento de inspiración. Son para la entrega de enero de la |Mujer Independiente.

Las muchachas hicieron alegre corro mientras doña Aura recitaba:

 
CREPUSCULARES
 
Cual pálido Efebo de luz zafirina
El sol lleva en brazos la gélida noche.
La rosa ya abre nostálgico broche,
Y el sol entretanto verdoso declina
Cual pálido Efebo de luz zafirina.
 
En el oro crespo de erectos juncales
Y en la luz turquesa de ilusoria sima
Purpura la sangre del sol que se ultima,
De rosas rosadas y primaverales
En el oro crespo de erectos juncales.
 
Las sombras violaron estrellas anémicas
Con sus policromos lacios clarimentos
Y multicolores estremecimientos,
Y como en exangües pasiones endémicas,
Las sombras violaron estrellas anémicas.
 

Los paseantes tornaron e camino de |El Volador, faldeando la cuesta; del fondo de la cañada llegaba el trueno sordo del río.

En un grupo el doctor Miranda, Alejandro, el doctor Agüeros, Bellegarde.

—Mañana, decía Bellegarde, para saludar el año nuevo, entra el primer buque de alto bordo por Bocas de Ceniza. A pesar de ciertos acontecimientos que yo como extranjero no debo juzgar, espero que no se turbe la paz.

—Paz, sí; hay paz, replicó Agüeros; la paz de Polonia... Ronderos ha querido enjaularnos en jaulas de oro... Y su sucesor sigue sus huellas... Con franqueza le digo, querido conde, que combatí sus proyectos, su canalización; porque desarrollado por este Gobierno, para bien del país, le daría gran resistencia a la camisola de fuerza de la constitución. La dolencia pasajera se convertiría en enfermedad crónica.

—Lo que veo en el país, interrumpió el conde, después de estos diez años de paz, es un gran movimiento, una grande esperanza, una grande alegría. ¿No oye usted la algazara, las risas y los cantos de aquellas jóvenes? Pues así está todo el país.

—No, mi querido amigo, interrumpió el doctor Agüeros; imposible que pueda haber un estado psicológico perfecto en este feudo colonial del rey Felipe III y del Padre Tomás de Torquemada ... y al hablar así no me refiere a nuestro clero progresista e ilustrado, como el doctor Miranda; lo digo por esa turba de aventureros extranjeros, gentes de baja extracción, que vienen aquí arrojados de otros países a sacar el vientre de mal año, disfrazados con el pomposo nombre de hermanas de la caridad o de misioneros.

—Perdón, perdón, doctor, interrumpió Alejandro con vivacidad: usted ha debido visitar mucho los hospitales y ha visto de cerca las hermanas de la caridad. Usted sabrá si hay quien por dinero realice la misión dolorosa que ellas desempeñan... ¿Gentes de baja extracción dice usted? ¿Y lo dice usted, apóstol de la democracia? En fin, la nobleza de sangre en ese asunto no tiene ninguna importancia; pero veo ahora que la exige usted, radical demócrata, hasta para cuidar enfermos. ¡Bien! Me alegro de esa rectificación en sus ideas, pues yo conozco una hermana de la caridad de la primera nobleza francesa, y que tiene en sus armas las aspas de las cruzadas y en sus venas sangre de Mortemar.

—¡Ah! sí... dijo Agüeros; la he visto de lejos, es la hermana San Ligorio... ¡una neurótica! Pero no insistiré en esto: las hermanas de la caridad son excelentes mujeres, aunque podrían ser reemplazadas por |nurses inglesas, que las superan en mucho... Lo que sí afirmo es que el país no podrá prosperar mientras estemos dirigidos por un Gobierno que se apoya únicamente en el ejército y en los clérigos: es decir, en la gente que mata y en la gente que miente... Excluyendo siempre, por supuesto, a usted, mi querido doctor Miranda, y a los pocos que se le parecen... Pero el clero extranjero... los misioneros... esos salen de su país a medrar, a negociar, a buscar la vida...

—¡A buscar la vida! exclamó el doctor Miranda, con un eco de ironía. ¡Buscar la vida!... ¡Esos hombres que en la escuela del apostolado católico sólo han aprendido la ciencia de buscar la muerte!...

Se detuvieron todos. El doctor Miranda, en el centro, con un acento inflamado, con ojos en que no lograba apagar el brillo de la indignación...

