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CAPITULO III
OBSTRUCCIONISMO

Cuando se supo que el general Torralba llegaría aquella tarde, los amigos de Ronderos determinaron ganar tiempo con un esfuerzo desesperado. Karlonoff, que era su suplente, saldría del Senado, y la mayoría quedaba en favor de Ronderos. No se trataba de salvar o defender el contrato, sino de evitar al probo general, al noble patriota, la vergüenza de una censura y el triunfo de los agitadores; era para todos una cuestión política: el triunfo o la ruina de un ministro que pretendía conjurar la guerra.

—¿Qué se discute, señor secretario? preguntó Alcón, muy al corriente de la cuestión, pero deseoso de volver pronto al asunto para concluírlo.   El secretario, con voz siempre vibrante, a pesar de tántas horas de fatiga, volvió a leer: " El Senado se considera suficientemente ilustrado y procede, etc..." Sánchez Méndez, con un movimiento de disgusto, miró a derecha e izquierda del solio, como pidiendo consejo, interrogando cómo podría impedir que hablara Roberto, cómo podría cerrar el debate sin más discursos; pero no encontrando expediente, inclinó la cabeza, y luégo, mal humorado, se echó atrás en el asiento.

—Tiene la palabra, dijo con voz amarga el presidente. Suplico al honorable senador que sea breve.

Roberto empezó a hablar con lentitud, con gravedad, pero en sus ojos jugueteaba una chispa de ironía y en sus labios, su sonrisa de finísima burla, en tanto que se extendía en el oxordio. Declaró, de acuerdo con Alejandro, que se abstendría de dar su voto, pero que creía conveniente dilucidar algunos puntos sobre canalización de ríos, puntos que acaso no habían sido considerados suficientemente. ¿Se declara que el Senado está suficientemente ilustrado? Yo no lo creo. Alcón, Karlonoff, todos los enemigos de Ronderos, cambiaron de postura, se agitaron con impaciencia en sus sillones, protestaron en voz baja. ¡Cómo! Iban a cerrar el debate, caía ya la tarde, llevaban cuatro horas de sesión, en aquella atmósfera asfixiante, y cuando se procedía a votar, se les anunciaba una nueva discusión, un largo discurso, por vía de obstrucción, sólo para fatigarlos, para desesperarlos, ya que no podían vencerlos... Y Roberto, durante una hora, durante dos, convoz igual, en que vibraba un secreto placer al notar la impaciencia de sus adversarios, continuaba su disertación sobre todos los grandes ríos del mundo, generadores de la civilización, padres de la industria, y con una calma irritante hablaba del (misterioso, pasaba luégo a disertar sobre el Nilo fecundo, y después sobre el Ródano, que  era un oportuno ejemplo del progreso que un río desarrolla.

—¡A la cuestión! exclamó el presidente; y en la voz de Sánchez se notaban la ira mal reprimida, los temblores de la cólera.

—Estoy ilustrando la cuestión. El señor presidente convendrá en que estoy tocando puntos nuevos en desarrollo de la proposición que se discute, y continúo... Sí, honorables senadores, no podemos, en este viaje por todos los ríos canalizados o canalizables, no podemos olvidar el Ródano, que acompaña a la historia de la civilización occidental. Para ilustrar este debate creo conveniente, indispensable, trazar la biografía de este río caudaloso; y cuando empleo la palabra biografía, considero que es justo el término, pues es fácil demostrar que un río es un organismo, un sér viviente, que considerado en el espacio y en el tiempo, en el desarrollo geográfico de su corriente y en el cumplimiento de su labor histórica, con un sello de voluntad, de inteligencia, va reproduciendo todas las vicisitudes de la vida humana. El Ródano, tan inteligente, tan laborioso como el Nilo, constructor como éste de una tierra fecunda, propagador de ideas y vínculo de razas diversas, recogió la herencia del río grecoegipcio; y cuando el Nilo concluye su existencia, el gran río galo-romano continúa su vida al servicio del progreso.

—No más ríos... ¡A votar! grita Landáburo en la barra.

—El Ródano es hijo de sus obras y creador de su propio reino, continuó Roberto. Cuando recorrí aquellas regiones, hace pocos años, pensaba yo que todo el inmenso valle que él riega, ciudades, praderas, viñedos, todo es el fruto de esas aguas fecundas. Los monumentos que se reflejan en sus ondas, los circos de Orange, los sepulcros de Arlés, y los palacios de Aviñón, están fabricados con trozos de roca que el río arrancó en otros siglos a las montañas, que arrastró hacia las regiones del mediodía y asoció a la vida de la humanidad, para que se convirtieran luégo en piedras que relatan la historia y guardan el alma de los pueblos, la memoria de los siglos muertos...