—¿Buscar la muerte? exclamó, ¿morir, dije?... ¡No he dicho nada!... Porque no dan una, ni dos veces, la vida: lo que el misionero aprende, lo que aprende ese clero extranjero que usted aborrece, es el arte de morir, de morir en cada instante, de morir para siempre... Primero muere para su familia: el padre, la madre, todo esto que tenemos, y que hace llevadera la vida, él lo sacrifica para siempre... Y muere de nuevo, muere por segunda vez a la amistad, se arranca para siempre a su nueva casa paterna... La patria Tampoco tiene patria: muere de nuevo viniendo a tierras lejanas, a las selvas de América, a los desiertos del Caquetá, a los Llanos de Casanare, donde el cielo, los montes, las costumbres y la lengua le recuerdan eternamente que es un desterrado... Y cuando ha muerto ya tres veces, debe morir todavía, con una agonía de todos los instantes y que ha de durar hasta la última hora de su último ocaso: debe morir a sí mismo, debe inmolar todos los anhelos del corazón y del espíritu...

Alejandro, conmovido y agradecido en el hondo del alma, se acercó al sacerdote y le apretó el brazo. Continuaron en silencio, el doctor Agüeros estaba contrariado; nadie se atrevía a seguir la conversación ni a desviarla; las palabras del doctor Miranda dejaban un estremecimiento de emoción en sus oyentes: de pronto los paseantes se detienen en una curva del camino a admirar el panorama, dilatan la vista.

En los cerros del frente manchas amarillas de pastajes resecos; el rastro negro y caprichoso de alguna quema; más allá, tendidas en las pendientes, casitas blancas, rodeadas de sauces nuevos que bambolean su plumón al soplo de la brisa; abajo las vegas donde rezonga el río... Una gasa azul esfuma los contornos. En las cimas de los cerros se destacan con nitidez algunos árboles sobre el telón rojizo del poniente. En la brumosa lejanía se alzan columnas rectas de humo, y se enciende y se apaga el chispazo de una hoguera. Va filtrándose al través del encaje de los sauces un resplandor de incendio...

—Roberto : un bambuco, con letra suya.

Y él, rasgueando el tiple, rompió a cantar acompañado por todas las muchachas que en coro armonioso y penetrante lo seguían con sus voces agudas y frescas, sobre las cuales descollaba la voz de Dolores en que rebosaba la pasión:

 

La muerte es dulce si viene
A sorprenderme a tu lado,
Tus manos entre las mías,
Tus labios sobre mis labios.

 

Callaron las voces un instante, los tiples sigueron en su ritmo quejumbroso, esparciendo su melancolía por la cañada en donde el río invisible resonaba. Volvió a levantarse el coro:

 
Pero ¡ay! qué triste si viene
En un rincón solitario,
Sin que me miren tus ojos,
Sin que me toquen tus labios.

 

¡Qué hermosa estaba Dolores esa tarde! Era la juventud misma, la juventud en flor. En la orilla del río, recordando su niñez, había arrancado gajos de flores silvestres, de esas flores sin nombre que alegran las soledades y, sin espejo, sin reminiscencias de la moda, las había enredado en su cabellera abundantísima. Con su atavío sencillo, en ese tocado extraño y libre, su hermosura armonizaba deliciosamente con la hermosura de la naturaleza.

Y en un movimiento de admiración, Roberto la comparaba a las flores que acababan de abrirse en las copas de los cámbulos, a esos gladiolos que en la vera del camino, al alcance de su mano, sedientos de calor y de luz, rompían en ese instante sus capullos y extendían a los esplendores de la tarde el delicado rosicler de sus corolas. En el fondo de los ojos negros adivinó el pesar secreto, la fatiga prematura de la vida, el cansancio del alma, el quebranto del primer amor que rodeaba a Dolores de un nimbo luminoso.

—¿Por qué canta esos bambucos tan tristes, Roberto?

—¿Usted ha oído bambucos alegres Acuérdese del verso de Pombo:

 

Tina melodía incierta,
Intima, desgarradora,
Que llora con el que llora
Y que al dolor nos despierta.

 

Y Dolores continuó:

 

O una risa de placer
Instadora, turbulenta,
Que arrebata, que impacienta
Con eléctrico poder.

 

—Muy bien, Dolores; me doy por vencido. No volveré a cantar bambucos tristes ni a hablar sino de cosas alegres, respondió Roberto con acento de imperceptible despecho; por eso ahora voy a darle una buena noticia.

—¿Una buena noticia?

Ella lo escuchaba vacilante, temerosa siempre de sus veleidades y de sus caprichos; y recelosa, para evitar desengaños, resolvió recogerse, encerrarse en una prudente reserva, pedir valor a su orgullo, al espíritu batallador de su raza.

—¿Cuál es la noticia?

—El doctor Alcón llegará esta tarde.

—Lo celebro, es un buen amigo de mi padre.

—Pero mejor admirador suyo; un pretendiente modelo, fino y constante.

—Tiene una cualidad que les falta... a otros.

—¿Qué cualidad?

—Pues ésa; la que usted acaba de nombrar: la constancia.

—El doctor Alcón está lleno de cualidades, ¿quien lo duda?

—Usted mismo se las reconoce.

—Yo sé lo que él viene a buscar a Ubaque. Por lo que usted me dice, después de tántos triunfos, obtendrá aquí uno más. Su Señoría viene a proponer a usted matrimonio.

Un silencio. Dos tominejas se persiguen, suben, bajan, se pierden en la atmósfera de ámbar.

—¿Y usted qué aconseja, Roberto? preguntó Dolores con voz de cristal.

—Que le pida consejo a un consejero que no nos engaña nunca. Consulte su corazón.

—Y si él no me quiere responder, si se está callado, si permanece mudo, si le da miedo hablar... concluyó con acento ligero y trémulo que parecía morir ahogado.

—Entonces es prueba de que debe consultar a la cabeza.

—Y ella ¿qué me respondería?

—Que el doctor Alcón es un hombre que ha hecho gran carrera; laborioso, emprendedor... Un lingüista de mérito; todo un ministro incontrastable para la mala fortuna, un hombre práctico, que sabe luchar, que sabe vencer... Que la vida actual no es un poema... y que desconfíe usted de los soñadores, de los inconstantes, de los complicados, de los que gustan de bambucos tristes, de los que no aceptan parangones.

Siguieron en silencio: Roberto cabizbajo, ella con los labios apretados, la cabeza alta, los ojos dolorosos y brillantes.

La sombra inmensa del |Guayacundo se tendía sobre las faldas y laderas; de la hondonada resonante trepaban las auras cargadas de perfumes aristocráticos de jazmines, con aromas más humildes de chirimoyos y pomarrosos, con el vaho tibio y aromático de los trapiches, de donde surgía el gemido largo y entrecortado de las mazas, los silbos y cantos de los arrieros. Cruzaban el éter oscurecido ya con las sombras crepusculares, los toches de alas encendidas, como brasas errantes. Entre las arboledas, las mirlas blancas, con fanfarronadas de cantantes, buscando el aplauso de palcos y platea, hacían prodigios de vocalización; soltaban cascadas de notas, dilataban la música de sus gorjeos en improvisaciones inimitables, y a la cavatina de la primadona montañesa, respondía, como en las arias coreadas, el bambuco, ese otro canto libre y primitivo, y la queja de los tiples:

 

Tus manos entre las mías,
Tus labios sobre mis labios.
 

—Quisiera irme así, murmuró Roberto en un arranque de tristeza: con el año, con el día, entre estas cosas sencillas y grandes, murmurar mi última oración con la oración de estos seres inocentes y puros.

Alzó los ojos. El cielo despejado y altísimo estaba tachonado de estrellas; una zona de polvo luminoso partía de extremo a extremo el firmamento; empezaron a brillar los cocuyos como chispas arrastradas por el viento de un incendio lejano. De los cañaverales, de las hondonadas, de las arboleadas se exhalaban los aromas de las flores nocturnas, brotaban dulcemente las armonías confusas de esa naturaleza que al adormecerse tiene palpitaciones y murmullos. Flotaba en torno una calma inmensa en medio de la cual se alzaba la voz del río que va entonando el |requiem de los idilios, el |de profundis de las dichas muertas. Se acercó un bulto a Dolores y a Roberto.

—¿Es usted, doctor Alcón? No lo había conocido, exclamó Roberto. ¿Buscaba a Dolores? Creo que lo estaba esperando... Buenas noches.

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