Al soltar sus frases, Roberto paseaba la mirada burlona sobre sus adversarios, que hundidos en los sillones, dejaban vagar los ojos por los perfiles de la cornisa, por el fondo azul del techo abovedado, por las paredes desnudas, como de templo protestante, y recibían con cólera muda aquellas tiradas literarias, tan inocentes en sí mismas, y cuya placidez contrasta con la exacerbación del momento, como una agresión personal, como una burla sangrienta.

—¡A la cuestión! dijo Sánchez, mientras extendía, con cierto movimiento de amenaza, la mano hacia la campanilla. Suplico de nuevo al honorable senador que sea breve.

—¡Fuéra el senador |jockey! gritó Landáburo en la barra.

—Hemos visto a este servidor de la humanidad, continuó Roberto sin alterarse, bajo un solo aspecto, y ahora, por analogía con nuestro caudaloso Magdalena y para ilustrar |suficientemente esta cuestión, debemos considerarlo bajo otro punto de vista, en el desarrollo actual de su corriente. Todo lo dicho y lo que voy a exponer se roza de un modo más directo con la canalización, y como esta importante faz del asunto no se había considerado, el Senado necesita tratarla extensamente...

Ya ve el señor presidente que sí estoy dentro de la cuestión, y no podrá negarme el sabio erudito doctor Alcón que estos puntos no estaban tratados por él, y que acaso no estaba él tampoco suficientemente ilustra do sobre la materia. Y continúo: tal parece que la naturaleza premedita los destinos de los grandes ríos como el Ródano, como el Magdalena. Nace el Ródano en las eternas glaciares, corre por entre una avenida triunfal de obeliscos de hielo, se precipita, juguetea en torno de las rocas, salta en cascadas, se adormece en la cuenca de los valles, y tiene los entusiasmos, los caprichos, las alegrías y la encantadora inutilidad de la infancia; avanza aún más, llega ante los muros de Ginebra, corta el lago, encuentra otro río de puras linfas y las aguas de ambas corrientes siguen por largo trecho sin mezclarse, las ondas transparentes no quieren confundirse con las ondas fangosas, pero al fin se mezclan, se enturbian, como un símbolo del eterno combate y de la inevitable derrota en que las almas virginales se hallan vencidas por las almas impuras...

—Benavides se desmaya, se muere... Y esto no concluye... ¡Se pierde, se me escapa el triunfo!... pensaba Sánchez, a quien se había podido creer dormido, a no ser por el temblor de sus recios hombros y las crispaturas de las manos que apretaban la campanilla, prontas a lanzar un repique frenético.

—¡Esto es insoportable! dijo Karlonoff.

—¡Esto no acaba nunca! exclamó Alcón, mientras observaba al enfermo Benavides que se desmayaba sobre el pupitre.

Llegó un refuerzo a Landáburo; Socarraz, a la cabeza de una turba, penetró a empellones en la barra.
Y en medio del vaho ardiente de tempestad resonó su voz aguardientosa:

—¡Abajo los ladrones de la canalización!

Roberto distinguió en la penumbra la cara de Socarraz, se sonrió, y continuó en sosiego su discurso.

—...Al llegar a Lyon ese caudal de aguas, como acontece con nuestro Magdalena al llegar al Salto de Honda, cambia por completo de vida, de fisonomía; el niño se convierte en hombre, comprende su verdadera vocación, se encamina resueltamente hacia los mares. La vida útil principia allí para el Ródano, que entra en una éra de juicio y de trabajo: la corriente se cubre de buques y toma parte en la actividad industrial de las ciudades ribereñas, se emplea en las labores agrícolas de esos mismos campos que el río forma con sus fangos y fecunda luégo con sus arenas en una labor de siglos.

—¡Silencio! ¡Silencio! gritaron las voces amenazantes de Socarraz y los suyos.

Roberto los miró de frente, aguardó tranquilo a que concluyera el tumulto, y continuó:

Y al desarrollarse de esta suerte en un trabajo adecuado a su naturaleza, el Ródano adquiere y manifiesta todo su esplendor, su majestad y su hermosura; ya se detiene cubierto de sombras, en torno de las islas, circundando con brazos perezosos las florestas, ya se lanza en línea recta por un canal despejado, copia en su corriente todo el azul del cielo, absorbe la claridad de las mañanas y al hundirse en el mar centellea con el ardiente sol de la Provenza...La irritación, la angustia de los adversarios iban en aumento; a veces llegaban al recinto estrépitos lejanos de cohetes.

Las sombras iban invadiendo el salón: el nogal de los pupitres se veía negro; las cosas se borraban; todos los espectadores de la barra formaban una masa oscura. Bajo las cortinas del solio se condensaba la oscuridad, y en el fondo brillaban los anteojos de Sánchez, como las pupilas de una fiera enconada en el interior de su cueva. La voz de Roberto parecía más débil; pidió un vaso de agua. El mismo, al sentirse cansado, se preguntaba si alcanzarían sus fuerzas hasta el instante en que llegara el general Torralba. ¿Llegaría?... ¿Sería inútil aquel último recurso en que se estaba agotando?Durante la corta pausa:

—¿Has reconocido a don Melchor?preguntó por lo bajo a Alejandro.

—¿De Avila y Castillo?

—No, el otro.

—¿Alcón?

—Tampoco.

Y continuó, enjugándose los labios:

—...El río pasa reflejando los paisajes más variados.

—¡Nada de paisajes!...

gritaron en la barra.
—...Los paisajes más variados, prorrumpió el orador, copiando las maravillas de la naturaleza...

Un redoble en los bancos de la gradería ahogó el discurso; Roberto continuó hablando; creció el estruendo como un trueno. Dejando pasar la tempestad se cruzó de brazos, y al apagarse el rumor, continuó sonriendo:

—Copiando las maravillas de la naturaleza y de la historia: ciudades blancas que se tienden en el Delfinado; aldeas negras en las costas de Cévennes; monumentos romanos, teatros, circos, sepulcros; torreones de la Edad Media, que amenazan desde los tajos de las rocas; catedrales góticas, que bendicen las aguas a su paso. Y ese río que va de Ginebra a Aviñón, de la glacial Roma protestante a la poética Roma pontificia, va retratando con amor todas las artes, transportando todas las ideas, y muere majestuosamente en Arlés, que un tiempo fue la rival de Bizancio y como el centro del mundo en que imperaba Constantino..

—¡A votar! ¡A votar! gritaron algunos desde los pasillos. Roberto sacó el pañuelo, se enjugó la frente.

—¡A votar!... contestaron en la galería en coro.

—Que siga, gritaron otros riendo... ¡Siga navegando!... ¡Hasta el mar!... ¡Ja, ja!...

—...Es preciso considerar la vida de ese río bajo otras faces...

—¡No... no...! clamaron varios en la penumbra del salón.

—¡Sí... sí! Que continúe, contestaron otros desde las barras, divertidos con aquella broma interminable.

—Es ya de noche, exclamó Alcón con voz nerviosa, mientras le tomaba el pulso a Benavides.

Como si esta palabra le sugiriera nuevas imágenes a Roberto, continuó en su discurso:

—...He visto, honorables senadores, he visto el Ródano agonizar en su desembocadura, es allí donde lo he hallado más semejante a nuestro Magdalena en su entrada al océano. Aquel río que ha alimentado las espléndidas selvas seculares, va a morir sobre un lecho miserable de juncales amargos, de arenales estériles y ardientes. Sólo el tamarindo, en medio de aquella pobreza, de aquella soledad, tiende sus flores pálidas, tan pálidas que parecen el polvo de la sal marina depositado en las ramas temblorosas. Las aguas pesadas de esas lagunas muertas tienen reflejos grises, y por la tarde el amarillo melancólico de los ponientes otoñales. Y en aquella extensión no hay más movimiento que el de las sombras fugitivas de las nubes, ni en aquel inmenso silencio más rumores que el de las ráfagas marinas, o el toque de la campana de una aldea, que allá en el horizonte parece estar dóblando, tocar a muerto por el Ródano, por el río inmenso que llega al final de su existencia. Y se siente allí la paz de una hermosa muerte, la muerte de un viejo trabajador que al cabo devuelve a los elementos las fuerzas que recibió de la naturaleza...

En medio del silencio en que se oía la respiración anhelante de Benavides, que parecía agonizar como el Ródano, se oye de pronto, lejos, el pitazo de un tren. ¡Ah, Torralba!... ¡Al fin!... Corrió por los bancos un estremecimiento, todos se irguieron en sus asientos, se miraron unos a otros, tratando en medio de las sombras de comunicarse sus impresiones, su ansiedad, y queriendo interrogarse en la penumbra.

Unos reían, otros resoplaban, gritaban de cólera, y toda la sala mugía como en una tempestad.

—¡A votar!... gritó Landáburo rabioso desde la barra. No más literatura insulsa... ¡A votar!

—No más paja; ¡al grano!

—Paja y grano, dijo Roberto mirando a la barra; grano y paja, de todo hay para los generales |jockeys que me interrumpen.

—¡A votar!... gritaron los centenares de compañeros que había llevado Socarraz. ¡A votar! Y con los pies, para interrumpir, volvieron a redoblar en las tablas.

—...Entro ahora, dijo Roberto, queriendo dominar la fatiga que iba en aumento, y que ya lo vencía, entro ahora, dejando esas consideraciones, a tomar el asunto por el lado industrial.

Encuentro en este punto una coincidencia, que parecerá pueril, pero que tiene para mí grande importancia por su significación: voy a pronunciar ahora un nombre ligado ya al adelanto de Colombia, a la prosperidad de su industria, enlazado también a la vida del Ródano, a las industrias que él despierta y desarrolla. Que no se diga que me salgo de la cuestión; que se penetre el Senado de la necesidad de ilustrar esta materia por todas partes; que se vea cómo hay nimiedades y coincide con que parece que la Providencia misma quisiera llevar la luz a todas partes y decidir el ánimo del Senado. Un instante más de atención, unas pocas palabras más, y concluyo:

Desde su nacimiento hasta su desembocadura, el Ródano lleva en su corriente el más poderoso elemento de fuerza motriz que existe en Francia. La industrial Ginebra le toma al pasar 6.000 caballos de fuerza, y apenas si el río nota la sangría que se le hace; un poco más lejos mueve 8.000 turbinas en Bellegarde. ¡En Bellegarde, señores!... No tengo para qué hacer reminiscencias; ese nombre está unido al Magdalena, a la prosperidad del país, como la ciudad cuyo nombre acabo de pronunciar al Ródano, al adelanto, a la riqueza de una nación feliz. Y Bellegarde, esa ciudad alumbrada con la luz eléctrica por la energía de las ondas, es el tipo de la ciudad del porvenir. No está lejano el día en que la imitarán las ciudades edificadas sobre el Ródano, como nuestro Magdalena será el señor y al propio tiempo el servidor de la comarca, dispensador de la energía, del movimiento y de la vida en las regiones que va regando, y pronto llegará la hora en que los trabajadores, los humildes, auxiliados por esa fuerza colosal, dirijan a esos ríos bienhechores la acción de gracias que el trabajador egipcio alza al padre Nilo: tú enjugas las lágrimas de nuestros ojos.

Un gran tumulto en los pasillos, un murmullo en las barras, que ahogaba la voz de Roberto.

—Torralba... El general Torralba... ¡Ya llega!...

La algazara fue creciendo, hasta que el grupo que estaba en la arquería de la entrada se abrió en dos alas: por el medio, apoyado en un bastón, tratando de erguirse, apareció el antiguo militar de la Confederación Granadina; en la penumbra sólo se distinguen una cara pálida, una barba blanca que se extendía sobre el pecho; todos, con respeto, hasta los enemigos, se pusieron de pies, mientras el anciano, golpeando la alfombra con el bastón, se en caminó hacia una silla vacía. Roberto concluyó su discurso, satisfecho del éxito; y exánime se dejó caer en la silla; el secretario, de pies, anunció la presencia del general Torralba; venía a ocupar el puesto de Karlonoff. Sánchez Méndez se levantó, pero estaba rabioso, al ver que saliendo Karlonoff y entrando Torralba, había una mayoría en favor del general Ronderos. Todos se levantaron; se tomó juramento a Torralba, y procedieron a la votación.

La ley que los enemigos de Ronderos habían forjado para perderlo, quedó por un hecho inesperado definitivamente negada. El grupo de los |íntegros y los centenares de partidarios de Landáburo, se desataron en improperios, y por los corredores, por las escaleras, en que se precipitaba la multitud, como una lava ardiente y devastadora, estallaron gritos enronquecidos por el odio.

—¡Muera Torralba!... ¡Muera el general Ronderos!

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